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EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 5

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5: El día en que el silencio respondio 5: El día en que el silencio respondio El vino descendía lentamente por la copa de Daverion, atrapando la luz cálida del tercer piso del restaurante como si fuera ámbar líquido.

El murmullo bajo de las conversaciones, el roce de los cubiertos y el aroma especiado de la carne asándose componían una calma casi irreal, una quietud frágil que solo existe cuando nadie imagina lo que está a punto de romperse.

Daverion bebía con tranquilidad, observando sin observar realmente, dejando que el tiempo pasara.

Entonces, algo cambió.

No fue un sonido ni un gesto evidente.

Fue una presión suave, casi imperceptible, como si el aire hubiese recordado de pronto una antigüedad olvidada.

Un anciano subió al tercer piso.

Tenía alrededor de sesenta años, aunque esa edad parecía más una concesión a la forma que una verdad.

Su presencia era contenida, suave, pero bajo ella latía una majestuosidad difícil de ocultar.

No era arrogante ni abrumadora; era una autoridad natural que se filtraba por la postura recta, por el ritmo deliberado de su respiración.

Su rostro era anguloso.

Pómulos altos y afilados proyectaban sombras limpias sobre las mejillas; la mandíbula, estrecha pero firme, recordaba el filo de una espada bien forjada; la nariz recta le otorgaba un aire noble, casi imperial.

Cada rasgo parecía tallado con intención.

A su lado caminaba una niña.

Su rostro ovalado conservaba la redondez pura de la infancia, piel suave, sin imperfecciones, como porcelana viva.

Sus ojos grandes, de un negro azabache profundo, absorbían la luz con curiosidad genuina.

Observaba el mundo sin miedo, sin reservas, como si aún no hubiese aprendido a desconfiar de él.

Ambos se dirigieron a una mesa ubicada en el centro del restaurante.

Los movimientos del anciano eran simples, precisos, sin energía desperdiciada.

Nada en él era apresurado.

Nada superfluo.

Mael apareció casi de inmediato.

Vestía como un simple camarero, pero su postura era impecable, su expresión respetuosa y atenta, cuidadosamente ensayada.

—¿Qué les gustaría probar el día de hoy, mis estimados invitados?

—preguntó con cortesía medida.

El anciano alzó la mirada y lo observó con detenimiento, como si atravesara capas invisibles.

—¿Qué haces aquí, Mael?

—preguntó con voz tranquila—.

¿Desde cuándo alguien como tú sirve mesas?

Mael no alteró su expresión.

—Perdón, señor —respondió—.

¿Acaso se equivoca de persona?

Una sonrisa burlona se formó en los labios del anciano.

—No finjas.

Seguramente no quieres que alguien se entere de que estás aquí.

Por un instante, los ojos de Mael se suavizaron en las esquinas, creando una ilusión de calidez.

Sus ojos grises parecían acogedores, como un atardecer tranquilo.

Parpadeó.

Un parpadeo extrañamente lento.

Cuando volvió a abrir los ojos, toda calidez había desaparecido.

La gentileza se evaporó.

Los mismos ojos grises se volvieron planos, fríos, tan afilados que el aire alrededor pareció adelgazar, helarse.

—Theron —dijo—.

¿Qué haces aquí?

Otro parpadeo.

La frialdad desapareció por completo.

—Mi nieta quería salir a jugar con su abuelo —respondió el anciano con naturalidad.

Giró la cabeza hacia la niña y sonrió.

—Pide lo que quieras, Lyra.

—Quiero carne, abuelo —dijo ella sin dudar— Y jugo de uva.

—Camarero —continuó Theron—, ya escuchaste a mi nieta.

Tráele su carne.

Y a mí, vino.

Mael respiró hondo, sin saber si reír o llorar.

—Claro que sí, señor.

Enseguida le traemos su orden.

Mientras se retiraba, Theron recorrió el restaurante con la mirada.

Su vista se detuvo apenas un instante en Daverion, lo suficiente para registrarlo, y luego continuó observando el lugar.

Cinco minutos después, Mael regresó con los platos.

—Buen provecho.

—Buen trabajo —dijo Theron con una carcajada suave—.

Sigue así.

Puede que hasta te contrate.

El rostro de Mael se tensó apenas.

—Dejemos de fingir —dijo en voz baja—.

Los dos estamos aquí por lo mismo.

Estás interesado en esa persona, ¿verdad?

—Tengo mis dudas —respondió Theron—.

Al igual que tú.

Mael inclinó ligeramente la cabeza.

—Si lo medimos, salimos de dudas.

Tengo un objeto que permite medir el poder de alguien.

Ni siquiera los soberanos están fuera de su alcance.

Theron frunció el ceño.

—Solo quieres arrastrarme si surge algún problema.

—No te preocupes —respondió Mael con una sonrisa serena—.

Este objeto nunca ha fallado.

Theron guardó silencio unos segundos.

Finalmente, asintió.

Mael no perdió tiempo.

Desde su manga extrajo un objeto pequeño y antiguo, hecho de un material que no parecía pertenecer a ninguna era conocida.

No brillaba ni emitía energía visible.

Era discreto hasta el extremo, casi olvidable.

Cuando Mael lo activó, no ocurrió nada… al menos, nada perceptible para el resto.

Pero para Mael y Theron, el mundo cambió.

Los colores del restaurante se alteraron sutilmente.

Los tonos cálidos se volvieron profundos, densos, como si la realidad hubiese sido sumergida en una capa invisible de tinta antigua.

El objeto no medía fuerza bruta.

Leía existencia.

Vibraciones.

La huella que un ser dejaba en el tejido mismo del mundo.

El semblante de Theron se transformó cuando sintió la activación.

Y se turbó por completo cuando el objeto comenzó a ofrecer resistencia.

Entonces, se rompió.

No explotó.

No hizo ruido.

Simplemente se fracturó, como si la realidad hubiese rechazado su función.

El color del mundo regresó de golpe.

El silencio cayó.

Mael quedó inmóvil, consternado.

Solo él sabía que ni siquiera cuando su organización había usado ese objeto para medir al último soberano —el Séptimo— había ocurrido algo así.

Jamás se había roto.

Nadie se movía.

Nadie hablaba.

Lyra, ajena a todo, balanceaba suavemente las piernas bajo la mesa.

Había ignorado por completo las miradas tensas y las palabras veladas; para ella, los adultos solo estaban hablando de cosas aburridas.

Entonces escuchó pasos.

Uno.

Otro.

Levantó la vista.

Un hombre caminaba hacia su mesa.

No parecía enojado.

No parecía poderoso.

Ni siquiera parecía importante.

Pero algo en él hizo que Lyra dejara de mover las piernas.

No fue miedo.

Fue curiosidad.

Era como cuando el mundo se quedaba muy quieto antes de llover.

Es raro, pensó.

No sentía presión.

No sentía amenaza.

Sentía comodidad.

Como si ese hombre hubiese pertenecido a ese lugar desde antes de que existiera.

Cuando Daverion se detuvo frente a la mesa, Lyra lo miró directamente al rostro, sin timidez ni respeto forzado.

Sus ojos lo recorrieron con naturalidad infantil.

No está jugando.

Pero tampoco está enojado.

Miró a su abuelo.

Luego al camarero.

Luego volvió a mirar al hombre.

Los adultos siempre hablan de cosas complicadas, decidió.

Daverion se detuvo frente a Mael y Theron.

Su presencia no era opresiva ni amenazante.

Era natural.

—Ustedes dos —dijo con voz serena, indiferente— no son personas comunes y corrientes, ¿verdad?

El silencio se volvió más profundo.

Lyra sonrió levemente, como si acabara de encontrar algo interesante en medio de una tarde aburrida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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