EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 7
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7: Sombras en movimiento 7: Sombras en movimiento Luego de que Daverion se marchara, el restaurante quedó sumido en un silencio denso, casi palpable.
No era un silencio incómodo, sino uno cargado, como si el aire aún conservara la huella de su presencia.
Durante unos instantes, nadie se movió.
Theron fue el primero en romper la quietud.
Tomó la jarra de vino que Mael había traído consigo, sirvió con calma en su copa y bebió un largo trago, dejando que el líquido descendiera lentamente por su garganta.
Mael hizo lo mismo después, sentándose frente a él y sirviéndose sin decir palabra.
Ambos quedaron allí, inmóviles, cada uno atrapado en sus propios pensamientos.
Lyra permanecía a su lado, concentrada en su plato.
Comía su carne con tranquilidad, como si nada extraordinario hubiese ocurrido.
De vez en cuando, sin embargo, alzaba la vista hacia la entrada del tercer piso.
Bebía un sorbo de su jugo y, casi sin darse cuenta, su mente regresaba a Daverion: la forma en que se levantó de su asiento, su andar sereno al acercarse a ellos, la manera en que, sin hacer nada especial, se convirtió en el centro absoluto de la atención.
Eso era lo que más la había impresionado.
No había sentido en él algo llamativo, ni una presión evidente, ni una energía abrumadora.
Y aun así… todos lo miraban.
Lyra rompió el silencio con voz suave.
—Hermano mayor dijo que lo pensaría.
Hizo una breve pausa, como si ordenara sus ideas.
—Eso significa que podría regresar, ¿verdad?
El silencio que siguió fue aún más profundo.
Mael y Theron, que estaban a punto de beber otra copa de vino, se detuvieron al mismo tiempo.
Sus manos quedaron suspendidas en el aire.
La respiración de ambos se volvió más pesada, más consciente.
Casi de forma involuntaria, desviaron la mirada hacia la entrada del tercer piso, inquietos por la afirmación inocente de la niña.
Lyra volvió a hablar, con total naturalidad.
—Voy a guardarle un pedazo de carne por si vuelve.
En su rostro no había cálculo alguno.
Solo una inocencia clara, transparente.
Cada palabra de Lyra hacía que nuevas arrugas se marcaran en la frente de los dos hombres.
No por lo que decía, sino por la posibilidad de que lo dijera en voz alta y lo hiciera real.
El tiempo pasó.
Daverion no volvió.
Cuando finalmente comprendieron que no regresaría, Theron y Mael soltaron el aliento que no sabían que estaban conteniendo.
—Lyra, no te preocupes —dijo Theron con tono calmado—.
Seguramente irá al evento.
Lo dijo más para tranquilizarse a sí mismo que a su nieta.
Mientras acariciaba la copa, su mente comenzó a moverse.
Todo salió más o menos como lo planeé, pensó.
Desde el día en que llegó a la dinastía hasta que entró en el restaurante, lo observé todo desde el palacio, a través de la matriz de vigilancia.
Luego, con un gesto natural, acarició la cabeza de Lyra y continuó sumido en sus pensamientos.
Me preocupé cuando llegó al restaurante y alzó la mirada hacia el cielo.
Pensé que me había descubierto.
Al parecer, estaba viendo algo más.
Una breve risa escapó de sus labios.
Aunque, ahora que lo pienso… creo que siempre supo que lo estaba observando.
Theron guardó silencio y observó a su nieta.
Así que funcionó… Y aun así, fallé.
Desde el principio, su plan había sido claro.
Daverion no era un ser que pudiera abordarse con poder, ni con protocolos, ni con jerarquías.
Todo aquello que Theron había aprendido a lo largo de su vida, negociaciones, alianzas, amenazas sutiles, carecía de valor frente a existencias que caminaban fuera de la escala común.
Por eso había elegido el restaurante.
Un lugar sin tronos.
Sin guardias.
Sin símbolos.
Y por eso había llevado a Lyra.
No como escudo.
No como sacrificio.
Sino como verdad.
Lyra no sabía fingir.
No sabía temer lo que no comprendía.
Su curiosidad era limpia, directa, imposible de falsear.
Allí donde los adultos veían riesgos y cálculos, ella veía personas.
Si alguien como él iba a mostrarse… lo haría ante algo auténtico.
Y así fue.
Daverion no reaccionó a Theron.
No reaccionó a Mael.
No reaccionó al objeto, ni al intento de medición, ni a la tensión cuidadosamente contenida.
Pero reaccionó a Lyra.
No con sorpresa.
No con condescendencia.
Con naturalidad.
Eso, más que cualquier dato, confirmó que su intuición no estaba equivocada.
El plan había funcionado.
Daverion no se había marchado molesto.
No había respondido con violencia.
No había mostrado desprecio.
Había aceptado la presencia de la niña como algo… normal.
Y, sin embargo… Theron cerró los ojos por un instante.
No calculé la diferencia.
Había supuesto que Daverion estaría fuera de su alcance.
Había aceptado que no podría medirlo con exactitud.
Pero no había anticipado cuán lejos estaba.
Sus dedos se cerraron suavemente, casi sin que lo notara.
Había llevado a su nieta convencido de que eso le daría una ventaja… y terminó comprendiendo que lo único que había hecho era evitar un error irreversible.
Si Daverion hubiese sido abordado de otro modo… si Lyra no hubiese estado allí… si el ambiente no hubiese sido tan humano… No quiso terminar ese pensamiento.
Volvió a mirar a la niña.
Lyra se giró y le sonrió, como si hubiera sentido su mirada.
Theron le devolvió la sonrisa.
Cansada, pero sincera.
Funcionó, repitió para sí.
Pero no como yo creía.
No había ganado una alianza.
No había asegurado protección.
Solo había logrado algo mucho más frágil… y mucho más valioso.
No convertirse en un enemigo.
Y, en ese nivel de poder, eso ya era una victoria.
Mael, de pie junto a Theron, parecía tranquilo por fuera.
Por dentro, su mente no se detenía.
Se podría decir que cumplí la misión.
La idea se asentó con un peso ambiguo.
Una misión de rango S.
De esas que solo aparecen una vez cada diez mil años.
Su mirada se deslizó hacia el lugar donde Daverion había estado sentado hacía apenas unos momentos.
La silla seguía allí, intacta, como si nada extraordinario hubiese ocurrido y, aun así, todo había cambiado.
Acepté esta misión por una sola razón, pensó.
El oráculo.
Las palabras de la profecía regresaron con una claridad incómoda.
Un evento que consternaría a las organizaciones, sectas y grupos que asistirían a la conferencia.
Una sacudida a escala del Dominio Estelar.
Y una recomendación clara, casi una advertencia: Acercarse a los soberanos.
La organización de Mael no era ingenua.
Tenía contactos, canales indirectos, incluso vínculos con uno de ellos, tal vez.
Pero Mael nunca confió en los quizás.
Eso no es suficiente, concluyó con frialdad.
Un solo error y todo se derrumba.
Su atención volvió al artefacto, o más bien, a lo que quedaba de él en su memoria.
El objeto se rompió.
No falló.
No dio un resultado erróneo.
Se rompió.
Ese detalle era lo verdaderamente aterrador.
No estaba diseñado para medir algo como él, analizó.
Ni siquiera para aproximarse.
Por primera vez en mucho tiempo, Mael sintió que sus cálculos quedaban incompletos.
No incorrectos, simplemente insuficientes.
Tal vez la organización buscaba una alianza.
Tal vez querían información.
Yo no.
Él necesitaba algo más básico.
Más primario.
Necesito al más poderoso, admitió sin rodeos.
No por ambición.
Por supervivencia.
Si el oráculo tenía razón, y nunca se había equivocado, lo que venía no permitiría medias tintas.
No bastaría con estar del lado correcto.
Había que estar demasiado alto para que la tormenta no pudiera alcanzarte.
Mael exhaló lentamente.
Y si Daverion no es un soberano… entonces es algo peor.
Algo que ni siquiera las jerarquías actuales contemplaban.
Cumplí la misión, se repitió.
Pero ahora sé que el verdadero riesgo acaba de empezar.
Y, por primera vez desde que aceptó el encargo, comprendió que no era él quien había observado al objetivo.
Había sido al revés.
Mael jugó con su copa un instante más.
¿Notificar… o no?
No había urgencia.
No había pánico.
Solo una certeza incómoda.
Al final, cerró los ojos y envió el informe por el canal sellado.
La Séptima Sombra respondió de inmediato.
“Registro aceptado.” “Clasificación: Reconocimiento.” “Nivel de amenaza: indeterminado.” Mael exhaló lentamente.
Menos mal… solo fue una misión de reconocimiento.
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