EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 Un aplauso fuera del ritmo
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18: Un aplauso fuera del ritmo 18: Un aplauso fuera del ritmo El palacio del emperador se alzaba sobre la llanura como algo inevitable, no como una construcción, sino como una conclusión.
No dominaba el horizonte por exceso ni por arrogancia; lo hacía por exactitud.
Cada proporción parecía calculada con una paciencia antigua, como si la estructura hubiese sido pensada para existir cuando todo lo demás ya no estuviera.
Los muros, de oro pálido y blanco marfil, atrapaban la luz del día y la devolvían sin deslumbrar, en reflejos suaves y controlados.
No brillaban para impresionar, sino para afirmar su permanencia.
La edificación ascendía en tres niveles escalonados, cada uno más restringido que el anterior, como un filtro silencioso que separaba el mundo común de aquello que se encontraba en su núcleo.
No había torres alzadas por vanidad ni adornos innecesarios que distrajeran la mirada.
Columnas rectas, terrazas amplias y ventanales altos componían un diseño sobrio, firme, destinado a resistir no solo el tiempo, sino el desgaste del propio mundo.
A medida que uno se acercaba, una presión sutil se asentaba en el pecho.
No era miedo ni advertencia, sino una certeza silenciosa: aquel lugar no necesitaba ser defendido.
Su sola presencia bastaba.
Daverion llegó al palacio acompañado de Lyra.
Había varias personas entrando en ese momento, sus pasos marcados por la costumbre y la obediencia.
Sin embargo, cuando lo vieron llegar junto a la princesa, el flujo se detuvo.
Las conversaciones se apagaron una tras otra y, sin que nadie lo ordenara, todos dieron paso.
Las miradas se deslizaron hacia él con curiosidad contenida, evaluándolo, preguntándose en silencio quién era aquel que caminaba a su lado.
Daverion cruzó el umbral sin alterar su ritmo.
Lyra avanzó medio paso delante de él, girando apenas la cabeza mientras hablaba.
—Siguiendo por aquí llegaremos al gran vestíbulo —dijo con naturalidad—.
Todos pasan por aquí.
Su voz rebotó suavemente contra la piedra, clara y viva.
Continuó hablando mientras caminaban, como si el espacio mismo la invitara a llenar el silencio.
Daverion no la interrumpió.
La dejó hablar cuanto quiso, escuchando sin apresurarla, sin dirigirla.
“Es muy extrovertida”, pensó.
A medida que avanzaban, los muros se cerraban en una perfección fría.
Pulidos hasta un punto casi antinatural, devolvían cada paso con un eco limpio, distante, medido.
No amplificaban el sonido; lo examinaban, como si el propio palacio registrara la presencia de quien lo atravesaba.
El corredor se extendía recto, sin curvas ni desviaciones, largo y monumental, obligando a avanzar sin distracciones, sin escapatorias visuales.
Lyra levantó el brazo y señaló las paredes mientras caminaba.
—Mira, todo esto son símbolos y retratos de nuestra gloria.
Los cuadros se alineaban con precisión absoluta, uno tras otro: representaciones de conquistas, figuras imperiales, momentos detenidos en el tiempo.
No estaban colocados para emocionar, sino para recordar.
Para imponer continuidad.
Daverion los observó en silencio, leyendo más allá de la pintura, percibiendo la intención detrás de cada imagen.
Lyra sonrió ligeramente al añadir, con un tono que mezclaba orgullo y repetición aprendida: —Eso dice mi abuelo.
Mientras avanzaban, el final del corredor comenzó a abrirse ante ellos.
La luz se hacía más intensa a cada paso, filtrándose desde el gran vestíbulo como una promesa silenciosa.
Ya no era solo claridad; venía acompañada de sonido.
Voces superpuestas, pasos que se cruzaban, risas breves y conversaciones que chocaban unas con otras llegaban hasta ellos, creciendo en volumen conforme se acercaban.
El aire mismo parecía cambiar, cargándose de movimiento y presencia.
Cuando cruzaron el último tramo del pasillo y entraron al vestíbulo, la amplitud se impuso de inmediato.
La luz descendía desde ventanales altos, abierta y natural, cayendo en haces amplios que se mezclaban con el resplandor cálido de las lámparas.
Ambas iluminaciones se fundían sin competir, bañando el lugar en una claridad serena, constante, que no deslumbraba, pero lo revelaba todo.
El espacio era vasto y lleno de vida.
Personas se movían en distintas direcciones, algunas conversando, otras avanzando con propósito, creando un flujo continuo que daba al lugar una sensación de actividad permanente.
El vestíbulo estaba sostenido por cuatro columnas a cada lado, firmes y simétricas, cada una adornada con detalles de oro que capturaban la luz al pasar.
El mismo material se repetía en cada adorno, sin excepción.
Molduras, relieves y símbolos: todo era oro.
No como exceso caótico, sino como una afirmación constante, presente en cada rincón, recordando a cualquiera que entrara dónde se encontraba y a quién pertenecía aquel lugar.
Al llegar al centro del vestíbulo, Lyra se giró hacia Daverion con una expresión expectante, los ojos brillándole con entusiasmo.
—¿Qué tal?
—preguntó—.
Es grande y bonito.
Daverion recorrió el lugar con una mirada tranquila, evaluando el espacio sin prisa.
—Sí, es bonito —respondió—, pero es muy grande.
Lyra frunció ligeramente el ceño.
—Para una niña como tú.
Daverion dejó caer el comentario con total naturalidad, una provocación ligera, casi despreocupada.
Lyra se detuvo en seco.
Plantó los pies, llevó ambas manos a la cintura y lo miró con el mentón en alto.
—Soy más alta que todas las niñas de mi edad —dijo con firmeza—.
Y además, todavía no he crecido del todo.
Giró la cabeza apenas hacia un lado.
—¿Verdad, Lila?
Lila inclinó ligeramente la cabeza, su voz calmada y respetuosa.
—Sí, princesa.
Seguramente crecerá más alto que su hermana.
Lyra asintió, satisfecha, como si aquello cerrara cualquier discusión posible.
Sin perder más tiempo, volvió a girarse y avanzó con decisión.
—Ven —dijo—.
Te llevaré a la cocina.
Iremos directo, tomaremos unos pasteles con jugo y luego podemos ir al jardín.
A cada paso que daba, la gente se abría.
No era una orden ni una exigencia; simplemente ocurría.
Los cuerpos se desplazaban, las conversaciones se interrumpían brevemente, creando un pasillo invisible frente a ella.
Mientras tanto, las personas que llegaban al gran vestíbulo eran dirigidas hacia la izquierda por los encargados de organizar el flujo, guiándolos con gestos precisos y repetidos.
Lyra miró hacia ese lado y señaló con la barbilla.
—Allá está la sala de recepción —le dijo a Daverion—.
Y también la sala donde todos se van a reunir.
Lila, observando el lado opuesto, añadió con el mismo tono neutro de siempre: —Y por allá está todo lo de la guardia.
Cuarteles y eso.
Lo dijo de forma general, sin énfasis alguno, como si esos lugares no despertaran en ella el más mínimo interés.
Lyra continuó caminando.
—Cuando sirvan la comida, podemos ir también al salón de eventos.
El grupo de Daverion contrastaba de inmediato con el resto.
Mientras la mayoría era absorbida hacia la izquierda, ellos avanzaban de frente, directo al centro del vestíbulo, rompiendo el flujo establecido.
Esa diferencia no pasó desapercibida.
Las miradas comenzaron a girarse, una tras otra, siguiendo su trayecto.
Algunos observaban con atención contenida.
Otros, con molestia abierta.
Muchos habían intentado ganarse el favor de los príncipes con regalos de todo tipo, palabras ensayadas, gestos calculados.
Nada había funcionado.
Y ahora veían a Daverion caminando junto a la princesa, con una cercanía que ninguno de ellos había conseguido.
La envidia y los celos se acumulaban en silencios tensos.
Varios jóvenes lo miraban con disgusto evidente.
Al mismo tiempo, no todas las miradas eran hostiles.
Había jovencitas que lo observaban con descaro contenido; otras que apartaban la vista solo para volver a mirarlo segundos después.
Daverion atraía atención sin esfuerzo.
Su belleza sobresalía incluso moderada, imposible de ocultar del todo.
Daverion percibió las emociones que lo rodeaban como una marea sutil: el resentimiento, la incomodidad, el deseo mal disimulado.
Cuando captó las miradas de las jóvenes, suspiró levemente y murmuró, casi para sí: —Debería complacerlas con una mirada, al menos.
El precio de mi hermosura es difícil de llevar… Se lamentó con un dejo de ironía.
—Tal vez debería hablar de la belleza —continuó—, para que quede guardada y sea recitada por todo el mundo, y la gente no sea ignorante… y no se deje llevar por ella.
Daverion alzó la vista y miró una por una a las que habían quedado encantadas.
Cuando se dieron cuenta de que él las observaba directamente, muchas se sonrojaron, bajaron la cabeza o apartaron la mirada con torpeza.
En la entrada del vestíbulo había llegado una mujer vestida de rojo.
Su presencia era llamativa, elegante.
Al ver cómo Daverion se acomodaba el cabello con gesto despreocupado y luego dirigía su mirada hacia tantas mujeres, su expresión cambió.
Se tensó.
Al notar cómo ellas se ruborizaban, una irritación inesperada la recorrió.
Estuvo a punto de arrugar su vestido con los dedos, sin entender del todo por qué aquello le molestaba tanto.
Entonces, de pronto, una voz resonó por todo el salón.
Venía de Daverion.
No pudo evitar que las palabras tomaran forma.
La voz de Daverion se extendió por el vestíbulo con naturalidad, sin esfuerzo, como si el silencio lo hubiera estado esperando.
—La belleza no se queda —dijo.
No levantó la voz.
No necesitó hacerlo.
—Es un soplo.
Aparece, se siente… y se va.
Y cuando uno intenta volver a mirarla, ya no está.
Algunas personas contuvieron la respiración sin darse cuenta.
—Es un momento —continuó—.
Ocurre una vez.
No dura lo suficiente como para prometer nada.
Su mirada pasó lentamente por los rostros atentos.
—Lo lindo se acaba —dijo con calma—.
Siempre.
No porque esté mal hecho, sino porque nunca fue algo destinado a durar.
El silencio se volvió más profundo.
—Por eso la belleza tropieza —prosiguió—.
Porque no es una cosa que se pueda tomar con las manos.
Es una emoción.
Nadie se movió.
—No es la persona —dijo—.
No es el objeto.
No es la forma que provoca agrado cuando se la ve.
Hizo una breve pausa.
—Eso solo despierta algo.
Varias miradas se fijaron en él.
—Lo verdaderamente lindo —continuó— no está ahí afuera.
Su tono fue sereno, seguro.
—Está en lo que uno siente —dijo—.
En esa emoción que aparece sin permiso, que confunde, que atrae.
Algunas personas fruncieron el ceño.
Otras no pudieron apartar la mirada.
—Por eso la belleza nos llama —añadió—.
Porque no se puede retener… y, aun así, la deseamos.
El vestíbulo quedó en silencio.
No era incomodidad.
Era atención.
Admiración.
Daverion dejó que las palabras se asentaran, sin buscar reacción alguna.
Y quienes lo observaban no sabían si querían entenderlo mejor… o simplemente seguir mirándolo.
Durante un instante más, el silencio se sostuvo.
No era vacío.
Era contención.
Entonces, un solo sonido rompió la quietud.
“Clap.” Lento.
Aislado.
Medido.
No vino del centro ni de los lugares visibles.
Surgió desde un punto que pocos estaban observando, desde alguien que había estado allí todo el tiempo sin ser notado.
El aplauso no buscó llamar la atención y, precisamente por eso, lo hizo.
No fue entusiasmo ni cortesía.
Fue reconocimiento.
“Clap.” El ritmo no cambió.
No se aceleró.
Cada palma se encontró con la otra con una pausa exacta entre sonidos, como si quien aplaudía estuviera marcando algo más que aprobación.
Como si midiera el peso de lo que acababa de oír.
Algunos comenzaron a girar la cabeza, buscando el origen.
Otros no supieron por qué, pero sintieron que ese aplauso tenía un significado distinto.
“Clap.” Entonces ocurrió.
Un segundo aplauso se unió al primero.
Luego otro.
Y otro más.
El sonido se propagó como una onda, extendiéndose por el vestíbulo hasta que las palmas chocaron unas con otras desde todos los rincones.
Ya no era lento.
Era pleno.
Continuo.
El salón se llenó de aplausos.
Lyra fue de las primeras en reaccionar.
Sus ojos brillaban, abiertos de par en par, fijos en Daverion.
No aplaudía por compromiso ni por ceremonia.
Lo hacía con una admiración limpia, casi orgullosa, como si acabara de descubrir algo aún más grande en alguien que ya le parecía especial.
Valeria, vestida de rojo, no se unió de inmediato.
Observó.
Sus ojos se desplazaron primero hacia Daverion… y luego, casi sin darse cuenta, buscaron el lugar de donde había nacido el primer aplauso.
No entendía del todo lo que había escuchado, pero algo había despertado su curiosidad.
No por las palabras solamente, sino por lo que había detrás de ellas.
El líder del lugar inclinó ligeramente la cabeza antes de aplaudir.
No lo hizo con fuerza.
Lo hizo con respeto.
Sus manos se movieron con la serenidad de quien reconoce sabiduría cuando la escucha, incluso si no termina de comprender su origen.
Lila tardó apenas un segundo más que los demás.
Cuando reaccionó, lo hizo con asombro evidente.
Sus ojos se habían abierto, su postura se tensó ligeramente, como si hubiera presenciado algo que no esperaba ver.
Aplaudía, sí, pero más que eso, miraba a Daverion como si acabara de confirmar algo que no sabía que estaba cuestionando.
En algún punto del vestíbulo, el aplauso lento continuó por un instante más, manteniendo su ritmo original antes de perderse entre los demás.
Nadie lo señaló.
Nadie lo nombró.
Pero, para quien supiera mirar con atención, quedaba claro que Daverion no era el único que había entendido el peso de esas palabras.
Mientras los aplausos aún resonaban, no todos reaccionaron con las manos.
En distintos puntos del vestíbulo, hubo quienes no apartaron la mirada de Daverion ni un segundo.
Personas que, en lugar de dejarse arrastrar por el sonido, bajaron la vista con rapidez y sacaron pergaminos, tablillas finas, fragmentos de papel cuidadosamente doblados.
Plumas se deslizaron.
Tinta tocó la superficie con urgencia contenida.
No copiaban palabra por palabra con torpeza.
Escribían con atención, deteniéndose apenas para recordar el orden exacto, la cadencia, el sentido.
Algunos murmuraban en silencio mientras trazaban las líneas, como si temieran que las frases se disiparan si no las fijaban de inmediato.
Otros no escribían todo.
Solo fragmentos.
Frases sueltas.
Ideas que habían quedado grabadas con más fuerza que el resto.
“La belleza no se queda.” “Es un soplo.” “No es la forma… es la emoción.” Nadie les dio instrucciones.
Nadie se los pidió.
Y, aun así, lo hacían.
Porque había palabras que no se aplaudían solamente.
Había palabras que se guardaban.
Daverion no los miró.
No necesitó hacerlo.
Su expresión no cambió al ver plumas moverse ni manos apresurarse, como si supiera que, una vez dichas, esas ideas ya no le pertenecían del todo.
Con el tiempo —mucho después de ese día— esas mismas palabras serían repetidas en otros salones, en patios abiertos, en lugares donde su nombre no estaría presente.
Serían recitadas con voces distintas, interpretadas de formas que él nunca escucharía.
Algunos las entenderían.
Otros solo las admirarían.
Pero seguirían viajando.
Eso, sin embargo, no ocurrió allí.
Esa… es otra historia.
Daverion percibió el roce de las plumas, el leve sonido de la tinta al extenderse sobre el papel.
No necesitó girarse para saberlo.
Algunos estaban escribiendo.
Intentaban fijar sus palabras antes de que se disiparan, como si temieran que el momento se les escapara si no lo atrapaban de inmediato.
Por un instante, su atención se detuvo ahí.
“Esa es otra historia”, pensó.
“Una que quizá nunca llegue a contarse.” No había pesar en la idea.
Solo una certeza silenciosa, una comprensión nacida de cosas que aún no habían ocurrido… y de otras que ya no podían evitarse.
El aplauso comenzaba a diluirse cuando Daverion alzó la mirada.
No la dirigió hacia la multitud ni hacia quienes aún lo observaban con admiración abierta.
Sus ojos se movieron, precisos, hacia el punto exacto desde donde había surgido aquel primer aplauso lento.
Allí estaba.
Un hombre de rasgos atractivos, piel clara, cabellos negros como una noche sin luna y ojos aún más oscuros, profundos, como si miraran desde un lugar que no pertenecía del todo a ese mundo.
No hacía nada para llamar la atención y, aun así, había algo en él que no encajaba del todo.
Su postura era firme, contenida.
No tensa, sino controlada.
Una calma que no parecía aprendida allí.
Su presencia transmitía una sensación extraña, como si las reglas de aquel lugar lo reconocieran solo a medias.
En el primer piso del salón se encontraba Doria, el comerciante.
Observaba a Theron con los ojos encendidos, el pecho lleno de una emoción difícil de contener.
Para él, aquel no era solo el antiguo emperador; era una figura que había moldeado la era en la que había prosperado.
Verlo allí, vivo, presente, despertaba un respeto casi devocional.
En otra mesa, Valeria también miraba hacia lo alto.
Su expresión era distinta.
No había euforia desbordada, sino un respeto profundo, contenido.
No se comparaba con la admiración casi fervorosa que sentía por la Quinta Soberana, pero aun así, Theron ocupaba un lugar especial en su percepción.
Era imposible no reconocer el peso de su historia.
El murmullo del salón se aquietó cuando el emperador volvió a hablar.
—Antes de comenzar el brindis —anunció—, quiero presentar a un viejo amigo.
El silencio cayó como una losa.
Las conversaciones se apagaron una a una, reemplazadas por murmullos contenidos.
Las miradas se cruzaron.
Un amigo del Gran Emperador no podía ser alguien común.
—Si es su amigo… —Debe estar a su mismo nivel… La expectación creció de inmediato.
Incluso la princesa, que se encontraba en otra de las salas privadas del segundo piso, centró toda su atención en la baranda.
Son pocos los que pueden hacerse amigos de mi abuelo, pensó.
Valeria también enderezó la postura, alerta.
Arriba, en la sala privada, Theron giró la cabeza y miró a Daverion.
Daverion comprendió de inmediato lo que aquello significaba.
Su primera reacción fue negarse.
No le agradaba llamar la atención.
Prefería pasar desapercibido, observar desde la sombra.
Pero una idea cruzó su mente con rapidez: en unos momentos usaría la sala de batalla de la familia imperial… y lo más probable era que terminara destruida.
Suspiró internamente.
—Toma esto como mi disculpa —pensó.
Theron no entendió el significado de aquella aceptación silenciosa.
Daverion se puso de pie.
El movimiento fue simple, pero suficiente para atraer miradas dentro de la sala privada.
Caminó hacia la baranda con pasos tranquilos, sin apresurarse.
En el segundo piso, la confusión fue inmediata.
No era un anciano.
No era una figura venerable de cabellos blancos.
Era un joven.
La princesa frunció ligeramente el ceño, sorprendida.
Ella también había esperado a alguien de edad avanzada, alguien que encajara con la imagen que su mente había construido.
En el primer piso, algunos lo reconocieron.
—Es él… —El que dio aquella disertación en el gran vestíbulo… Entre el público, varias jóvenes se agitaron aún más al verlo con claridad.
Su apariencia, su porte, la calma que irradiaba, provocaron susurros cargados de emoción.
Dorian abrió los ojos con asombro.
Algo dentro de él siempre le había dicho que ese joven no era común.
Pero jamás imaginó que estaría al nivel del antiguo emperador, ni mucho menos que sería presentado como su amigo.
Valeria se quedó inmóvil.
Nunca esperó ver a Daverion allí arriba.
Mucho menos, junto a Theron.
Giró la cabeza y vio a las dos jóvenes sentadas a su lado, completamente absortas, murmurando entre sí.
—¿Quién puede ser tan afortunada de estar junto a él?
Valeria volvió la mirada hacia la baranda.
Daverion la miró.
Ella apartó los ojos de inmediato.
Un instante después, volvió a mirarlo… y él seguía observándola.
Daverion levantó la mano y la saludó con un gesto sencillo.
Valeria respondió, algo avergonzada.
Pudo sentir cómo varias miradas se clavaban en ella al hacerlo.
Enryu observó la escena con interés, sin intervenir.
Theron, al notar el intercambio, llamó a Valeria.
Lo hizo con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo, dando a entender que debía acercarse.
Quizá para quedar bien con Daverion… o quizá por simple intuición.
Valeria se levantó.
Cada paso que dio fue observado por decenas de ojos.
Estaba nerviosa.
Después de todo, se dirigía hacia el antiguo emperador.
Lyra presenció todo aquello con una clara insatisfacción.
No dijo nada, pero su expresión lo decía todo.
Cuando Valeria llegó a la sala privada, todas las miradas se posaron en ella.
El ambiente parecía más denso.
Daverion asintió al verla.
Ella devolvió el gesto y tomó asiento, todavía algo incómoda.
Daverion entonces levantó la vista.
Observó a todos los presentes.
Y habló.
Daverion apoyó una mano en la baranda.
No buscó imponerse con presencia ni alzó la voz.
Aun así, cuando habló, el salón pareció inclinarse para escucharlo.
—No soy alguien dado a los discursos —dijo con calma—.
Tampoco a las celebraciones.
Hubo un leve murmullo, que se apagó de inmediato.
—Pero hoy se ha hablado de una victoria —continuó—.
De la caída de un general.
De tierras que ahora pertenecen a este imperio.
Su mirada recorrió el salón sin prisa, desde el primer piso hasta las galerías superiores.
—Eso no ocurre por azar.
Ocurre porque alguien decidió avanzar… y alguien más no supo detenerlo.
No hubo juicio en sus palabras.
Solo constatación.
—Así que brindaré por algo simple —añadió—.
Por quienes entienden el peso de cada paso que dan… y aun así siguen adelante.
Alzó la copa apenas un poco.
—Que las decisiones de hoy no se conviertan en las ruinas de mañana.
Nada más.
No hubo cierre grandilocuente.
No hubo proclamación épica.
Pero el silencio que siguió fue absoluto.
Un silencio distinto al de antes.
Más profundo.
Más atento.
Y entonces, casi con cautela, comenzaron los aplausos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com