EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 El Banquete Antes del Combate
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22: El Banquete Antes del Combate 22: El Banquete Antes del Combate El eco del brindis aún parecía vibrar en las paredes cuando Daverion volvió a tomar asiento.
La sala privada del segundo piso era amplia, pero en ese momento se sentía más cerrada que nunca, como si el murmullo lejano del salón principal hubiera quedado atrapado tras una puerta invisible.
Las lámparas doradas derramaban una luz cálida que se deslizaba por la madera pulida de la mesa, atrapando reflejos suaves en los bordes de los vasos.
Daverion se sentó.
A su derecha, Valeria ya estaba acomodada contra la esquina del asiento, el hombro rozando apenas la pared.
A su izquierda, el espacio parecía destinado a permanecer vacío… Pero no fue así.
Lyra se levantó sin hacer ruido.
Rodeó la mesa con naturalidad, como si la decisión hubiese sido tomada mucho antes.
Se deslizó hasta el asiento junto a Daverion y ocupó el lugar sin titubeos.
No dejó distancia.
No dejó espacio para dudas.
Se sentó tan cerca que el contacto fue inmediato.
No buscó medirlo ni corregirlo.
El brazo de Daverion, apoyado con calma sobre la mesa, quedó atrapado entre ambas presencias.
El asiento era amplio para dos… pero no para tres.
Lyra a la izquierda.
Valeria a la derecha.
Ambas contra la pared.
Daverion en el centro.
Apretados.
El ajuste fue inevitable.
Daverion inclinó apenas el torso hacia adelante, concediendo unos centímetros que no resolvían nada.
Valeria contuvo la respiración por un instante.
El calor cercano no era ofensivo… pero era innegable.
Lyra, en cambio, parecía ajena al peso de esa proximidad.
Sus pensamientos estaban lejos: tal vez en el discurso que había escuchado minutos antes, tal vez en la pequeña lagartija negra que descansaba junto a Enryu.
No había cálculo en su gesto, solo decisión.
La cercanía no incomodaba por intención.
Incomodaba por intensidad.
Valeria podía sentir la firmeza tranquila del cuerpo de Daverion a su lado, una presencia estable, silenciosa, que no necesitaba imponerse para notarse.
No era un contacto deliberado, pero tampoco podía ignorarse.
El calor subió lentamente por su cuello hasta teñirle las mejillas.
Mantuvo la mirada al frente, concentrada en cualquier cosa que no fuera el espacio mínimo que los separaba.
En el otro extremo de la sala, Enryu permanecía en silencio, los dedos entrelazados, la mirada baja.
Había algo distante en él, como si escuchara una conversación que aún no comenzaba.
Entonces, la puerta se abrió con suavidad.
Los meseros entraron en fila.
Pasos medidos.
Movimientos coordinados.
Los platos descendieron uno a uno sobre la mesa con precisión casi ceremonial.
Carne bañada en una salsa espesa y brillante.
Verduras asadas aún humeantes, con los bordes ligeramente caramelizados.
Jarras de jugo frío, la condensación perlándose sobre el vidrio como diminutas gotas de rocío.
El aroma llegó antes que las palabras.
Profundo.
Salado.
Con un dulzor tenue que emergía de las hierbas tostadas.
La grasa caliente mezclada con el perfume ahumado de las verduras recién salidas del fuego.
El ambiente cambió.
La tensión que flotaba entre hombros y miradas se diluyó en un suspiro apenas perceptible.
Lyra fue la primera en reaccionar.
Tomó el plato sin esperar a nadie.
Sus dedos rodearon el borde con seguridad y, con la otra mano, sostuvo los cubiertos.
El cuchillo descendió.
La hoja atravesó la superficie brillante de la carne; la salsa se deslizó lentamente hacia el plato.
Llevó el primer bocado a su boca.
El vapor tibio le rozó el rostro antes de probarlo.
Cerró los ojos apenas un segundo.
El sabor era intenso.
Profundo.
Envolvente.
Masticó con calma.
El salón quedó reducido al roce metálico de los cubiertos y al sonido suave de la carne cortándose.
Ese pequeño gesto rompió la quietud.
Valeria bajó la mirada hacia su propio plato, intentando recuperar la compostura.
Daverion tomó finalmente sus cubiertos.
Cada movimiento suyo era medido, silencioso.
No había torpeza ni exageración.
Solo precisión natural.
El problema seguía siendo el espacio.
Cuando Daverion movía el brazo para cortar, el roce era inevitable.
Valeria intentó inclinarse apenas hacia adelante.
La pared le negó más distancia.
Respiró despacio.
Nadie parecía notarlo.
O eso esperaba.
El líder designado observaba su vaso de jugo.
No había probado bocado aún.
Su expresión era lejana.
“Debo admitir”, dijo finalmente, probando la carne, “que no esperaba un discurso tan directo.” Su mirada se deslizó hacia Daverion, breve pero con respeto.
“Algunas personas irradian… presencia.” Theron soltó una risa baja.
“Es prudente haberlo entendido a tiempo.” Mael cortó su carne sin levantar la vista.
“La prudencia prolonga la vida.” Lyra levantó la cabeza de golpe.
“¿Están hablando de cosas aburridas otra vez?” Theron sonrió.
“Siempre hablamos de cosas aburridas.” “Entonces cambien el tema”, ordenó con naturalidad infantil, bebiendo un sorbo de jugo que le dejó una leve mancha en el labio.
Daverion observó la escena sin intervenir.
Valeria reunió valor.
“El primer piso está lleno de ruido”, comentó.
“Pero desde aquí arriba no se escucha casi nada.” Lyra asintió con energía.
“Eso me gusta.
Desde arriba todo parece pequeño.” Daverion habló sin alterar su ritmo.
“Las cosas no se vuelven pequeñas.
Solo cambia la perspectiva.” Lyra lo miró con atención genuina.
“Eso suena complicado.” “No lo es.” Frunció el ceño, pensando con la seriedad exagerada de quien intenta descifrar algo más grande que su edad.
“Entonces explícamelo después.” Theron observó el intercambio en silencio.
Mael también.
Enryu llevó finalmente el vaso a sus labios.
El frío del jugo rompió la quietud que lo rodeaba.
“Es una noche tranquila”, dijo.
La frase quedó suspendida en el aire.
Un segundo después, añadió, casi para sí: “Mientras lo sea.” Los platos comenzaron a vaciarse.
Lyra terminó primero y empujó el suyo hacia adelante con satisfacción.
“Si todas las reuniones fueran así, no me quejaría tanto.” “Eso es porque no hubo discursos largos”, comentó Therion.
“Ya hubo uno”, respondió ella señalando a Daverion.
“Pero fue corto.” Valeria bajó la mirada con una sonrisa leve.
La sala seguía iluminada por el brillo dorado de las lámparas.
El aroma de la salsa persistía en el aire, mezclado con el calor de la comida compartida.
Por un momento, nadie pensó en poder.
Nadie pensó en problemas.
Solo en el sabor, en la conversación ligera… y en la extraña sensación de que aquella noche, tan simple en apariencia, quedaría grabada con más peso del que parecía merecer.
“Bueno…” la voz de Enryu rompió la calma que aún flotaba sobre la mesa.
“Es hora de cumplir nuestra apuesta.” El sonido de los cubiertos se detuvo.
No fue abrupto.
Fue simultáneo.
El leve roce metálico quedó suspendido en el aire como si alguien hubiera cortado el sonido mismo.
Theron levantó la mirada lentamente.
Mael dejó el cuchillo apoyado sobre el plato sin apartar los ojos de Daverion.
El líder designado sintió cómo el pulso le subía un poco más de lo normal.
Therion frunció el ceño, curioso, intentando descifrar lo que los adultos ya parecían entender.
Todos miraron a Daverion.
Solo Valeria no comprendía.
Parpadeó una vez.
Luego otra.
Buscó alguna pista en los rostros que ahora habían cambiado de expresión.
La conversación ligera se había evaporado sin que ella notara cuándo.
Daverion bebió el último sorbo de jugo con tranquilidad absoluta.
Ni prisa.
Ni expectativa visible.
El cristal tocó la madera con un sonido suave, medido.
“Tienes razón,” dijo sin dramatismo.
“No hay por qué postergarlo.” El aire no se volvió pesado.
Se volvió atento.
Como si incluso la luz de las lámparas se hubiera estabilizado.
Theron apoyó ambas manos sobre la mesa y habló con tono firme: “Puedo ayudarlos.
Como agradecimiento por asistir…” su mirada recorrió a Daverion y Enryu con significado contenido.
“Les prestaré una de las mejores salas del palacio.” Mael sonrió apenas.
No era emoción abierta.
Era interés.
El líder designado tragó saliva.
Recordó la presión invisible que había sentido el primer día.
Una fracción.
Un destello.
Y ahora iba a ver más.
“Perfecto,” comentó Enryu, levantándose con naturalidad.
Theron se puso de pie primero.
Daverion lo siguió.
Enryu también.
Mael se levantó sin hacer ruido, como si su cuerpo estuviera hecho para moverse en silencio.
La emoción no estaba solo en el rostro de Theron.
Era más profunda.
Era expectativa antigua.
Lyra no entendía nada.
Pero sentía que algo interesante iba a suceder.
Y eso era suficiente.
Therion observó el brillo en los ojos de su abuelo y su curiosidad se encendió de inmediato.
La puerta se abrió.
Y afuera los esperaba una figura que no había estado antes.
Cabello rojo intenso que parecía absorber la luz.
Vestido elegante que marcaba una postura recta y segura.
Mirada firme.
Elaryn.
A su lado, varios seguidores permanecían alineados con disciplina impecable.
Lyra reaccionó primero.
“¡Hermana!” Corrió hacia ella y la abrazó sin dudarlo.
Elaryn suavizó el gesto al instante.
La dureza desapareció solo para Lyra.
Acarició su cabeza con un movimiento automático, protector.
Therion se acercó.
“Hola, hermana.” Theron sonrió con orgullo contenido.
“Elaryn… has crecido.
Hace un año que no te veía.” “Estuve en el campo de entrenamiento,” respondió con seguridad.
“Quería mejorar mis habilidades.” No lo dijo como excusa.
Lo dijo como declaración.
Su mirada recorrió al grupo.
Uno por uno.
Mael.
Enryu.
El líder designado.
Se detuvo en Daverion.
Lo examinó de arriba abajo.
No buscó postura.
No buscó gestos.
Buscó presencia.
No encontró nada que la impresionara.
Desdén.
¿Vino por eso?, pensó.
Se volvió hacia su abuelo.
“¿Quién es él?
¿Por qué dio el discurso?” “Es un amigo,” respondió Theron con naturalidad medida.
“Ya lo había mencionado.” Elaryn entrecerró los ojos.
“Es muy joven para ser tu amigo.” La frase no fue acusación.
Fue evaluación.
El ambiente se tensó apenas.
Theron la miró con severidad.
“No te fijes solo en las apariencias.” Ella sostuvo la mirada.
No discutió.
Pero tampoco cedió.
Enryu rió suavemente.
No por burla.
Por curiosidad.
Lyra frunció el ceño.
“Hermana, él es mi nuevo hermano.
No puedes hablarle así.” Elaryn bajó la mirada hacia ella y la dureza desapareció otra vez.
“Está bien.” Luego volvió al grupo.
“¿A dónde van?” Mael respondió sin rodeos.
“A ver algo que muchos quisieran presenciar… y por lo que cualquiera pagaría una fortuna.” No había exageración en su voz.
Solo certeza.
Elaryn se interesó al instante.
“Yo también voy.” Sus seguidores dieron un paso al frente, sincronizados.
Theron habló con firmeza que no admitía réplica.
“Si vienes, vienes sola.” Silencio.
Elaryn lo miró sorprendida.
Era raro.
Muy raro.
Pero aceptó.
“Espérenme en mi sala,” ordenó a sus seguidores.
Ellos asintieron sin cuestionar.
El grupo comenzó a avanzar.
Descendieron al primer piso.
Sus pasos resonaban sobre el mármol pulido, limpios y constantes.
Antes de girar por el pasillo que conducía al interior del palacio, una voz llamó: “¡Señorita Valeria!” Un asistente se acercó con urgencia contenida.
“Todos los encargados de zona, bancos y comerciantes están reunidos.
La están esperando.” Valeria se detuvo.
Miró a Daverion.
Luego al grupo.
Había conflicto en su expresión.
Una ligera tensión entre deber y curiosidad.
Pero no podía faltar.
“Disculpen… no puedo ir.
Tengo que asistir a la reunión.” Daverion asintió con simpleza.
“Está bien.
Luego nos vemos.” Mael la observó marcharse.
Se va a perder algo irrepetible.
Theron soltó una risa baja, casi compasiva.
Valeria no entendió.
Se despidió y tomó otro camino.
El grupo continuó.
Atravesaron el jardín interno.
La noche estaba silenciosa.
La luna iluminaba las columnas blancas.
El agua de los estanques reflejaba el cielo como un espejo quieto.
Elaryn caminaba con porte firme.
Aún no miraba a Daverion.
Luego entraron en la parte más interna del palacio.
Se detuvieron frente a una gran puerta metálica.
Fría.
Imponente.
Sellada con líneas de energía grabadas en su superficie.
Elaryn la reconoció de inmediato.
La sala de combate imperial.
Su confusión aumentó.
¿Quién iba a pelear?
Miró a Mael.
Luego a Enryu.
Pero no a Daverion.
A él lo tenía en poco.
La puerta se abrió con un sonido profundo.
Dentro, el espacio era vasto.
En el centro, un cubo transparente de aproximadamente mil quinientos metros cuadrados flotaba ligeramente elevado del suelo.
No descansaba.
Se sostenía.
Alrededor, plataformas de observación distribuidas en distintos niveles.
A la derecha, en posición elevada, la sala de control con paneles luminosos aún apagados.
Theron avanzó unos pasos y habló con visible orgullo.
“Esta es una de las mejores salas de combate de todo el planeta.” Señaló hacia arriba.
“Desde la sala de control pueden configurar el cubo.
Adaptar el entorno a cualquier escenario.
Desierto.
Selva.
Montañas.
Un volcán.
La luna.
Un pueblo.
Lo que quieran.” Elaryn observaba en silencio.
Por primera vez, sus ojos mostraron algo más que juicio.
Interés real.
Therion también estaba impresionado.
Era la primera vez que entraban allí.
Lyra miraba el cubo con asombro absoluto.
“¿De verdad puede ser cualquier lugar?” Theron sonrió.
“Cualquiera.” El cubo transparente reflejaba sus siluetas.
Vacío.
Suspendido.
Esperando.
Enryu dio un paso al frente.
No hizo ruido.
Pero su reflejo fue el primero en tocar la superficie del cubo.
Y por una fracción mínima… La luz se distorsionó apenas.
Como si el espacio reconociera que la apuesta, finalmente, iba a comenzar.
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