EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 El peso de caminar a su lado
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15: El peso de caminar a su lado 15: El peso de caminar a su lado Cuando el eco de la explosión terminó de disiparse, el mundo pareció tardar un segundo más en volver a respirar.
El líder permanecía en su lugar, rígido.
El sudor corría por su sien y descendía por su cuello, empapando el interior de su ropa ceremonial.
No era miedo común.
Era la certeza de haber presenciado algo que escapaba por completo a su control.
Reaccionó antes de que el pánico pudiera tomar forma.
“No se alteren”, ordenó en voz alta.
Su voz no tembló, pero tampoco tenía la fuerza de una autoridad indiscutible.
Era una orden nacida de la urgencia.
Se inclinó hacia uno de los hombres que lo acompañaban y habló en un murmullo rápido, preciso.
“Ve.
Revisa qué pasó.
Encárgate de todo”.
Sin esperar respuesta, giró hacia el otro.
“Tú, encárgate de la gente.
Revisa que todos estén bien.
Mantén el orden”.
Ambos asintieron y se movieron de inmediato, conscientes de que aquel no era un momento para preguntas.
El líder apretó los dientes.
No podemos detener el evento.
El pensamiento fue claro, inmediato.
Si se suspendía ahora, si mostraban debilidad, el caos sería irreversible.
No importaba lo que hubiera ocurrido.
No importaba lo que ya no existía.
El evento debía continuar.
A pesar de lo sucedido, no se apartó del lugar.
Permaneció atento, con los sentidos tensos, observando cada movimiento… especialmente uno.
Daverion.
Cuando se acercó a él, no mencionó la explosión.
No preguntó.
No pidió explicaciones.
No hizo alusión alguna a lo ocurrido.
Se limitó a inclinar ligeramente la cabeza.
“Por favor, adelante”.
Daverion avanzó.
Cada paso era tranquilo, medido, como si el suelo se acomodara a su presencia.
Mientras caminaba, giró apenas el rostro y sus ojos recorrieron el lugar.
Vio a Dael.
Vio a Mateo.
Ambos estaban pálidos, inmóviles, aún intentando ordenar lo que habían presenciado.
Vio a los niños, aferrados a sus padres, demasiado jóvenes para comprender del todo.
Vio al vendedor, aún sentado junto a su carrito volcado, con la mirada perdida, respirando como quien acaba de despertar de una pesadilla demasiado real.
Daverion no se detuvo.
Solo los miró.
Luego siguió avanzando.
Todos estaban bien.
Físicamente, al menos.
Lo que los había alcanzado no era una herida visible, sino algo más profundo.
Algo que no se curaba con descanso ni palabras.
Habían visto algo que jamás debieron ver.
Algo que nunca antes había ocurrido ante los ojos de la mayoría.
Daverion avanzó.
El líder dejó a otra persona a cargo de la entrada antes de moverse.
No podía permitirse ninguna negligencia.
No ahora.
No con él presente.
Acompañó a Daverion manteniendo siempre medio paso de distancia, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, como si cada centímetro tuviera un significado.
Fue entonces cuando lo sintió.
No era presión.
No era calor.
Era una incomodidad seca en el pecho, una tensión que no provenía del entorno, sino de caminar detrás de alguien cuya presencia hacía que el aire pareciera… distinto.
Como si avanzar junto a él exigiera una atención constante, un esfuerzo invisible por no cometer un error que aún no entendía.
Atravesaron la entrada principal.
El interior se abrió ante ellos como un mundo distinto.
Un jardín inmenso se extendía más allá de los muros, ordenado con una precisión casi reverente.
El suelo estaba cubierto por senderos de piedra pulida que serpenteaban entre parterres perfectamente cuidados.
Árboles altos, de copas amplias y hojas densas, proyectaban sombras suaves que se movían lentamente con la brisa.
Entre ellos, esculturas, fuentes silenciosas y estructuras decorativas se integraban con naturalidad, sin romper la armonía del lugar.
Era un espacio pensado para impresionar… pero también para calmar.
Daverion caminaba con tranquilidad, sin prisa, permitiéndose observar.
Sus pasos eran silenciosos.
Sus ojos recorrían el jardín, el trazado del suelo, la disposición de los árboles, los detalles de la decoración.
No evaluaba.
No juzgaba.
Simplemente miraba.
El líder, en cambio, no se relajó ni un instante.
Cada movimiento suyo era medido.
Su atención se dividía entre el entorno y Daverion.
Avanzaba siempre detrás, atento, vigilante, con una postura que no pasaba desapercibida.
A los lados del sendero comenzaron a aparecer guardias que se dirigían hacia la entrada.
Al ver al líder designado, se detuvieron de inmediato.
Enderezaron la espalda y llevaron el puño al pecho en señal de saludo.
“Líder designado”.
El saludo fue firme, automático.
Lo que no entendían era lo demás.
Por qué el líder había abandonado su puesto.
Por qué acompañaba personalmente a aquel joven.
Por qué caminaba detrás de él, atento a cada paso, como si fuera un súbdito… y no una autoridad.
La confusión se reflejaba en sus miradas, pero ninguno se atrevió a preguntar.
El líder habló sin detenerse.
“Vayan y asistan a los demás”.
No levantó la voz.
No necesitó hacerlo.
“Sí, líder designado”.
Los guardias retomaron su marcha, aunque no pudieron evitar lanzar una última mirada hacia Daverion antes de irse.
El jardín volvió a quedar en calma.
Solo el sonido leve de los pasos sobre la piedra, el murmullo distante del agua y el roce del viento entre las hojas acompañaban el avance de ambos.
El líder tragó saliva.
Seguía caminando.
Seguía atento.
Y sabía, con una claridad incómoda, que no estaba escoltando a un invitado.
Antes de llegar al palacio, el flujo de personas se volvió más denso.
Otros invitados avanzaban por los senderos, vestidos con ropas formales, acompañados por asistentes y guardias personales.
Las conversaciones eran bajas, contenidas, pero no lograban ocultar la inquietud que aún flotaba en el ambiente.
La explosión seguía fresca en la memoria de todos.
Nadie la mencionaba, pero estaba ahí, como una grieta invisible bajo cada paso.
Cuando notaron al líder designado caminando fuera de su puesto habitual, escoltando personalmente a un joven, algo cambió.
Las miradas comenzaron a dirigirse hacia Daverion.
No con descaro.
No con desafío.
Con cautela.
Un hombre de porte distinguido dio un paso al frente.
Era el vizconde.
“Líder designado, ¿está todo bien?
¿Qué fue lo que sucedió?” El líder no se detuvo de inmediato.
Dio dos pasos más junto a Daverion antes de responder.
“No se preocupe, vizconde.
Todo está bajo control”.
“No es nada grave.
La explosión ocurrió en las afueras de la ciudad.
No se trata de un ataque a la capital de la dinastía”.
Mientras hablaba, sus ojos se desviaron apenas un instante hacia Daverion.
El vizconde se tranquilizó.
“Entonces dejamos todo en sus manos, líder designado”.
“Puede estar tranquilo”.
El vizconde asintió y se retiró.
El marqués, que había observado el intercambio, avanzó también hacia el palacio.
El flujo volvió a ordenarse.
Daverion siguió caminando.
El líder continuó detrás de él.
Y, aunque nadie lo dijo en voz alta, todos entendieron lo mismo.
Aquella noche seguiría adelante.
Pero ya no era igual.
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