Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 9

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO
  4. Capítulo 9 - 9 Un espejo perfecto
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

9: Un espejo perfecto 9: Un espejo perfecto Luego de tres días en el corazón de la dinastía Yu, cerca del barrio de los eruditos, Daverion llegó a un parque amplio, conocido por su estanque singular.

La entrada principal estaba marcada por un arco de jade imperial blanco.

Dragones tallados ascendían por su estructura, con los cuerpos entrelazados en una danza detenida en el tiempo.

En el centro, grabado con una caligrafía antigua y solemne, se leía un solo nombre.

Gran Yu.

Las personas entraban y salían con naturalidad, ajenas al peso simbólico del lugar.

Daverion cruzó el arco sin detenerse.

Mientras avanzaba, su mirada recorrió el parque con calma.

No buscaba nada en particular.

Pero entendía todo lo que veía.

Los senderos de losetas de piedra rústica se extendían en curvas suaves, separándose y reencontrándose más adelante.

El césped estaba perfectamente cortado, sin una sola hoja fuera de lugar, como si incluso el crecimiento hubiera aprendido a obedecer.

A ambos lados, pinos y bambú se alzaban con una quietud casi ritual.

Entre la vegetación, pabellones octagonales de madera sostenían techos de tejas verdes.

Linternas colgaban de sus aleros, aún apagadas, esperando el anochecer.

En algunos pabellones, ancianos jugaban ajedrez en silencio.

En otros, conversaban mientras bebían té, dejando que las palabras se disiparan antes de adquirir peso.

Daverion caminó sin prisa hasta encontrar una banca junto al lago.

Se sentó, apoyando la espalda contra la baranda de madera, y cerró los ojos.

Disfrutó de la paz.

De la quietud.

De esa calma que había aprendido a habitar.

El murmullo lejano del parque no lo alcanzaba.

Todo parecía contenido, sostenido en un equilibrio tan preciso que resultaba casi artificial.

Cuando volvió a abrir los ojos, observó el lago.

Tenía unos sesenta metros de diámetro, perfectamente circular.

El agua era cristalina, inmóvil, sin la menor perturbación.

No reflejaba el cielo.

Lo replicaba.

—Es un espejo perfecto —murmuró.

No lo dijo con admiración, sino con exactitud.

Se levantó y caminó hasta la orilla.

Desde allí observó el fondo con claridad.

Flores sumergidas, vegetación ordenada, piedras dispuestas de forma casi deliberada.

Entre ellas, peces koi de distintos colores nadaban lentamente.

Blancos, rojos, dorados, naranjas.

Sus trayectorias eran suaves.

Previsibles.

Algunos se acercaban a la orilla, atraídos por la gente que les arrojaba comida.

Daverion los observó sin moverse.

El sistema funcionaba.

La superficie reflejaba calma.

El fondo permanecía contenido.

Durante un instante, pensó que aquel lago era una solución elegante.

Luego comprendió el problema.

Un espejo perfecto no muestra lo que está a punto de romperse.

Fue entonces cuando escuchó las voces.

No estaban dirigidas a él.

En uno de los pabellones cercanos, tres eruditos conversaban.

Sus túnicas claras y su tono pausado los hacían casi parte del paisaje, como si pertenecieran al parque tanto como los árboles o el agua.

—Todo funciona porque cada cosa ocupa su lugar —decía el primero, con tono firme—.

Las estaciones no discuten entre sí.

Los ríos no dudan de su cauce.

Cuando algo funciona de manera perfecta, intervenir es arrogancia.

El segundo negó con calma, apoyando los dedos sobre la mesa.

—Confundes estabilidad con origen.

Antes de que el río encontrara su cauce, erosionó la tierra durante siglos.

Nada nace completo.

La perfección es una consecuencia, no un punto de partida.

El tercero habló tras un breve silencio.

—Ambos hablan como si la perfección fuera un valor absoluto.

Para el río, su cauce es perfecto.

Para la montaña que desaparece, es destrucción.

¿Quién decide cuál de los dos tiene razón?

Guardaron silencio.

Sus miradas se posaron en el lago, como si esperaran que este ofreciera una respuesta.

El diálogo continuó unos momentos más, pero Daverion ya no necesitaba escuchar.

No porque estuviera de acuerdo.

Sino porque comprendía algo que ninguno de ellos estaba considerando.

Una presencia se acercó.

Un anciano se detuvo a su lado.

Vestía ropas sencillas y se apoyaba en un bastón de madera oscura.

No miró a Daverion de inmediato.

Observó el lago con atención, como si midiera algo que no podía verse.

—Escuchas como alguien que no intenta defender una idea —dijo finalmente—.

Eso es poco común entre eruditos.

Daverion no respondió.

El anciano giró ligeramente la cabeza.

—Dime —continuó—.

Si algo es perfecto… ¿qué ocurre cuando deja de ser necesario?

El lago seguía inmóvil.

Demasiado inmóvil.

Daverion no respondió de inmediato.

No pensaba en el lago.

Ni en los eruditos.

Ni siquiera en aquel mundo en particular.

Pensaba en estructuras que habían durado tanto tiempo que habían olvidado por qué existían.

—La perfección no se rompe por el cambio —dijo al fin—.

Se rompe cuando aquello que la sostiene ya no la necesita.

El anciano frunció ligeramente el ceño.

—¿Insinúas decadencia?

Daverion negó con suavidad.

—No.

Insinúo cumplimiento.

El silencio se asentó entre ambos.

Denso.

Definitivo.

—Hay cosas que no fallan —continuó Daverion—.

Simplemente… terminan.

El lago permanecía intacto.

Claro.

Circular.

Perfecto.

Demasiado perfecto.

El anciano lo observó con atención.

No hubo sorpresa.

Tampoco aprobación explícita.

Solo una comprensión silenciosa, como si una pieza hubiera encajado en un lugar que no sabía que existía.

Asintió una vez.

Luego se alejó sin decir una palabra más.

Daverion volvió a mirar el lago.

El agua seguía siendo un espejo perfecto.

Suspiró y regresó a la banca.

El precio era alto.

Siempre lo había sido.

Usar aquel arte secreto exigiría más de lo que muchos estaban dispuestos a pagar, pero Daverion no buscó alternativas.

Lo que se avecinaba no las concedía.

No sabía si todo lo que había maquinado les daría el tiempo suficiente para prepararse.

Solo sabía que retrasar lo inevitable ya era, en sí mismo, una forma de resistencia.

Giró el rostro lentamente hacia la derecha.

Primero, el restaurante de tres pisos, aún iluminado.

Su mirada atravesó la distancia sin esfuerzo.

Más allá, en la montaña, distinguió la figura de un hombre delgado y de semblante amable.

Mael.

Luego desvió la mirada hacia el palacio de la dinastía Yu.

Después, hacia el cielo, donde la Corte Celestial se ocultaba más allá de lo visible.

Finalmente, volvió al lago inmóvil.

El parque comenzaba a vaciarse.

La luna empezaba a asomarse entre las copas de los árboles.

Cuando casi todos se habían marchado, dos guardias se acercaron para invitarlo a retirarse.

No llegaron a hablar.

Daverion dio un paso.

Y el mundo aceptó ese paso como algo natural.

Un instante después, los guardias parpadearon.

Ya no estaba allí.

Expandieron sus sentidos con alarma contenida y lo encontraron en el centro del lago, sentado en el pabellón más grande, el mejor ubicado, con vista abierta al cielo.

Hubo preocupación.

Cautela.

Se preparaban para intervenir cuando una voz los detuvo.

—Déjenlo —dijo un anciano apoyado en un bastón—.

Es un conocido mío.

Los guardias inclinaron la cabeza con respeto.

—Sí, gran erudito.

Y se retiraron.

Daverion permaneció allí, solo.

El lago seguía inmóvil.

Perfecto.

Por ahora.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo