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El sistema del perro agente - Capítulo 112

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112: ¿Será una trampa?

112: ¿Será una trampa?

En las profundidades de la base ultrasecreta de Zeus, el aire vibraba con un silencio tenso que solo era interrumpido por el zumbido constante de los servidores.

Maos había puesto en marcha una operación encubierta para localizar a Richard Laos sin alertar a la doctora Swang.

No quería levantar sospechas ni dar pie a preguntas incómodas.

Mientras tanto, Richard, sumido en un torbellino de emociones contradictorias, se enfrentaba a una verdad que desafiaba su cordura.

“¿Cómo puede ser posible?” Se repetía Laos, apretando los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.

Su respiración era entrecortada, casi jadeante, mientras intentaba procesar lo que las cámaras de seguridad habían revelado: Geros, esa criatura monstruosa y extraña, era su padre fusionado con GOL.

“No puede ser real”, murmuró entre dientes, negándose a aceptarlo.

Si fuera su padre, ¿por qué no lo estaba buscando?

¿Por qué se había aliado con Maos, su enemigo?

La frustración estalló dentro de él.

El laboratorio subterráneo donde se encontraba olía a metal oxidado y a ozono, producto de las máquinas que nunca descansaban.

Sus ojos se posaron sobre la roca negra, esa reliquia preciada que había estado estudiando durante semanas.

Era más que un objeto; era su obsesión, su clave para comprender el legado de su padre.

Pero ahora todo parecía una traición.

Todos—Maos, Swang, incluso Geros—habían conspirado contra él.

“No pueden tocar mi roca”, pensó con determinación, acariciando su superficie fría y rugosa.

La sensación le provocó un escalofrío que recorrió su columna vertebral.

“Todos me engañaron.

Me quieren arrebatar esto, pero yo la encontré.

Es mía.” Una idea cruel comenzó a formarse en su mente.

Si todos lo habían traicionado, entonces él haría lo mismo.

Atraería a sus enemigos hacia ellos, dejándolos expuestos.

Sin embargo, algo dentro de él vaciló.

Una pequeña parte de su corazón aún anhelaba creer que Geros realmente era su padre.

Tomó un fragmento de la roca sintetizada y lo colocó cuidadosamente en un tubo de ensayo.

“Si esta cosa puede ayudarlo con lo que sea que tenga y quizá volver a su forma original y demostrar que es mi padre…

tal vez merezca otra oportunidad.” Pero si no funcionaba, no tendría piedad.

Con movimientos precisos, introdujo el tubo en un pequeño robot diseñado para parecerse a una mariposa.

Las alas delicadas del artefacto brillaban bajo la luz artificial, como si fueran hechas de cristal líquido.

Lo liberó en uno de los ductos de ventilación, observando cómo desaparecía en la oscuridad.

El robot viajó silenciosamente por los conductos metálicos, guiado por sensores avanzados.

Finalmente, emergió en la sala donde la doctora Swang trabajaba en solitario.

Ella levantó la vista, sorprendida por la aparición inesperada de aquella mariposa robótica.

Nunca antes había visto algo así.

Extendió la mano lentamente, intrigada, y al tocarla, una voz grabada resonó desde el dispositivo.

“Esto es lo que buscas, Maos.

Dáselo.

Ya no te volveré a ver.

Me traicionaste y te aliaste con los que ahora considero mis enemigos.

Si quieres seguir viva, entrega esto y huye de este lugar.” Swang se quedó paralizada, con el corazón martilleando en su pecho.

Sus dedos temblaban mientras sostenía el tubo que contenía el líquido negro.

Las palabras de Laos resonaban en su mente como un eco doloroso.

“Maldito Laos”, susurró, cerrando los ojos.

“Yo te amaba… digo, te sigo amando, a pesar de que estoy trabajando con ese loco de Maos.

Pero veo que piensas que te traicioné.” Lágrimas brotaron de sus ojos, pero las contuvo.

“Lo siento, Richard.

¿Dónde estás?” En otro rincón de la base, Laos continuaba trabajando en su laboratorio oculto.

Las pantallas holográficas proyectaban líneas de código que bailaban ante sus ojos.

Con una sonrisa siniestra, envió un mensaje encriptado a sus enemigos.

“Bien, que empiece el juego”, murmuró, girando su silla para mirar las cápsulas donde yacían varios sujetos inconscientes.

Cada uno de ellos era parte de un experimento mayor.

Quería controlarlos, asegurarse de que siempre actuaran en su favor, aunque conservaran sus pensamientos y personalidades.

“Solo necesitan un pequeño ajuste”, reflexionó en voz alta mientras presionaba un botón en el panel de control.

En la pantalla apareció un mensaje: “Enviado.” Swang corrió agitada hacia la oficina de Maos, ansiosa por compartir el descubrimiento.

Golpeó la puerta con urgencia antes de entrar sin esperar respuesta.

“¡Mira lo que tengo para ti!” Exclamó, mostrándole el tubo con el líquido negro.

“De parte de Richard.

No sé dónde está, pero envió esto.” Maos examinó el tubo con interés, sus ojos brillando con una mezcla de codicia y satisfacción.

“Interesante”, dijo finalmente, guardándolo en su bolsillo.

“Ese maldito Laos tenía esta roca.

Si tiene este poco, debe tener más.” Ordenó a varios robots buscarlo inmediatamente.

Luego, con un gesto brusco, indicó a Swang que debía retirarse.

“Bien, puedes irte.

Tengo cosas que hacer.” La puerta se cerró detrás de ella con un golpe seco, dejando a Swang furiosa y humillada.

“Tonto”, masculló, caminando rápidamente por el pasillo.

“¿Cómo se atreve a tratarme así?” Mientras tanto, Maos caminaba con paso firme hacia donde Geros aguardaba, custodiado por máquinas guardianas.

Sostenía el tubo con cuidado, como si fuera un tesoro invaluable.

“Espero que esto sea suficiente para el amo”, murmuró, ajustando su postura al entrar en la habitación.

Geros lo observó en silencio, su figura imponente dominando la sala.

Maos colocó el tubo en una consola cercana y retrocedió unos pasos.

“Pronto las cosas mejorarán”, declaró el científico, intentando ocultar su nerviosismo tras una máscara de confianza.

Swang caminaba por los pasillos fríos y estériles de la base, sus pensamientos giraban en torno a una sola pregunta que resonaba como un eco persistente: “¿Dónde estás, Richard?” Sus pasos resonaban contra el suelo metálico, pero ella apenas lo notaba.

La sensación de rechazo aún ardía en su pecho, mezclándose con la frustración de haber sido excluida de algo importante.

Maos no le había dado una explicación clara, y eso solo alimentaba su desconfianza.

Entretanto, en otra parte del mundo, la nave de reconocimiento pilotada por Tron se deslizaba silenciosamente sobre uno de los puntos que Marie les había indicado.

Las luces de los instrumentos parpadeaban débilmente en la penumbra de la cabina, iluminando los rostros concentrados del equipo liderado por Drake.

El sonido constante de los sensores resonaba en el ambiente, creando una atmósfera de tensión contenida.

“Primer punto verificado”, anunció Tron, el robot asistente, con su voz metálica y precisa.

“No se detecta vida inteligente ni huellas humanas.” Drake asintió brevemente, sus ojos oscuros fijos en la pantalla holográfica frente a él.

“Siguiente ubicación.” El proceso continuó hasta que llegaron al último punto de búsqueda, donde no encontraron nada más que agua oscura y olas que chocaban contra el casco invisible de la nave.

Drake golpeó el panel de control con furia contenida.

“¡Maldición!”, gruñó, su voz cargada de frustración.

“¿Cómo es posible que no haya ni rastro de ellos?” Podbe, sentado en su asiento, murmuraba para sí mismo, casi como una plegaria: “¿Dónde estás, Aiden?

No podemos fallar ahora.” Fue entonces cuando una voz inesperada irrumpió en la cabina, cortando el aire como un cuchillo.

“Oigan, ¿ustedes escucharon eso?” preguntó Adía, levantándose de golpe.

Su mirada recorría la habitación, buscando el origen del sonido.

“Esa voz…

me resulta familiar”, dijo lentamente, frunciendo el ceño.

“Es como el científico loco ese…

¿cómo se llamaba?

¿Doctor Malos?” La risa burlona de Richard Laos emergió de los altavoces, distorsionada pero inconfundible.

“No, no es así.

Me apellido Laos, y soy Richard Laos para ustedes, cortos de mente”, respondió con tono sarcástico.

“¿Dónde está?

¿Dónde se esconde aquí?

Es la base donde tienen al chico, ¿verdad?” indico Drake Drake intercambió una mirada con Adía, ambos, alertas.

“No estamos solos”, murmuró él.

“¿Dónde está?

¿Dónde te escondes?”, preguntó Drake, intentando localizar la fuente de la transmisión.

“No lo saben, pero si quieren ver a los chicos, esta pequeña mariposa les dará las coordenadas”, respondió Laos con calma calculada.

Adía cruzó los brazos, desconfiada.

“¿Y cómo nos encontraste?

Esto parece demasiado conveniente.

Seguro es una trampa.” La risa de Laos resonó nuevamente, esta vez con un matiz de superioridad.

“Fue fácil.

Le puse un nano robot al collar del perro.

Pero tranquila, solo puedo usarlo una vez.

Luego se quemará para que no puedan rastrearnos de regreso.

Bueno, ¿quieren o no la ubicación para salvar a sus amigos?” Drake apretó los dientes, midiendo cada palabra antes de hablar.

“De acuerdo, pero dime: ¿qué ganas tú con esto?” La respuesta de Laos fue rápida y llena de veneno.

“Esos malditos me engañaron.

Usaron mi investigación, la de mi padre, y ahora la mía.

Odio a Zeus me dejo fuera del juego.

Además…” Hizo una pausa dramática, como si saboreara las próximas palabras.

“Tú me resultas familiar, Drake.

Fuiste uno de los primeros, junto a esa señorita que aún se ve joven, del primer experimento de mi padre.” Drake entrecerró los ojos, recordando vagamente aquel nombre.

“Ya veo.

Me resultaba conocido tu apellido.” “Bien, supongamos que te creemos”, intervino Adía, impaciente.

“¿Cómo llegaremos allá?” La respuesta llegó en forma de luz.

Una pequeña mariposa robótica emergió de la nada, flotando en el aire.

Proyectó un mapa holográfico sobre la mesa central de la cabina, mostrando claramente las coordenadas.

“Aquí es donde están”, explicó Laos con frialdad.

“Pero si vienen, deben estar muy preparados.

Hay muchos más controlados ahí, además del mismo Zeus y una cosa alienígena que, si no son fuertes, los destruirá rápidamente.

Se llama Geros.

Buena suerte, tontos.

La necesitarán.” Con esas últimas palabras, la comunicación se cortó abruptamente.

La mariposa robótica emitió un destello brillante antes de autodestruirse, dejando tras de sí solo un leve olor a ozono.

“¡Rápido, Tron!

Coloca las coordenadas en la nave”, ordenó Adía, señalando el mapa holográfico que aún flotaba en el aire.

Tron procesó la información en segundos.

“Aquí es, señora.

Están en un punto en la zona del Océano Pacífico.” Leila, que había estado observando en silencio, intervino con una expresión confundida.

“Pero, ¿cómo?

Ahí no hace tanto frío en estas épocas.

¿Cómo pueden esconderse ahí?” “Seguramente usan alguna tecnología avanzada para modificar el clima”, respondió Drake, ajustando los controles de la nave.

Mientras tanto, envió un mensaje urgente a Marie: “Tenemos las coordenadas.

Nos dirigimos hacia allá de inmediato.” La nave aceleró, cortando el cielo nocturno como una flecha plateada.

En el horizonte, las estrellas titilaban como pequeños augurios, testigos mudos de la misión que estaba por comenzar.

En las entrañas de la base enemiga, el aire era denso y cargado de electricidad estática, como si las paredes mismas estuvieran al borde de un colapso.

Maos caminaba con paso firme por los pasillos metálicos, llevando consigo el frasco que contenía el líquido oscuro.

La sustancia parecía moverse dentro del recipiente, como si tuviera vida propia, reflejando destellos negros que absorbían la luz circundante.

Finalmente, llegó ante Geros, cuya figura imponente proyectaba sombras distorsionadas en las paredes.

El alienígena estaba sentado en una especie de trono improvisado, rodeado de cables y máquinas que zumbaban con energía constante.

Su piel grisácea brillaba bajo la tenue luz, y sus ojos, llenos de una inteligencia calculadora, se clavaron en Maos mientras este se acercaba.

“Bien, señor”, dijo Maos, extendiendo el frasco hacia él.

“Aquí está al menos una muestra.

Ese testarudo de su hijo se escapó con el resto, y no hemos podido localizarlo.” Geros tomó el frasco con una mano temblorosa pero decidida.

Sus dedos largos y delgados lo sostenían con delicadeza, como si fuera un tesoro inestimable.

“No importa”, respondió con voz grave, casi gutural.

“Con esto bastará para curarme y multiplicar mi poder.” Maos asintió rápidamente, ajustando los controles de una máquina cercana.

“¿Y qué pasará, señor?” preguntó, su tono mezcla de curiosidad científica y nerviosismo.

“No lo sé”, admitió Geros, sonriendo con una mueca que dejaba entrever sus dientes afilados.

“Pero me dará poder.” Sin más preámbulos, Maos insertó el líquido en un dispositivo conectado a Geros.

La aguja penetró la piel del alienígena con un siseo apenas audible, y el líquido comenzó a fluir lentamente hacia su cuerpo.

Al principio, Geros cerró los ojos, como si estuviera disfrutando de la sensación.

Pero pronto, un dolor inmenso recorrió cada fibra de su ser.

Un grito desgarrador resonó por toda la base, tan potente que hizo vibrar las paredes.

Era un sonido animal, lleno de agonía pura, que helaba la sangre de cualquiera que lo escuchara.

Geros se retorcía en su lugar, aferrándose a los brazos del trono con tanta fuerza que sus uñas dejaron marcas profundas en el metal.

“¡Señor!” exclamó Maos, retrocediendo instintivamente.

“¿Qué ocurre?” Pero Geros no podía responder.

Su cuerpo se convulsionaba violentamente, y su piel comenzó a cambiar de color, adoptando tonalidades oscuras y rojizas que parecían latir al ritmo de su corazón.

Las máquinas a su alrededor emitieron pitidos frenéticos, incapaces de procesar lo que estaba ocurriendo.

El dolor era tan intenso que parecía consumirlo todo a su paso.

Geros sentía como si su cuerpo estuviera siendo desgarrado desde adentro, como si el líquido negro no solo le otorgara poder, sino que también intentara reclamarlo como suyo.

Cada célula de su ser ardía, y su mente luchaba por mantener el control.

Finalmente, el grito cesó, dejando tras de sí un silencio sepulcral.

Geros permaneció inmóvil durante unos segundos interminables, jadeando pesadamente.

Cuando abrió los ojos, estos brillaban con un resplandor rojo intenso, como brasas encendidas en la oscuridad.

“Funcionó”, murmuró, su voz ahora más profunda y resonante, cargada de una nueva energía.

“Lo siento…

en mi interior.

Es…

poderoso.” Maos observaba con asombro mezclado con miedo.

Sabía que algo había cambiado, pero no estaba seguro de si era para mejor.

Luego sonrió, una sonrisa maquiavélica como si su mente algo maquineara.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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