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EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 19

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19: Tres sillas, dos presencias 19: Tres sillas, dos presencias Los ojos de Daverion se encontraron con los de aquel hombre entre la multitud.

No hubo sorpresa en ninguno de los dos, solo reconocimiento.

Un entendimiento inmediato, silencioso, como si esa mirada cerrara un ciclo que nadie más había visto abrirse.

Daverion inclinó apenas la cabeza.

No fue un saludo formal, sino una concesión mínima, precisa.

El otro respondió del mismo modo, con un gesto casi imperceptible, medido hasta el extremo.

En la comisura de su boca apareció una sombra de sonrisa que no llegó a formarse del todo; más una intención que una expresión.

Luego, sin prisa, el hombre giró hacia la izquierda.

Avanzó en dirección al salón de eventos, dejándose llevar por el flujo natural de personas.

No se abrió paso ni lo reclamó.

Simplemente caminó, y el espacio se acomodó a su alrededor sin que nadie supiera por qué.

A cada paso, su presencia se diluía un poco más, como si aprendiera a desaparecer entre cuerpos ajenos.

Antes de perderse por completo, no miró atrás.

No lo necesitaba.

El mensaje ya había sido entregado.

Daverion siguió con la mirada el punto exacto donde dejó de distinguirlo.

No sonrió.

Tampoco se movió de inmediato.

Había en su postura una calma expectante, una aceptación ligera, casi divertida.

El encuentro no había terminado.

Solo había cambiado de escenario.

Daverion se dio la vuelta.

Antes de que pudiera decir una palabra, Lyra lo sujetó con fuerza del brazo, los ojos brillándole de emoción, incapaz de contenerse.

“¡Guau!

Qué grandioso eres, hermano mayor”, dijo casi sin respirar.

“Tus palabras me llegaron al corazón.

Sentí emociones indescriptibles al escucharte”.

Su voz estaba cargada de asombro genuino, sin rastro de exageración aprendida.

Lila, a su lado, asintió en silencio, confirmando cada palabra con una leve inclinación de cabeza.

El líder designado hizo lo mismo, con un gesto sobrio y respetuoso, reconociendo lo que acababa de presenciar.

Lyra no le dio tiempo a Daverion de responder.

“Ven, vámonos antes de que tus admiradores intenten acercarse a ti”, añadió.

Mientras hablaba, recorrió con la mirada a la gente que los rodeaba.

Muchos aún los observaban, indecisos, como si dudaran entre el respeto y el impulso de dar un paso al frente.

Sin esperar respuesta, Lyra tiró de Daverion con decisión y lo arrastró hacia el pasillo que se abría justo frente a ellos.

El grupo se alejó, dejando atrás a varias personas con expresiones de frustración apenas disimulada.

Algunos habían avanzado un paso, otros habían levantado la mano con intención de llamar su atención, pero se detuvieron al verlos marcharse.

No podían seguirlos.

Ese pasillo estaba custodiado.

Al salir del pasillo, llegaron al segundo nivel del castillo.

El cambio se sintió de inmediato.

Al frente se abría un amplio jardín, luminoso y sereno, como si el palacio hubiera reservado ese espacio para permitir que el mundo respirara.

El aire era distinto allí: más fresco, más limpio, cargado con el aroma tenue de la vegetación y el murmullo constante del agua en movimiento.

El jardín ocupaba el centro de ese nivel.

A su alrededor se extendían pasillos amplios, sostenidos por columnas regulares que no cerraban el espacio, sino que lo enmarcaban.

Entre columna y columna, la vista se abría sin obstáculos hacia el corazón verde del lugar, permitiendo observar el jardín desde cualquier punto del recorrido.

No era un diseño casual.

Todo invitaba a mirar, a detenerse, a reducir el paso.

Lyra condujo a Daverion por esos pasillos perimetrales.

A través de las columnas, la fuente central se dejaba ver con claridad.

El agua caía en niveles suaves, sin estruendo, produciendo un sonido continuo y apacible que se mezclaba con el roce de las hojas.

No era una fuente pensada para impresionar, sino para acompañar, para sostener el silencio sin romperlo.

Senderos sinuosos recorrían el jardín, trazados de forma orgánica, evitando líneas rectas innecesarias.

Guiaban el caminar de manera natural, obligando a rodear, a descubrir poco a poco lo que se ocultaba tras cada curva.

Pinos altos se alzaban con solemnidad, proyectando sombras frescas, mientras cerezos de ramas delicadas aportaban un contraste suave, casi frágil, con pétalos que de vez en cuando caían y se posaban sobre el suelo o flotaban brevemente en el agua.

Todo allí estaba dispuesto para ralentizar a quienes lo atravesaban.

La luz del sol se filtraba entre hojas y columnas, fragmentándose en destellos móviles que cambiaban con cada brisa.

Incluso el aire parecía moverse con cautela, como si respetara el ritmo del lugar.

Pequeños quioscos estaban distribuidos por el jardín, colocados a distancias medidas, ofreciendo refugio y descanso.

Cada uno tenía su propia perspectiva del entorno, su propio encuadre del paisaje.

Sin embargo, en el centro exacto del jardín, uno sobresalía por encima de los demás.

Era más amplio, más abierto, rodeado por un círculo de tulipanes que aportaban color y orden sin rigidez.

Desde allí, todo el jardín podía contemplarse sin esfuerzo, como si aquel punto hubiera sido elegido para observar y ser observado al mismo tiempo.

Daverion percibió que ese espacio no estaba hecho solo para el descanso.

Era un lugar pensado para encuentros, para conversaciones que no necesitaban testigos.

Caminaron bordeando el jardín, siguiendo el pasillo de columnas abiertas.

El sonido de la fuente quedaba a ratos detrás, a ratos al costado, como si el agua los acompañara sin decidirse por un solo lugar.

La luz de la luna entraba entre las columnas en franjas suaves.

Lyra avanzaba unos pasos delante de Daverion, pero de pronto se detuvo.

Se giró hacia él con el ceño levemente fruncido, no molesta, sino pensativa.

“Oye… ¿tú siempre hablas así cuando hay mucha gente?” Daverion la miró, sorprendido solo lo justo.

Luego desvió la vista hacia el jardín, hacia los senderos que se perdían entre los árboles.

“No”, respondió.

“Solo cuando es necesario”.

“¿Necesario para qué?” Daverion tardó un instante más de lo normal en contestar.

Su mirada se detuvo en la superficie del agua, donde los reflejos se quebraban una y otra vez.

“A veces”, dijo, “las palabras no son para todos los que escuchan”.

Lyra parpadeó.

“¿Entonces para quién son?” Él sonrió apenas, como si esa pregunta le resultara familiar.

“Para quien sabe oír distinto”.

Lyra frunció el ceño con más fuerza ahora, claramente sin entender.

Abrió la boca para insistir, pero luego la cerró.

Se encogió de hombros.

“Bueno… si tú lo dices”.

Y aceptó la respuesta sin más, como hacía siempre con las cosas que aún no podía comprender.

Reanudaron el paso.

El jardín seguía ahí, sereno, como si nada hubiera ocurrido.

Sin embargo, Daverion sabía que no era así.

No había alzado la voz por accidente.

No había elegido esas palabras al azar.

Alguien había escuchado.

Mientras avanzaban, el pasillo se abrió un poco más y el jardín quedó completamente a la vista.

Sobre ellos, el techo de vidrio se extendía como un lago transparente, dejando ver el cielo exterior.

Las nubes se deslizaban lentamente, deformadas por la curvatura sutil de los paneles, y la luz descendía filtrada, suave, sin peso.

Cerca del centro del jardín, apartado de los senderos, había una figura recostada sobre el pasto.

Un adulto joven yacía con los brazos detrás de la cabeza, completamente despreocupado, mirando hacia arriba.

Su atención no estaba en las personas, ni en el palacio, ni en la ceremonia que se desarrollaba más abajo.

Solo seguía el movimiento del cielo a través del vidrio, como si el mundo pudiera esperar mientras las nubes decidían su forma.

Lyra lo vio y su expresión cambió de inmediato.

“Ese es mi hermano”, dijo, señalándolo con naturalidad.

“El príncipe heredero”.

Daverion dirigió la mirada hacia él.

“Le gusta relajarse aquí”, continuó Lyra.

“Disfrutar del cielo.

A veces pasa horas así.

Ni siquiera quiere el puesto del emperador”.

Había en su voz una mezcla extraña de orgullo y resignación, como si aquella actitud fuera tan conocida como inevitable.

Daverion observó un momento más al joven tendido en el pasto.

No vio desinterés ni pereza.

Vio calma.

Vio elección.

“Es un espíritu libre”, dijo al fin.

Lyra lo miró, atenta.

“No le gustan las responsabilidades”, añadió Daverion.

“No porque no pueda con ellas, sino porque no las busca”.

Desvió la mirada del cielo al jardín, midiendo sus propias palabras.

“Pero si llegan”, continuó, “no creo que le importe dar lo mejor de sí para cumplirlas… y hacerlo perfectamente”.

Lyra sonrió, como si esas palabras hubieran puesto en orden algo que ella siempre había sentido, pero nunca había sabido explicar.

El príncipe heredero siguió ahí, inmóvil, ajeno a todo, mientras el cielo cambiaba lentamente sobre su cabeza.

Al rodear por completo el jardín, llegaron finalmente a la cocina.

El cambio de ambiente fue inmediato.

El aire era más cálido, más denso, cargado de aromas.

El sonido metálico de utensilios, el murmullo constante de voces y el movimiento coordinado de los cocineros llenaban el espacio con una energía distinta, práctica y viva.

Cuando los encargados de la cocina vieron entrar a la princesa, hubo reacciones diversas.

Algunos se sobresaltaron y se quedaron rígidos por un instante; otros apenas levantaron la vista, ya acostumbrados a su presencia repentina.

Lyra no esperó invitación alguna.

Avanzó entre las mesas con absoluta naturalidad, como si aquel lugar le perteneciera tanto como cualquier salón del palacio.

Probaba de todo.

Tomaba un bocado aquí, un sorbo allá, y sin preguntar, estiraba la mano hacia Daverion para que probara también.

“Este”, dijo, acercándole algo sin siquiera mirarlo.

“Y este también”.

Daverion aceptó sin quejarse, observándola con una mezcla de paciencia y curiosidad.

Cada sabor parecía despertar en ella una pequeña celebración personal.

Lila, como siempre, se movía detrás de ellos disculpándose con todos, inclinando levemente la cabeza, explicando con suavidad que la princesa no pretendía causar molestias.

Su tono era tan habitual que parecía parte del propio ritmo de la cocina.

El líder designado permanecía unos pasos detrás de Daverion, atento, silencioso, como una sombra que no interfería.

Un chef, al reconocer a Lyra, se acercó con respeto.

“¿Qué han preparado para la celebración?”, preguntó ella, ya con evidente interés.

“Carne en salsa, verduras asadas y jugo fresco”, respondió el hombre con orgullo contenido.

Mientras hablaban, el olor se difundía por toda la cocina.

La carne desprendía un aroma profundo y cálido, las hierbas de las verduras flotaban en el aire, y el dulzor del jugo completaba la mezcla.

Era imposible no sentir cómo despertaba el apetito, incluso en quienes ya habían probado algo.

Lyra ya tenía un pedazo de carne en la mano y lo mordía sin la menor ceremonia.

Daverion la miró y sonrió apenas.

“Pide lo que quieras”, le dijo.

“Luego vamos al jardín y esperamos a que nos sirvan en el salón de eventos”.

Lyra asintió con la boca ocupada, claramente de acuerdo, sin dejar de masticar.

“Lila”, añadió Daverion, “prepara el quiosco”.

“Enseguida”.

La cocina siguió con su ritmo, como si nada extraordinario hubiera ocurrido, aunque más de una mirada se quedó siguiendo al grupo mientras se alejaban.

“Té y jugos quiero”, dijo Lyra sin dudar.

Al escucharla, el chef reaccionó de inmediato.

Con movimientos rápidos y precisos, preparó una tetera humeante y llenó una jarra con jugo fresco.

El líder designado tomó la bandeja con cuidado; sobre ella iban la tetera, la jarra y cinco vasos bien alineados.

Salieron de la cocina y regresaron al jardín.

Mientras avanzaban por los senderos, llegaron al lugar donde Therion seguía recostado sobre el pasto, con la mirada fija en el cielo visible a través del techo de vidrio.

“¡Hermano!”, llamó Lyra en voz alta.

Therion parpadeó, como si despertara de un sueño largo, y lentamente volvió en sí.

“¿Lyra?”, murmuró.

“¿Ya es hora del evento?” Se incorporó apenas, llevándose una mano al rostro.

“Se me habrá ido el tiempo de nuevo”, dijo en voz alta, más para sí mismo que para los demás.

“No, todavía queda tiempo”, respondió Lyra con naturalidad.

“Pero te llamé porque mira… mi nuevo hermano”.

Therion se sentó por completo y miró a Lyra.

No parecía sorprendido; con ella, cada día traía algo distinto.

Luego su mirada se posó en Daverion.

“Bueno”, dijo tras una breve pausa, “supongo que ahora tengo otro hermano”.

Se rascó la cabeza mientras lo decía, claramente en tono de broma.

Un segundo después, su expresión se suavizó y se levantó.

“Disculpa”, añadió, dirigiéndose a Daverion.

“Espero que mi hermana no te haya causado molestias”.

“Ha sido entretenido”, respondió Daverion con calma.

Therion rió al oírlo.

En ese momento, el aroma del té llegó hasta él.

Su atención se desvió de inmediato hacia la bandeja que llevaba el líder designado.

Lyra lo notó y sonrió.

Conocía bien los gustos de su hermano; por eso había pedido té.

“Vamos al quiosco”, dijo.

“Tomemos té”.

Luego añadió, casi como un detalle sin importancia: “Bueno, yo tomaré jugo”.

Therion asintió y los siguió sin decir nada más.

Al llegar al quiosco principal, encontraron una mesa amplia ya preparada, con cinco sillas dispuestas alrededor.

Lila los esperaba allí, de pie junto a la mesa, todo listo, como si hubiera sabido exactamente cuándo llegarían.

En otro espacio, aislado de todo, una pieza que había causado desorden en el tablero volvió a moverse.

Más pronto de lo previsto.

Daverion lo sintió al instante.

Sin cambiar su expresión, levantó la mano apenas un poco.

El aire frente a él se plegó y, ante sus ojos, se abrió un espacio distinto, invisible para cualquiera más.

En su interior flotaba un tablero de ajedrez.

Las piezas no eran de madera ni de piedra, sino de algo más abstracto, definido por intención y consecuencia.

Una de ellas había cambiado de lugar.

Daverion observó el tablero durante un breve segundo.

Luego asintió.

“Qué impredecible”, murmuró.

“Si todo hubiera seguido igual, nos habríamos visto en el salón de eventos… pero al parecer no”.

Bajó la mano.

El espacio se cerró sin ruido, y el jardín volvió a ser solo el jardín.

Entonces miró a Lila.

“Trae tres sillas más”, le dijo con naturalidad.

Lila parpadeó, desconcertada.

Contó mentalmente.

Estaban Lyra, Therion y Daverion.

Tres.

No entendía la petición.

Antes de que pudiera formular la pregunta, algo cambió.

Detrás de ella, el aire pareció volverse más pesado.

Un hombre mayor apareció sin transición visible, como si siempre hubiera estado allí y el mundo recién lo hubiera notado.

Su sola presencia desprendía una autoridad antigua, profunda, imposible de ignorar.

No era una presión violenta, sino una que imponía respeto de forma instintiva.

Todos reaccionaron al instante.

El líder designado cayó de rodillas, inclinando la cabeza sin dudarlo.

Therion se enderezó y realizó una reverencia perfecta.

Lyra también se inclinó… pero solo por un segundo.

Al reconocerlo, sus ojos se iluminaron y salió corriendo.

“¡Abuelo!”, exclamó.

Lila seguía sin entender lo que ocurría.

Observó las reacciones, confundida, hasta que escuchó la voz de Lyra con claridad absoluta: “Saludos al antiguo emperador”.

El corazón de Lila dio un salto.

Se giró bruscamente, vio al hombre y se quedó rígida.

El miedo le recorrió la espalda.

Sin pensarlo dos veces, se arrodilló de inmediato.

“Saludos al antiguo emperador”, dijo, con la voz tensa.

Lyra ya había llegado hasta él y lo abrazó sin ninguna formalidad, como si el peso de su título no existiera.

El hombre mayor sonrió y levantó una mano, restándole importancia a las reverencias.

Theron observó la escena con una expresión relajada y luego dirigió su atención a Daverion.

“Es un gusto tenerte aquí”, dijo.

“No pensé que aceptarías la invitación de mi nieta”.

Daverion sonrió apenas.

“Es una buena forma de pasar el tiempo”.

La sonrisa de Theron se desvaneció lentamente.

Su expresión cambió, volviéndose severa.

Giró la cabeza y fijó la mirada en uno de los árboles al fondo del jardín, donde las sombras eran más densas.

“Mael”, dijo, con voz firme.

“¿Cuánto tiempo piensas esconderte?” El nombre resonó con claridad.

Todos dirigieron la vista hacia la sombra del árbol, sin entender.

Por un instante, no ocurrió nada.

Entonces, la oscuridad se movió.

De entre las sombras emergió un hombre delgado, de aspecto tranquilo, con un rostro afable que contrastaba con la forma en que había sido descubierto.

Caminó hacia adelante con total naturalidad, como si aquello fuera una simple molestia.

Todos se sorprendieron.

Todos, excepto Daverion.

“Theron”, dijo el recién llegado, con una ligera sonrisa.

“¿Cuál es el problema?

Apenas llegué”.

Su tono era relajado.

Demasiado relajado para alguien que había estado oculto en el jardín imperial.

El silencio se asentó brevemente en el jardín.

Las miradas se cruzaron, algunas tensas, otras calculadas.

El aire había cambiado, aunque nadie lo dijera en voz alta.

Dos presencias nuevas ocupaban el espacio con naturalidad inquietante.

Daverion no se movió.

Su mirada descendió un instante hacia la mesa del quiosco.

Había pedido tres sillas.

Pero solo dos habían llegado.

No pensó nada más.

No era necesario.

Aún faltaba alguien.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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