EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 4
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4: El precio de elegir 4: El precio de elegir Daverion entró y observó el lugar.
Las paredes estaban cubiertas de lino crudo, de un gris claro.
Sobre ellas había objetos dispuestos con precisión: pinturas, escudos, instrumentos musicales.
Nada parecía fuera de lugar.
Las mesas tenían manteles de lino con sus centros de mesa bien colocados.
Los asientos eran sillones altos.
El aire estaba impregnado de bálsamos y del olor seco de las telas.
El sitio estaba lleno.
Se escuchaban risas dispersas y el murmullo constante de voces superpuestas.
No era una sola conversación, sino muchas.
Cerca de la entrada, alguien hablaba en voz baja: —¿Oíste lo que pasó en el lago inmóvil…?
En otra mesa, más adentro: —Solo queda destrucción y ruina.
Desde un rincón distinto: —Dicen que ahora hay un abismo ahí.
Oscuridad pura.
Un poco más lejos, entre copas: —Se decía que ahí habitaba Drark, una de las criaturas más poderosas de este planeta.
Otra voz, distinta, con tono conspirativo: —Algunos dicen que fue la Corte Celestial.
Y más allá, casi como un comentario al pasar: —Hay locos que dicen que fue un soberano.
Seres tan sublimes no perderían su tiempo en ese tipo de cosas.
Todas las voces, separadas y dispersas, giraban en torno a lo mismo.
La destrucción del lago.
Un evento que había hecho temblar a las personas de este mundo.
Ahí estaba Daverion, oyendo todo lo que se decía de él.
Si supieran que el que causó tal conmoción estaba ahí, en medio de ellos, sonriendo, seguramente no estarían tan tranquilos.
—¿Cómo que seres tan sublimes no perderían su tiempo en esas cosas…?
—murmuró con disgusto.
¿Acaso me están despreciando?
Claro que fue un soberano.
Y uno de los tres más poderosos.
Aunque no soy el número uno, sí soy el más joven.
Lo pensó en tono de broma.
Daverion subió del primer piso al tercero sin que nadie se diera cuenta.
En el tercer piso había una persona encargada de comprobar si la gente llevaba una manilla para poder ingresar, ya que allí solo entraba la élite de toda la dinastía.
Daverion pasó por en medio de él sin que se percatara, evitando así situaciones molestas.
Buscó un lugar cerca de la ventana y se sentó allí, contemplando la puesta de sol.
¿Dejarlo todo habrá valido la pena?
Daverion apoyó la espalda en el sillón y dejó que la luz del atardecer le rozara el rostro.
Padres tuve.
Y aun así, los maté.
No porque los odiara.
Los amaba.
Vi lo que les esperaba si seguían con vida.
No suposiciones.
No miedos.
Hechos.
Serían usados.
Desgastados.
No había huida.
No había refugio.
Yo era joven.
Con poder suficiente para matar… pero no para salvar.
Comprendí algo simple: el amor no detiene un destino.
Entre una muerte lenta y un final inmediato sin sufrimiento, elegí el final.
Fue rápido.
No sufrieron.
No les dije nada.
No por frialdad, sino porque darles esperanza habría sido la forma más cruel de mentirles.
Desvió la mirada hacia la ventana.
Mujer no tuvo.
No porque no pudiera tenerla, sino porque toda cercanía crea una grieta.
Pensó en ello.
En cuidar a alguien.
En prometer presencia.
En el instante exacto en que esa promesa dejaría de cumplirse.
Ahí entendió otra verdad: Amar es comprometerse con una protección que siempre fracasa tarde o temprano.
La vida, al final, es sentir.
Nada más.
Placer y dolor no se oponen.
Son estímulos distintos.
Que una sensación sea buena o mala no es un hecho absoluto, es una decisión.
Y decidir implica control.
Por eso no tuvo a nadie.
No por vacío.
Por claridad.
En una mesa cercana, alguien reía.
En otra, una discusión se apagaba con vino.
Amor se puede sentir por cualquiera.
Las personas aman a una.
Luego a otra.
Luego a varias.
No porque el amor sea eterno, sino porque es repetible.
Es una fuerza que empuja a permanecer… y cuando deja de empujar, se abandona sin remordimiento.
Se preguntó si alguien podría amar una piedra.
Si lo hiciera, no sería amor.
Sería obsesión.
Y entonces pensó algo más inquietante: Cuando alguien siente placer al destruir, no nace un monstruo por accidente.
Nace porque eligió someterse a lo que siente.
Todo por emociones.
Todo por sensaciones.
Miserables.
No por sentir, sino por permitir que lo que sienten decida por ellos.
Ser esclavo de una emoción es la forma más vulgar de existencia.
Daverion cerró los ojos un instante.
No había arrepentimiento.
Tampoco orgullo.
Solo certeza.
¿O eso creía?
—Disculpe, señor —dijo una voz cercana.
Daverion abrió los ojos.
—¿Qué le gustaría pedir?
—continuó Mael, el mesero.
Mostraba respeto y atención; todas las personas que llegaban a ese piso tenían mucho poder.
—Dame el mejor vino que tengas —declaró Daverion con indiferencia.
—Claro, señor.
Tenemos uno de los mejores vinos.
Se llama Origen.
Daverion lo pensó un momento y asintió.
—Sí.
Ese está bien.
Tráelo.
—Claro, señor.
Ya se lo traigo.
Mael se retiró de inmediato.
Al volver, sostuvo la botella con cuidado, como si el nombre que llevaba exigiera respeto.
—Origen no es un vino común, señor.
Se elabora con uvas de tierras antiguas.
El suelo conserva minerales que ya no existen en otras regiones.
Su proceso es largo.
No busca ser dulce ni complaciente.
Es profundo.
Persistente.
Está pensado para quienes saben esperar.
Daverion lo escuchó sin interrumpirlo.
No por interés, sino por cortesía.
—Sirve —dijo al final.
El líquido cayó en la copa con un sonido limpio.
Oscuro.
Espeso.
Daverion la tomó con una sola mano.
No la alzó para observarla.
No lo necesitaba.
Lo probó.
El sabor se desplegó con claridad.
Seco al inicio, firme, sin adornos.
Luego apareció una profundidad cálida, estable, que no invadía, pero tampoco desaparecía.
Permanecía en el paladar con una presencia tranquila, casi paciente.
Daverion sonrió apenas.
Era bueno.
No porque fuera raro.
No porque fuera caro.
Sino porque estaba bien hecho.
Otro sorbo.
Había equilibrio.
Control.
Nada sobraba.
Nada faltaba.
—Esto… —pensó— es un placer menor bien logrado.
No exigía atención.
No pedía devoción.
Simplemente estaba ahí para ser disfrutado.
Le gustaba eso.
Disfrutar sin apegarse.
Tomar lo que el momento ofrecía y seguir adelante.
Dejó la copa sobre la mesa con calma.
—Origen —murmuró—.
Un nombre adecuado.
Daverion abrió los ojos.
La luz del atardecer había cambiado.
Ya no era cálida.
Era baja.
Cansada.
Durante un instante, sintió algo distinto.
No arrepentimiento.
No tristeza.
Una ligera fricción.
Como si una verdad que había aceptado durante siglos no encajara del todo con el silencio que lo rodeaba.
Apretó los dedos alrededor de la copa.
No era duda.
Eso se dijo.
Solo una sensación mal ubicada.
Bebió.
El vino siguió siendo bueno.
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