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EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Vanidad entre los sabios
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11: Vanidad entre los sabios 11: Vanidad entre los sabios La ciudad estaba más despierta de lo habitual.

Las calles principales se encontraban abarrotadas de gente que avanzaba en distintas direcciones, pero con un mismo tema flotando en el aire.

Conversaciones cruzadas, murmullos insistentes, frases repetidas que se mezclaban unas con otras hasta formar un rumor constante.

—Dicen que será pasado mañana… —En el palacio, ¿no?

—Sí, sí, ya está confirmado.

—Nunca habían anunciado algo así con tanta anticipación… Banderas colgaban de algunos edificios, largas telas con símbolos oficiales que ondeaban suavemente con el viento.

En varios puntos de la ciudad, estructuras improvisadas servían como plataformas desde donde voceros proclamaban el anuncio con voces entrenadas para imponerse al ruido urbano.

—¡Por orden del palacio!

—¡El evento será celebrado este fin de semana!

—¡Se celebra la victoria contra uno de los generales de la dinastía Mo!

—¡Todos los ciudadanos deben mantenerse atentos a las proclamaciones oficiales!

La gente se detenía, escuchaba, comentaba, discutía.

Algunos mostraban entusiasmo; otros, desconfianza; otros simplemente repetían lo que habían oído.

La propaganda se multiplicaba: carteles, símbolos, anuncios visibles que reforzaban la importancia de lo que estaba por venir.

Daverion caminaba entre ellos.

No aceleraba el paso ni se detenía a escuchar.

Su presencia no atraía miradas inmediatas, pero a medida que avanzaba, algo en su porte hacía que algunas personas giraran la cabeza sin saber por qué.

No llevaba insignias ni ropajes ostentosos, pero su postura era recta, medida, como si el ruido de la ciudad no lograra tocarlo del todo.

El murmullo continuaba a su alrededor.

—Esto va a cambiar muchas cosas… —Dicen que asistirán figuras importantes… —Si el palacio lo anuncia así, debe ser algo grande… El edificio de los eruditos se alzaba ligeramente apartado del flujo principal de la ciudad.

No era un palacio, pero tampoco un edificio común.

Su estructura era amplia y sólida, con muros de piedra trabajada y entradas altas que transmitían una sensación inmediata de antigüedad y autoridad.

Desde el exterior ya se distinguían al menos dos niveles, conectados por una amplia escalera central.

El primer piso era una sala enorme, dividida en tres secciones.

La primera estaba abierta al público general; la segunda y la tercera requerían rango.

Los eruditos de nivel uno, aunque no podían acceder a esas áreas, gozaban de ciertos privilegios dentro del recinto.

El ambiente cambiaba apenas se cruzaba el umbral.

El ruido de la ciudad se apagaba de golpe, reemplazado por un silencio contenido, interrumpido solo por pasos suaves, el roce de las páginas y conversaciones en voz baja.

El aire era más frío, impregnado del olor a papel antiguo, tinta y madera envejecida.

Altas estanterías se elevaban hasta los pisos superiores, repletas de libros y pergaminos.

Escaleras móviles permitían acceder a los niveles más altos, y pasillos largos conectaban las distintas áreas del conocimiento.

Aquí no cualquiera entraba.

En la entrada, los guardias observaban con atención a quienes se aproximaban.

No bloqueaban el paso sin razón, pero su presencia era clara: este lugar no estaba abierto al azar.

Cuando Daverion se acercó, ninguno le pidió identificación ni explicaciones.

Lo miraron apenas un segundo… y luego inclinaron levemente la cabeza.

—Bienvenido —dijo uno de ellos, con respeto medido.

Daverion respondió con un gesto mínimo y continuó.

Dentro, algunas personas alzaron la vista al verlo pasar.

—¿Lo conoces?

—No… pero míralo.

—Debe ser alguien importante.

No eran palabras dichas en voz alta, sino susurros, miradas rápidas, juicios silenciosos nacidos únicamente de su apariencia y de la forma en que caminaba, como si perteneciera naturalmente a ese lugar.

Cerca de la entrada principal se encontraba el mostrador de recepción.

Allí, un hombre de expresión pulida y postura rígida atendía solicitudes; su trato variaba claramente según quién se presentara frente a él.

Con algunos era correcto y distante; con otros, exageradamente amable, casi servil.

Más adentro, entre las estanterías, una joven ordenaba libros con cuidado.

Sus movimientos eran tranquilos, atentos, y cuando alguien se acercaba con una duda, respondía sin impaciencia, guiando y explicando sin mirar estatus ni apariencia.

Daverion se detuvo un momento, observando el lugar.

Aquí, el murmullo no hablaba del palacio, sino del conocimiento: textos raros, teorías antiguas, disputas académicas.

Sin embargo, incluso en este santuario del saber, las jerarquías eran visibles.

Algunos caminaban con seguridad; otros, con cautela.

Algunos hablaban; otros solo escuchaban.

Y todos, de una forma u otra, medían su lugar.

Daverion avanzó hacia las estanterías de historia.

No buscaba nada en específico.

Leía títulos, breves descripciones, resúmenes grabados en las cubiertas, dejando que el tiempo pasara entre palabras antiguas, como quien hojea recuerdos ajenos para distraer la mente.

Mientras examinaba un volumen, una joven se acercó desde el extremo del pasillo.

Tenía un rostro bonito y delicado, rasgos suaves que transmitían inteligencia y serenidad.

Usaba gafas, y en una de sus manos llevaba un libro que estaba a punto de devolver a su lugar.

Era evidente que trabajaba allí.

Su nombre era Valeria.

Al ver a Daverion detenido frente a los estantes, se aproximó con naturalidad, impulsada por una mezcla de curiosidad y amabilidad.

—¿Qué libro estás buscando?

—preguntó con voz tranquila.

Daverion alzó el rostro y giró ligeramente la cabeza.

—Aún no lo sé.

Valeria reflexionó unos segundos, como si revisara mentalmente cada sección de la biblioteca.

—¿Qué tal si lees sobre los Siete Soberanos?

—dijo, tomando un libro cercano—.

Habla de la época en que surgieron, sus nombres, breves descripciones, rankings de poder… Mientras hablaba, era imposible no notar el fervor en su tono.

Había veneración, admiración sincera.

No muy lejos de ellos, varios jóvenes estudiaban historia.

Frecuentaban esa sección con regularidad.

Al oír a Valeria mencionar a los Soberanos, parte de su atención se desvió hacia la conversación.

Pero cuando dijo lo siguiente, ninguno pudo seguir concentrándose.

—El quinto soberano es la mejor de todos —afirmó—.

No solo por su belleza, sino porque es un genio.

Aunque dicen que el cuarto es un genio jamás visto, no creo que se compare con ella.

Los dos primeros tampoco; solo son mejores porque llegaron primero.

El aire se tensó.

Uno dejó caer su libro.

Otro lo cerró lentamente.

A varios les dolió el pecho.

Cada uno tenía su soberano favorito.

Un joven gordito fue el primero en explotar.

—¿Cómo puedes comparar al primero con el quinto?

—exclamó—.

¡Es como comparar un dragón con una lombriz!

Un muchacho de aire travieso se acercó.

—Pequeña, no seas ignorante.

Ignoró por completo al gordito.

—¿Cómo se puede comparar con el cuarto?

¿No han oído los relatos?

Su gracia, su poder, sus hazañas… Apareció una niña, claramente su hermana.

—El cuarto es el mejor —dijo—.

Y además es el más guapo.

Daverion lanzó una mirada de aprobación.

Los hermanos lo notaron de inmediato.

—Hermano mayor —dijeron—, se ve que sabes de lo que hablas.

Daverion se rascó la nariz.

—Naturalmente.

El cuarto no tiene comparación.

Lo dijo con una confianza inquietante.

Valeria ya no pudo quedarse callada.

—¡Ni siquiera lo han visto!

¿Cómo saben que es guapo?

—La quinta es la mejor y la más hermosa.

Otra niña intervino.

—La quinta ni siquiera se dignaría a mirar al cuarto.

—Los textos sobre el cuarto se recitan en todo el mundo —replicó la hermana—.

Siempre resaltan su belleza.

—Él mismo los escribió —respondió Valeria—.

¿O no se habla de su pasatiempo de escribir sobre sí mismo?

Daverion estuvo tentado de mostrar su verdadero rostro.

Mi rostro cautivaría incluso a las mismas diosas, pensó, divertido.

Pero decidió no arruinar la discusión.

—Déjenla —dijo al final—.

Ya se extravió.

Se fue por el mal camino.

Rió.

Entonces apareció alguien mayor.

—El séptimo creó un arte marcial nunca antes visto —declaró—.

Innovador en todo sentido.

—Y creó el anime.

Trajo felicidad a muchos.

Tras decirlo, se quedó sonriendo como un tonto.

El silencio fue absoluto.

Daverion decidió terminar aquello.

—Voy a leer sobre la dinastía Yu.

Si no estoy mal, está en otra estantería.

Se marchó.

Los dejó atrás, discutiendo hasta quedarse sin voz.

Daverion observó cómo el grupo se dispersaba.

—Vanidad… todo es vanidad —murmuró.

El sonido se perdió entre los estantes.

Pero una leve curva apareció en sus labios.

¿Por qué no disfrutar de pequeños momentos?

¿Por qué no sentir felicidad, si se puede?

Tantos persiguen poder como si fuera un refugio.

Tantos se aferran a nombres y leyendas… Y aun así… Eso también era vida.

Daverion cerró el libro con suavidad.

El universo terminará.

Todo lo hará.

Pero mientras exista un segundo más… Yo lo viviré como me plazca.

Sin prisa, se alejó entre los estantes.

Solo quedó el silencio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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