EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 16
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16: Rosas rojas al caer el sol 16: Rosas rojas al caer el sol Mientras Daverion avanzaba por los senderos que conducían al palacio, otro par de ojos se posaron sobre él desde la comodidad de un carruaje cercano.
Era imposible no notarlo.
El carruaje estaba cubierto de adornos dorados, trabajados con un exceso que rozaba lo ostentoso.
Cada curva del metal reflejaba la luz como si quisiera anunciar al mundo la riqueza de su dueño.
En su interior, cojines amplios, telas finas y una mesa repleta de platos convertían el espacio en algo más cercano a un salón privado que a un medio de transporte.
Allí, recostado con evidente placer, se encontraba un hombre gordo y opulento.
Su cuerpo hablaba de abundancia, su expresión de comodidad absoluta.
Mientras comía sin prisa, disfrutando de cada bocado, su mirada vagaba distraída… hasta que se detuvo.
Daverion.
El comerciante frunció ligeramente el ceño.
No por desagrado.
Por curiosidad.
Había algo en ese joven que no encajaba.
No era su ropa.
No era su expresión.
No era siquiera su andar.
Era la ausencia de intención.
Daverion caminaba como si no esperara nada del mundo… y como si el mundo, aun así, se organizara a su alrededor.
El comerciante dejó de masticar.
Su atención se afinó cuando notó otro detalle: el líder designado caminaba detrás de Daverion, atento, vigilante, con una postura que no correspondía a su rango.
No iba delante.
No iba al lado.
Iba detrás.
Eso no era normal.
El comerciante alzó una mano.
—Detengan el carruaje.
El movimiento fue inmediato.
Los sirvientes obedecieron sin cuestionar.
Algo en su interior se había activado.
Un instinto pulido por años de comercio, negociaciones y oportunidades únicas.
Ese joven no era común.
Y cuando alguien así aparecía, no se le dejaba pasar de largo.
Había aprendido una regla simple a lo largo de su vida: Cuando el mundo se inclina hacia alguien, tú te inclinas primero.
El comerciante se incorporó ligeramente y habló en voz alta, proyectando su voz con facilidad.
—Amigo, ¿por qué no vienes y me acompañas un momento?
La invitación flotó en el aire, directa, sin rodeos.
Daverion se detuvo.
Giró el rostro apenas, lo suficiente para observar el carruaje y a su ocupante.
Sus ojos se posaron en él sin interés aparente.
Por un instante, fue evidente que iba a rechazar la invitación.
Su postura no mostraba curiosidad ni expectativa.
Pero antes de que pudiera hablar, el comerciante sonrió ampliamente y añadió, con un tono casi alegre: —Tengo postres, comidas, café.
Todo tipo de comida.
Eso fue suficiente.
Los ojos de Daverion se detuvieron un segundo más.
No evaluó la riqueza.
No preguntó quién era.
No mostró interés por el oro ni por el lujo.
Solo asintió.
—Está bien.
Aceptó.
El comerciante parpadeó… y luego sonrió con auténtico entusiasmo.
A su alrededor, la gente no entendía lo que estaba ocurriendo.
Primero el líder designado.
Ahora el comerciante más grande de la dinastía.
¿Por qué todos parecían querer acercarse a ese joven?
Las miradas se multiplicaron, cargadas de confusión, sospecha y una curiosidad que nadie se atrevía a expresar en voz alta.
En otro carruaje, distinto en todo sentido, alguien más observaba la escena.
Era rojo, intenso, diseñado no para ostentar riqueza sino para provocar deseo.
Las líneas eran suaves, elegantes, insinuantes.
En su interior, una mujer vestida del mismo color descansaba con gracia despreocupada.
Era hermosa.
Delicada.
Y peligrosamente atractiva.
Su presencia generaba una sensación difícil de ignorar, una mezcla de curiosidad y lujuria que atrapaba a quien se atreviera a mirarla demasiado tiempo.
Sus ojos siguieron a Daverion con interés genuino, observando cómo se detenía… y luego cómo subía al carruaje del comerciante al escuchar la mención de la comida.
La mujer soltó una risa suave.
—Tal vez debería hacer lo mismo —murmuró.
Con un gesto perezoso, dio una orden.
—Preparad té.
De vuelta en el carruaje dorado, el comerciante no ocultaba su buen humor.
—Un gusto, permíteme presentarme.
Soy Dorian.
Daverion lo miró con calma.
—Un gusto.
Me llamo Daverion.
Los ojos de Dorian brillaron.
—Gran nombre —respondió con sinceridad.
Daverion subió al carruaje sin ceremonia.
El líder designado lo acompañó de inmediato, manteniendo su postura respetuosa y atenta.
Dorian inclinó ligeramente la cabeza.
—Un gusto, líder designado.
Por favor, pasen.
Acomódense.
—Gracias, Dorian —respondió el líder mientras tomaba asiento.
Mientras se acomodaba, una idea se formó con claridad en su mente.
Qué habilidad… pensó.
Por algo es el comerciante más grande de la dinastía.
No había dudado.
No había esperado.
No había perdido tiempo.
De todas las personas que habían presenciado la escena… solo Dorian había entendido lo que estaba frente a él.
Y solo él había tenido el valor —o la intuición— de aprovechar la oportunidad.
El carruaje volvió a ponerse en marcha.
Mientras el carruaje avanzaba con un balanceo suave, Dorian observaba a Daverion con atención medida, como quien evalúa una joya sin tocarla aún.
La invitación había sido aceptada sin preguntas, sin curiosidad por su nombre ni por el lujo que lo rodeaba, y eso, más que cualquier gesto, le había confirmado que no se había equivocado.
Qué les gustaría comer.
Daverion apenas lo pensó.
Un pedazo de pastel con jugo de mora.
El líder designado tardó un segundo más antes de responder, como si midiera el peso de algo invisible.
Un café con leche está bien para mí.
Dorian inclinó ligeramente la cabeza y giró el rostro hacia el sirviente que aguardaba de pie junto a la pared acolchada del carruaje.
Ve.
Y no demores.
Sí, señor.
El sirviente se retiró con una sonrisa profesional, sus pasos silenciosos sobre el piso pulido.
Todo lo que tengo aquí es de lo mejor, dijo Dorian mientras se acomodaba en su asiento.
En especial la comida.
Fue preparada por uno de los mejores chefs de la capital.
Costó una fortuna, pero lo vale.
No presumía.
Observaba.
Sus ojos se detuvieron primero en el líder designado y luego regresaron a Daverion, esperando una reacción que justificara cada moneda gastada.
Algo me decía que hoy encontraría un buen invitado, alguien que supiera apreciar placeres simples, añadió.
Comer bien, por ejemplo.
Daverion lo miró.
Su figura redondeada, su rostro satisfecho, la manera en que hablaba de la comida como si se tratara de un arte le resultaron curiosamente agradables.
Por qué no disfrutar de las cosas si se puede.
El pensamiento surgió sin esfuerzo.
Vivir el presente, disfrutar sin preocuparse por el mañana.
Dorian se reclinó un poco más, como si esa idea le hubiera dado permiso.
De hecho, pienso igual.
Sobre todo cuando se trata de comida.
Realmente se nota tu gusto por ella, comentó Daverion, recorriendo su silueta sin malicia.
El líder soltó una risa breve antes de poder detenerla.
Daverion también sonrió.
Solo el líder designado no se permitió relajarse del todo.
Aún sentía, en algún rincón de su cuerpo, la resonancia de aquella explosión que había sacudido la ciudad.
Resultaba difícil reconciliar al joven tranquilo frente a él con la fuerza que había desatado semejante destrucción.
El carruaje volvió a balancearse cuando el sirviente regresó.
Aquí tiene su jugo de mora y el pastel.
Y por acá, el café con leche.
Sirvió con movimientos precisos, sin derramar una sola gota.
Gracias.
Daverion tomó el vaso, probó el jugo y luego giró la mirada hacia la ventana.
El sol comenzaba a descender, tiñendo las nubes de tonos naranjas y dorados.
El viento fresco agitaba las hojas de los árboles al paso del carruaje.
Mordió el pastel.
Está realmente bueno.
Se acomodó mejor en su asiento y dejó que la escena pasara frente a sus ojos.
Nada mal.
Dorian no dijo nada.
Simplemente lo observó, satisfecho de haber acertado.
Al parecer ya estamos por llegar al palacio, dijo Daverion al cabo de un momento.
Dorian miró al frente, donde la silueta del palacio comenzaba a imponerse.
Lamentablemente.
Luego, como si tomara una decisión largamente calculada, añadió: Si necesitas dónde quedarte o algún material, puedes comunicarte conmigo.
De su anillo espacial extrajo una tarjeta y se la extendió.
Muéstrala en cualquiera de mis tiendas.
Te darán el mejor trato.
Daverion la tomó.
No la necesitaba, pero la aceptó.
Gracias.
Déjame por aquí.
Sus ojos se desplazaron hacia un carruaje rojo que avanzaba no muy lejos de ellos.
Al parecer, alguien quiere acercarse a mí.
Daverion se despidió de Dorian y descendió del carruaje.
Al hacerlo, sus ojos se posaron de inmediato en una mujer atractiva y delicada, vestida de rojo, que se encontraba a un lado del camino, observando unas rosas.
Se acercó a ella con paso tranquilo.
Mientras Daverion avanzaba, la mujer continuó mirando las flores, pero su cuerpo se acomodó con cuidado, casi de forma inconsciente, inclinándose lo justo para que sus curvas quedaran a la vista.
Era un gesto calculado, ensayado, como si supiera exactamente cómo debía colocarse para ser observada.
Daverion la miraba… y no sentía nada.
Ni deseo.
Ni rechazo.
Solo notó cómo una leve sensación de aburrimiento, que lo había acompañado desde hacía rato, comenzaba a disiparse.
No por atracción, sino por lo entretenido que le resultaba el intento.
La forma en que ella buscaba llamar su atención era, cuando menos, curiosa.
El líder designado, en cambio, sí la miró y pensó que era hermosa.
El pensamiento duró apenas un instante antes de ser sofocado.
No se permitió seguirlo.
El recuerdo de Daverion, de su poder y de lo que había presenciado, bastaba para cortar cualquier distracción.
Desde el carruaje rojo cercano, dos jóvenes observaban la escena con abierta curiosidad.
“Qué hermoso…” Daverion las escuchó y giró la cabeza hacia el carruaje.
En cuanto sus miradas se cruzaron, ambas muchachas se escondieron de inmediato tras la cortina, conteniendo risas nerviosas.
La mujer de rojo, al oírlas, se sobresaltó.
El rubor subió por su cuello y llevó ambas manos a su rostro, cubriéndose con evidente vergüenza.
“¿Por qué te cubres?”, preguntó Daverion.
Se detuvo a su lado y dirigió la mirada a las rosas, como si ese hubiera sido su objetivo desde el principio.
Ella bajó las manos lentamente y lo miró.
“Tenía frío… me estaba calentando el rostro con las manos”, dijo con seguridad.
La excusa era pobre.
Demasiado.
Daverion pensó que eso la hacía aún más divertida.
Se había acercado precisamente por eso.
Desde el principio, ella había sido entretenida.
“¿No vas a acercarte más… o a darme una prenda para calentarme?”, añadió ella, intentando recuperar la iniciativa.
Daverion no respondió.
No le prestó atención a la provocación.
“Te ves diferente sin gafas”, dijo de pronto.
Antes de que ella pudiera reaccionar, sorprendida de que la hubiera reconocido, Daverion dio un paso más y alzó la mano.
Sus dedos tocaron su mejilla.
El calor se expandió de inmediato por todo su rostro.
Daverion se acercó aún más, y a medida que la distancia entre ambos desaparecía, el calor aumentaba, envolviéndola, dejándola sin aliento, hasta que sus rostros quedaron peligrosamente cerca.
Por un instante, ella creyó que algo más iba a ocurrir.
No sabía cómo reaccionar.
No podía moverse.
Su mente se quedó en blanco.
Daverion la miró a los ojos, tan cerca que podía sentir su respiración, y mientras acariciaba su rostro dijo: “Supongo que esto es más que suficiente para que no sientas frío.
Mira… hasta estás roja por el calor.” Ella no supo qué responder.
La vergüenza la atravesó por completo.
Desde que lo había conocido, desde que lo había visto, Daverion le había interesado.
Quería conocerlo más.
Sus dedos se apretaron con fuerza, clavándose contra la tela de su vestido.
Entonces Daverion inclinó la cabeza y se acercó a su oído, hasta que su voz fue solo un susurro junto a su piel.
“El cuarto soberano es mejor que la quinta.” Se apartó con una risa suave.
La dejó ahí, con el calor aún en el rostro y las palabras resonando en su mente, sabiendo que lo que acababa de decirle, sin duda, la molestaría.
Daverion se fue sin mirar atrás.
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