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EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 21

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21: Cuando los gigantes observan 21: Cuando los gigantes observan El Séptimo aceptó sin vacilar.

Para alguien como él, la posibilidad de perder era tan remota que apenas merecía consideración.

Su respuesta fue inmediata, relajada, casi casual, como si el acuerdo ya hubiera estado sellado desde antes de pronunciarse.

“Está bien”, dijo, dirigiendo la mirada a Daverion.

“Por cierto… mi nombre es Mykado Enryu.

Aunque puedes llamarme simplemente Enryu.” La tensión que había quedado suspendida en el aire se rompió de golpe.

Mael soltó el aliento que llevaba conteniendo desde hacía varios instantes, como si recién entonces su cuerpo recordara cómo respirar.

“Bueno”, dijo, pasándose una mano por el rostro, “problema resuelto.” Theron no perdió tiempo.

Antes de que cualquier otro intercambio pudiera reavivar la presión latente, dio un paso al frente y los invitó con un gesto firme.

“Acompáñenme al salón de eventos.” Mientras comenzaban a moverse, Enryu habló de nuevo.

No alzó la voz, no necesitó hacerlo.

Sus palabras se deslizaron con una calma peligrosa.

“En cuanto termine esto”, dijo, “tendremos nuestra pelea.

No pienso esperar más.” Daverion levantó la vista y asintió sin dramatismo, como si aquella promesa no fuera una amenaza ni un desafío, sino un simple acuerdo pendiente.

A unos pasos de distancia, ajena a todo eso, Lyra continuaba acariciando a la pequeña lagartija negra.

Sus dedos recorrían con cuidado las escamas oscuras, fascinada por la textura y el calor sutil que desprendía el diminuto cuerpo.

Daverion dejó la taza de té sobre la mesa.

El leve sonido de la porcelana al tocar la superficie fue lo único que rompió su silencio.

Sus ojos se desplazaron hacia Lyra y luego hacia el animal que descansaba con total tranquilidad bajo sus caricias.

“Visión de la Envidia”, murmuró.

Al instante, un brillo verde esmeralda se encendió en sus pupilas, intenso y profundo, como si su mirada deseara arrancarle la verdad a la realidad misma.

Lo que vio ya no fue una lagartija.

La forma pequeña y aparentemente inofensiva se desdibujó, revelando lo que realmente era: un dragón.

Negro como la noche más cerrada, con una presencia contenida pero feroz, una existencia afilada y despiadada, comprimida en un cuerpo reducido por voluntad propia.

Daverion esbozó una sonrisa apenas perceptible.

“Ya lo suponía…” Desvió la mirada hacia Theron, con un dejo de ironía en el pensamiento.

¿Qué pensaría si supiera que su nieta está acariciando al dragón negro de Enryu?

La lagartija, el dragón, no percibió la observación.

Permaneció tranquila, disfrutando del contacto sin la menor sospecha.

Pero Enryu sí lo sintió.

No fue una sensación clara ni una advertencia directa.

Fue un roce, una leve alteración en el flujo que lo rodeaba, lo suficiente para captar su atención por un instante antes de dejarlo pasar.

Theron se acercó a Lyra y la tomó con cuidado, apartándola suavemente.

Therion también se movió hacia su abuelo, obedeciendo el gesto implícito.

Lyra frunció el ceño, reacia a separarse del pequeño animal.

“Vamos”, dijo Theron con voz firme pero calmada.

“No vayamos a llegar tarde.” El grupo comenzó a avanzar a través del jardín.

Era una comitiva extraña, incluso absurda si alguien pudiera percibir la verdad que ocultaba.

Dos de los seres más poderosos de la existencia caminaban entre ellos como si fueran simples invitados, sin ostentación, sin escoltas visibles, sin ceremonias.

Atravesaron un pasillo lateral y llegaron al salón de eventos por una entrada distinta a la principal, una reservada únicamente para los miembros de la familia real.

Cuando ingresaron, el emperador estaba dando las últimas palabras de su discurso.

El salón era inmenso.

Bajo la luz cálida que descendía desde lo alto, se distribuían varias mesas circulares, cada una rodeada por cinco sillas.

Todas estaban cubiertas por manteles blancos, perfectamente dispuestos, sin una sola arruga fuera de lugar.

Theron subió las escaleras laterales, guiando al grupo hacia el segundo piso.

Allí, una galería abierta rodeaba todo el espacio principal.

No había muros que la cerraran por completo, solo una baranda continua que delimitaba el borde.

El diseño no buscaba ocultar, sino separar.

Las salas privadas no estaban escondidas tras puertas ni cortinas.

Se abrían directamente hacia la galería, elevadas y ligeramente apartadas del borde, lo suficiente para garantizar discreción.

Desde el primer piso, quienes se encontraban arriba no eran más que siluetas distantes, figuras recortadas por la altura y la iluminación, imposibles de identificar con claridad.

Solo cuando alguien de aquellas salas avanzaba hacia la baranda, apoyándose en ella o acercándose al límite, su presencia se hacía visible para los asistentes del nivel inferior.

El segundo piso no necesitaba esconderse.

La altura, el ángulo y la disposición del espacio bastaban para marcar la diferencia entre quienes observaban y quienes eran observados.

Y así, el grupo se dirigió hacia la mejor sala privada del lugar, la reservada exclusivamente para el emperador.

Al cruzar el umbral, el ambiente cambió de inmediato.

El espacio era amplio, silencioso, aislado del murmullo distante del salón principal.

A lo largo de las paredes se disponían cojines de tono café oscuro, alineados con precisión, invitando al descanso sin perder la solemnidad del lugar.

El material era suave al tacto, pero firme, diseñado más para la dignidad que para el exceso de comodidad.

En el centro de la sala reposaba una mesa baja, elaborada con materiales de la más alta calidad.

Su superficie reflejaba la luz con un brillo sobrio, sin ostentación innecesaria, dejando claro que no era un objeto común, sino uno destinado a quienes ocupaban la cúspide del poder.

Todo allí hablaba de estatus.

No con exceso, sino con certeza.

El grupo terminó de acomodarse en la sala privada mientras la voz del emperador llegaba hasta ellos, filtrada por la distancia y la arquitectura del lugar.

No era un eco débil.

El diseño del salón permitía que cada palabra importante viajara con claridad, lo suficiente para que quienes ocupaban las alturas escucharan sin necesidad de mostrarse.

Los cojines crujieron suavemente cuando tomaron asiento.

La mesa central quedó entre ellos, inmóvil, como un punto de equilibrio en medio de presencias que no lo eran.

Desde abajo, la voz del emperador se alzó una última vez.

No había exaltación en su tono.

No necesitaba gritar para ser escuchado.

Hablaba con la seguridad de alguien que anunciaba un hecho consumado, no una aspiración.

“…el general que se opuso a nuestra voluntad ha sido derrotado.” Un murmullo contenido recorrió el salón principal.

“Sus fuerzas han sido desmanteladas.

Sus rutas cerradas.

Su estandarte, retirado.” La voz continuó, firme, constante.

“Los territorios bajo su control han pasado oficialmente a formar parte de nuestras tierras.” No hubo dramatismo.

No hubo celebración abierta en sus palabras.

Solo una afirmación clara, pesada, imposible de malinterpretar.

“No se trató de una guerra innecesaria”, prosiguió, “sino de una corrección inevitable.” Desde la sala privada, el grupo escuchaba en silencio.

Daverion permanecía inmóvil, la espalda recta, los ojos tranquilos.

Enryu apoyaba un brazo con naturalidad, atento, sin perder detalle.

Mael había dejado de suspirar; su expresión era neutra, pero alerta.

Theron escuchaba con el ceño apenas fruncido, como quien reconoce cada implicación detrás de las frases cuidadosamente elegidas.

“A partir de hoy”, dijo el emperador, “nuestras fronteras avanzan.

No por ambición desmedida, sino por estabilidad.” Las palabras flotaron un instante más.

“Que el mundo lo entienda: no buscamos el caos, pero no retrocederemos ante quienes lo provoquen.” El discurso llegó a su fin entre aplausos medidos, respetuosos, cuidadosamente contenidos.

En la sala privada, nadie aplaudió.

No era necesario.

Todos allí comprendían lo que realmente se había dicho.

Un general había caído.

Un territorio había sido absorbido.

Y el avance de la dinastía continuaba, silencioso, constante, imposible de detener sin consecuencias.

El mundo exterior celebraba.

Cuando el discurso llegó a su fin, el emperador levantó la mirada.

No lo hizo hacia el público reunido en el gran salón, sino hacia el nivel superior, hacia la zona reservada únicamente para los emperadores.

Su voz volvió a alzarse, clara, solemne.

“Ahora, para el brindis”, anunció, “mi padre, el antiguo emperador, dirá unas palabras.” La reacción fue inmediata.

Un murmullo contenido se transformó en emoción abierta.

Aplausos estallaron en oleadas, mezclados con exclamaciones y voces cargadas de expectación.

El nombre no había sido pronunciado, pero no hacía falta.

Todos sabían quién era.

Uno de los emperadores más poderosos desde la fundación del imperio.

Una figura que no pertenecía solo al presente, sino a la historia misma.

Reconocido por una batalla que había quedado grabada en la memoria colectiva: aquella en la que, enfrentando condiciones imposibles, derrotó a un monstruo gigante con un solo golpe, cuando todo estaba en su contra.

En la sala privada, Theron se puso de pie.

El simple gesto bastó.

Se acercó a la baranda con pasos firmes, sin prisa, y en el instante en que su silueta se hizo visible desde abajo, el salón estalló.

Ovaciones.

No eran aplausos comunes.

Eran gritos cargados de respeto, de admiración, de recuerdos transmitidos de generación en generación.

El sonido subió como una marea, golpeando los muros del salón, llenándolo todo.

Desde las demás salas privadas del segundo piso, los grandes generales, los vizcondes y los miembros de la familia real dirigieron su atención hacia él.

No había curiosidad en sus miradas.

Había reverencia.

En el primer piso, la reacción fue aún más intensa.

Quienes ocupaban el nivel inferior se pusieron de pie, algunos por impulso, otros por respeto aprendido desde la infancia.

Para ellos, Theron no era solo un antiguo emperador.

Era una leyenda viva.

Y en ese instante, mientras el clamor recorría cada rincón del salón, quedaba claro que su presencia aún pesaba tanto como en los días en que gobernaba.

En el primer piso del salón se encontraba Dorian, el comerciante.

Observaba a Theron con los ojos encendidos, el pecho lleno de una emoción difícil de contener.

Para él, aquel no era solo el antiguo emperador; era una figura que había moldeado la era en la que había prosperado.

Verlo allí, vivo, presente, despertaba un respeto casi devocional.

En otra mesa, Valeria también miraba hacia lo alto.

Su expresión era distinta.

No había euforia desbordada, sino un respeto profundo, contenido.

No se comparaba con la admiración casi fervorosa que sentía por la Quinta Soberana, pero aun así, Theron ocupaba un lugar especial en su percepción.

Era imposible no reconocer el peso de su historia.

El murmullo del salón se aquietó cuando el emperador volvió a hablar.

“Antes de comenzar el brindis”, anunció, “quiero presentar a un viejo amigo.” El silencio cayó como una losa.

Las conversaciones se apagaron una a una, reemplazadas por murmullos contenidos.

Las miradas se cruzaron.

Un amigo del Gran Emperador no podía ser alguien común.

“Si es su amigo…” “Debe estar a su mismo nivel…” La expectación creció de inmediato.

Incluso la princesa, que se encontraba en otra de las salas privadas del segundo piso, centró toda su atención en la baranda.

Son pocos los que pueden hacerse amigos de mi abuelo, pensó.

Valeria también enderezó la postura, alerta.

Arriba, en la sala privada, Theron giró la cabeza y miró a Daverion.

Daverion comprendió de inmediato lo que aquello significaba.

Su primera reacción fue negarse.

No le agradaba llamar la atención.

Prefería pasar desapercibido, observar desde la sombra.

Pero una idea cruzó su mente con rapidez: en unos momentos usaría la sala de batalla de la familia imperial… y lo más probable era que terminara destruida.

Suspiró internamente.

“Toma esto como mi disculpa.” Theron no entendió el significado de aquella aceptación silenciosa.

Daverion se puso de pie.

El movimiento fue simple, pero suficiente para atraer miradas dentro de la sala privada.

Caminó hacia la baranda con pasos tranquilos, sin apresurarse.

En el segundo piso, la confusión fue inmediata.

No era un anciano.

No era una figura venerable de cabellos blancos.

Era un joven.

La princesa frunció ligeramente el ceño, sorprendida.

Ella también había esperado a alguien de edad avanzada, alguien que encajara con la imagen que su mente había construido.

En el primer piso, algunos lo reconocieron.

“Es él…” “El que dio aquella disertación en el gran vestíbulo…” Entre el público, varias jóvenes se agitaron aún más al verlo con claridad.

Su apariencia, su porte, la calma que irradiaba, provocaron susurros cargados de emoción.

Dorian abrió los ojos con asombro.

Algo dentro de él siempre le había dicho que ese joven no era común.

Pero jamás imaginó que estaría al nivel del antiguo emperador, ni mucho menos que sería presentado como su amigo.

Valeria se quedó inmóvil.

Nunca esperó ver a Daverion allí arriba.

Mucho menos, junto a Theron.

Giró la cabeza y vio a las dos jóvenes sentadas a su lado, completamente absortas, murmurando entre sí.

“¿Quién puede ser tan afortunada de estar junto a él?” Valeria volvió la mirada hacia la baranda.

Daverion la miró.

Ella apartó los ojos de inmediato.

Un instante después, volvió a mirarlo… y él seguía observándola.

Daverion levantó la mano y la saludó con un gesto sencillo.

Valeria respondió, algo avergonzada.

Pudo sentir cómo varias miradas se clavaban en ella al hacerlo.

Enryu observó la escena con interés, sin intervenir.

Theron, al notar el intercambio, llamó a Valeria.

Lo hizo con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo, dando a entender que debía acercarse.

Quizá para quedar bien con Daverion… o quizá por simple intuición.

Valeria se levantó.

Cada paso que dio fue observado por decenas de ojos.

Estaba nerviosa.

Después de todo, se dirigía hacia el antiguo emperador.

Lyra presenció todo aquello con una clara insatisfacción.

No dijo nada, pero su expresión lo decía todo.

Cuando Valeria llegó a la sala privada, todas las miradas se posaron en ella.

El ambiente parecía más denso.

Daverion asintió al verla.

Ella devolvió el gesto y tomó asiento, todavía algo incómoda.

Daverion entonces levantó la vista.

Observó a todos los presentes.

Daverion apoyó una mano en la baranda.

No buscó imponerse con presencia ni alzó la voz.

Aun así, cuando habló, el salón pareció inclinarse para escucharlo.

“No soy alguien dado a los discursos”, dijo con calma.

Hubo un leve murmullo, que se apagó de inmediato.

“Pero hoy se ha hablado de una victoria.

De la caída de un general.

De tierras que ahora pertenecen a este imperio.” Su mirada recorrió el salón sin prisa, desde el primer piso hasta las galerías superiores.

“Eso no ocurre por azar.

Ocurre porque alguien decidió avanzar… y alguien más no supo detenerlo.” No hubo juicio en sus palabras.

Solo constatación.

“Así que brindaré por algo simple.

Por quienes entienden el peso de cada paso que dan… y aun así siguen adelante.” Alzó la copa apenas un poco.

“Que las decisiones de hoy no se conviertan en las ruinas de mañana.” Nada más.

No hubo cierre grandilocuente.

No hubo proclamación épica.

Pero el silencio que siguió fue absoluto.

Un silencio distinto al de antes.

Más profundo.

Más atento.

Y entonces, casi con cautela, comenzaron los aplausos.

Theron fue el primero en romper el silencio.

Sus palmas resonaron una sola vez… y luego otra, firmes, seguras.

No eran aplausos largos ni ceremoniosos, pero bastaron para marcar el final de aquel instante suspendido.

“No hay necesidad de más discursos”, dijo con voz clara.

“Con esto es más que suficiente.” Tomó una copa de la mesa cercana y la alzó apenas.

Ese gesto fue la señal.

En el salón, uno a uno, los nobles, generales y miembros de la familia imperial imitaron el movimiento.

El murmullo regresó, esta vez cálido, contenido, cargado de aprobación.

“¡Salud!” El cristal chocó suavemente en el aire y el vino descendió por las gargantas, sellando el momento.

La tensión acumulada durante el discurso se disipó, transformándose en una atmósfera más fluida, casi celebratoria.

De inmediato, los sirvientes comenzaron a moverse.

Puertas laterales se abrieron sin ruido y bandejas cuidadosamente dispuestas llenaron el salón.

Aromas ricos y profundos se mezclaron en el aire: carnes especiadas, salsas densas, pan recién horneado.

El festín daba inicio.

Theron dejó la copa a un lado y regresó a su asiento junto a Daverion.

Se acomodó con naturalidad, como si nada extraordinario hubiera ocurrido… aunque ambos sabían que no era así.

Desde allí, mientras la celebración retomaba su curso, compartieron el silencio cómodo de quienes entienden que algunas palabras no necesitan respuesta.

En ese instante, algo cambió.

Enryu, que hasta entonces había permanecido relajado, con una expresión casi despreocupada mientras observaba el desarrollo de la celebración, se quedó inmóvil.

No fue un gesto brusco ni evidente, pero quienes sabían mirar notaron el cambio al instante.

Su mirada se endureció.

No hubo luz, ni sonido, ni señal visible para los demás.

El mensaje llegó de una forma que no necesitaba intermediarios, directo a su conciencia, con el peso inconfundible de quienes se encontraban en la cúspide absoluta de la existencia.

Los soberanos primordiales.

Por un breve instante, el ruido del salón, las voces, la música le parecieron lejanos.

La información era concisa, fría, imposible de malinterpretar.

No era una advertencia ligera.

Tampoco una sugerencia.

Era una declaración.

El semblante de Enryu cambió por completo.

La ligereza desapareció, sustituida por una atención tensa, afilada, como la de alguien que acaba de ver moverse una pieza que no debía hacerlo… y que, aun así, ya estaba en marcha.

Casi al mismo tiempo, muy lejos de allí, en otro punto del mismo entramado de poder, la Corte Celestial fue sacudida.

Un mensajero atravesó los sellos exteriores sin previo anuncio.

No pidió audiencia.

No esperó protocolo.

Su llegada fue abrupta, urgente, y el simple hecho de que hubiera podido entrar de ese modo hizo que los altos mandos se pusieran de pie de inmediato.

El mensaje que portaba no provenía del mismo nivel que el recibido por Enryu.

No llevaba la autoridad de los soberanos primordiales.

Pero aun así… fue suficiente para causar conmoción.

Las expresiones cambiaron.

Las voces se apagaron.

Algunos intercambiaron miradas rápidas, otros apretaron los puños bajo las túnicas.

Algo se estaba moviendo.

Y esta vez, no era algo pequeño.

Esta era la segunda vez en la que se había movido la fecha.

Mientras la celebración continuaba en el imperio, entre copas alzadas y platos servidos, dos mensajes distintos habían sido entregados en lugares separados… ambos anunciando lo mismo, aunque con palabras diferentes.

El equilibrio había comenzado a tensarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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