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El sistema del perro agente - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 La gran bota
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11: La gran bota 11: La gran bota Mientras nuestros héroes dormían plácidamente, producto del cansancio acumulado tras sus entregas, el agente B reveló que, gracias a su habilidad especial, había logrado vislumbrar un pequeño animal sucio, con la forma de un perro, que se encontraba junto al agente B-Doce en el momento en que un destello los impactó.

Posteriormente, ese can fue llevado por un trabajador de la perrera municipal.

Quizás sea la clave.

Todos los presentes se quedaron extrañados ante las palabras del agente B.

En ese instante, Marie revisó en su tableta cuántas perreras cercanas había en la zona y comenzó a buscar.

La más cercana estaba a media hora de allí.

Entonces, no hay tiempo que perder.

El agente B y yo iremos a la perrera, y ustedes, Linda y Dingo, irán a la estación de policía para investigar qué saben sobre la caída del avión y si alguien ha reportado algo relacionado con esta escena, aunque lo dudo mucho, indicó Marie.

Señorita Marie, no nos llamamos Linda y Dino, somos Lidia y Rino, le contestaron ambos con tono amable pero firme.

¡Oh!

Mil disculpas, ustedes son nuevos reclutas a ser agentes; no me había aprendido bien sus nombres, dijo ella un poco apenada.

Y los demás, lleven el objeto que tenía el orbe a la base para estudio; limpien todo y asegúrense de que nadie los descubra.

Una vez que ella dio las órdenes, porque estaba a cargo de esta investigación por parte del jefe, se retiró en el auto del agente B junto con él.

Mientras ellos se dirigían a la perrera, Lidia y Rino, dos jóvenes novatos e inexpertos de diecinueve y dieciocho años respectivamente, partieron en una de las camionetas hacia la comisaría.

Al llegar, estacionaron el vehículo y se tomaron un momento para planificar lo que iban a decir una vez adentro.

Era la primera vez que se les encargaba algo importante.

Lidia era la voz de la razón, mientras que Rino era más osado e impulsivo.

Una vez que se pusieron de acuerdo, ingresaron a la pequeña oficina de policía.

Como en toda oficina policial, había un mostrador para la atención al público, unas cuantas oficinas y, detrás de la zona administrativa, dos celdas.

Al entrar, vieron que no había nadie.

Rino comenzó a gritar: ¿Hay alguien aquí?

¿Hay alguien?

Lidia le dijo que bajara la voz, que eso no era un mercado.

Después de un rato, apareció el Sheriff Jeff.

¿Qué se les ofrece, jóvenes?

Ahora estamos con poco personal.

Casi toda mi unidad, por no decir toda, hasta la secretaria, también la mandaron a llamar por un gran accidente debido a la caída de una gigantesca nave en el bosque.

Ah, sí, señor.

Verá, somos agentes, dijeron, mostrando rápidamente unas credenciales.

Justo veníamos a hablar sobre ese incidente.

¿Qué sabe al respecto?, preguntó Lidia.

Rino reafirmó lo dicho por Lidia: Sí, ¿qué sabe sobre eso?

Al principio, Jeff dudó de la veracidad de sus credenciales, pensando que eran niños jugando a ser detectives.

Pero al ver cómo venían vestidos con uniformes de agentes y la determinación que traían, les comentó: Solo sé que cayó un gran avión, dejando en llamas una parte del bosque.

Los guardabosques y bomberos de esta zona no se dan abasto, y por eso llamaron a mi unidad para la búsqueda.

Eso es todo lo que sé.

Antes de continuar con la conversación, se escuchó en la radio: Se ha descarrilado el gran tren, dejando una gran explosión y cinco desaparecidos, entre ellos el conductor del vehículo.

Primero una nave y ahora un tren, ¿qué será después, un barco en llamas?

—dijo Jeff, un tanto sarcástico.

Los dos muchachos también escucharon eso y dijeron que iban a informar a sus jefes antes de retirarse.

Tecro salió de una de las salas y le dijo a Jeff que la madre superiora había vuelto a llamar por el asunto del huérfano perdido, que ya llevaba un par de días sin ser encontrado.

Lidia se interesó un poco por el caso y le pidió una copia de la foto del pequeño que buscaban.

Tecro, sintiendo unas mariposas en el estómago, le pidió su correo y, sin pestañear, le pasó la imagen de su tableta a la de ella.

Jeff se molestó un poco, pero Tecro le indicó que era mejor que más personas supieran, así podrían encontrar al niño más rápido.

Rino jaló a Lidia del brazo, ya que también se había desconectado un poco al ver a Tecro, y le dijo: —Nos vamos, debemos llevar esta información a Marie.

Lidia despertó del trance y le dio las gracias al sheriff Jeff.

Luego, con una sonrisa de oreja a oreja, ella le dijo a Tecro: —Nos vemos.

Creo que fue amor a primera tableta, ja, ja.

Al salir de la agencia de policía y subir al carro, decidieron llamar a Marie, pero se dieron cuenta de que los celulares no tenían batería, así que no tuvieron otra opción que ir a la perrera.

En la perrera, Marie y el agente B se encontraron con Timmy, uno de los trabajadores, y le preguntaron si habían traído algún perro medio sucio en los últimos días.

Timmy les indicó que sí, que ER había traído un perro de uno de los callejones de la parte casi abandonada de la ciudad.

Marie le preguntó dónde estaba ese perro.

—Bueno, pues verán, ese canino se escapó hace unos días, durante el día de la adopción de perros, y no sé dónde puede estar.

Por eso ER salió a buscarlo, pero sin éxito —explicó Timmy.

Les mostró la jaula donde había estado el perro.

En la jaula había una etiqueta con la foto del can y un número que decía ciento cincuenta y uno.

Marie pensó en pedirle al agente B que usara su habilidad nuevamente, pero sabía que sería casi imposible debido al amplio rango de búsqueda.

Le dieron las gracias a Timmy, tomaron la foto del perro y se dispusieron a retirarse.

Marie comenzó a llamar a los muchachos, pero los teléfonos iban directamente a la casilla de voz.

—Una sola tarea fácil les mandé a hacer a estos chicos y ninguno me responde —dijo Marie, frustrada.

—Tranquila, relájate o te vas a arrugar —le dijo el agente B.

—Eso es algo que tú sabes muy bien, ja, ja —replicó ella.

—Bueno, al menos te pude sacar una sonrisa en este momento tan tenso —dijo el agente B, sonriendo.

—Gracias, lo necesitaba, aunque a veces trabajar contigo y con B-Doce es muy estresante —respondió Marie.

—Bien, ¿ahora dónde quieres ir?

—le preguntó él.

—Supongo que debemos volver a la base o regresar al callejón otra vez —contestó Marie.

Antes de que salieran del estacionamiento, se encontraron con la camioneta donde iban los dos inexpertos agentes, Lidia y Rino.

Marie salió del auto, un tanto molesta porque ellos no contestaban, a lo que ellos le dijeron que las baterías de los celulares se habían agotado.

Luego de exaltarse un poco, Marie se calmó y les preguntó qué era lo que habían averiguado.

Rino, un tanto temeroso por el grito y el sermón de Marie, dejó que Lidia hablara.

Ella comentó que en la oficina de policía no sabían nada sobre lo que provocó el incidente y que también había ocurrido el día anterior un descarrilamiento del gran tren que lleva materiales a varios países.

—¿El descarrilamiento de un tren?

—dijo Marie, sorprendida—.

Primero el avión donde iba el agente B-Doce y ahora un tren.

—Bien, creo que debemos ir para allá —sugirió el agente B.

—Bueno, es hora de irnos.

¿Hay algo más que debamos saber antes de ir para allá, muchachos?

—preguntó Marie.

Rino iba a mencionar lo del huérfano, pero Lidia le dio un pequeño golpe en el estómago para que se callara.

—Nosotros iremos a ver el tren, o bueno, lo que quede de él.

Mientras tanto, quiero que ustedes regresen y se reúnan con el equipo —ordenó Marie.

Marie y el agente B subieron al carro nuevamente y se dirigieron al lugar del accidente.

—¿Por qué no le dijiste sobre el niño?

—le preguntó Rino.

—No creo que sea importante para ellos.

Bueno, pero nosotros que tenemos tiempo, tenemos un caso en nuestras manos —exclamó Lidia.

—¡Ah, no!

—dijo Rino—.

Otra vez con tus jueguitos de detective como en la academia —se lamentaba Rino.

Lidia comenzó a escribirle a Tecro, quien le indicó que el niño venía del orfanato de los hermanos de la Orden del Sol.

—Y ahí vamos de nuevo, siguiéndote a lo loco —murmuró Rino, resignándose.

Al llegar a la frontera, un oficial detuvo el vehículo en el que venían Adía y los chicos.

Ella bajó la ventana y le dijo: —Hola, soldado.

El soldado la reconoció de inmediato.

—Ah, es usted, señorita Adía.

¿De vuelta por aquí?

¿Por qué tan temprano?

¿Va a ser otra entrada de productos a nuestro territorio?

—Sí, así es.

Es mejor madrugar, como dice el refrán: Al que madruga, Dios le ayuda.

Y a su última pregunta, sí, claro.

Puede revisar la parte de atrás —respondió ella.

Abrió la parte trasera de la carreta con un botón y dos soldados más pasaron a revisar la mercancía.

Mientras tanto, ella conversaba con el primer soldado.

En un momento, le dijo que mirara atrás, haciéndole creer que lo estaban llamando.

Aprovechó para poner rápidamente una gran manta oscura sobre Aiden para que no lo notaran.

Por suerte, Aiden no roncaba.

También cubrió a Podbe con una manta pequeña.

—¡Ups!

Creo que me confundí —dijo ella, sonriendo.

Tomó una bolsa de su asiento y se la entregó al soldado.

—Lo de siempre para ustedes.

Los otros guardias cerraron la parte de atrás y el primer guardia la dejó pasar.

—Bien chicos, ya hemos cruzado la frontera.

Italia, la gran bota, ¡aquí vamos!

Como ninguno de los dos le respondió, ella le dijo a su robot conductor: —Me dijeron que los trajera a Italia, pero no me dijeron a qué parte.

Bueno, los llevaré hasta Milán, que es mi parada.

Dándole una señal a su conductor, comenzaron la marcha.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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