EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 13
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Capítulo 13: El Día en que el Futuro Fue Cancelado
El ruido fue lo primero que lo sacó de su divagación.
No un sonido concreto, sino muchos superpuestos: voces elevándose, risas, pasos apresurados, exclamaciones de júbilo. La expectación contenida del lugar finalmente se había roto. La celebración comenzaba.
Daverion levantó la vista lentamente. Frente al palacio, la multitud había crecido hasta llenar cada espacio disponible. El ambiente ya no era solo de espera, sino de entusiasmo abierto, de alegría compartida. El evento por fin estaba por iniciar.
Desde la entrada principal aparecieron varias figuras. Una persona al frente, acompañada por otras dos a cada lado. Su porte dejaba claro su rol: el líder encargado de recibir a los invitados, flanqueado por sus viceencargados. Tras ellos, comenzaron a llegar más responsables, cada uno asignado a tareas específicas, coordinando el flujo, anunciando nombres, manteniendo el orden.
Los primeros invitados hicieron su aparición.
No eran los más poderosos, pero sí figuras relevantes. El mayor mercader de la dinastía llegó primero, reconocido por todos: la mayoría de las posadas pertenecían a él. Murmullos recorrieron a la multitud; muchos lo señalaron, otros comentaron en voz baja su fortuna y su influencia.
Después apareció el encargado del banco. El aire se volvió más denso. Para cultivadores y mortales por igual, aquella figura representaba control, recursos, estabilidad… y deudas. El respeto fue inmediato.
Luego llegó la dueña de la zona roja de la Dinastía Yu. Su entrada fue distinta. Sonrisas, miradas curiosas, comentarios cargados de morbo y admiración. Algunos se mostraron incómodos; otros, claramente entusiasmados.
Por cada uno de ellos, la gente reaccionaba. Comentaban, se emocionaban, comparaban.
Daverion observaba en silencio.
No muy lejos de él, aunque sin atreverse a acercarse demasiado, Dael y Mateo seguían cada llegada con atención. Sus ojos brillaban, sus cuerpos se tensaban.
“¿Los ves?”, murmuró Dael, casi conteniendo la respiración.
Mateo asintió lentamente. “Nunca pensé verlos tan de cerca.”
Luego llegaron los vizcondes.
Cinco en total.
Cada uno arribó en su propio medio: carruajes finamente decorados, bestias espirituales contenidas por sellos, plataformas flotantes sostenidas por matrices de energía. El aura que los rodeaba era evidente. No agresiva, pero presente, como una presión constante.
Cuando el primero descendió, los aplausos comenzaron. Al llegar el segundo, se intensificaron. Para el tercero, ya eran ovaciones abiertas. El cuarto y el quinto hicieron que los gritos recorrieran el lugar entero.
Los niños que jugaban cerca de Daverion se detuvieron por completo. Miraban con los ojos muy abiertos, señalando, imitando posturas, fingiendo ser ellos mismos figuras importantes.
“Son enormes”, dijo uno, impresionado.
“Yo voy a ser así”, afirmó el otro, levantando el pecho.
Los padres los observaron con una mezcla de orgullo y nerviosismo.
Después llegaron los eruditos.
Figuras respetadas, envueltas en túnicas sobrias, con auras profundas y estables. Su sola presencia provocó sonrisas sinceras en muchos. Algunos cultivadores inclinaron la cabeza; otros juntaron las manos en saludo.
Cuando apareció el gran erudito, el ambiente cambió por completo.
El aplauso fue unánime.
Daverion levantó la mirada… y el erudito la encontró.
No hubo palabras. Solo un asentimiento leve, preciso.
Daverion respondió de la misma forma.
Para Dael y Mateo, que observaban desde cierta distancia, aquello fue como un golpe.
“¿Lo… saludó?”, murmuró Dael.
Mateo apretó los dientes. “¿Por qué…?”
No era odio lo que sentían, sino una mezcla incómoda de asombro y envidia. Algo no encajaba, y eso los inquietaba.
Los padres de los niños también lo notaron. Vieron el gesto, reconocieron al erudito… y luego miraron a Daverion.
Sin decir nada, se acercaron un poco más a sus hijos.
Los marqueses llegaron después.
Y entonces, el lugar estalló.
Gritos, vítores, ovaciones que se escucharon por todo el recinto. Las auras eran abrumadoras. El aire vibraba con poder contenido. Cada marqués descendía rodeado de guardias, símbolos y estandartes.
Los niños saltaron de emoción.
“¡Mira, mira!”, gritó uno.
“¡Son más fuertes que los otros!”, dijo el segundo, completamente fascinado.
Daverion permanecía sentado.
Entonces, el fervor alcanzó su punto máximo.
Los generales estaban llegando.
El primero apareció montado en una bestia espiritual colosal. El segundo, en un carruaje cubierto por formaciones defensivas visibles incluso para los menos sensibles. El tercero aún no se mostraba.
La multitud sentía el poder. No hacía falta verlo; el aura bastaba.
Fue entonces cuando ocurrió.
Uno de los carruajes avanzaba lentamente hacia el palacio. Dentro estaba un general. Esperan a su hijo.
Desde la zona roja, un joven apareció de pronto, avanzaba con prisa entre la multitud.
Yu Wei había salido tarde de la zona roja. El carruaje de su padre ya se encontraba en movimiento, avanzando lentamente hacia el palacio, y él podía verlo a la distancia, imponente, rodeado por la presencia férrea de Yu Tian. El general no descendió ni giró la cabeza; sabía que su hijo llegaría. Siempre lo hacía.
Yu Wei apuró el paso.
Las personas se apartaban al reconocerlo. No por respeto, sino por costumbre. Sabían quién era su padre, sabían qué significaba estorbarle el camino. Los cultivadores adultos se movían con rapidez, los comerciantes bajaban la mirada, los sirvientes se pegaban a los muros.
Pero los niños no.
Seguían jugando.
Dos pequeños cuerpos cruzaron corriendo justo frente a él. Yu Wei chocó con ellos de lleno. El impacto no fue fuerte, pero fue suficiente para detenerlo.
Eso bastó.
Los niños cayeron al suelo. Se levantaron de inmediato, confundidos, y se inclinaron torpemente.
“Lo sentimos.”
Sus padres reaccionaron al instante. Se adelantaron con el rostro pálido, inclinándose una y otra vez.
“Perdón, joven maestro, no fue su intención, por favor—”
Yu Wei los miró como si fueran polvo.
Su ceño se frunció. No por dolor. Por la osadía.
“Mi camino fue bloqueado”, dijo con voz fría. “Eso es insolencia.”
Giró ligeramente la cabeza.
“Córtenles las manos.”
Los tres guardias de Yu Tian se movieron sin dudar. Sus pasos fueron firmes, sincronizados. Las dagas aparecieron en sus manos como si siempre hubieran estado allí.
Fue entonces cuando una voz habló.
“Deténganse.”
No fue un grito. No fue una orden cargada de ira. Fue simple.
Los guardias no se detuvieron.
Dieron un paso más.
Y entonces, sus cuerpos dejaron de responder.
El movimiento murió a medio gesto. Músculos tensos, respiración atrapada, la sensación de estar suspendidos dentro de su propia carne. El miedo los atravesó de inmediato, crudo, absoluto. No entendían qué ocurría. Intentaron avanzar. No pudieron. Intentaron retroceder. Nada.
Yu Wei frunció el ceño.
“¿Qué están haciendo?” gritó. “¡Córtenles las manos!”
No hubo respuesta.
La frustración se convirtió en irritación, luego en algo más cercano al temor. Yu Wei abrió la boca para ordenar que atacaran a Daverion.
No salió ningún sonido.
Su garganta se cerró. Sus labios temblaron. El aire no respondió.
“Silencio”, dijo Daverion.
La palabra cayó como una losa invisible.
El último guardia intentó moverse, forzando su cultivo, desviándose hacia un costado para rodear a los otros dos. Dio un paso.
Y quedó inmóvil junto a ellos.
Daverion rio.
Fue una risa suave, casi divertida, como si aquello fuera un juego curioso. Para ellos, fue espeluznante. No había burla abierta, no había crueldad evidente. Solo una certeza absoluta de control.
“Córtenles las manos”, dijo Daverion.
Los cuerpos obedecieron.
Los tres guardias giraron, no hacia los niños, sino hacia Yu Wei. Sus pies avanzaron sin permiso, sus brazos se alzaron mientras el terror les desgarraba el pecho. Sentían cada paso. Cada latido. Cada gota de sudor frío.
Yu Wei los vio acercarse.
El color abandonó su rostro.
“¡¿Qué están haciendo?! ¡Deténganse!” quiso gritar.
No pudo.
Los padres de los niños se quedaron paralizados. No entendían nada. Los niños miraban la escena sin comprender, demasiado pequeños para captar el peligro real, demasiado cerca del borde de algo que no podían ver.
Para el resto de la celebración, nada ocurría.
Las risas continuaban. Las conversaciones seguían fluyendo. Era como si aquel espacio hubiera sido arrancado del mundo y colocado en otra dimensión, una donde solo unos pocos existían.
La daga descendió.
Una gota de sangre cayó al suelo.
“Detente.”
La voz fue dominante, cargada de una autoridad que aplastaba.
Los cuerpos se detuvieron.
Pero los guardias lo supieron. No se habían detenido por la voz del general Yu Tian. Cuando esa orden resonó, ellos seguían sin control alguno. La presión que los sujetaba no provenía de él.
Daverion alzó la mirada, pensativo.
“No quiero terminar matando a mucha gente por una sola persona”, pensó. “Y sobre todo… si lo hago, el futuro cambiará un poco de lo que tengo previsto.”
La presión desapareció.
Los tres guardias cayeron de rodillas, temblando. Yu Wei recuperó el control de su cuerpo y retrocedió de inmediato. No miraron a los niños. No pensaron en castigos. No pensaron en orgullo.
Solo en vivir.
Se alejaron corriendo, desordenados, aterrados, perdiéndose entre la multitud como si el infierno acabara de rozarles la espalda.
La celebración continuó.
Y Daverion permaneció en su sitio, observando.
Dentro del carruaje, Yu Tian cerró lentamente los ojos.
Había comprendido lo sucedido gracias al collar.
Sin él, habría estado igual que los demás, ignorante, ajeno, convencido de que nada fuera de lo común había ocurrido. El collar, otorgado por el propio emperador, resonaba débilmente contra su pecho, reaccionando a la sangre de su linaje, conectándolo con su hijo. A través de esa conexión, había sentido la presión, la interferencia, la fuerza que había tomado control de los guardias.
Un sudor frío recorrió su espalda.
Incluso así, su cautela no fue suficiente.
La cortina del carruaje se movió bruscamente. Yu Wei entró con pasos rápidos, el rostro rígido, los puños apretados.
“Padre”, dijo con la voz cargada de rencor, “tienes que cortarles las manos.”
Yu Tian abrió los ojos con lentitud. Su mirada era fría, distante, orgullosa. No había sorpresa en su expresión.
“No te preocupes”, respondió con calma. “Ya llegará el momento.”
Su tono era altivo, seguro, como el de alguien que jamás dudaba de su posición ni de su destino.
Fuera, Daverion miró el carruaje.
Solo por esta vez, pensó. Lo permitiré. No habrá otra oportunidad.
Una risa suave escapó de sus labios.
Otro carruaje avanzó. Otro general descendió. La atención volvió al protocolo. Era el turno de Yu Tian.
Daverion comenzó a caminar.
Su dirección era clara. Su intención, evidente.
Se adentró sin titubeos en el camino reservado para los invitados.
Dael y Mateo lo vieron al instante. Sus ojos se abrieron con incredulidad. El corazón les dio un vuelco.
“¿Qué haces?”, dijo Dael, avanzando para detenerlo. “No puedes estar ahí.”
Mateo se colocó a su lado, hablando rápido, nervioso. “Si haces eso, todos estarán en tu contra. Incluso el emperador.”
Daverion no se detuvo.
Los padres de los niños también alzaron la voz, sin atreverse a acercarse. Sus palabras llegaron débiles, cargadas de temor. Daverion giró la cabeza, los miró y les sonrió. No había burla en su gesto. Era una sonrisa amplia, tranquila, como si nada de esto tuviera importancia.
Un vendedor ambulante, que ofrecía comida cerca, dio un paso hacia él para convencerlo de detenerse. Al ver esa sonrisa, se quedó inmóvil. El impulso murió en su pecho.
Los niños observaban sin entender. No comprendían por qué Daverion avanzaba hacia el lugar donde se daba la bienvenida, ni por qué lo hacía justo delante de un general.
Yu Wei rio desde el carruaje.
La multitud comenzó a murmurar.
Cuando Daverion ocupó el centro del camino, todas las miradas cayeron sobre él. Los comentarios surgieron como una marea desordenada.
“¿Quién es ese?”
“No lo conozco.”
“¿Por qué se mete delante del general de nuestra dinastía?”
“Qué falta de respeto.”
“Solo gente importante puede estar ahí.”
“¿Qué hace un joven en ese lugar?”
Las burlas se mezclaron con el sarcasmo.
“¡Sáquenlo!”
“¡Arréstenlo por su estupidez!”
Cerca del setenta por ciento pensaba lo mismo.
Unos pocos no dijeron nada. Sabían que nadie en su sano juicio haría algo así. Y si lo hacía, era porque tenía los medios… o estaba completamente loco.
El líder encargado de recibir a los invitados se acercó. Su postura era rígida, su expresión controlada.
“¿Tiene alguna invitación, señor?”
“No”, respondió Daverion.
Una voz surgió desde el carruaje, cargada de malicia.
“¿Qué haces dialogando con él? ¡Arréstalo!”, ordenó Yu Tian. “Esto es una ofensa para toda la dinastía.”
No se habría atrevido a provocarlo por sí solo. Pero Daverion se había entregado voluntariamente. Ahora podía usarlo como pretexto, como excusa para poner a toda la dinastía en su contra.
El líder dudó.
Podía verlo. Sentía que Daverion no era un cualquiera. Pero la multitud presionaba. El general ordenaba. Y aquel joven, por sus propias acciones, parecía haberse convertido en enemigo de la dinastía.
Tomó su decisión inducido por Yu Tian, cuya astucia no era casualidad. Por algo era general de la dinastía Yu.
Daverion los miró a todos.
Para él, no eran más que hormigas. Perros.
Si un perro ladra, ¿acaso vale la pena enojarse? Ladra porque no le agradas. ¿Y qué? Sigue siendo un perro.
El líder perdió el control.
Atacó.
En un instante estuvo frente a Daverion. Su espada salió de la vaina mientras avanzaba, el filo apuntando directo al corazón. Cuando la punta estuvo a punto de perforarlo, Daverion dio tres pasos hacia atrás, cada uno preciso, medido, escapando del filo por un margen mínimo.
Luego dio un paso a la izquierda.
El líder avanzó, persiguiendo el punto donde Daverion había estado. Cuando llegó al lugar del tercer paso, giró la cabeza hacia la derecha.
Allí estaba Daverion.
Sonriendo.
La pierna de Daverion ya estaba alzada. Cuando el líder terminó de girar, la pierna descendió. El impacto fue brutal. El cuerpo del líder salió disparado y se estrelló contra el suelo.
El piso se hundió.
Un cráter se formó bajo él.
La multitud no procesó lo ocurrido de inmediato. El silencio duró un latido. Luego vieron el suelo destruido, el cuerpo tendido.
Miedo.
Preocupación.
Consternación, sobre todo en quienes se habían burlado.
Antes de que esas emociones se reflejaran por completo, el líder se levantó con un gruñido y volvió a atacar. La espada descendió con fuerza. Daverion alzó su brazo izquierdo y lo interpuso.
El metal se quebró.
El líder fue tomado del cuello y arrojado contra la entrada de los invitados. La estructura colapsó al impactar. Polvo, ruinas, gritos.
“Perdón”, dijo Daverion, con voz clara. “No les he hecho sentir el verdadero terror.”
Su aura se liberó.
El poder se desató.
La tierra tembló. Edificios colapsaron. Murallas se agrietaron. Incluso el palacio se estremeció. Algunos de los que se burlaban se desmayaron al instante.
Yu Tian entró en pánico.
Su hijo yacía en el suelo, inconsciente.
Algunos estaban aterrados. Otros, asombrados.
Dael y Mateo no podían cerrar la boca. Habían visto cómo Daverion abatía al líder con una facilidad imposible.
Los padres estaban aterrados. Pensaban en sus hijos, en lo cerca que estaban de alguien así.
Los niños, en cambio, estaban fascinados. Siempre les habían gustado los poderosos. Por eso admiraban a los generales. Pero ahora… su obsesión se centró en Daverion.
Todo eso duró hasta que el poder se desató por completo. Entonces, todos sintieron miedo. Incluso ellos.
El líder, bajo la presión aplastante, se levantó una vez más. Los escombros volaron. Atacó de nuevo. Fue rápido. El suelo se rompió bajo sus pies al impulsarse hacia Daverion.
Daverion lo miró.
“Suficiente”, dijo. “No hay redención para alguien tan estúpido.”
Ni siquiera se había dado cuenta de que fue usado por el general.
“Te di dos oportunidades”, continuó Daverion. “No hay tercera.”
El líder se acercó. Al estar frente a Daverion, lanzó un golpe con el brazo derecho. Era una finta. Se inclinó hacia la izquierda y atacó con el brazo izquierdo. Otra finta. Usó ese impulso para girar y colocarse detrás de Daverion en un solo movimiento.
Todo ocurrió en segundos.
Una daga emergió de su manga. Una sonrisa apareció en sus labios. La presionó contra la cabeza de Daverion.
La daga atravesó.
Pero no era real.
Antes del contacto, Daverion había dado un paso hacia adelante. Con ese único paso, se colocó detrás del líder.
La imagen residual se dispersó.
El líder quedó paralizado. Supo que había fallado. Miró alrededor. No había nada.
Entonces escuchó una voz detrás.
Se giró a medias y vio a Daverion. Una palma se acercó. No fue un golpe.
Fue una cachetada.
El sonido explotó.
La cabeza del líder estalló. El cuerpo cayó inerte.
Gritos. Huida. Terror.
Daverion no mostró aura asesina.
Del cuerpo emergió un alma condensada, deformada por el miedo y la angustia. Había perdido su cuerpo. Su cultivo se había reducido. Pero eso ya no importaba. Estaba seguro de que perdería su alma también.
No entendía por qué no lo habían destruido por completo.
Yu Tian se arrepintió.
Sintió rabia. Enojo. Miedo.
No entendía por qué Daverion no lo atacaba. Ni siquiera lo había mirado.
Yu Tian solo podía esperar.
Esperar que el emperador actuara.
Antes de que todo ocurriera, el palacio estaba sumido en una calma engañosa.
En uno de los recintos internos, aislado por formaciones y barreras, el emperador conversaba con varios altos funcionarios. Hablaban de la celebración, de los invitados esperados, del equilibrio político que aquella reunión representaba. Ninguno de ellos había percibido aún lo sucedido en la entrada. El lugar estaba diseñado para mantener el silencio exterior lejos de los oídos imperiales.
En otro sector del palacio, la hija mayor del emperador, junto con varias damas y asistentes, se preparaba para el evento. Vestiduras ceremoniales, joyas antiguas, rituales de etiqueta. Todo transcurría según lo previsto.
En los jardines internos, el hijo del emperador descansaba recostado en una silla, los ojos entrecerrados, disfrutando del aire tranquilo. Su mente vagaba, ajena a cualquier disturbio.
Los guardias del palacio ocupaban sus posiciones habituales. Vigilantes, atentos, pero sin alarma. Percibían el flujo de poder en la entrada, pero no reaccionaron. Confiaban en el líder designado para recibir a los invitados. Ese era su deber. Ese era su papel.
No fue hasta que el cuerpo del líder salió disparado y se estrelló violentamente contra la estructura de la entrada, levantando polvo y ruinas, que los guardias reaccionaron.
Sus rostros cambiaron.
Varios se dirigieron de inmediato hacia la entrada.
Y entonces ocurrió.
El poder de Daverion se liberó.
Una presión abrumadora recorrió la ciudad como una ola invisible. Los guardias del palacio se detuvieron un instante, el instinto gritando peligro. Sin dudar más, varios giraron y corrieron a notificar al emperador.
En el mismo instante, el hijo del emperador se incorporó bruscamente en el jardín. La hija mayor alzó la cabeza, el aire a su alrededor vibrando. Ambos extendieron sus sentidos hacia la salida del palacio.
Lo que percibieron los hizo palidecer.
Pánico. Caos. Miedo puro.
Y una presencia.
Lyra, la hija del emperador y nieta de Theron, sintió el poder con una claridad que le heló la sangre. Sus ojos se abrieron de par en par.
Lo reconoció.
Era él.
El joven que había saludado a su abuelo en aquel restaurante. El que había compartido una conversación imposible de olvidar.
Pensó, con un nudo en el pecho, que debía haber aceptado su invitación. No podía ser una coincidencia.
Mientras tanto, entre los invitados que ya habían ingresado, el desconcierto se propagaba. Algunos se detuvieron. Otros retrocedieron. Un general decidió regresar de inmediato hacia la entrada. Varios dudaron. Muchos optaron por no acercarse más.
Entonces, dentro del recinto aislado, alguien irrumpió.
Llegó agitado, la respiración desordenada, el cuerpo aún vibrando por la velocidad.
Antes de que pudiera hablar, todos los presentes sintieron el aura.
Cautela inmediata.
El emperador se levantó de golpe.
No hubo más palabras.
Salieron de sus atrios.
Cinco arcos de luz surgieron del palacio, atravesando el cielo. Cada uno dejaba un rastro distinto. El más brillante, el más dominante, era amarillo: el del emperador.
Mientras avanzaban, el cielo temblaba.
Yu Tian, en la entrada, sonrió.
Por fin reaccionó el emperador.
El ánimo de la multitud se elevó un poco. Algunos recuperaron el valor.
Pero entonces ocurrió algo más.
Un sexto arco apareció.
Más rápido.
Más dominante.
Más antiguo.
En un instante sobrepasó a los cinco y llegó primero.
El emperador se detuvo en seco.
“Saludos, padre.”
La voz resonó.
El silencio fue absoluto.
Todos quedaron pasmados.
El antiguo emperador había llegado.
Una voz se alzó por toda la ciudad.
“¡Saludos al antiguo emperador!”
Como un eco, toda la ciudad respondió.
“¡Antiguo emperador!”
“¡Antiguo emperador!”
Quienes habían caído en el miedo gritaron con fervor.
Muchos esperaban que Theron acabara con Daverion, especialmente aquellos que se habían burlado de él.
Se oyeron voces.
“¡Captúrenlo!”
“¡Es un transgresor!”
“¡Asesino!”
La mitad gritaba. La otra mitad no se atrevía.
“Silencio”, dijo Theron.
Una sola palabra.
Todo se apagó.
Theron avanzó y, ante la mirada incrédula de todos, hizo una leve reverencia frente a Daverion.
“¿Cómo has estado?”, preguntó. “No pensé que aceptarías la invitación de mi nieta.”
Daverion asintió.
“No esperaba esta bienvenida.”
El silencio fue absoluto.
Nadie esperaba que alguien por encima de todo hiciera una reverencia así.
El emperador quedó turbado. Avanzó de inmediato y se inclinó.
“Lo siento”, dijo con voz firme. “No sabía que eras un estimado invitado de mi padre.”
El líder, si aún pudiera pensar, habría sabido que no tenía salvación.
Yu Tian también lo supo.
Desde ese día, la dinastía tendría un general menos.
“Saluden al gran invitado del antiguo emperador”, ordenó el emperador.
“¡Saludos al gran invitado!”
“¡Saludos al gran invitado!”
La multitud obedeció.
Dael y Mateo estaban completamente perplejos.
No podían creer que aquel joven que se había acercado a ellos fuera ahora alguien ante quien todos los invitados que admiraban debían inclinarse.
Los niños saludaron con alegría.
Los padres lo hicieron con asombro y respeto.
Incluso el vendedor de helados levantó la voz, emocionado.
“¡Puedo presumir que le vendí un helado al gran invitado del antiguo emperador!”
Daverion miro a Yu Tían y al alma condensada del líder. Les hablo, una voz que solo ellos pudieron escuchar.
“Aquí termina lo que pueden comprender”,
“Cuando mueran, el futuro deja de mostrarse
Theron miró al general y luego al líder.
“Matenlos”, dijo Theron.
Una figura emergió de la sombra de Yu Tian y lo mató al instante.
El alma del líder fue destruida inmediatamente por uno de los acompañantes del emperador.
Y así, bajo el temblor de la ciudad, terminó la bienvenida que nadie olvidaría.
La atmósfera cambió.
Las burlas se apagaron como brasas bajo la lluvia. Donde antes había sarcasmo y desprecio, ahora solo quedaban respeto, temor y una reverencia contenida. Nadie se atrevía a escarnecer. Los fuertes eran respetados, y aquel joven lo había demostrado sin necesidad de repetirlo.
Antes de cruzar la entrada, Daverion giró la cabeza.
Miró a Mateo y a Dael.
Los saludó con un gesto simple, natural.
Theron lo notó y, siguiendo su mirada, también los saludó. El murmullo se extendió de inmediato entre los presentes.
¿Quiénes serán para recibir ese reconocimiento?
Mateo y Dael sintieron el pecho llenarse de una alegría difícil de contener. Los niños también fueron saludados, junto a sus padres, que apenas podían creer su suerte. El vendedor levantó la vista, atónito, y sonrió con orgullo al pensar que había vendido comida al invitado del antiguo emperador.
Daverion avanzó junto a Theron.
El emperador caminó detrás de ellos.
Entonces el cielo se rasgó.
No fue un relámpago ni un trueno primero, fue una grieta silenciosa que abrió el firmamento como si una tela hubiera sido cortada desde el otro lado. De aquella herida descendió un dragón negro, vasto y antiguo, y sobre su lomo se erguía una figura humana.
Era un hombre de rasgos atractivos, piel clara, cabellos negros como la noche sin luna y ojos aún más oscuros, profundos, ajenos a este mundo. Su presencia tenía algo distinto, una rigidez contenida, una calma aprendida en otra realidad. Había algo en su porte que delataba un origen lejano, como si las reglas de este cielo no le pertenecieran del todo.
El séptimo soberano.
Las nubes se dispersaron a su alrededor. En un radio de 10 mil metros, el cielo quedó limpio, inmóvil, mientras más allá las nubes se acumulaban sin poder cruzar aquel límite invisible.
El séptimo vio a Daverion.
Sonrió.
Se puso de pie sobre el dragón y estiró el cuerpo, como quien prepara los músculos antes de un enfrentamiento largamente esperado.
A su alrededor comenzaron a formarse rayos.
Eran negros.
Algunos se desprendieron de su cuerpo y salieron disparados hacia la dinastía. Uno impactó en un parque inmenso, donde había un lago, pabellones y vida. En un parpadeo, todo se redujo a cenizas.
Tres golpes cayeron en segundos.
Fue tan rápido que Theron no alcanzó a reaccionar. Cuando intentó moverse, reconoció el color y se detuvo. Eran rayos de tribulación, rayos del castigo. De los más poderosos.
Nunca había visto a un hombre controlarlos.
No pudo hacer nada.
Miró a Daverion.
—Así que eras tú —murmuró Daverion—, la pieza que se movió antes de lo debido.
El séptimo descendió del dragón.
Su cuerpo se lanzó hacia la dinastía a una velocidad inimaginable. El cielo tronó a su paso, los rayos negros lo siguieron como extensiones vivas de su voluntad.
Un destello.
Solo eso alcanzaron a ver.
Daverion levantó una mano.
Quienes debían ser salvados desaparecieron de aquel lugar.
Entonces desató su verdadero poder.
Lo que había mostrado antes no era nada.
Fuego lo rodeó, pero no era fuego común. Era fuego solar primordial, abrasador, absoluto, capaz de derretir la realidad. Todo a su alrededor sería destruido incluso antes de tocarlo.
Los dos puños chocaron.
El rayo comprimido y el fuego solar se encontraron.
El trueno que siguió sacudió el mundo.
La destrucción se expandió desde el punto de impacto. Las estructuras comenzaron a derretirse, los rayos negros surcaron el aire entre el metal fundido y la ceniza. La dinastía más poderosa del planeta se desmoronó en segundos.
El impacto recorrió todo el territorio.
Toda vida, toda fauna, fue borrada.
En la ciudad, un calor infernal y relámpagos chocando llenaron el aire.
Suspendidos en el cielo quedaron Daverion y el séptimo soberano.
—Hasta aquí puedo ver —dijo Daverion.
El séptimo frunció el ceño.
No entendió.
El mundo tembló.
Todo se congeló.
Daverion avanzó en el aire inmóvil y lo observó de cerca.
—Nada mal —dijo—. Por eso dije que sería entretenido.
Un sonido seco resonó.
Como un espejo rompiéndose.
El cielo se fracturó.
La tierra se abrió.
Todo a la derecha y a la izquierda de Daverion se resquebrajó, y detrás de esas grietas solo había blanco, vacío, nada.
El mundo comenzó a retroceder.
El trueno se deshizo.
La destrucción dejó de expandirse y regresó sobre sí misma. El metal líquido se elevó, recomponiéndose. Las cenizas se reunieron y volvieron a formar vida.
Los rayos negros retrocedieron por el cielo, regresando a su origen. El parque devastado volvió a existir. El lago reapareció.
Los puños se separaron.
El fuego solar se contrajo alrededor de Daverion. El rayo volvió al cuerpo del séptimo.
El dragón negro reapareció bajo sus pies.
Las nubes regresaron.
La grieta del cielo se cerró.
Theron y el emperador se alejaron de la entrada, sus arcos de luz regresaron al palacio, la voz del emperador se desvaneció del cielo, la multitud dejó de inclinarse.
Y el tiempo siguió retrocediendo.
Hasta que solo quedó Daverion en la entrada de los invitados.
El general estaba detrás de él, consternado al recordar como una persona salió de su sombra y lo asesinó.
El líder temblaba, el miedo lo paralizaba al recordar su propia muerte.
Alrededor, la gente aún se burlaba y escarnecía.
Daverion estaba ahí indiferente, solo el sabía.
Para todos los demás, el mundo había seguido adelante como si nada hubiera ocurrido. Yu Tían y el líder conservaban recuerdos incompletos, sensaciones confusas que se disolvían justo en el instante de su muerte, solo recordaban su muerte. Más allá de ese punto, el futuro dejaba de existir para ellos. No podían recordar el cielo desgarrado, ni al soberano descendiendo entre rayos, ni la destrucción total que aguardaba a la dinastía.
Ese conocimiento pertenecía únicamente a Daverion.
Él era el único que había visto el final.
La dinastía reducida a cenizas, la tierra marcada por relámpagos de castigo, la vida borrada como si nunca hubiera estado allí. Un futuro completo, real, inevitable… y ahora cancelado.
Por eso los había llevado hasta ese límite.
No para castigarlos, sino para advertirlos.
El futuro no era una línea rígida, sino una red frágil, sensible a los actos más pequeños. Una palabra dicha o callada, un paso dado o evitado, una orden ejecutada o contenida. Incluso algo tan simple como la caída de una manzana podía inclinar el curso del mundo hacia direcciones opuestas.
Una mínima acción bastaba para abrir caminos distintos.
Algunos conducían al poder.
Otros, a la ruina absoluta.
Daverion observó a Yu Tían y al líder. Ambos seguían allí, vivos, ignorantes del desastre que habían rozado. No necesitaba explicar nada. Aunque no lo comprendieran, el futuro ya había sido tocado, y ese contacto dejaría huella en sus decisiones.
El tiempo continuó avanzando.
Muy lejos de allí, más allá del cielo de ese mundo, en el vacío silencioso del espacio, una nave surcaba la oscuridad sin emitir sonido alguno. Su estructura negra reflejaba luces estelares.
Dentro, un hombre permanecía de pie.
Tres figuras lo acompañaban, inmóviles, como sombras.
Era un hombre de rasgos atractivos, piel clara, cabellos negros como una noche sin luna, y ojos aún más oscuros, profundos, ajenos a ese universo. Su presencia no encajaba en ese mundo, como si hubiera sido traído desde otro lugar, otro origen.
De pronto, frunció ligeramente el ceño.
Una sensación inexplicable cruzó su mente.
Un eco.
Un instante de desconexión, como si algo que ya había ocurrido se deslizara por su conciencia sin forma ni nombre. No era un recuerdo, pero tampoco una simple impresión. Era un déjà vu incómodo, persistente.
Por un momento, creyó ver fuego y rayos superpuestos.
Luego, nada.
El hombre exhaló despacio y sonrió apenas.
“No fue un ataque…”, pensó sin saber por qué. “No de esa forma.”
No comprendía el origen de esa certeza, pero algo en su interior le decía que, cuando se encontrara con Daverion, no sería a través de una destrucción abierta ni de un choque que arrasara el mundo.
Sería distinto.
Sería un encuentro discreto, medido, cargado de intención.
El futuro había cambiado de dirección
Y quienes debían encontrarse ya se habían sentido, aunque todavía no se miraran a los ojos.
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