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El sistema del perro agente - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 Diez entregas
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10: Diez entregas 10: Diez entregas Los dos salieron de la casa un tanto desconcertados por lo último que dijo Adía, pero al final, ellos mismos habían tomado la decisión, y por ende, debían cumplir con lo solicitado.

—Bueno, un trato es un trato —dijeron al unísono, con una mezcla de resignación y determinación.

Otra preocupación que los aquejaba era por qué, ahora que Aiden estaba a punto de alcanzar el nivel cuatro, su progreso avanzaba tan lentamente.

—Me pregunto si las cosas serán así de aquí en adelante —comentó Aiden, frunciendo el ceño mientras caminaban.

Reia intervino entonces, explicando que ni ella tenía una respuesta clara.

Sin embargo, en la pantalla que solo Podbe podía ver (y que Reia describió detalladamente a Aiden), se indicaba que para subir de nivel se necesitaban cien puntos de experiencia.

Los tres se quedaron pensativos, pero al no tener aún una respuesta a esa gran incógnita, decidieron dejarla de lado por el momento y concentrarse en buscar los puntos de entrega.

—No veo nada —murmuró Aiden, entrecerrando los ojos mientras intentaba distinguir algo en la oscuridad—.

Quizá Podbe, con su olfato, pueda guiarnos, pero lo dudo porque no sabría por dónde ir.

Todo está más oscuro que la propia noche, y solo veo árboles.

Las casas apagan sus luces al anochecer, por lo que veo.

Por suerte para ellos, Reia les pidió que le mostraran el papel que Adía les había dado.

Lo escaneó rápidamente y anunció: —Listo, ya tengo los puntos a donde tenemos que ir.

—A veces eres útil —comentó Podbe con una sonrisa burlona.

Reia, fingiendo molestia, le dio un par de toques juguetones en la cabeza.

—Dejen de jugar, tenemos que terminar rápido.

Miren la hora que es —les indicó Aiden, sacando un reloj de mano de su mochila antes de salir.

—Sí, son las siete de la noche, y los puntos no están tan cerca que digamos, así que apresurémonos a terminar.

Al menos quiero dormir un rato —dijo el muchacho, levantando un poco la voz con impaciencia.

El primer punto estaba a cincuenta metros de donde se encontraban.

Comenzaron a caminar, y tras recorrer esa distancia, llegaron frente a una casa muy vieja, que parecía estar a punto de desmoronarse debido a su estado deteriorado.

Tocaron tres veces a la puerta, y tras unos segundos de silencio, apareció una ancianita con el cabello alborotado.

Su voz resonó aguda y amenazante cuando preguntó: —¿Quiénes son y qué quieren a estas horas de la noche?

Aiden tragó saliva antes de responder: —Venimos a entregarle su pedido de parte de Adía.

La anciana bajó ligeramente el tono, aunque su mirada seguía siendo penetrante.

—Pues, ¿qué esperas, muchacho?

Dame el paquete.

Aiden, tartamudeando un poco, le entregó el paquete.

La señora cerró la puerta de golpe, dejándolos allí plantados.

Ellos caminaron lentamente hacia atrás hasta llegar a un árbol cercano, donde finalmente se detuvieron para recuperar el aliento.

—¿Qué pasó, Aiden?

¿No que no eras miedoso?

—preguntó Podbe con una risita burlona.

—Pero tú tampoco te hagas el valiente, que también te asustaste —respondió Reia con una sonrisa traviesa.

—Es que la presencia de esa ancianita parecía sacada de una película de terror que vimos a escondidas en el orfanato —comentó Aiden, todavía temblando ligeramente.

—Yo solo tuve que sentir su aroma —dijo Podbe, tratando de restarle importancia.

—Sí, claro, miedosos —intervino Reia con un tono sarcástico—.

Continuemos con los encargos.

Acabas de ganar cinco puntos de experiencia; faltan noventa y cinco para subir de nivel.

Si todas las casas van a ser así, nos va a dar un infarto.

Aiden se llevó una mano al pecho, nervioso.

—Vamos, chicos, yo estoy aquí con ustedes, no hay nada que temer.

Para la próxima, solo toquen, digan que vienen de parte de Adía, dejen el producto en la puerta y nos vamos, ¿correcto?

—Está bien —respondieron al unísono el niño y el can, compartiendo una mirada de complicidad.

Hasta el momento, todo iba bien, hasta que notaron que a partir del quinto punto había aproximadamente un kilómetro entre cada uno, excepto en el último, que estaba a diez kilómetros y encima en una empinada montaña… Comenzaron a caminar más rápido, pasando por la quinta, sexta y séptima parada sin detenerse demasiado.

Se tomaron un breve descanso, comieron algo y bebieron un poco de lo que Adía les había entregado antes de continuar su camino.

Esta vez, decidieron correr para ganar tiempo.

Pasaron por la octava y novena parada casi sin aliento, terminando con lo último que les quedaba de comida y agua.

Durante el trayecto, Reia los animaba informándoles cuántos puntos de experiencia habían acumulado, sumando ya cuarenta y cinco puntos.

En ese momento, divisaron la última posición a entregar, situada en la cima de una montaña imponente.

—Bueno, chicos, para llegar al punto diez aquí empieza la subida.

Suerte —les dijo Reia con un tono burlón que no ayudó a calmar sus nervios.

No tuvieron más opción que seguir caminando, pues ya venían corriendo y no les quedaba ni una gota de líquido ni un bocado de comida.

Casi sin saliva, llegaron a la cima y tocaron la puerta, pero esta vez no tenían fuerzas ni para decir de parte de quién venían.

Exhaustos, se dejaron caer frente a la entrada, incapaces de alejarse de la casa.

De la vivienda salió un hombre alto, con brazos tan grandes como los de Frankenstein, de mediana edad y con unos ojos verdes tan claros que parecían brillar bajo la luz de la luna.

Bajó la mirada y los vio tirados en el suelo, aferrados al paquete de Adía.

Sin preguntar quiénes eran, dedujo que eran los repartidores.

Contento por la entrega, cogió la bolsa y la llevó dentro de su casa, dejando la puerta abierta.

Nuestros héroes estaban tan agotados que ni siquiera podían moverse.

El hombre regresó con un termo en la mano y les dijo: —Parece ser que no son del tipo que hacen ejercicio.

Tomen, con esto se van a aliviar.

Les ofreció el termo, que contenía un líquido desconocido.

Aiden trató de levantarse y le pidió a Reia que revisara el contenido, pero ella respondió que no podía identificarlo.

El señor, al ver que seguían inmóviles, levantó al muchacho, lo sentó y le dio un sorbo del brebaje.

Luego hizo lo mismo con Podbe, quien también bebió un trago.

Ambos tragaron el líquido con cierta desconfianza, sintiéndose extraños al principio.

Por un momento, pensaron que los había envenenado, pero rápidamente comenzaron a recuperar sus fuerzas.

Aiden, ya repuesto, agradeció al hombre con una reverencia.

Podbe, siempre sociable, le ladró alegremente y movió la cola con entusiasmo.

—Muchas gracias —dijo Aiden, incorporándose por completo—.

Mi nombre es Aiden, y este es mi compañero Podbe.

Venimos de parte de Adía.

Nos contó sobre las entregas y el largo trayecto que tuvimos que hacer para llegar aquí.

El hombre asintió con una sonrisa amable.

—Gracias, muchachos.

Mi nombre es Eduard Forest.

Así que Adía Lard los contrató, ¿eh?

Nada mal.

Por lo general, ella realiza las entregas sin problemas y sin ayuda, pero al verlos tan desesperados por cruzar al siguiente país, decidió ponerlos a prueba, por lo que veo.

A veces se le pasa la mano con las personas y hace que realicen tareas bastante difíciles.

Mientras escuchaban al hombre, Reia reflexionó en silencio: —Así que esa señora se apellida Lard —pensó, compartiendo el pensamiento con Aiden y Podbe.

Eduard le preguntó a Aiden si tenía apellido.

El niño respondió con un deje de melancolía: —No, soy huérfano y no sé nada de mis padres.

El hombre asintió lentamente, comprendiendo la situación.

—Ya veo… Y ahora entiendo, con justa razón por qué te puso esa prueba.

Si te pasa algo, no hay a quién culpar —comentó Eduard con una risa ligera, aunque su tono era amable.

Luego, señalando los raspones en la cara del muchacho, añadió—: Tenías unas heridas en la cara, pero con lo que te di, todo ha desaparecido.

Aiden se llevó las manos al rostro, sorprendido, y miró también sus rodillas.

—¡Es verdad!

¡Ya no tengo esos raspones!

¡Guau!

¿Qué genial es esta bebida milagrosa que nos dio?

Aunque al principio tiene un sabor medio raro… ¿Qué era eso?

—preguntó el niño con curiosidad.

Eduard sonrió misteriosamente.

—¡Ah!

Es una receta familiar, secreta.

Solo te diré que alivia cualquier dolencia y revitaliza el cuerpo… Diría que hasta el alma.

Además, me trajiste los ingredientes que necesitaba en ese encargo.

—¡Ah!

Para eso eran esas entregas —se preguntaron Reia y Podbe en silencio, intercambiando una mirada de comprensión.

Aiden, de pronto consciente del tiempo, miró su reloj y se alarmó.

—¡Ay, no!

¡Mira la hora!

Van a ser las doce.

Ahora tendremos que correr muy rápido para llegar.

El señor Eduard les indicó con calma: —Si sigues de frente, llegarás mucho más rápido a la casa de Adía.

Toma, debes llevar esta farola para que puedas ver, ya que la linterna que traes parece estar sin pilas.

Además, toma este envase con el brebaje que te di para el camino.

Gusto en verte, Aiden, y buena suerte en lo que busques al pasar la frontera.

Le dieron las gracias y, revitalizados, comenzaron a correr mientras Reia anunciaba emocionada: —¡Cincuenta puntos de experiencia!

Completaste la misión opcional, ¡felicidades!

—Ahora nos falta la mitad para subir de nivel —comentó Podbe a Reia mientras descendían de la colina junto con Aiden.

Al llegar a la casa, Adía los esperaba con una expresión pensativa, aunque fingía indiferencia.

—¡Vaya, vaya!

Sí que lograron completar la tarea, aunque un poco tarde, ¿no creen?

—dijo, cruzándose de brazos.

Luego, disimulando, añadió—: Miren qué hora es, las dos de la mañana.

Veo que ya conocieron a Eduard; si no, no traerían consigo ese farol y ese termo.

Bien, niño, un trato es un trato.

Ve por tus cosas: nos vamos a cruzar la frontera.

Aiden, todo ojeroso por la falta de sueño, se contentó y subió a buscar sus pertenencias, pero Adía lo detuvo: —Eso no será necesario, ya están en el establo.

En el establo, Aiden y Podbe se quedaron mirando con asombro.

Fueron todos hacia allí y descubrieron una carreta, pero no era cualquier carreta.

Era como las que solían llevar a personas importantes.

Sin embargo, en lugar de ser jalada por caballos, había una especie de vehículo con forma de cabina de auto, equipado con una llanta en el medio y, dentro de ella, un robot que parecía ser el piloto.

—Todos suban —les indicó Adía con un gesto decidido.

Subieron todos a la parte trasera, y la máquina comenzó a avanzar.

Aiden y Podbe, exhaustos por la larga noche, se quedaron dormidos al instante una vez arriba de la carreta, iniciando así el comienzo de su viaje y su siguiente objetivo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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