EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 3
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3: Placeres menores 3: Placeres menores En la gran Dinastía Yu, en las afueras de la ciudad principal, había un puesto de helados muy conocido en ese sector.
A esa hora del día, una fila tranquila se formaba frente al pequeño local, acompañada por murmullos suaves y el sonido distante de la vida cotidiana avanzando sin prisa.
Esperando su turno se encontraba un joven.
Su cabello negro caía libre, ligeramente ondulado, enmarcando su rostro y contrastando con una piel clara y cuidada, intacta por el paso del tiempo.
Su rostro era atractivo de forma sobria: mandíbula definida, pómulos suaves y rasgos equilibrados que transmitían serenidad antes que agresividad.
No había dureza en él, pero tampoco fragilidad.
Ese era Daverion.
Mientras la fila avanzaba lentamente, varias personas a su alrededor no podían evitar detener la mirada en él.
No era solo su apariencia; era la forma en que permanecía quieto, como si el mundo se moviera a su alrededor y no al revés.
En el puesto de helados trabajaba una joven de hermosa apariencia.
Al alzar la vista y encontrarse con Daverion, sus mejillas se tiñeron de rojo.
Nunca había visto a alguien así; por un instante, la idea de que pareciera una deidad cruzó su mente sin que pudiera evitarlo.
—Su helado, señor —dijo, casi en un murmullo.
Daverion, que estaba divagando, salió de ese estado.
Recordó la primera vez que estuvo en esas ruinas.
Adquirió los beneficios de ese ser sin llegar a estar ligado a él, aunque este creyera lo contrario.
Desde entonces, solo había escuchado esa voz tres veces.
La última fue hace poco, en el lago.
No importaba.
Ahora había algo más importante.
Su helado.
Tomó el helado con naturalidad.
La joven permaneció mirándolo, inmóvil.
—¿Qué miras?
—preguntó Daverion—.
¿Acaso estoy despeinado?
Mientras hablaba, se acomodó el cabello con un gesto despreocupado.
La joven, llena de vergüenza, bajó la cabeza de inmediato.
—N-no… no miro nada.
—Qué rara… —comentó Daverion, alejándose mientras comenzaba a comer su helado, con una expresión genuina de felicidad.
El atardecer comenzó a teñir el cielo de tonos cálidos mientras Daverion recorría distintos lugares de la dinastía, probando comidas y bebidas.
Caminaba sin prisa, observando la calle viva: comerciantes cerrando puestos, trabajadores regresando cansados, risas dispersas, discusiones leves, rostros marcados por preocupaciones pequeñas y deseos sencillos.
Veía a las personas en su faena, en sus rutinas, en sus emociones pasajeras.
Contemplaba la existencia, fluyendo sin saber nada del final que se aproximaba.
—Hora de probar el mejor vino de aquí —comentó, lamiéndose los labios—.
Si no me gusta, destruyo esta dinastía… jajaj.
Solo bromeo.
Una risa juguetona se dibujó en su rostro.
Avanzó entonces por una calle más amplia y cuidada, donde las construcciones se volvían refinadas.
Al final del camino se alzaba un edificio de tres pisos, elegante y dominante, con una fachada impecable y detalles que hablaban de riqueza y exclusividad.
La entrada estaba custodiada por dos guardias altos y fornidos, firmes como estatuas.
El de la izquierda era Yu Kang, más joven, con el ceño siempre fruncido y una expresión rígida, propia de alguien que aún necesitaba demostrar su valía.
El de la derecha era Yu Ren, mayor, con el rostro marcado por años de servicio.
Observaba con una calma distinta, la de quien ha aprendido a reconocer el peligro antes de que este se manifieste.
Justo antes de llegar, Daverion se detuvo.
Giró levemente el rostro y alzó la mirada hacia el cielo.
Permaneció así unos segundos, en silencio.
No había nada visible, ninguna señal evidente, y aun así, algo había llegado hasta él.
Una perturbación sutil.
Un pulso lejano.
El cielo seguía calmado.
Demasiado calmado.
Daverion bajó la mirada y continuó su camino.
—Su invitación, señor —dijo Yu Kang, con voz firme.
—No tengo —respondió Daverion con tranquilidad.
Yu Kang frunció el ceño, molesto.
Dio un paso al frente, dispuesto a sujetarlo y echarlo del lugar.
—Detente —ordenó Yu Ren, alzando la mano.
Yu Kang se quedó inmóvil, sorprendido.
—No se preocupe, señor —dijo Yu Ren—.
Para invitados tan nobles como usted, no hay necesidad de invitación.
Mientras hablaba, sentía su espalda empapada de sudor, aunque no sabía explicar la razón.
Daverion no dijo nada.
Simplemente avanzó hacia el interior del edificio.
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