El sistema del perro agente - Capítulo 103
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103: ¿Muy Fácil?
103: ¿Muy Fácil?
La voz de Marie resonó en el auricular, clara pero cargada de tensión.
“Señor, no encontré nada en ellos.
Parecen estar limpios.” “Entiendo,” respondió el jefe al otro lado de la línea.
Su tono era firme, pero había un matiz de preocupación en sus palabras.
“Manténgase alerta.
Por ahora, no podemos fiarse de nadie.” “Entendido,” replicó ella antes de cortar la comunicación.
Mientras tanto, el equipo de Podbe avanzaba a través del paisaje desolado, acumulando un total de 2000 puntos de experiencia y alcanzando el nivel 12.
Con dos puntos disponibles para subir habilidades pendientes, cada miembro estaba listo para enfrentar lo que les aguardaba.
Sin embargo, la nave en la que viajaba el equipo liderado por Eduard también había sido derribada, cayendo en medio del inhóspito desierto de Nevada.
Allí, bajo un cielo abrasador y rodeados de dunas doradas que parecían extenderse hasta el infinito, se encontraban frente a la base de operaciones de Radar, liderada por Aragón Barns.
Aragón no dudó ni un segundo en enviar a sus super soldados para probar a los intrusos.
Gracias a los poderes telequinéticos de Rachel y Ada, quienes lograron mantener a todos sobre una balsa flotante improvisada, el equipo sobrevivió al impacto.
Al tocar tierra, las dos agentes se acercaron a los tres niños que acompañaban a Eduard, tocándoles las mejillas con ternura.
Los pequeños, sonrojados y asustados, se refugiaron detrás de su líder.
Todos excepto Benjamín, cuya máscara llamó la atención de las agentes del equipo C.
“No es un lobo,” protestó Benjamín cuando le preguntaron por su atuendo.
“Es un zorro.” “Pero parece un lobo,” insistieron ellas con una sonrisa traviesa.
“No me la quitaré,” declaró él con determinación antes de correr hacia sus amigos, buscando refugio junto a los demás.
“Chicas, calma.
Hay Gat para todas,” dijo Gat pavoneándose, aunque las agentes ni siquiera lo miraron.
De repente, algo en el aire cambió.
Una sensación eléctrica recorrió la espina dorsal de Eduard, quien levantó la mano en señal de advertencia.
“Algo se acerca,” murmuró, sintiendo cómo un objeto desconocido se aproximaba a toda velocidad desde la distancia.
“¡Chicos, muévanse!” gritó justo a tiempo.
Una barra metálica gigantesca surcó el aire como un proyectil, dirigiéndose directamente hacia ellos.
Sin vacilar, Eduard sacó sus guantes de la mochila y golpeó la barra con fuerza sobrehumana, partiéndola en dos.
“Vaya, estos nuevos guantes sí aguantan mi fuerza,” pensó en voz alta.
“Le daré las gracias luego a Adrián.” “Es hora de ponerse en guardia y luchar, chicos,” indicó con firmeza.
Veinte figuras vestidas de negro emergieron de entre las sombras, sus rostros ocultos tras máscaras impenetrables.
Uno de ellos, el responsable de haber lanzado la barra, comenzó a generar otra de metal puro, como si brotara de la nada.
“Ese niño puede crear metal de la nada,” reflexionó Eduard mientras adoptaba una postura defensiva.
Rachel y Ada tomaron los pedazos rotos de la barra y los convirtieron en armas improvisadas, repeliendo a los enemigos con movimientos fluidos y precisos.
“Recuerden, no venimos a matarlos, solo a neutralizarlos,” recordó Eduard.
Gat, siempre impetuoso, lanzó diez pequeñas bolas explosivas hacia sus oponentes, dejando una estela de humo y confusión.
Cinco enemigos rodearon a Floud, quien aún parecía nervioso.
“Floud, cuidado.
Recuerda tu entrenamiento y no los lastimes,” le advirtió Eduard.
El niño asintió y comenzó a moverse con agilidad, tocando a sus adversarios para luego lanzar pequeñas bolas de energía y fuego que los noqueaban sin causar daño permanente.
“¿Qué fue eso, mocoso?” exclamó Gat, impresionado.
“Es el poder de Floud,” explicó Riota mientras tocaba la mano de Gat.
“Mientras yo puedo copiar habilidades físicas, él puede copiar habilidades mágicas.” “Ah, ya me había olvidado,” admitió Gat con una sonrisa.
“¿Y tú, zorrito?
¿Qué puedes hacer?” Benjamín no respondió.
En cambio, su cuerpo comenzó a transformarse, adquiriendo la forma de un zorro gigante con una cola de lagarto que brillaba bajo el sol implacable.
“Ese chiquillo puede convertirse en cualquier animal que quiera y combinar sus partes.
No es genial,” comentó Eduard mientras bloqueaba los ataques de los enemigos que generaban metal.
“Presumidos,” murmuró Gat mientras derribaba a otro oponente.
“Electro disparo,” anunció Floud, enviando una ráfaga de electricidad que dejó a varios enemigos inconscientes.
El combate continuó con una mezcla de estrategia y caos controlado.
Finalmente, Eduard logró vencer a los dos chicos que generaban metal, y el equipo se reunió para evaluar la situación.
“Bien, terminamos,” declaró Eduard.
“¿Qué hacemos ahora?” “De momento, debemos ponerlos en custodia.
Podemos usar ese metal para crear una especie de cárcel temporal,” sugirió Rachel.
Floud, cuyas manos aún ardían con el fuego obtenido de uno de los enemigos, asintió.
“Yo ayudaré.” “Si la telequinesis es una habilidad física, quizá yo también pueda contribuir,” añadió Riota.
Juntos, crearon una prisión improvisada para los veinte atacantes.
“Esto es muy fácil,” comentó Gat con una sonrisa arrogante.
“Sí, tienes razón.
Muy fácil,” coincidieron las chicas.
“Bien, será mejor que nos movamos hacia la base de Radar.
Quizá ahí esté Aiden,” indicó Eduard, tomando el liderazgo.
“Bien, ustedes, cadetes, quédense a cuidar a los prisioneros,” ordenó Eduard con tono autoritario pero calmado.
“Y ustedes, agentes, nos acompañarán.” Como líder de la misión, su voz no admitía réplica.
Mientras tanto, en la base del desierto, Aragón Barns observaba la escena desde su puesto de mando, utilizando su aura para percibir cómo el equipo había neutralizado a sus super soldados con sorprendente facilidad.
Frunció el ceño, molesto pero intrigado.
“No soy partidario de esto,” murmuró para sí mismo, “pero aumentaré el nivel de estos muchachos.
Que salga la siguiente ola.” Su voz era fría, calculadora, como si estuviera jugando un juego estratégico en el que las piezas humanas eran meros peones.
La nave que transportaba al equipo liderado por Azulema también había sido alcanzada, aunque no destruida como las otras.
El impacto forzó un aterrizaje de emergencia en medio de un vasto desierto africano.
El calor sofocante y la arena abrasadora rodeaban el lugar, convirtiendo el ambiente en un horno implacable.
“Estábamos tan cerca de llegar,” se lamentó Azulema mientras inspeccionaba sus botas negras ahora cubiertas de polvo dorado.
“Estas botas se me van a ensuciar, y se van a llenar de arena.” Sacudió una pierna con fastidio, aunque su tono tenía un matiz de broma.
“No seas tan pesimista, amiga,” respondió Ezequiel con una sonrisa tranquilizadora mientras sacaba algunas provisiones de la nave dañada.
“Bien, Marky, sígueme,” le dijo a su compañero más joven, quien ya estaba listo para actuar.
“Señor, encontré unas lecturas extrañas.
Algo se acerca por el este,” informó Becky, uno de los agentes técnicos del equipo.
Su tono formal contrastaba con la informalidad del grupo.
“No tienes que ser tan formal, Becky.
Dime Ezequiel, como los demás,” replicó él con una sonrisa.
“Así te pareces a alguien que conozco…” Miró hacia el horizonte, pensando en Marie.
“Señora Azulema, ¿no va a preguntar por nosotras?” interrumpieron tres voces femeninas.
Teresa, Alicia y Samanta emergieron de la parte trasera del avión, tambaleándose ligeramente debido al mareo causado por el aterrizaje abrupto.
“Ay, me olvidé que venían conmigo,” admitió Azulema con una risita nerviosa mientras miraba al joven Mark, quien seguía atento a cualquier señal de peligro.
De repente, los sensores de los agentes comenzaron a emitir advertencias.
“Señor, algo se acerca bajo tierra,” alertaron.
“¿Qué será?” preguntó Ezequiel, preparándose para lo peor.
Un estruendo sacudió el suelo cuando un chico con cara de tiburón y brazos de pulpo emergió de la arena, lanzándose directamente hacia ellos.
Azulema, sin inmutarse, extendió su mano y lo lanzó lejos con una fuerza sobrehumana.
“Muy lento.
Fuera de aquí,” declaró con desdén.
Mark, por su parte, disparó rápidamente para aturdirlo.
“Bien, ese es mi Marky,” celebró Azulema con orgullo, guiñándole un ojo.
Pero la calma fue breve.
“¡Vienen más!” advirtieron los agentes.
Esta vez, los enemigos controlaban la arena, lanzando enormes oleadas como tsunamis que amenazaban con sepultarlos.
“¡Cuidado!” gritaron los agentes mientras intentaban protegerse.
Ezequiel, cuyos poderes eran más efectivos en combate cuerpo a cuerpo, se vio obligado a ponerse a salvo junto con Becky.
Los otros agentes abrieron fuego, pero las olas de arena los envolvieron rápidamente.
Sin embargo, las tres chicas—Teresa, Alicia y Samanta—utilizaron su telequinesis para repeler las oleadas, haciendo chocar a los enemigos entre sí.
“Gracias, chicas,” dijo Azulema con gratitud mientras ajustaba su postura defensiva.
“Si eso es todo lo que tienen, será mejor que manden algo mejor,” comentó ella con arrogancia mientras jalaba los cachetes de Mark, quien protestó con una mueca.
“Sí, es muy extraño,” reflexionó Ezequiel, analizando la situación.
“Bien, formaré una especie de cárcel por el momento.” Becky, comunicándose con lo que quedaba del avión averiado, armó un cubo metálico improvisado donde colocaron a los veinte enemigos neutralizados.
“Ustedes, cadetes, quédense a cuidarlos,” instruyó Ezequiel.
“Mientras tanto, nosotros avanzaremos hacia la sede de Radar.” Desde los monitores de la base, Aldos, líder de Radar en África, observaba con una sonrisa siniestra.
“Genial, otros sujetos más.
Deben ser ese equipo de super agentes del que nos hablaron.
Pensé que habían perecido al destruir su nave, pero veo que siguen aquí.
Eso es bueno… Me encanta la caza,” murmuró mientras reía entre dientes.
“Vengan a mi fiesta, aunque no los he invitado.” Cerca de unas ruinas antiguas situadas a pocos kilómetros de la Gran Muralla China, Ray, el samurái invidente, blandía su espada con precisión milimétrica, enfrentándose a cada enemigo que osara acercársele.
Su aguda percepción compensaba su falta de visión, permitiéndole anticipar cada movimiento.
A su lado, Margaret, Marta y Sheila intentaban proteger a varios agentes heridos por la caída del avión.
De pronto, Ray fue rodeado por un grupo de adversarios que lanzaron cuchillos hacia él.
Antes de que pudieran alcanzarlo, una llamarada roja surgió de la nada, incinerando los proyectiles.
Era Ramona, envuelta en llamas, furiosa por haber sido dejada fuera de combate anteriormente.
“Gracias,” dijo Ray con calma, aunque su tono era firme.
“Pero no te olvides: no debemos matarlos, solo dejarlos fuera de combate.
Son niños.” “Sí, está bien,” aceptó Ramona, aunque su expresión seguía siendo feroz.
“Pero siguen llegando más.” “Así parece,” coincidió Ray mientras bloqueaba otro ataque.
“Han mandado muchos para cansarnos.” Desde las sombras, Jeti Fin, líder de Radar en Asia, observaba con satisfacción.
“Fue una buena idea desactivar el avión en vez de destruirlo y atraerlos hacia aquí.
Pronto se cansarán, y me los traerán aquí para interrogar,” murmuró con una sonrisa astuta.
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