Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 12

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO
  4. Capítulo 12 - 12 La pieza fuera de turno
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

12: La pieza fuera de turno 12: La pieza fuera de turno A las afueras del palacio se congregaban varias personas.

El edificio se alzaba imponente a la distancia, amplio y solemne, dominando el entorno con su sola presencia.

Antes de alcanzar la estructura principal, el recinto estaba delimitado por una gran reja que impedía el acceso directo, pero permitía observar el interior sin dificultad.

La reja era alta, formada por barrotes firmes y cuidadosamente trabajados, oscurecidos por el paso del tiempo.

Los detalles ornamentales reflejaban autoridad y estatus.

No transmitía abandono, sino control: una frontera clara entre el exterior y el poder que se resguardaba dentro.

A través de ella, el interior del recinto quedaba expuesto a la vista.

Más allá se extendía un amplio terreno cubierto de vegetación, semejante a un jardín meticulosamente cuidado.

Árboles de copas frondosas se alzaban a ambos lados, proyectando sombras suaves sobre un camino bien definido que nacía desde la entrada y conducía directamente a las puertas del palacio.

En distintos puntos del recinto había guardias apostados, firmes y atentos, observando con disciplina todo cuanto ocurría a su alrededor.

Cerca de ellos, otras personas se movían con prisa contenida, ultimando los preparativos: ajustaban adornos, revisaban accesos, afinaban detalles.

El lugar se preparaba para recibir a los invitados.

El ambiente estaba cargado de expectación, como si el propio espacio contuviera la respiración.

En la ciudad, la celebración era la espera común de todos.

Durante los últimos días se había convertido en un tema omnipresente, infiltrándose en cada rincón.

En los restaurantes, las mesas se llenaban no solo de comida, sino de voces excitadas que repetían la misma noticia.

Entre platos humeantes y copas alzadas, los comensales hablaban del triunfo, exageraban rumores y se preguntaban cuán grande sería el evento.

En las calles, el murmullo era incesante.

Mercaderes comentaban la victoria mientras acomodaban sus puestos; viajeros se detenían a escuchar y luego transmitían la historia más adelante.

El nombre de la Dinastía Yu se pronunciaba con orgullo; el de la Dinastía Mo, con desprecio apenas disimulado.

En los hospedajes ocurría lo mismo.

En vestíbulos y patios, entre el ruido de equipajes y pasos, los huéspedes intercambiaban versiones del suceso: la derrota del general, las tropas vencidas, los territorios que habían cambiado de manos.

Algunos hablaban con admiración, otros con cautela, pero todos hablaban.

Incluso en las afueras de la ciudad, el rumor persistía.

Cerca de las rejas del palacio, varias personas se detenían a observar el interior mientras comentaban la celebración que se aproximaba, mezclando palabras con miradas expectantes.

En la entrada, dos personas conversaban en voz baja, aunque con evidente entusiasmo.

Fue entonces cuando Daverion se acercó, caminando con la misma calma que lo caracterizaba.

La conversación continuó sin interrupciones, arrastrada por la expectación general.

Uno de los hombres era alto, de complexión firme y aspecto curtido.

La barba descuidada y los rasgos marcados le daban una apariencia mayor; rondaba los treinta años.

Su nombre era Mateo.

El otro, Dael, apenas tenía veintitrés años, de cuerpo robusto y rostro agradable, con una energía clara en la mirada.

—Seguro que hoy veremos gente realmente importante —comentó Dael, sin apartar los ojos de las rejas—.

Personas que normalmente es imposible ver de cerca.

Mateo asintió, con una sonrisa contenida.

—Sí… solo pensarlo ya emociona —dijo—.

Sería increíble que alguno siquiera nos saludara.

Mientras hablaba, sus manos se cerraron con más fuerza alrededor de las rejas, como si aquel gesto pudiera acercarlo un poco más a lo que ocurría al otro lado.

Dael negó lentamente con la cabeza.

—Eso sí está difícil.

Gente así no suele fijarse en personas como nosotros.

—¿Y por qué crees eso?

—preguntó Daverion con tranquilidad.

Ambos se giraron al mismo tiempo.

El porte de Daverion imponía sin esfuerzo.

Su postura era serena, firme.

La actitud de los dos cambió de inmediato, volviéndose atenta.

—Amigo —dijo Dael con cordialidad—, seguramente no eres de por aquí.

A esta celebración vendrá lo más alto de la dinastía.

Dicen que asistirán dos de los cinco generales.

Gente influyente, poderosa… Para mortales como nosotros, interactuar con ellos es casi imposible.

Mateo suspiró.

—Yo daría lo que fuera por saludar al menos a uno.

Son personas verdaderamente importantes.

Daverion los observaba con calma.

En su mirada había curiosidad… y una leve preocupación.

La gente se angustia por cosas tan pequeñas, pensó.

Una risa suave escapó de sus labios.

—A mí también me gustaría conocer a alguno de ellos.

No hubo burla en las miradas.

—No es tan sencillo —respondió Mateo—.

Están en la cima de la dinastía.

—Exacto —añadió Dael—.

Incluso tú, con ese porte, lo tendrías difícil.

Mateo pareció animarse.

—Pero al menos podemos esperar aquí.

Todos serán recibidos en la entrada.

Si te quedas, seguro los verás llegar.

—De acuerdo —respondió Daverion—.

Me sentaré en esa silla.

Tomó asiento y, con la misma calma, sacó el libro que había tomado de la biblioteca.

Continuó leyendo sobre la Dinastía Yu mientras el entorno se llenaba poco a poco de gente.

El espacio frente al palacio se transformó.

Surgieron puestos ambulantes: tablas improvisadas, carretas pequeñas, telas extendidas.

El aire se llenó del olor a pan caliente, frutas cortadas, jugos recién exprimidos, dulces y helados.

Daverion levantó la mirada un instante.

Pensó que probar algo no estaría mal.

Compró un sándwich, un jugo y un postre helado.

—¿De qué sabor lo quiere, joven?

—preguntó el anciano.

—De fresa.

—Buena elección.

Daverion regresó a su asiento y continuó leyendo.

No pasó mucho tiempo antes de que dos niños aparecieran cerca, corriendo y riendo, empujándose entre ellos.

Jugaban sin prestar atención a nada… hasta que vieron el helado en manos de Daverion.

Se detuvieron.

Lo miraron fijamente.

Tragaron saliva casi al mismo tiempo.

Daverion levantó la vista y los observó.

Antes de que pudieran decir algo, dio un par de bocados rápidos, dejando claro el mensaje.

—¿Qué miran?

—dijo con calma—.

Es mío.

Los niños no apartaron la mirada.

Daverion suspiró apenas.

—No les voy a dar.

Compren el suyo.

Sacó dos monedas y se las pasó.

—Vayan.

En ese momento, los padres de los niños, que habían notado su cercanía con un desconocido, se alarmaron y se acercaron con rapidez.

—Disculpe, señor —dijo la madre con evidente preocupación—.

Esperamos que nuestros hijos no lo hayan molestado.

—No hicieron nada —respondió Daverion sin darle importancia.

Los padres se relajaron al oír eso, pero al notar las monedas en manos de los niños, su preocupación regresó.

—Devuélvanle las monedas al señor —ordenó el padre.

—Pero mamá… queremos helado —protestó la mayor.

—Sí, yo también quiero —añadió el menor, mirando de reojo el helado de Daverion.

Antes de que la discusión continuara, Daverion habló.

—Solo son monedas —dijo—.

Déjeselas.

El padre dudó un segundo, luego inclinó la cabeza.

—Gracias, señor.

Los padres acompañaron a los niños a comprar sus helados y luego buscaron un lugar desde donde pudieran tener buena vista.

Sus hijos llevaban días insistiendo en venir; querían ver a los dos generales.

Por eso estaban allí.

Mientras los adultos buscaban dónde acomodarse, los niños regresaron corriendo y se sentaron junto a Daverion, uno a cada lado.

Daverion los miró… y no dijo nada.

Los dejó ser.

Los niños comían sus helados con felicidad evidente, manchándose los labios, riendo sin preocupación.

Los padres regresaron y se disculparon de nuevo.

—No me importa —declaró Daverion con sencillez.

Había una silla libre junto a él.

Los padres se sentaron allí, atentos a que sus hijos no hicieran nada indebido.

Los niños le ofrecieron un poco de su helado a Daverion.

Él negó con la cabeza.

Abrió de nuevo su libro y continuó leyendo.

A su alrededor, los niños corrían, saltaban, se alejaban y regresaban… pero, sobre todo, jugaban a ser generales, dando órdenes imaginarias, levantando los brazos, marchando con seriedad exagerada.

Daverion leía.

Y dejaba que aquella pequeña felicidad existiera.

Daverion se detuvo en un pasaje concreto del libro y volvió a leerlo, no porque fuera complejo, sino porque era demasiado sencillo.

Las Crónicas de la Dinastía Yu narraban su ascenso con una calma casi burocrática.

Durante siglos, una casa menor, estable pero irrelevante.

Luego, en el lapso de un solo año, reformas precisas, alianzas oportunas, decisiones acertadas.

Al final de ese ciclo, la dinastía ocupaba un lugar entre las cuatro más poderosas del planeta.

Nada más.

No había mención de guerras decisivas, ni de catástrofes, ni de sacrificios que dejaran huella.

El poder había llegado sin fricción, como si el mundo se hubiera ajustado por sí solo para hacerle espacio.

Daverion pasó las páginas sin prisa.

Antes de aquel año, los Yu discutían, erraban, vacilaban.

Después, sus decisiones eran continuas, coherentes, casi inevitables.

Los nombres seguían allí, pero los matices se desvanecían.

No era una anomalía grave.

No lo suficiente como para llamar la atención de los cronistas del palacio.

Para él, en cambio, el patrón era claro.

—No sois los mismos —murmuró Daverion, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.

Cerró el libro con un gesto tranquilo.

La Dinastía Yu despertaba un poco de interés.

Algo había cambiado sin romper nada, y ese tipo de cambio rara vez era accidental.

Sin guerras decisivas.

Sin sacrificios visibles.

El mundo simplemente había hecho espacio.

La celebración no era más que un pretexto.

La derrota del general de la Dinastía Mo bastaba para justificarla.

La Dinastía Yu no necesitaba mostrarse.

Entre las cuatro, probablemente era la más poderosa… y aun así mantenía un perfil bajo.

—Una fachada bien construida —murmuró.

Durante un instante, todo volvió a ser ruido distante: las voces, las risas de los niños, el murmullo de la multitud frente al palacio.

El mundo siguió su curso con absoluta normalidad.

Daverion permaneció inmóvil.

No porque dudara, sino porque esperaba confirmar una sensación apenas perceptible, una leve disonancia que no pertenecía al entorno.

Entonces lo sintió.

No fue un sonido ni una imagen, sino una alteración leve, un cambio sutil en un punto que solo él percibía.

Algo había dejado de estar exactamente donde debía.

Su atención se desplazó sin prisa.

En su espacio de almacenamiento, una pieza de ajedrez había cambiado de posición.

El movimiento era reciente.

Preciso.

No respondía a ninguna de las dinámicas habituales del tablero.

Daverion reaccionó de inmediato.

No hizo un gesto amplio ni teatral; simplemente extendió la mano, y el espacio frente a él cedió en silencio, revelando el fragmento aislado donde guardaba sus posesiones.

Para cualquiera que lo observara, no había ocurrido nada fuera de lo común.

Dentro, entre innumerables objetos inmóviles, reposaba el tablero.

La pieza ocupaba ahora una nueva casilla.

No avanzaba hacia la confrontación directa, ni buscaba dominio inmediato.

Su sola presencia alteraba el equilibrio completo.

Daverion la observó durante unos segundos.

No necesitaba interpretar el movimiento para saber lo que implicaba.

Una variable que no debía entrar en juego tan pronto… se estaba acercando.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

Con un gesto tranquilo, el espacio volvió a cerrarse, sellándose como si nunca hubiera sido alterado.

—Esta celebración va a ser algo entretenida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo