El sistema del perro agente - Capítulo 101
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101: Inicia el Ataque 101: Inicia el Ataque El portal de la cueva se abrió con un rugido sordo, como si la tierra misma exhalara un suspiro ancestral.
Los dos Maos y Geros cruzaron el umbral con cautela, sus pasos resonando en el eco húmedo del túnel subterráneo.
La luz tenue que se filtraba desde la entrada apenas iluminaba las paredes irregulares, cubiertas de musgo y veteadas por minerales que brillaban débilmente, como estrellas atrapadas en la piedra.
Al llegar al final del camino, Geros se detuvo frente a un altar de piedra desgastado por el tiempo.
Sus ojos ardían con una mezcla de triunfo y ansiedad.
“Por fin tendré todo el poder sin restricción ni uso de un catalizador”, declaró con voz grave, cargada de ambición.
Pero al acercarse, su expresión cambió abruptamente.
El altar estaba vacío.
“¡No, no puede ser!” Su grito reverberó por toda la caverna mientras la furia lo consumía.
Tentáculos oscuros emergieron de su cuerpo, retorciéndose como serpientes enfurecidas, y golpearon el altar hasta reducirlo a escombros.
“¿Quién se llevó la roca?” rugió, su voz cargada de una ira casi palpable.
Maos retrocedió instintivamente, pero Geros lo atrapó con uno de sus tentáculos, levantándolo del cuello.
“Seguro que no sabes quién lo tomó, ¿verdad?” siseó, su tono letal.
Maos luchaba por respirar, su voz rasposa apenas audible.
“No…
no sé, señor…
¡Piedad!” Geros lo soltó con desdén.
“Entonces dime algo útil”, gruñó, sus ojos perforando al tembloroso sirviente.
“Tal vez alguien lo tenga”, balbuceó el doctor Maos, recuperando el aire con dificultad.
“Su hijo…
Richard debe tenerlo.” “¿Dónde está Richard?” gritó Geros, su voz atronadora llenando cada rincón de la caverna.
“Encuéntralo, Maos, o pagarás las consecuencias.” “Si, señor.
Lo buscaré tan pronto salgamos de aquí”, respondió Maos, inclinándose profundamente antes de retirarse.
En otra parte, en las naves que surcaban el cielo nocturno, los equipos de agentes planeaban su próximo movimiento.
Adrián, con ayuda de algunos compañeros en el campo, había realizado un escaneo exhaustivo para identificar a los individuos que debían neutralizar.
Cada nave transportaba a un grupo distinto, cada uno con habilidades únicas y personalidades marcadas.
En la primera nave viajaban Adía, el jefe Drake, Adrián, Leila, Podbe y los cadetes Lidia y Rino.
Aunque estaban con falta de personal, los jóvenes habían sido reclutados debido a su potencial.
En otras naves iban Rachel, Ada, Eduard, Floud, Benjamín junto a Riota y Gat; Azulema, Ezequiel, Mark, Becky y las tres chicas parecidas—Teresa, Alicia y Samanta; y finalmente Ray, Margaret, Ramona, Brea, Marta y Sheila.
Los apellidos de los agentes no eran casuales.
Habían sido criados por los fundadores originales de la organización, quienes les otorgaron diversos nombres familiares como símbolo de unidad y herencia.
En la nave liderada por Drake, el ambiente era tenso.
El hombre quería hablar con Adía, cuyos recuerdos recién restaurados revelaban un pasado compartido lleno de conflictos.
La miró de reojo mientras ella ajustaba su traje negro, un vestido elegante con franjas rojas y botas impecables.
Su cabello, recogido en una coleta alta, resaltaba sus facciones afiladas.
“Adía”, comenzó Drake, su tono inusualmente suave.
“Quiero disculparme.
No estuve ahí cuando más me necesitabas, y lo que ocurrió entre nosotros…
Bueno, espero que podamos empezar de nuevo.” Ella lo miró brevemente, sus ojos oscuros reflejando una tormenta interna.
“Aún no lo sé.
Necesito tiempo”, respondió antes de alejarse hacia otro compartimento.
Mientras tanto, Adrián trabajaba incansablemente en Tron, un robot que esperaba convertir en un aliado valioso para el combate.
Lidia y Rino observaban con curiosidad cómo desmontaba piezas y las reconfiguraba.
“¿Qué estás haciendo, señor Adrián?” preguntó Lidia, inclinándose sobre el robot desarmado.
“Ajustando a Tron para que sea más eficiente en el campo de batalla”, explicó él sin levantar la vista.
“Pero no te preocupes, Adía.
No cambiaré su esencia.” La maga asintió, aunque sus pensamientos parecían estar en otro lugar.
“Bien.
Solo asegúrate de que siga siendo el mismo Tron que conocemos.” Más tarde, Adía creó un círculo mágico blanco en el suelo de la nave, sus inscripciones brillando con un fulgor etéreo.
“Leila, necesito que seas mi nexo”, dijo, invitándola a sentarse junto a Podbe.
La joven obedeció, tocando la cabeza del perro con delicadeza.
Con cánticos suaves y precisos, Adía estableció una conexión mental entre Leila, Podbe y Reia.
“¿Tienen algún indicio de dónde podría estar Aiden?” preguntó, su voz firme pero calmada.
Las voces de Podbe y Reia resonaron a través de Leila, fusionándose en una sola: “Hemos tenido un sueño extraño.
Vimos un laboratorio donde Aiden estaba encerrado.” Adía cerró los ojos, concentrándose en la imagen que ambos describían.
Pero justo cuando parecía estar cerca de localizar el lugar, la nave fue sacudida violentamente.
Las alarmas sonaron, y todos corrieron a sus posiciones.
“¡Emergencia!
¡Caída libre!
Prepárense para el impacto”, anunció Drake, su voz resonando por los altavoces.
Adrián, sin perder la calma, activó un mecanismo oculto en la nave.
Las piezas se reorganizaron rápidamente, transformándose en una especie de balsa con ruedas que amortiguó la caída.
Cuando finalmente se detuvieron, el científico suspiró aliviado.
“Todos están bien”, confirmó.
Drake evaluó la situación.
“¿Quién nos atacó?” Adrián mostró un video capturado por las cámaras externas: discos gigantes lanzados por Metalux, los sirvientes de Zeus.
“Esto significa que saben que estamos aquí”, murmuró el jefe.
“Bien, escondámonos en la jungla”, ordenó Drake.
Con Tron ahora propulsando el vehículo improvisado, el equipo avanzó hacia la espesura verde.
En medio de la tensión en la jungla, mientras los agentes se preparaban para enfrentar a los niños controlados, Drake intentó aligerar el ambiente con uno de sus característicos comentarios sarcásticos.
“Vaya, así reciben en Australia.
Pensé que eran más pacíficos, como los koalas”, dijo con una sonrisa forzada, tratando de hacer un chiste.
Marie, quien escuchaba desde su posición, interrumpió inmediatamente con su habitual seriedad.
“Cuando no, jefe”, respondió con un tono algo exasperado.
“Le indiqué que lo mismo pasó con nuestros otros equipos.
Parece que alguien ha filtrado la información o se prepararon muy bien para esto.” Drake frunció el ceño, ignorando momentáneamente su propio comentario.
“Yo creo que me voy por la primera opción”, murmuró pensativo.
“Trata de cifrar las comunicaciones.
Apóyate del equipo O, pero solo de los confiables.” Marie asintió, aunque su expresión seguía siendo de preocupación.
“No creerá que los dos nuevos que ingresaron tengan algo que ver con esto, ¿verdad?” “No lo sé”, admitió Drake, cruzándose de brazos.
“Pero habrá que averiguarlo.
Luego te hablo…
¡Nos atacan!” La tensión aumentó cuando detectaron a sus enemigos: veinte o treinta niños poseídos por poderes sobrehumanos.
“Neutralícenlos sin causar daño permanente”, instruyó Drake.
“Una vez liberados del control que los domina, Adrián podrá revertir el control.” Podbe gruñó mientras esquivaba ataques.
“Reia, esto no será fácil.” “Lo sé, pero recuerda: solo noquearlos”, respondió la voz de Reia en su mente.
Una alerta parpadeó en el sistema interno de Podbe: Misión: Estás siendo rodeado por enemigos.
Ponlos fuera de combate para liberarlos del control.
Recompensa: 500 puntos de experiencia por cada sujeto inhabilitado.
“Con esto podemos subir varios niveles antes de salvar a Aiden”, comentó Podbe con determinación.
“Hagámoslo entonces”, coincidió Reia.
Y así, el equipo se lanzó al enfrentamiento, decidido a cumplir su misión mientras mantenía viva la esperanza de un nuevo amanecer.
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