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EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 8

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8: Antes de lo Previsto 8: Antes de lo Previsto Mientras Mael permanecía en el restaurante, ajeno a todo, el informe ya había abandonado el sistema solar.

Viajó en silencio, atravesando capas superpuestas de canales sellados, protocolos antiguos y rutas que solo unas pocas organizaciones conocían.

No dejó rastro visible, no generó fluctuaciones detectables, pero su sola existencia comenzó a alterar el equilibrio.

En una luna distante, suspendida en la negrura del espacio, se alzaba una base de operaciones.

Tres edificios componían el complejo.

Fríos.

Funcionales.

Carentes de cualquier adorno innecesario.

En el edificio principal, un recinto amplio y perfectamente ordenado albergaba a veinte personas, cada una en su propio espacio de trabajo.

Ninguna hablaba más de lo necesario.

Ninguna levantaba la voz.

Frente a ellos, ocupando toda una pared, una enorme pantalla proyectaba de forma constante los resultados de las misiones activas.

Cada notificación aparecía con una breve descripción y, al frente, su rango.

En ese mismo recinto existía una habitación aislada, separada por paneles opacos.

Allí se encontraba el líder de la unidad: analista y estratega, encargado de evaluar lo que otros solo podían ejecutar.

Sentado entre los veinte operadores estaba Dix.

Ante él fluía un torrente constante de informes provenientes de todos los rincones del sistema: misiones de reconocimiento, infiltración, eliminación silenciosa, recopilación de datos.

Sus dedos se movían con precisión sobre los hologramas, redactando observaciones, asignando etiquetas de colores, categorizando amenazas con la calma de quien ya lo ha visto todo.

Dix era alguien curtido.

Había presenciado demasiadas tragedias, demasiadas anomalías, demasiadas muertes como para sorprenderse fácilmente.

Pero entonces… Sus dedos se detuvieron.

En la pantalla, una sola letra brillaba con una intensidad distinta.

S.

Durante una fracción de segundo, Dix no respiró.

No fue sorpresa lo que sintió primero.

Fue reconocimiento.

Un reconocimiento incómodo.

Era la primera vez que veía una misión de rango S.

Una punzada recorrió su espalda, fría, silenciosa.

Dix tragó saliva sin darse cuenta.

Luego, con un movimiento rápido, activó el protocolo de notificación máxima.

Mientras los otros diecinueve operadores continuaban trabajando, algunos aún sin comprender, una alarma cortó el aire del recinto.

La gran pantalla cambió abruptamente.

Texto conciso.

Datos mínimos.

Y al frente, una S enorme, teñida de rojo.

Todos se detuvieron.

El sonido de teclas cesó.

Algunos operadores se quedaron inmóviles.

Otros fruncieron el ceño, como si esperaran que fuera un error.

De la habitación aislada salieron tres figuras.

El líder, cuyo semblante aparentaba calma, aunque sus ojos revelaban lo contrario.

Un analista, incapaz de procesar lo que tenía ante sí.

Y un estratega que comprendió de inmediato una verdad incómoda: Ninguna estrategia era suficiente frente a algo de rango S.

El recinto quedó sumido en un silencio pesado.

Y a lo largo de cada canal por el que el informe había transitado, solo quedó una misma sensación: Turbación.

En medio del espacio, flotaba una ciudad pequeña.

En su núcleo se erguía un edificio imponente que se hundía cuatro niveles en profundidad.

En el nivel más bajo, cinco personas rodeaban una mesa.

En su centro, el informe de una misión de rango S flotaba como un presagio.

—Una misión que muy rara vez se ve —dijo una de ellas—.

Una misión donde la muerte está asegurada.

—No admite errores —respondió otra voz.

Uno de ellos tomó el informe y lo analizó con detenimiento.

—Esto se nos sale de las manos.

El documento pasó al individuo situado en el centro.

Este lo revisó con el ceño fruncido.

Nuestro cliente se especializa en recopilar información, pero ni siquiera ellos se atrevieron a hacer este trabajo.

Solo un asesino lo haría.

Alzó la mirada.

—El aviso no nació en la Séptima Sombra —dijo—.

Nació en la organización de recolección de información más grande: La Red.

Dejó nuevamente el informe en el centro de la mesa.

—Más precisamente, en el corazón mismo de la Corte Celestial.

—Tienen infiltrados en innumerables lugares —añadió otra voz.

—El infiltrado no exageró.

Una voz fría cortó el aire: —Tampoco habría sobrevivido si se hubiera equivocado.

Era hora de ver lo que realmente había sucedido.

En el centro de la mesa se activó un holograma.

Las imágenes comenzaron a reproducirse.

A medida que el registro avanzaba, el ambiente se tornó denso.

Miedo.

Tensión.

Duda.

Y luego… El instante exacto en que el objeto se rompió.

Cuando el holograma se desvaneció, el silencio fue absoluto.

Finalmente, alguien habló: —Un artefacto capaz de medir al Séptimo… ¿fallar?

—Es imposible.

—Esto está más allá de nuestro alcance.

—¿Soberano primordial…?

—murmuró alguien.

Un término conocido solo por unos pocos.

—Debemos informarle.

Cuando la sombra duda, consulta a algo más antiguo que ella.

El individuo del centro redactó el mensaje, adjuntó el video y lo envió.

Mensaje aceptado.

Esperando respuesta.

—Es hora de enviar el informe al cliente.

En otro punto del espacio se alzaba una torre colosal, de cuyos muelles entraban y salían innumerables naves.

Era la organización de información más grande del cúmulo estelar.

Eventos.

Rumores.

Verdades.

Personas.

Organizaciones.

Tesoros.

Mapas.

Lugares prohibidos.

Todo.

En la parte más alta de la torre, el líder Kel recibió el informe de la Séptima Sombra y estalló en carcajadas.

—¿Un soberano?

—rió—.

¡Un soberano!

—Esto es información sobre un soberano —repitió, casi delirando—.

¿Saben cuánto tiempo ha pasado desde el último evento así?

Se levantó de su asiento.

—Solo aparecen en la Gran Conferencia cada diez mil años, y aun así, apenas dos o tres.

Sus ojos brillaban.

—Esto vale una fortuna.

—Y justo antes de la Gran Conferencia… Su sonrisa se ensanchó.

—El estatus de nuestra organización se disparará.

Reía en su oficina.

Afuera, uno de sus empleados escuchó en silencio.

Y por primera vez, no compartió la risa.

En el planeta Caelvar, la Corte Celestial reaccionó con rapidez.

Tras el evento del lago, realizaron una limpieza exhaustiva.

Cada rincón fue revisado.

Cada registro, analizado.

No encontraron infiltrados.

Pero poco después, Asrem, líder de la secta, recibió un mensaje.

Información de nivel catástrofe para tu Corte Celestial.

Si deseas conocerla, el precio será extremadamente alto.

Tras un largo proceso, aceptó.

Cuando terminó de leer, Asrem pisó el suelo con fuerza.

El impacto sacudió el lugar.

Las paredes se resquebrajaron.

Grietas se extendieron por el suelo como venas abiertas.

Su voz resonó por toda la Corte Celestial.

—Reunión de emergencia.

Ahora.

En otro lugar.

Un informe atravesó sellos que no pertenecían a ninguna organización registrada.

Capas de seguridad antiguas.

Ajenas incluso a la Séptima Sombra.

Finalmente, llegó a un lugar donde el espacio no obedecía leyes comunes.

Allí… Algo abrió los ojos.

No hubo liberación de poder.

No hubo presión ni distorsión.

Solo atención absoluta.

El informe se desplegó.

El lago.

El artefacto.

El instante exacto en que la medición se quebró.

La imagen se detuvo en una sola figura.

Daverion.

—Un instrumento capaz de medir soberanos —resonó una voz sin fuente— —y aun así, no pudo soportarlo.

Silencio.

—¿Cuál de los cuatro primeros eres?

No hubo juicio.

No hubo risa.

Solo interés.

—La Séptima Sombra actuó correctamente al dudar.

—Esto no es un asunto que puedan manejar.

El informe se cerró.

El entorno vibró levemente, como si algo largamente inmóvil hubiera comenzado a moverse.

—Aparecer justo antes de la Gran Conferencia no es coincidencia.

Una pausa.

—Algo grande va a suceder.

El silencio volvió a asentarse.

Nada más fue dicho.

Pero, en distintos puntos del cúmulo estelar, protocolos que llevaban milenios sin activarse comenzaron a moverse.

En archivos sellados, fechas grabadas con leyes antiguas fueron alteradas por primera vez.

Sellos temporales se debilitaron.

En una cámara sellada, una orden fue emitida sin ceremonia: —La Gran Conferencia se adelantará.

No por consenso.

No por advertencia pública.

Sino por necesidad.

Las invitaciones comenzaron a formarse antes de tiempo, atravesando dominios, jerarquías y distancias imposibles.

Algunas llegaron a manos que no estaban listas para recibirlas.

Otras, a manos que jamás habían sido convocadas.

La razón no fue escrita.

No hizo falta.

Todos los que entendían el peso de esa decisión sabían lo mismo: Si el evento continuaba su curso original, algo llegaría primero.

Y esta vez, el Dominio Estelar no tendría tiempo para prepararse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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