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EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 2

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2: No es el nuestro 2: No es el nuestro Donde alguna vez existió el lago, ahora solo quedaba devastación.

La tierra estaba quebrada, hundida, despojada de sentido.

No había humedad en el aire, ni restos de energía dispersa, ni señales de una explosión o de una lucha.

No había huellas de resistencia.

Aquello no era un campo de ruinas… era una negación.

El lago había desaparecido, y con él, algo más profundo.

Eso fue lo que paralizó a la Corte Celestial.

No la destrucción.

No la pérdida.

Sino el hecho de que el mundo no se opuso.

El lago no era solo una masa de agua.

Era un pilar, un ancla esencial que mantenía el equilibrio del planeta, una fuente de energía primordial ligada al flujo mismo de su existencia.

Desde el inicio de los registros, ninguna técnica, ningún arte, ningún poder conocido había sido capaz de borrarlo sin provocar una reacción violenta del mundo.

Pero el mundo no gritó.

No se defendió.

No se quebró.

Aceptó.

Los ancianos lo sintieron de inmediato.

No fue una deducción ni un análisis: fue una certeza que se deslizó en sus conciencias como un escalofrío.

El equilibrio del planeta se había reajustado, lento y dócil, como si la ausencia hubiera sido autorizada.

El vacío no estaba siendo corregido.

No había intento de restauración.

Entonces surgió el pensamiento que ninguno quiso pronunciar, pero que todos compartieron: El mundo se inclinó ante la pérdida.

Mientras los ancianos y los miembros de mayor estatus permanecían inmóviles, atrapados en esa comprensión, los miembros de menor rango comenzaron a inquietarse.

El murmullo creció, cargado de nerviosismo y necesidad de control.

—Esto debe ser reportado.

—La organización más poderosa del sistema solar debe intervenir.

—Debe haber un castigo.

Las voces se superponían, cada vez más tensas, hasta que una sola palabra cayó como una sentencia.

—Silencio.

La voz del gran anciano no fue elevada, pero su resonancia atravesó el salón como una presión invisible.

El aire vibró.

Los símbolos sagrados temblaron.

Los rostros de quienes hablaban se tornaron pálidos al instante.

—Nadie va a proponer un castigo —dijo con lentitud—.

Eso no fue poder… eso fue autoridad.

Un estremecimiento recorrió a la Corte.

En los ojos del gran anciano, algo impropio de su rango quedó expuesto por un instante.

Miedo.

La hija del líder del consejo dio un paso al frente, furiosa.

Aquella negativa era inconcebible.

Jamás había sido contradicha.

Su voluntad siempre había sido ley, protegida por la Corte Celestial.

Todos le temían.

Todos cedían.

Pero ahora… Ahora la Corte, la fuente misma de su orgullo, no se atrevía a enfrentarse a esa existencia.

—¿Vamos a permitir esto?

—espetó, con la voz temblando de ira—.

Somos una rama de la organización más poderosa del sistema solar.

¿Permitiremos que alguien venga y haga lo que quiera en nuestro planeta?

Entre los dos grandes ancianos, el más poderoso de los tres observaba en silencio.

Su mirada era fría, cargada de desdén.

Pensó que había sido criada entre privilegios, sin comprender nunca el verdadero peso del poder.

Cuando la joven insistió nuevamente en exigir castigo, el gran anciano fue arrastrado por un recuerdo imposible de ignorar.

Daverion.

La autoridad absoluta manifestándose sin esfuerzo.

La destrucción ejecutada sin énfasis.

La marcha silenciosa, sin mirar atrás.

Sin desafío.

Sin justificación.

Sin interés.

Como si lo ocurrido no mereciera atención alguna.

Como si cuestionarlo fuera, en sí mismo, un error.

Mientras el gran anciano permanecía atrapado en ese pensamiento y la hija del líder seguía exigiendo represalias, una voz se alzó por encima de todas.

La voz del líder de la Corte Celestial.

No necesitó imponerse.

Se extendió.

El impacto fue inmediato.

Las piernas temblaron.

La respiración se volvió pesada.

El miedo, olvidado por muchos desde hacía eras, regresó de golpe.

La hija del líder palideció.

Sus ojos se abrieron con terror puro.

El cuerpo no respondió y cayó al suelo, vencida por el peso de la verdad.

—Un soberano —dijo el líder.

El silencio fue absoluto.

Entonces, desde los patios sagrados de la Corte Celestial, surgió otra voz.

Más antigua.

Más profunda.

Una voz que no discutía ni advertía.

Sentenciaba.

—Y no es el nuestro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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