El sistema del perro agente - Capítulo 109
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109: Termina Uno, Inicia Otro 109: Termina Uno, Inicia Otro Sus puños colisionaron con una fuerza brutal que resonó como un trueno en el aire cargado de tensión.
Ezequiel bloqueó un golpe con su antebrazo, sintiendo cómo el impacto vibraba hasta sus huesos.
El sonido metálico del choque reverberó en el campo de batalla, mezclándose con el rugido del viento que levantaba nubes de polvo dorado bajo el sol abrasador.
Aldos era rápido, pero Ezequiel tenía algo que su oponente no: experiencia en combate.
Mientras Ezequiel había sido entrenado en múltiples disciplinas marciales, Aldos era un luchador salvaje, moldeado únicamente por la necesidad de supervivencia.
Cada uno de sus movimientos era calculado, pero también predecible.
Ezequiel retrocedió un paso, evaluando a su rival con una mirada fría y calculadora.
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios mientras sentía el sudor deslizarse por su sien, mezclándose con el polvo que cubría su rostro.
“Veo que no eres solo fuerte, sino hábil para tu edad,” comentó Aldos, su voz cargada de desdén, como si cada palabra fuera un insulto deliberado.
“Pero eso no te salvará.” “Quizá no,” respondió Ezequiel con calma, su tono firme y seguro, “pero tampoco te salvará a ti.” Con un rugido feroz, Aldos lanzó un ataque combinado que parecía imparable.
Sus puños cortaban el aire como cuchillas, pero Ezequiel esquivó cada golpe con una agilidad sorprendente, aprovechando el momento para contraatacar.
Su puño conectó con el costado de Aldos, quien gruñó de dolor, aunque no se detuvo.
La batalla continuó, cada golpe resonando como un eco en el vasto campo de batalla, donde el calor y el polvo creaban una atmósfera opresiva.
Finalmente, Ezequiel encontró la oportunidad que esperaba.
Con un movimiento rápido y preciso, utilizó su habilidad Puño Media Luna, lanzándose hacia Aldos con una velocidad vertiginosa.
El impacto fue devastador, enviando a Aldos al suelo con un grito ahogado.
“Esto termina aquí,” declaró Ezequiel, su voz firme mientras observaba a su oponente derrotado.
Aldos intentó levantarse, pero su cuerpo no respondía.
“No…
No puede ser…” murmuró antes de perder el conocimiento.
Ezequiel exhaló profundamente, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
“Bien, creo que esto se acabó,” indicó, pero al voltear vio que sus compañeros aún estaban luchando contra los controlados en modo asesino.
Solo vio que se estaban enfrentando las chicas psíquicas y el chico bonito que siempre andaba cerca de Azulema a los controlados.
Pero hablando de ella…
¿Dónde estaba?
La arena dificultaba la visibilidad, y el sol implacable convertía el campo de batalla en un infierno viviente.
Mientras tanto, Azulema estaba atrapada bajo tierra, envuelta en un capullo viscoso que parecía tejido por alguna araña gigante.
Intentó moverse, pero la sustancia pegajosa la mantenía inmovilizada.
“¿Dónde estoy?
¿Qué es esta cosa viscosa?” murmuró para sí misma, su voz cargada de frustración.
Pero rápidamente sacudió la cabeza, recordando su propósito.
“Bueno, no importa.
No tengo tiempo.
Además, mi Marky me necesita.” Cerró los ojos y concentró su poder telequinético, formando vigas invisibles que comenzaron a empujar lentamente las paredes del capullo.
Con un esfuerzo sobrehumano, logró romper lo que la aprisionaba.
Al salir, se encontró frente a una chica que parecía una araña gigante, flanqueada por otras dos que contenían la arena con sus poderes para evitar que cayera sobre la primera.
“Vaya, puros novatos,” dijo Azulema con una sonrisa burlona.
Con un gesto mental, creó un enorme matamoscas que golpeó a la chica araña, haciéndola caer al instante.
Luego aprisionó a las otras dos en jaulas mentales.
Sin embargo, un segundo después, su expresión cambió a una de preocupación.
“¡Mierda!
Me olvidé de que estas dos estaban soportando la arena sobre mí.” El terreno tembló violentamente cuando la arena colapsó, haciendo que todos los combatientes en la superficie perdieran el equilibrio.
Desde el epicentro, Azulema emergió bloqueando la arena de su cuerpo con un campo de fuerza junto con la chica ya transformada de nuevo en humana y las otras dos que habían estado controlando la arena.
“Modo asesino, ¿eh?
Mi abuela pelearía mejor,” bromeó Azulema mientras colocaba a las dos chicas inconscientes en el suelo.
Se giró hacia sus compañeros, que seguían luchando.
“¡Oigan ustedes!
¡Pónganse a trabajar!” les gritó.
Luego, dirigiéndose a Becky, añadió: “Y tú, crea más jaulas con lo que te quede de metal para encerrar a estos niños.” “A la orden,” respondieron todos al unísono.
Azulema se acercó a Marky, quien estaba de pie, visiblemente exhausto pero ileso.
Lo abrazó con fuerza, provocando que el chico se sonrojara intensamente.
“Vaya, pensé que te habían vencido,” le dijo Ezequiel, acercándose con un inconsciente Aldos sobre su hombro.
“A mí nadie me vence.
Siempre acabo con las adversidades,” respondió Azulema con determinación.
“Sí, siempre tan recta para algunas cosas,” murmuró Ezequiel, sonriendo de lado.
“Bien, entremos a su base.
Seguro encontraremos más metal para que Becky cree más jaulas para estos niños,” sugirió Azulema, liderando el camino.
Mientras caminaban, revisó la mente de Aldos, descubriendo que había más bases en este continente y que en una de ellas estaban los sujetos que buscaban.
“Después de aquí, debemos ir a Kenia.
Vamos a necesitar una nave.
Espero que encontremos una adentro,” indicó Azulema, su tono decidido mientras avanzaban hacia la base de Radar.
En otra parte del mundo, en el desierto de Nevada, Eduard y su equipo se preparaban para enfrentar a Aragón.
Gat, con su habitual sarcasmo, se dirigió a Floud, el chico que podía copiar habilidades mágicas.
“Bien, chico boy scout, tienes los cinco poderes en tu bandita, ¿verdad?” bromeó Gat, refiriéndose a la banda que rodeaba el torso de Floud, similar a las que usan los niños exploradores.
En ese momento, Floud portaba cinco insignias brillantes.
“Tengo las cinco completas.
Espero que nos sirvan,” respondió Floud, aunque rápidamente hizo una mueca cuando notó las miradas de las chicas.
“Pero no me llames niño explorador,” añadió, retrocediendo detrás de Eduard para evitar que las chicas jalaran de sus cachetes.
“Bien, piensen bien qué vamos a hacer.
Este sujeto es fuerte,” intervino Eduard, su voz grave y autoritaria.
“¿Con cuantas habilidades cuentas, Riota?” preguntó Eduard, dirigiéndose al joven.
“Veamos…
Tengo fuerza, agilidad, lo que sea que hace Gat, telequinesis de las chicas y resistencia de un tonto que anda por ahí.
Aunque no era tan resistente que digamos.
Lo bueno es que puedo mejorar esas habilidades,” respondió Riota con una sonrisa arrogante.
“¡No seas tan soberbio, mocoso!” exclamó Gat, dándole un pequeño golpecito en la cabeza.
“Entiendo,” dijo Eduard, interrumpiendo la discusión entre Riota y Gat que parecían una pelea de hermanos.
“Tenemos la habilidad de Benjamín, que puede convertirse en cualquier animal e incluso combinarlos, y las chicas que usan telequinesis y telepatía.
Pero no pueden penetrar la mente de este enemigo.
Y tú, viejo, ¿qué puedes hacer?
Hasta ahora no has mostrado nada,” señaló Gat, cruzándose de brazos.
“Oigan, no le digan eso al jefe,” intervino Floud desde detrás del gran brazo de Eduard.
“Bien, muchacho, aparte de mis grandes brazos y manos, puedo invocar los leones de fuego de Marte, que hacen que mis puños impartan grandes llamaradas de fuego de otro planeta.
También está el Puño del Alba.
No puedo controlarlos por mí mismo; mi cuerpo no lo soporta.
Afortunadamente, crearon un aditamento para mí.
Es por eso que le pedí este nuevo par de guantes a Adrián, que son más resistentes que los anteriores.
Eso es lo que me dijo ese cerebrito,” explicó Eduard, su tono lleno de confianza.
“Se oye como más ataques cuerpo a cuerpo, como nuestro viejo jefe,” comentó Gat.
“Son algo parecidos, solo que no necesito tanta distancia.
Mis brazos son más largos que los de un humano promedio, así que antes de que alguien me toque, puedo noquearlo,” respondió Eduard.
“Sí, creo que tienes un punto, pero si ese alguien los esquiva, quedas desprotegido para un golpe certero y mortal,” señaló Gat.
“Puede que tengas razón, muchacho, pero tengo otros trucos para eso,” indicó Eduard con una sonrisa enigmática.
“Creo tener el plan perfecto,” susurró Eduard, inclinándose para hablarle al oído a su equipo.
“¡Apúrense!
No tengo todo el tiempo,” gritó Aragón desde la distancia, colocándose el casco de su armadura, que cambió a un color marrón oscuro.
“Les doy diez segundos.” Comenzó a contar: “10, 9, 8, 7, 6…” “¡Ya voy!” gritó Aragón, corriendo hacia donde estaban ellos.
Al acercarse, Aragón comenzó a moverse más lentamente, como si chocara contra un muro invisible.
“¿Qué es esto?” se preguntó, su voz cargada de confusión.
“¿Pensaste que sabías todo y que tu aura te ayudaría?” se burló Gat, mientras las dos chicas levantaban las manos hacia donde estaba Aragón, manteniéndolo atrapado en un campo telequinético invisible.
“Ya veo.
Entonces ya sé qué hacer,” dijo Aragón, su voz tranquila pero peligrosa.
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