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EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Cuando la inocencia rompió el silencio
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6: Cuando la inocencia rompió el silencio 6: Cuando la inocencia rompió el silencio Tras las palabras de Daverion, el mundo pareció detenerse.

No hubo ruido.

No hubo movimientos.

Solo quedó un silencio espeso, tenso, como si el aire se hubiese vuelto demasiado denso para atravesarlo.

Cada respiración parecía deliberada, medida, cargada de intención.

Cada uno estaba atrapado en sus propias preocupaciones.

Theron abrió la boca, luego la cerró.

Inhaló despacio.

Volvió a intentarlo… y no logró decir nada.

Las palabras no acudían a él.

Sus dedos se cerraron lentamente sobre el borde de la mesa, apretándolo con más fuerza de la necesaria.

En su rostro se reflejaba una preocupación genuina, profunda, una mezcla de alerta y urgencia contenida.

Frente a él, Mael permanecía inmóvil, con la mirada fija pero desenfocada, como si su mente se negara a aceptar lo que acababa de ocurrir.

Había miedo.

No un miedo visceral, sino uno más peligroso: el miedo a lo desconocido.

Sin decirlo, ambos comenzaron a prepararse.

Las bases de cultivo se pusieron en movimiento, circulando de forma imperceptible, lenta pero constante, como un reflejo aprendido.

Sabían que no podrían ganar.

Aun así, se preparaban.

Era mejor estar listos.

Theron levantó la mirada y se cruzó con la de Mael.

En sus ojos compartían la misma intención silenciosa: esperar.

Esperar cualquier mínimo gesto.

Cualquier cambio en la respiración de Daverion.

Cualquier indicio de hostilidad.

Responderían al instante.

Theron tragó saliva.

¿Qué está pensando?

¿Qué hará ahora?

Su mirada descendió un segundo hacia Lyra.

La vio balancear suavemente las piernas, ajena a todo.

El pecho se le tensó.

Debo protegerla.

Sea quien sea… debo protegerla.

Entonces, en medio de aquella tensión sofocante, una voz inocente rompió el silencio.

—De ahora en adelante tú serás mi hermano mayor —dijo la niña con total naturalidad—.

Tienes que acompañarme a jugar, a comer, a pasear y a hacer todo lo que quiera.

Mientras hablaba, su sonrisa se hacía cada vez más grande, más brillante, completamente ajena a la gravedad del ambiente.

Theron y Mael quedaron atónitos.

Mael sintió un sobresalto inmediato ante la osadía de la niña.

Theron reaccionó al instante.

—¿Qué dices, Lyra?

—exclamó—.

Pídele perdón ahora mismo.

¿Cómo puedes faltarle el respeto de esa manera?

La severidad en su voz era clara, firme, cargada de autoridad.

Su mano se posó de forma instintiva sobre el hombro de la niña, como si necesitara anclarla a la realidad.

Luego volvió la mirada hacia Daverion.

—Por favor, perdona a mi nieta por su impertinencia —dijo con seriedad—.

Es solo una niña, no sabe lo que dice.

Daverion observó a Lyra con interés.

Y entonces rió.

Una risa breve, ligera, auténtica.

Nunca, en toda su existencia, alguien le había pedido algo así.

—Qué niña tan divertida tienes, anciano —comentó con naturalidad, indiferente a la tensión de Theron.

Theron se quedó en silencio.

Su mano se cerró lentamente en un puño.

No parece molesto… No parece ofendido… Entonces, ¿por qué me siento así?

Levantó la vista hacia Daverion, intentando leer algo en él, cualquier cosa.

No encontró nada.

¿Quién es?

Si es un soberano… ¿cuál es su rango?

La imagen del oráculo cruzó su mente.

La próxima conferencia.

La conmoción anunciada entre los poderosos del Dominio Estelar.

La advertencia clara: asociarse con uno de los Siete Soberanos.

Aquel maldito Mael… Esto no era la forma.

Theron le lanzó una mirada cargada de reproche.

Mael, por su parte, estaba inmerso en un análisis silencioso, casi obsesivo.

Sus ojos se desviaban una y otra vez hacia los fragmentos del objeto roto.

Nunca había visto al artefacto romperse.

Ni una sola vez.

Aún hay margen.

Aún puedo deducir algo.

Si hubiera querido matarnos… el objeto jamás habría tenido tiempo de romperse.

—¿Cuánto tiempo planeas quedarte?

—preguntó finalmente Mael, rompiendo el silencio.

Casi al mismo tiempo, la voz de Theron se superpuso: —Este lugar no suele recibir visitantes… inusuales.

Daverion respondió sin prisa.

—No lo sé.

Estaré aquí hasta que me aburra.

—Solo es una parada más.

Mael dudó.

Sus dedos se cerraron y abrieron una vez antes de hablar.

—El objeto no era un instrumento hostil.

Daverion miró los fragmentos solo un instante.

No hubo emoción.

No hubo interés real.

Comprendió lo que era… y lo dejó atrás.

Para él, aquello era insignificante.

Que se hubiese roto era algo natural, casi esperado.

—Un intento limitado de comprender lo incomprensible —dijo con calma.

Sintió apenas una ligera curiosidad por el comportamiento de aquellas personas.

La tensión volvió a asentarse en el ambiente.

Lyra, que había permanecido sentada sin intervenir, alzó la vista cuando Daverion comenzó a levantarse de su asiento.

Sus ojos lo siguieron con atención.

—¿Ya te vas?

—preguntó con curiosidad sincera.

Luego miró a su abuelo y añadió, como si fuera una conclusión obvia: —Abuelo… él no parece malo.

Daverion se detuvo un instante.

La miró.

—Sí.

—Pero fue interesante conocerte.

Lyra sonrió.

—Hermano mayor, dentro de cuatro meses celebraré un evento en el palacio.

Puedes ir y jugar un rato.

Lyra lo dijo como si estuviera invitándolo al patio trasero de su casa.

No hubo ceremonia.

No hubo cálculo.

No hubo intención oculta.

Solo una invitación simple, nacida de la misma lógica con la que un niño ofrece compartir un juguete nuevo.

Se inclinó un poco hacia adelante sobre la mesa, apoyando los codos con total confianza, balanceando las piernas en el aire.

—Habrá mucha comida —añadió con entusiasmo—.

Y música.

A veces es aburrido porque los adultos hablan demasiado, pero si vas tú no lo será.

Hizo una breve pausa, ladeando la cabeza mientras lo observaba con atención, como si evaluara algo que solo ella podía ver.

—Además… —continuó— tú no miras como ellos.

Theron sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Lyra… —murmuró en voz baja, intentando detenerla.

Pero la niña no le prestó atención.

—Ellos siempre están tensos —dijo señalando vagamente a su alrededor, sin acusación—.

Como si algo malo fuera a pasar todo el tiempo.

Tú no.

Sonrió, una sonrisa abierta, limpia.

—Contigo se siente tranquilo.

El silencio que siguió fue distinto al anterior.

No era tenso.

No era peligroso.

Era profundo.

Daverion permaneció inmóvil unos segundos más de lo necesario.

No porque dudara, sino porque estaba escuchando algo que no solía existir en su camino.

No ambición.

No temor.

No reverencia.

Solo una invitación.

Finalmente, respondió con la misma calma que había mantenido desde el inicio.

—Tal vez —dijo.

No fue una promesa.

No fue una negativa.

Para Lyra, fue suficiente.

Sus ojos se iluminaron como si ya hubiera ganado.

—Entonces te esperaré —afirmó con total seguridad.

Daverion se dio la vuelta.

Y así, sin más, se fue.

El silencio regresó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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