EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Nunca Existió una Segunda Oportunidad
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14: Nunca Existió una Segunda Oportunidad 14: Nunca Existió una Segunda Oportunidad Daverion permanecía inmóvil en el centro del camino.
No era una postura desafiante, tampoco descuidada.
Simplemente estaba ahí, como si el espacio le perteneciera por defecto.
Su mente seguía girando en torno al futuro que había observado, a las ramificaciones que aún se acomodaban dentro de él, cuando las voces comenzaron a elevarse a su alrededor.
Primero fueron comentarios sueltos.
Luego, una marea.
—¿Por qué se mete delante del general de nuestra dinastía?
—Solo gente importante puede estar ahí.
—¿Qué hace un joven en ese lugar?
Las palabras no tardaron en perder forma.
Se deformaron en risas, en sarcasmo, en desprecio abierto.
—¡Sáquenlo!
—¡Arréstenlo por su estupidez!
La mayoría compartía ese pensamiento.
No lo decían todos, pero se sentía en el aire.
Cerca del setenta por ciento estaba convencido de que aquello era una insolencia que debía corregirse de inmediato.
Unos pocos, sin embargo, guardaron silencio.
No porque fueran más bondadosos, sino porque algo no encajaba.
Nadie en su sano juicio se plantaba ahí.
Y si alguien lo hacía, solo había dos posibilidades: poseía los medios… o estaba completamente fuera de sí.
El líder encargado de recibir a los invitados avanzó entre la multitud.
Cada paso era medido, su espalda recta, el rostro contenido.
Era un hombre acostumbrado a imponer orden.
Todos esperaban lo mismo.
Que lo sacara.
Que lo humillara.
Que corrigiera el “error”.
Pero no ocurrió.
El líder se detuvo frente a Daverion… y se arrodilló.
El ruido murió de golpe.
Las voces se apagaron como si alguien hubiera arrancado el aire del lugar.
La multitud quedó suspendida en una pausa irreal, incapaz de procesar lo que veía.
Dudaban de sus propios ojos.
Dael y Mateo quedaron rígidos.
Lo mismo la pareja que momentos antes observaba la escena junto a sus dos hijos.
Solo una pequeña fracción, apenas un veinte por ciento, seguía exigiendo una explicación.
El resto había callado.
—Perdón… por mi estupidez.
La voz del líder no tembló, pero tampoco fue altiva.
—Usted no necesita ninguna invitación, señor.
La inquietud se filtró entre los presentes como una sombra, especialmente entre aquellos que, segundos antes, exigían castigo.
El líder se incorporó y habló en voz alta, lo suficiente para que todos escucharan.
—Maten a los que sigan hablando mal de nuestro invitado.
El impacto fue inmediato.
Algunos cayeron de rodillas.
Otros retrocedieron, buscando rutas de escape.
Unos pocos tensaron el cuerpo, preparándose para luchar.
En todos había lo mismo: miedo… y arrepentimiento.
Dos figuras, posicionadas junto al líder, comenzaron a moverse.
Sus intenciones eran claras.
Pero antes de que dieran un paso más— Daverion los miró.
No hubo ira en su expresión.
Tampoco molestia.
Solo una calma densa, incómoda, como si todo aquello careciera de peso real.
Las burlas que habían caído sobre él, las risas, las miradas cargadas de desprecio… para ellos habían sido presión.
Para él, no eran más que ruido.
Hormigas.
Eso eran.
Criaturas diminutas agitándose, convencidas de que su movimiento tenía importancia.
No porque fueran valientes ni peligrosas, sino porque jamás habían sido aplastadas.
Daverion no necesitaba demostrar nada.
No necesitaba responder.
Podía borrarlos cuando quisiera… o dejarlos existir.
Ambas opciones le eran indiferentes.
No eran sus palabras lo que podía alcanzarlo.
No eran sus gestos.
No era su desprecio.
Nada de eso tenía valor por sí mismo.
Solo una cosa podía afectarlo: su propia decisión de otorgarles significado.
No eran ellos quienes hablaban.
Era él quien elegía escuchar.
La ofensa no existía hasta que él la aceptaba.
El insulto no tenía peso hasta que él lo decretaba.
El respeto no se exigía.
Se reconocía… o se corregía.
Ellos no decidían nada.
No eran el factor.
No eran la causa.
Ni siquiera eran una variable relevante.
Todo pasaba por él.
Por lo que pensaba.
Por lo que permitía.
Por lo que estaba dispuesto a tolerar… o a borrar.
Hablaran o callaran, el resultado no cambiaría.
Porque no era el mundo el que lo juzgaba.
Era él quien, en silencio, decidía el destino del mundo frente a sus ojos.
—Déjalos.
No me interesa todo esto.
Las dos figuras se detuvieron de inmediato.
Miraron al líder.
Cuando este asintió, bajaron la guardia.
El líder respiró hondo, aún inquieto.
Su miedo no era superficial.
Buscaba desesperadamente la forma de congraciarse con Daverion.
Había visto su muerte.
Y eso lo aterraba.
La multitud exhaló al mismo tiempo.
Algunos no sabían cómo reaccionar.
El cambio había sido brutal: pasar del borde del infierno a una calma frágil en un instante.
Las emociones los golpearon como una ola.
Las disculpas no tardaron.
—Gracias por su benevolencia.
—Lo… lo siento.
—Gracias, señor.
—Perdónennos… no sabíamos… no sabíamos nada.
Las voces se superpusieron.
—Papá, ¿por qué todos le tienen miedo ahora?
El padre cargó a su hijo.
—Porque es poderoso.
—¿Más que un general?
El hombre dudó.
—No lo sé… los generales son muy poderosos.
Al decirlo, sus miradas se desviaron hacia el carruaje detrás de Daverion.
Allí reposaba un general.
Desde el interior surgió una voz cargada de sumisión y respeto.
—Mi hijo, hace un momento, le faltó el respeto.
Pido perdón por sus acciones.
El general descendió del carruaje y se inclinó.
Toda la altivez que había mostrado en el futuro observado por Daverion se había evaporado.
La multitud se inquietó.
La pareja que antes comparaba a Daverion con un general quedó estupefacta.
—Al parecer… su amigo es más fuerte que un general.
Los niños lo miraron con asombro, con una admiración casi fanática.
Yu Wei no entendía por qué su padre no aprovechaba aquella oportunidad para presionar.
Yu Tian, al notar que Daverion no exigía explicaciones ni pedía ver a su hijo, comprendió algo con claridad.
Se habían salvado del desastre.
De vez en cuando, su mirada se desviaba hacia su propia sombra, recordando lo sucedido.
—Me retiraré sin causar más ruido.
Subió al carruaje, que se elevó y se alejó volando.
La gente no comprendía por qué el general se marchaba con tanta prisa.
Parecía evitar incluso estar cerca de Daverion.
El líder observó… y dudó.
No era un hombre astuto, pero conocía las reglas no escritas del poder.
Quien huye, decide.
Quien decide sin permiso, falta.
Dentro del carruaje, Yu Wei estaba furioso.
—¿Por qué nos vamos?
Pudimos aprovechar la falta que cometió para vengarme.
—No es alguien con quien podamos meternos —respondió Yu Tian, mirándolo con severidad—.
Pero si alguna vez tengo la oportunidad de destruir— Antes de que Yu Tian pudiera terminar la frase, algo cambió.
No fue visible al principio.
Fue interno.
El aire dentro del carruaje se volvió pesado, inmóvil, como si hubiese olvidado cómo moverse.
Yu Tian sintió una presión súbita en el pecho, no dolor, sino una fuerza que empujaba desde dentro, comprimiéndolo todo.
El sonido desapareció de golpe.
No quedó silencio… quedó ausencia.
Yu Wei abrió los ojos con terror.
En el centro del carruaje, frente a ellos, el espacio se deformó.
No ardía.
No brillaba aún.
Primero apareció una figura imposible: una flor formada por pura geometría, perfecta, inmóvil.
En su núcleo, un sol diminuto giraba lentamente.
A su alrededor, pequeñas estrellas orbitaban con una calma antinatural.
Yu Tian tenía las palabras aún atrapadas en la garganta.
No llegó a pronunciarlas.
La presión aumentó.
Las paredes del carruaje comenzaron a agrietarse sin ruido, líneas finas extendiéndose como venas rotas.
Todo lo que se encontraba cerca de aquella flor empezó a desintegrarse, no quemarse, no romperse, sino desaparecer, como si la materia hubiera perdido el derecho a existir allí.
La visión de Yu Wei se volvió blanco y negro.
Sus oídos comenzaron a zumbar… y luego dejaron de sentir cualquier cosa.
El carruaje se abrió.
No estalló.
Se abrió como una flor violenta.
Pétalos de metal y fuego fueron expulsados hacia afuera en un solo impulso absoluto.
En el mismo instante, el carruaje dejó de existir por completo, borrado antes de que el sonido pudiera alcanzarlo.
En el cielo, quienes observaban vieron el carruaje avanzar… y luego detenerse de forma antinatural.
Desde su centro nació la figura.
Una flor gigantesca, con un sol en su núcleo y estrellas orbitando, desplegándose en el aire.
Los pétalos de metal y fuego brotaron hacia afuera mientras un anillo invisible de presión se expandía, doblando el aire, barriendo todo a su paso.
Entonces llegó el sonido.
Un estruendo tardío, brutal, que sacudió el cielo y dejó los oídos zumbando.
La onda de choque alcanzó al público como una ráfaga violenta.
Algunos se agacharon por instinto, otros fueron lanzados hacia atrás, otros apenas lograron mantenerse en pie.
El estruendo dejó el aire temblando.
Por un instante, nadie habló.
Dael estaba de rodillas sin recordar cuándo había caído.
Tenía las manos apoyadas en el suelo, los dedos enterrados en la tierra como si necesitara comprobar que aún existía.
Su respiración era corta, irregular.
Alzó la vista lentamente, buscando a Daverion… y al encontrarlo intacto, sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
Mateo no se había movido.
Seguía de pie, rígido, los ojos abiertos de más.
El sonido aún le zumbaba en los oídos, pero no era eso lo que lo paralizaba.
Era la certeza.
No miedo.
No sorpresa.
Certeza absoluta de que, si Daverion hubiera querido, ninguno de ellos estaría allí.
Tragó saliva.
Muy cerca, el vendedor que le había ofrecido comida mientras esperaban estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra un poste.
Su carrito había volcado, pero no le importaba.
Tenía la mirada fija en el cielo, en la nube con forma de flor que aún no se disipaba.
Sus labios temblaron.
—Yo… —murmuró, sin darse cuenta de que hablaba— yo le vendí comida… Había incertidumbre en ellos tres, pero algo les decía que todo esto tenía que ver con Daverion.
Cuando el viento cesó, solo quedó una nube inmensa suspendida en el cielo.
Tenía la forma de una flor.
El miedo se propagó de inmediato.
Gritos.
Caos.
El palacio entero entró en alerta.
El viento no fue violento para Daverion.
Solo suficiente para agitar las prendas de su vestir, para hacer ondular su cabello con lentitud, como si incluso la onda expansiva supiera hasta dónde podía llegar.
Daverion giró el cuerpo.
Sus ojos se alzaron hacia el cielo, donde la nube aún permanecía suspendida, abierta, inmensa, con la forma perfecta de una flor.
—Realmente… nunca tuviste una segunda oportunidad.
Recordó sus propias palabras.
Había dicho que solo por esta vez lo permitiría.
Que no habría otra oportunidad.
Una risa suave escapó de sus labios, breve, casi imperceptible.
—Pero mentí.
El viento se disipó.
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