El sistema del perro agente - Capítulo 104
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104: Modo Asesino 104: Modo Asesino En Europa, específicamente en Rusia, Eliot, el líder de Radar en ese continente, observaba con desinterés cómo sus compañeros de la mesa enfrentaban a sus adversarios en distintas partes del mundo.
“Vaya, todos tienen diversión menos yo,” murmuró mientras tomaba un sorbo de su bebida energizante en una copa.
Su tono era despreocupado, pero había un matiz de arrogancia en su voz.
“Sea afortunado o no, me hubiera gustado usar el regalo que me dio nuestro señor Zeus en ellos… y no en simples humanos.” Sus ojos seguían fijos en una pantalla donde se veía a uno de sus super soldados controlados acabando con un trabajador de Odentre, una empresa rival.
Eliot continuó bebiendo tranquilamente mientras presenciaba la masacre de sus propios soldados controlados contra los empleados de la compañía enemiga.
Finalmente, dejó su copa sobre la mesa y se levantó con elegancia.
“El futuro no espera, ni yo tampoco,” declaró el joven genio con una sonrisa burlona.
“Este lugar no tiene estilo, no como nuestro señor Zeus.” Luego, dirigiéndose a sus subordinados, añadió: “Bien, terminen todo y destruyan el lugar.
Debo irme; ya me aburrí.” Mientras caminaba hacia la salida, agentes del escuadrón K llegaron al lugar para enfrentarlo.
Sin embargo, rápidamente sus super soldados intervinieron, derribando a los intrusos sin que Eliot tuviera que mover un dedo.
“Ni siquiera necesito ensuciarme las manos,” comentó con indiferencia, ajustando los puños de su traje.
Miró por encima de su hombro mientras observaba cómo los niños controlados masacraban al equipo K.
“Ah, me olvidé de decirles que activé el modo asesino en ellos.
Mi culpa,” dijo con un tono casual, como si estuviera hablando del clima.
Mientras avanzaba hacia su helicóptero, uno de sus secuaces lo acompañaba, escuchando atentamente sus palabras.
“Todos aquí en las zonas de Europa están en ese modo por mi seguridad y la de los trabajadores.
No como los otros líderes… Siempre voy un paso adelante,” afirmó con orgullo.
Al despegar, el helicóptero sobrevoló la instalación enemiga, que comenzó a explotar en una serie de destellos brillantes que iluminaron el cielo nocturno.
No solo el escuadrón K había caído.
Los equipos L, M, N y P también fueron aniquilados en distintos puntos de Europa donde operaban sucursales de Radar bajo nombres falsos.
El ejército de varios países intentó intervenir, pero enfrentarse a Radar equivalía a enfrentarse a un presidente o rey.
Algunos gobiernos pequeños enviaron tropas, pero estas fueron destruidas en cuestión de minutos.
A cada uno, Eliot envió un mensaje claro: “No se metan en mis asuntos, o serán eliminados.” Los gobiernos de Inglaterra y Alemania intentaron coordinar una respuesta, incluso pidiendo ayuda a Estados Unidos, pero sus comunicaciones eran cortadas sistemáticamente por el líder de Radar en Europa.
“Soy impenetrable,” decía Eliot desde su base de operaciones en las montañas de España.
“Deben dejar que el futuro venga.
Gracias, señor Zeus, por permitirme hacer esto.” En ese momento, uno de sus secuaces irrumpió en la sala.
“Señor, ahí vienen más agentes de esa organización.” “Bien.
Espero que duren más que el anterior.
Déjenlos aterrizar; quiero ver qué tienen,” respondió Eliot con calma.
En el avión que descendía iba el equipo I, liderado por Olaf, quien había sido asignado para coordinar la misión junto con los equipos F, G y H.
“Bien, muchachos, se nos ha encomendado la tarea de neutralizar a los nuevos Metalux controlados para liberarlos de lo que sea que los controle.
El señor Adrián y su equipo están trabajando en una solución,” explicó Olaf con seriedad.
“Con cuidado, agentes.
Ya saben cuál es su tarea.” “¡Sí, señor!” respondieron todos al unísono mientras la nave descendía.
Dentro del equipo, Xen, alojado en el cuerpo del agente I-5, observaba en silencio a sus compañeros.
Solo Travis parecía notar algo extraño en él desde su regreso de aquella misión en la que perdió a tres amigos.
Estos habían sido reemplazados por tres nuevos reclutas que esperaban su turno.
“Bien, con precaución, chicos,” indicó Olaf, dividiendo las fuerzas en cuatro grupos.
El equipo F se dirigiría hacia la derecha, el G a la izquierda, el H cubriría la retaguardia, y el equipo I avanzaría al frente.
Sin saberlo, eran escaneados por avispas drones de Eliot.
“No detecto poderes,” informó el sistema.
“Vaya, más carne de cañón,” murmuró Eliot con desdén.
Pero entonces, uno de los escáneres detectó algo inusual.
“Oh, material no terrestre.
Fascinante.
Déjenlo vivo y tráiganmelo ante mí,” ordenó, frotándose las manos con entusiasmo.
“¿Y los demás, señor?” preguntó su segundo al mando, un joven de cabello negro y complexión delgada.
“Envíen a mis super soldados a acabar con ellos,” respondió Eliot sin mirarlo.
Los niños controlados se lanzaron al ataque.
Dos docenas de ellos embistieron a los intrusos.
El equipo G fue emboscado por una pared que aplastó a los primeros y cortó a los demás antes de que pudieran reaccionar.
“Equipo G eliminado,” anunció Marie desde su monitor.
El equipo H fue congelado y luego aplastado por un martillo gigante.
“Equipo H eliminado.” El equipo F logró resistir más tiempo, disparando a algunos de los enemigos, pero finalmente fueron tragados por un agujero negro.
“Equipo F eliminado.” Marie observó horrorizada cómo los equipos caían uno tras otro.
Decidió contactar al único equipo que quedaba vivo.
“Olaf, ¿estás ahí?” preguntó con urgencia.
“Aquí Olaf, líder del equipo I.
Dígame en qué puedo servirle, señorita Marie.” “Veo que he perdido comunicación con todos los equipos que han ido a Europa.
Ustedes son los únicos que quedan vivos.
¿Sabes qué está pasando?” preguntó Marie, consternada.
“No, señorita.
Decidimos separarnos para encontrarnos en la base enemiga.
Qué raro… Déjeme llamarlos,” respondió Olaf.
Pero su segundo al mando le informó: “Nadie contesta.” “¿Qué puede ser?
No me digas que fueron eliminados,” murmuró Marie.
“Lo llamo después, señorita.
Creo que algo se acerca.” “Elemento encontrado.
No hieran a ese sujeto,” ordenó el segundo al mando de Eliot.
“A los otros, elimínenlos.” Bombas eléctricas cayeron sobre los agentes del equipo I, quienes buscaron refugio entre las rocas cerca de la playa.
“¡Disparen con las armas aturdidoras!” ordenó Olaf mientras veía a sus hombres sacar sus armas.
“Los objetivos se mueven demasiado, señor.
¿Qué hacemos?” preguntó Anais, nerviosa.
“Nos rodean, señor,” informó Travis mientras esquivaba ataques de fuego.
“El agua se levanta,” advirtieron Miguel y Bertha.
“Señor, estas armas no sirven.
Usaremos nuestras armas de verdad,” dijeron los tres nuevos reclutas, quienes intentaron disparar.
Pero sus armas volaron, se desarmaron y se clavaron directamente en sus cuellos.
“Oh, no, ¡qué horror!” gritó Patricia, aterrorizada.
“Señor, señor, ¿qué hacemos?” seguía preguntando Anais.
Travis se colocó al lado de Eliot, quien permanecía inmóvil.
“Veo que quieren algo conmigo.
Por eso no me han disparado,” murmuró Xen dentro del cuerpo del agente I-5.
Olaf, rodeado por sus hombres y su equipo, reflexionó en silencio.
“Debo tomar una decisión.
No puedo matar niños, pero tampoco puedo dejar que mi escuadrón muera.
¿Qué hago?” Se armó de valor y entró en acción.
“¡Olaf!” gritaron sus compañeros mientras él lanzaba granadas segadoras al suelo, creando una nube de humo que los hizo invisibles temporalmente.
“¡Bien, muchachos, corran!
¡Vivan un día más!” gritó, arrojando más granadas para cubrir su escape.
“Es mi oportunidad,” dijo Eliot, alejándose del campo de batalla.
Travis lo llamó: “¡Eliot, a dónde vas!” Pero ambos desaparecieron en el humo.
Los chicos se escondieron en una zona rocosa, observando el campo de batalla una vez que la neblina se disipó.
“Bien, ahora que mi equipo sé puso a salvo, pero no del todo porque veo que estos sujetos los siguen deberé hacer lo imposible para que sigan con vida, aunque este mal lo que voy a realizar,” dijo Olaf mientras esquivaba ataques de agua, fuego, tierra y electricidad, además de espadas que se acercaban a super velocidad.
“Vaya, sí que es ágil el jefe,” comentaron sus compañeros ya resguardados.
“¿Y Eliot?” preguntaron los demás a Travis.
“No lo sé.
Lo perdí en el humo.” Los sujetos se dieron cuenta de que había personas escondidas en la playa.
“¡Maldición!
No puedo dejar que mueran en vano.
No son solo un número para mí; son mis más leales soldados,” gritó Olaf, un rugido que resonó por toda la playa y que su equipo escuchó.
Tomó una granada especial de su cinturón, una que decía: “En caso de emergencia, tire de ella.” Mientras lo acorralaban con ataques de espadas que penetraron su brazo derecho y pierna, inmovilizándolo, soltó una carcajada final.
Activó la granada.
“¡Adiós, muchachos!” se oyó antes de que una explosión masiva lanzara arena como proyectiles por todas partes.
“No, señor, no.
Vamos, debemos irnos.
El señor Olaf nos dio una oportunidad,” dijo Patricia y Anais, cogiendo a su compañero Cris quien quería bajar e ir por él al sitio de la explosión.
Los cinco lloraron por un momento, pero luego se marcharon del lugar en un pequeño bote de madera que encontraron atado.
Eliot observó desde lejos.
“Se llevó a algunos de mis hombres.
Bueno, no esperaba que alguien hiciera eso.
Qué interesante,” murmuró.
En ese momento, escuchó que alguien tocaba a su puerta principal.
Era Eliot bueno Xen dentro del cuerpo del agente I-5.
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