EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 20
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20: Cuarto en Posición, Tercero en Poder 20: Cuarto en Posición, Tercero en Poder Mael avanzó hacia el quiosco con paso tranquilo, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.
La luz del jardín rozó su figura al salir por completo de las sombras, y fue entonces cuando Lyra frunció el ceño, observándolo con atención creciente.
“Abuelo…” dijo, señalándolo sin disimulo.
“Ese no es el camarero.” Giró la cabeza de un lado a otro, confundida.
“¿Cómo hizo para salir de las sombras?” Su asombro era genuino, casi infantil.
Daverion soltó una breve risa, baja, contenida, como si la pregunta le resultara entrañable más que sorprendente.
Theron abrió la boca para responder, pero ninguna explicación le pareció adecuada.
Dudó apenas un instante.
Fue Therion quien tomó la palabra.
“Así son los meseros hoy en día, Lyra”, dijo con absoluta seriedad… o al menos eso intentó.
Al terminar la frase, giró el rostro y se cubrió la boca con la mano, ocultando una sonrisa que amenazaba con delatarlo.
Mael llegó entonces al quiosco, deteniéndose junto a Theron con naturalidad.
“¿Cómo has estado?” saludó.
Theron lo miró de reojo.
“Bien… hasta que llegaste.” Theron soltó una risa suave y, girándose hacia Lyra, añadió con tono deliberadamente burlón: “Bueno, Lyra.
Este es el mesero que tenemos hoy para servir el té.” Mael arqueó apenas una ceja.
Estaba a punto de responder cuando algo cambió.
El primer sonido fue seco.
Una pisada.
Resonó en el jardín con una claridad antinatural, como si el suelo mismo amplificara el contacto.
Luego otra.
Y otra más.
Cada paso se escuchaba más fuerte que el anterior, marcando un ritmo pesado, constante, imposible de ignorar.
El sonido se propagó entre los árboles, rebotó contra las columnas, atravesó el murmullo del agua de la fuente.
El ambiente se tensó de inmediato.
Todos se desconcertaron.
Todos, excepto uno.
El líder designado giró sobre sí mismo, adoptando una postura defensiva, buscando el origen del sonido en cada dirección posible.
Mael perdió su expresión afable en un parpadeo.
La suavidad de su rostro se endureció, sus ojos se volvieron fríos, calculadores.
Su cuerpo se ajustó, preparado para reaccionar.
Therion dejó atrás cualquier rastro de relajación.
Su mirada se volvió firme.
Theron frunció el ceño, enfocando su atención al frente.
Daverion, en cambio, sonrió.
“Más pronto de lo que esperaba”, murmuró.
Giró la cabeza hacia atrás.
Uno a uno, los demás siguieron su mirada.
A lo lejos, avanzando por el sendero del jardín, apareció un hombre de rasgos llamativos.
Su piel era pálida, casi luminosa bajo la luz filtrada del techo de vidrio.
Su cabello negro caía sin orden aparente, como una noche sin luna, y sus ojos, aún más oscuros, parecían absorber la luz a su alrededor.
Caminaba con calma, sin prisa, disfrutando del paisaje como si aquel lugar no estuviera cargado de tensión.
Cada paso que daba resonaba con la misma fuerza que antes, marcando su avance de forma deliberada.
Paso.
Otro paso.
El sonido recorría todo el jardín.
Theron observó al hombre y luego miró a Daverion.
Sintió algo familiar, una resonancia difícil de explicar, como si el aire alrededor de ambos respondiera a la misma lógica.
Lyra, por su parte, no prestaba atención al recién llegado.
Estaba completamente absorta en una pequeña lagartija negra que descansaba sobre los hombros del hombre.
La observaba con una sonrisa, fascinada por lo adorable que le parecía.
El líder designado no había notado al hombre hasta que Daverion lo fijó con la mirada.
Entonces, su atención se centró en él de inmediato, evaluándolo con cautela.
Lila permanecía confundida.
Cada nueva presencia era más singular que la anterior, y no entendía del todo qué estaba ocurriendo.
Pero quien sufrió el cambio más drástico fue Mael.
El terror apareció en su rostro sin disimulo.
Las sombras a su alrededor se agitaron, inquietas, perdiendo cohesión.
Por un instante, pareció que iban a envolverlo por completo.
Mael dio un paso atrás, claramente a punto de desaparecer de allí.
Su mirada se desvió hacia Daverion.
El Séptimo.
Cada vez que se encontraba con alguien poderoso, y eran muy pocos los que podían entrar en su liga, aquello terminaba en una pelea.
Y las secuelas siempre eran las mismas: un planeta reducido a ruinas, la vida exterminada.
Mael dudó.
Observó mejor al recién llegado.
Analizó su postura, su ritmo, su expresión.
No percibió intención de atacar.
Al menos no un golpe inmediato.
No uno que destruyera todo.
Las sombras se aquietaron poco a poco.
Theron notó el cambio en Mael y se preparó instintivamente, pero al ver que este se calmaba, también aflojó su propia tensión.
El jardín recuperó su silencio aparente.
Pero nada allí estaba realmente en calma.
El séptimo avanzó hasta el quiosco sin apresurarse.
Cada paso parecía medido, no por cautela, sino por intención.
El aire a su alrededor se volvió denso, casi expectante.
Todos tensaron el cuerpo de forma instintiva.
Todos, excepto Daverion.
Daverion permaneció tranquilo, observándolo acercarse como quien espera algo inevitable.
Entonces, sin transición visible, la presencia del séptimo cambió.
No fue un gesto exagerado ni una transformación brusca.
Fue algo más sutil.
La presión que emanaba de él se suavizó, como si hubiera decidido guardarla.
Su postura se relajó apenas.
Fue después de hablar.
“Hola”, dijo con una voz cercana, sorprendentemente ligera.
“No quería interrumpirlos… pero al parecer van a servir té.” Hizo una breve pausa.
“No me lo puedo perder.” Se llevó los dedos a la nariz de manera despreocupada y dejó escapar una risa corta, sincera, casi juvenil.
Mael se quedó inmóvil.
Daverion respondió.
“Claro.
Entre más seamos, mejor.” Tomó asiento sin ceremonia.
Mael dio un paso al frente.
De su anillo espacial extrajo tres sillas y las acomodó alrededor de la mesa.
El séptimo se sentó frente a Daverion.
Colocó una fruta oscura e irregular sobre la mesa.
La lagartija negra saltó del hombro del séptimo y comenzó a devorarla con entusiasmo.
Lyra no pudo apartar la vista.
Los demás tomaron asiento.
Lila sirvió el té.
Therion habló.
“Abuelo.
¿No te vas a presentar en la celebración?” Theron observó el vapor del té.
“Al final lo haré.
Mientras tanto, tu padre se hará cargo.” Mael sostuvo la taza sin beber.
Theron habló.
“Durante la última guerra entre las dos dinastías, hubo un general que creyó entendernos.” “Fortificó su territorio.
Cerró rutas.
Pensó que la fuerza visible bastaba.” “Duró más de lo esperado.
Pero cayó.
Y con él, el territorio.” Mael dejó la taza.
“Eso es lo que no entiendo.
¿Por qué jugar con los demás?” Theron respondió.
“Porque quien avanza sin rodeos se convierte en el centro de todas las miradas.” “¿Y eso es un problema?” “Siempre.” “No es temor.
Es comprensión.” “Un poder que se muestra demasiado pronto obliga al mundo a reaccionar.” “Nos apoderamos del territorio sin que comprendieran que era el comienzo.” “Así que la celebración es una cortina.” “Una muy necesaria.” La celebración seguía.
El Séptimo lo comprendió todo en un solo latido.
No necesitó más palabras, ni más gestos.
La conversación, el tono medido de Theron, la prudencia aún incompleta de Therion, la forma en que Mael lanzaba preguntas como cuchillas invisibles… todo encajó de inmediato.
Una dinastía poderosa estaba avanzando.
No con estruendo, no con conquista abierta, sino con paciencia, con celebraciones que ocultaban movimientos, con territorios tomados sin que el mundo levantara la voz.
Y ese avance, inevitablemente, terminaría por chocar con la Corte Celestial de aquel planeta.
No era una posibilidad.
Era una trayectoria.
Justo cuando la conversación parecía a punto de profundizar aún más, el Séptimo desvió la mirada.
Sus ojos se posaron en Daverion.
El joven bebía el té con calma, como si nada de aquello le concerniera.
Como si las tensiones, las estrategias y los futuros conflictos no rozaran siquiera su mesa.
Ese contraste fue lo que llamó la atención del Séptimo.
No la indiferencia… sino la naturalidad.
Entonces habló.
“Tengo curiosidad”, dijo.
Su voz fue suave, casi ligera, pero el ambiente cambió apenas terminó la frase.
“¿Quién eres?” No había verdadera duda en su expresión.
Ninguna.
Una risa breve escapó de sus labios, más un gesto de ironía que de humor.
“El Séptimo, claramente no soy yo”, continuó.
“Al Sexto y al Quinto tampoco los conozco lo suficiente como para considerarlos.” Hizo una pausa precisa, dejando que el silencio trabajara por él.
No era una pausa vacía, sino una que obligaba a escuchar.
“Así que solo quedan los cuatro primeros.” Sus dedos tocaron la mesa con suavidad.
“El Primero y el Segundo son soberanos primordiales… es poco probable que seas uno de ellos.” Su mirada se afiló apenas, como una hoja que encuentra el ángulo correcto.
“Entonces, solo quedan el Tercero… y el Cuarto.” Daverion no respondió de inmediato.
Terminó de beber el té.
Dejó la taza en su lugar sin prisa.
Cuando habló, su voz llegó tranquila, casi despreocupada, como si la deducción no mereciera mayor atención.
“¿Y tú qué crees?” El Séptimo lo observó con detenimiento.
No buscaba una reacción evidente.
Medía la ausencia de ella.
El ritmo de su respiración.
La forma en que su presencia no se alteraba en lo más mínimo.
Pasaron apenas unos instantes.
“El Tercero…”, dijo al fin.
“Podrías ser el Tercero.” No lo afirmó con solemnidad.
No lo dijo como una revelación.
Lo dijo como quien reconoce una pieza correcta en un tablero que ya entiende.
Y en ese momento, sin que nadie más lo notara, el Séptimo supo que no estaba frente a alguien común.
Quienes estaban sentados alrededor de la mesa se inquietaron al escuchar la conversación.
No todos de la misma manera.
Theron y Mael fueron los primeros en sentirlo con claridad.
Para ellos, cada palabra del Séptimo pesaba más de lo que parecía.
Sabían que cuanto mayor era el poder y el conocimiento de alguien, mayor era también el miedo que despertaba.
No un miedo irracional, sino uno lúcido, nacido de comprender demasiado bien lo que estaba en juego.
Ese era el verdadero castigo del entendimiento.
Y también su carga.
En el otro extremo se encontraba la ignorancia.
Allí, donde no se alcanzaba a ver el abismo completo, habitaban la tranquilidad y una forma simple de felicidad.
Ese contraste se hacía evidente en la mesa.
Theron y Mael comprendían todo.
O casi todo.
Por eso permanecían en silencio, atentos, midiendo cada gesto, cada pausa.
En ellos había cautela, una vigilancia constante que no se relajaba ni siquiera en un momento aparentemente pacífico.
Entre ambos extremos estaban Therion y el líder designado.
Entendían solo a medias.
Sabían que se hablaba de figuras inmensas, de nombres que pesaban sobre la historia, pero no conocían realmente a los soberanos.
Esa falta de contexto los mantenía en un estado tenso, dividido entre el asombro y la inquietud.
Sabían que estaban sentados junto a grandes figuras, y aun así no terminaban de creerlo del todo.
Y finalmente estaban Lyra y Lila.
Ellas no percibían el peligro.
No sentían el peso oculto tras las palabras.
Para ellas, lo que había en la mesa no era amenaza ni estrategia, sino algo casi admirable.
En su ignorancia había curiosidad, una mezcla de admiración y duda, sin miedo verdadero.
Así, en un mismo lugar, coexistían tres estados distintos.
Miedo y cautela en quienes entendían demasiado.
Tensión y asombro en quienes empezaban a comprender.
Y tranquilidad en quienes aún no sabían lo suficiente como para temer.
El Séptimo habló como si recitara un registro antiguo, algo que no necesitaba nombres para existir.
La pelea entre el tercero y el cuarto.
“No fue una disputa por territorios… ni por doctrina”, dijo.
“Fue por un número.” Alzó la mirada, no hacia Daverion, sino hacia el recuerdo.
“El Tercero ocupaba su cargo con la seguridad de quien jamás ha sido cuestionado.
El número le pertenecía.
El lugar también.
Y entonces apareció el cuarto.” Hizo una pausa breve.
“No pidió poder.
No exige reconocimiento.
Solo reclamó el Tercer puesto… porque lo quería.” El inicio del combate fue exacto.
Ninguno dominaba al otro.
“Al principio, estaban igualados”, continuó el Séptimo.
“Fuerza contra fuerza.
Autoridad contra autoridad.
Cada avance encontraba una respuesta.
Cada técnica era contenida por otra de peso similar.” Sus dedos se cerraron lentamente.
“Pero el Tercero estaba enojado.
No por el riesgo… sino por la idea misma de que alguien deseara su número.” El combate se volvió más denso.
Más tenso.
“Él luchaba para defender lo que ya tenía.
El cuarto… para entenderlo.” El Séptimo dejó escapar una exhalación lenta.
“Ahí fue donde cambió todo.” La igualdad se quebró sin anuncio.
“El cuarto no ganó porque fuera más fuerte”, dijo.
“Ganó porque se adaptó.
Cada respuesta del Tercero le enseñaba algo… y él lo usaba en el siguiente intercambio.” Su mirada regresó, esta vez directa hacia Daverion.
“Él repetía lo que siempre había funcionado.
El cuarto dejó de hacerlo.” El final no fue explosivo.
Fue definitivo.
“Cuando el Tercero cayó, el número ya no le pertenecía como antes.
No cambió de manos… pero quedó marcado.” El silencio se asentó.
“Por eso el orden decidió así: Cuarto en posición.
Tercero en poder.” El Séptimo ladeó apenas la cabeza.
“Desde entonces, el ‘tres’ dejó de ser una certeza.
Se convirtió en una herida abierta dentro de la jerarquía.” Una pausa final.
“Y cada vez que alguien lo desea… el sistema recuerda esa pelea.” “Entonces… ¿quién eres?” La pregunta cayó sobre la mesa como una piedra en agua quieta.
Todas las miradas se dirigieron a Daverion al mismo tiempo.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Incluso el aire pareció contenerse, esperando la respuesta.
Daverion no mostró prisa.
“El Cuarto”, dijo al fin.
Solo dos palabras.
El Séptimo lo miró fijamente durante un latido… y luego no pudo contenerse.
Una sonrisa amplia se dibujó en su rostro, cargada de expectativa.
“Así que perteneces a los tres primeros…”, murmuró.
“Veamos si la historia vuelve a repetirse.” En el siguiente instante, la atmósfera cambió.
Rayos comenzaron a crepitar alrededor del Séptimo, surgiendo de su cuerpo como si el cielo mismo respondiera a su presencia.
La energía chisporroteaba, violenta, indómita.
A través del techo de cristal, las nubes se oscurecieron con rapidez, acumulándose unas sobre otras, y un trueno resonó a lo lejos.
Daverion alzó una ceja, más intrigado que alarmado.
“Que yo sepa, aún no es el momento”, comentó con calma.
“Espera.” Antes de que la tensión pudiera romperse, una voz resonó de repente, clara y urgente, como si hubiera atravesado capas de espacio.
“Gran Emperador, en diez minutos concluyen las palabras oficiales.
Por favor, esté listo.” El silencio que siguió fue pesado.
Si la persona que había emitido aquel mensaje hubiera estado presente allí, jamás se habría atrevido a hacer ruido alguno, no en medio del Séptimo rodeado de relámpagos vivos.
Theron estaba pálido.
Aprovechó el instante antes de que la situación se desbordara.
“¿Qué tal si los invito a todos al salón de eventos?”, propuso de inmediato.
“Podemos ir juntos.” Daverion asintió con tranquilidad.
“Me parece bien.” El Séptimo chasqueó la lengua suavemente.
Los rayos se replegaron uno a uno, como serpientes regresando a su nido, y las nubes sobre el techo comenzaron a disiparse.
“Después de que todo esto termine, tenemos que hablar”, dijo, sin ocultar la intención detrás de sus palabras.
“No me interesa”, respondió Daverion.
Los relámpagos volvieron a surgir.
La presión regresó con más fuerza.
Mael sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Si aquello continuaba, no terminaría bien.
Dio un paso al frente y habló con rapidez, midiendo cada palabra.
“¿Por qué no… tienen un combate distinto?”, propuso.
“Solo artes marciales.
Sin cultivo.
Solo técnica y físico.” El Séptimo ladeó la cabeza, evaluando la idea.
“No tengo problema con eso.” Daverion, en cambio, no mostró reacción inmediata.
Mael tragó saliva y continuó, consciente de que necesitaba captar su atención.
“Se dice que el Séptimo creó un arte marcial completamente innovador.” Eso bastó.
La mirada de Daverion cambió.
Ya no era desinterés.
Era atención genuina.
“En lo que respecta a artes marciales”, añadió Mael, “se dice que es el mejor.” Daverion sonrió.
“Si realmente es el mejor”, dijo, “no debería importarle apostar conmigo.” El Séptimo lo observó con intensidad.
“Si gano, quiero tu arte marcial”, continuó Daverion.
“Y si pierdo…” rió suavemente “tu premio será haber podido pelear conmigo.” La tensión volvió a subir.
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