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El sistema del perro agente - Capítulo 113

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113: Te Encontramos 113: Te Encontramos La nave cortaba el aire con un zumbido sordo, apenas perceptible en el vasto cielo nocturno.

Nuestros héroes se apresuraron a subir, sus pasos resonando contra el metal frío del suelo mientras intercambiaban miradas cargadas de urgencia.

El destino estaba claro: llegar al punto designado sin ser detectados.

Mientras avanzaban a toda velocidad hacia la instalación secreta Aragón, el líder de la división de América, mantenía su mente ocupada con pensamientos inquietos.

En el interior de las instalaciones, los agentes cautivos eran conducidos con prisa y precisión.

Al descender de la nave, Aragón se dirigió a uno de los individuos que lo recibió con una orden firme: —Llévame con el doctor Laos.

El hombre titubeó un instante antes de responder, su voz tensa pero respetuosa: —Señor, no hemos sabido nada del doctor Laos desde hace varios días.

Ahora quien está a cargo es el doctor Lucas Maos.

Aragón entrecerró los ojos, sus labios formando una línea recta mientras procesaba la información.

Así que Maos se hizo con todo, pensó, su mente girando como un engranaje oxidado.

Pensé que solo era mi imaginación, pero qué intrigante sujeto.

—Bien —dijo finalmente, su tono firme y controlado—.

¿Y qué saben del líder Sir Larot?

El hombre negó con la cabeza, desviando la mirada.

—No sabemos nada de él, señor.

No se le ha visto por la base.

Aragón asintió brevemente, su mente ya trazando un plan.

—Bien.

Llévense a estas personas.

Yo le haré una visita al doctor Maos.

Antes de que alguien pudiera responder, Aragón activó se desvaneció y desapareció en un destello de luz violeta.

El líder de Radar América se materializó primero en la antigua zona de trabajo de Maos, un lugar ahora desolado y cubierto de polvo.

Las paredes estaban desnudas, los equipos rotos y dispersos, como si hubieran sido abandonados apresuradamente.

Aragón caminó entre los restos, su armadura marrón desgastada crujiendo con cada paso.

No había rastro de Sir Larot ni de nada útil.

Todo estaba desmantelado, como si el tiempo mismo hubiera borrado cualquier evidencia.

¿Dónde está mi amigo?, se preguntó Aragón, su mandíbula tensándose.

Seguramente lo trasladaron.

Debe estar en el nuevo lugar donde se realizan los experimentos.

Mientras avanzaba por uno de los pasillos oscuros, una presencia familiar llamó su atención.

Redujo la velocidad y levantó la vista hacia el piso superior.

Allí, parado bajo la tenue luz de una lámpara defectuosa, estaba Sir Larot.

Su amigo llevaba un traje-armadura de obsidiana oscura, tan intensa que parecía absorber la luz a su alrededor.

Un visor rojo carmesí brillaba en su casco, proyectando un aura imponente y casi intimidante.

—¡Larot!

—gritó Aragón, su voz resonando en el silencio del lugar.

Pero su amigo no respondió, como si no lo hubiera escuchado.

Con el corazón acelerado, Aragón subió rápidamente las escaleras, pensando que tal vez la distancia había ahogado su voz.

Cuando llegó frente a Larot, se detuvo y extendió la mano con una sonrisa forzada.

—Larot, ¡qué bueno que estés bien, amigo!

Pero antes de que pudiera tocarlo, sintió un movimiento rápido y peligroso.

Larot había comenzado a desenvainar su espada.

Aragón retrocedió instintivamente, su cuerpo tenso mientras observaba la hoja negra que ahora relucía bajo la luz.

—Pero, ¿qué te pasa, Larot?

—preguntó, su voz cargada de confusión y preocupación.

Una voz profunda e imponente emergió desde las sombras detrás de Larot.

—Tranquilo.

Zeus salió lentamente de las tinieblas, su figura alta y majestuosa proyectando una sombra que parecía devorar todo a su alrededor.

Aragón se enderezó al instante, su confusión dando paso a una mezcla de respeto y sorpresa.

—¡Ah, eres tú!

—exclamó Aragón, su tono más relajado, pero aún incierto—.

¿En qué momento regresaste?

Zeus lo miró con una expresión indescifrable, sus ojos brillando con una intensidad casi sobrenatural.

—Aragón, lamento que no notaras mi presencia.

Aragón inclinó la cabeza, avergonzado.

—Señor Zeus, lo siento.

Estaba distraído.

Pero… ¿qué le ha pasado a mi estudiante?

Zeus cruzó los brazos sobre su pecho, su postura emanando autoridad absoluta.

—Nada grave.

Está como nuevo y mejorado.

Sus heridas de la última pelea con ese ser llamado Urion fueron graves, pero ahora está completamente recuperado.

Aunque… —hizo una pausa significativa— parece que ha olvidado algunas cosas.

Aragón frunció el ceño, su mente girando con preguntas.

—¿Cómo es posible?

Quiero entender más, señor… Zeus lo interrumpió con una voz tan fuerte que pareció estremecer las paredes mismas.

—¡Eso fue lo que pasó!

Mi palabra es ley, Aragón.

Y basta de tonterías.

Larot, dale la mano a tu maestro.

Desde dentro del traje de obsidiana, la voz de Larot resonó, monótona pero obediente: —Sí, señor.

Aragón extendió su mano nuevamente, esta vez con precaución.

Larot la estrechó brevemente, su tacto frío y mecánico.

El gesto fue impersonal, casi vacío, y dejó a Aragón con un nudo en el estómago.

Maldición, pensó mientras veía a su pupilo alejarse.

Otra vez perdió la memoria, como aquella vez.

¿Qué le han hecho?

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Zeus habló de nuevo: —Aragón, ve con la científica en jefe Lady para que arregle tu armadura.

Larot y yo tenemos asuntos importantes que atender.

Aunque su mente bullía con preguntas y sospechas, Aragón inclinó la cabeza en señal de obediencia.

Sabía que no podía cuestionar a Zeus; su palabra era ley.

Sin embargo, mientras se alejaba, su mirada se oscureció.

Algo no está bien aquí, pensó.

Lo presiento Aragón siguió caminando, aunque su juicio estaba nublado, incapaz de enfocar sus habilidades de aura con claridad.

Mientras avanzaba por los pasillos desolados, vagos recuerdos comenzaron a filtrarse en su mente, dos en particular.

El primero lo llevó a una pequeña taberna llena de humo y risas estridentes.

Allí estaba él, sentado en una silla tambaleante, con una jarra medio vacía en la mano.

Su mirada era salvaje, desesperada, como si buscara una pelea en cada esquina.

El alcohol no lograba apagar el dolor que lo consumía, un vacío que parecía devorarlo desde dentro.

Entonces, la puerta de la taberna se abrió con un chirrido metálico.

Un hombre entró, su figura imponente proyectando sombras largas sobre las mesas mugrientas.

Las palabras que pronunció fueron inesperadas, casi irreales: una segunda oportunidad, una invitación a unirse a algo más grande.

Aragón apenas recordaba los detalles, pero sabía que ese momento había cambiado su vida.

El segundo recuerdo lo transportó a un campo de entrenamiento.

Zeus estaba allí, su voz resonando como truenos en el aire.

Junto a él había un jovencito tímido, pero con una chispa de determinación en sus ojos.

“Este muchacho tiene potencial”, dijo Zeus, señalando al joven.

“Enséñale el camino de la Aura.

Hazlo fuerte.” Aragón recordó cómo había asentido, aceptando la responsabilidad sin dudar.

Ese muchacho era Larot.

Sacudiendo la cabeza para despejar su mente, Aragón llegó finalmente donde Lady lo esperaba.

La científica en jefe lo recibió con una sonrisa profesional, aunque sus ojos reflejaban preocupación.

—Quítate la armadura —le indicó mientras ajustaba sus gafas de laboratorio—.

La arreglaré, pero necesitaré un par de horas.

Aragón asintió en silencio y se quitó la armadura marrón desgastada, dejándola sobre la mesa de trabajo.

Luego se retiró a un rincón de la sala, sumido en sus pensamientos.

Su mirada estaba perdida, como si estuviera viendo algo más allá de las paredes metálicas que lo rodeaban.

Mientras tanto, la nave en la que viajaban Podbe y su equipo llegaba al punto indicado por Laos.

Tron, el robot, anunció con su voz metálica: —Hemos llegado.

Drake, siempre pragmático, ordenó: —Realiza un escaneo de la zona.

Tron obedeció, sus sensores girando rápidamente mientras analizaba el entorno.

Finalmente, emitió su veredicto: —Detecto una especie de pedazo de tierra en este lugar.

Adía, la maga del grupo, cruzó los brazos y asintió.

—Bien, ese debe ser el lugar.

Podbe, en su mente, aún no sentía la presencia de Aiden.

Está más profundo, pensó, mientras hablaba telepáticamente con Reia.

Para evitar ser detectados, Adrián, el líder de la unidad D, le dio a Tron una membrana especial que cubrió la nave, haciéndola invisible a los radares enemigos.

La nave descendió en silencio sobre una jungla helada, un paisaje surrealista de hielo y niebla blanca.

Al salir, todos estaban equipados con tecnología que los hacía imperceptibles.

Leila, impresionada, murmuró: —Vaya, ese sujeto sí que sabe de cosas.

—¿Puedes escanear algo, Tron?

—preguntó Drake.

Con sus nuevas mejoras, el robot comenzó a analizar la zona.

Pronto identificó una escotilla oculta bajo una capa de hielo.

—Debe ser por aquí —indicó Tron mientras usaba un láser y unos pequeños chupones magnéticos para abrir la escotilla sin hacer ruido.

También colocó inhibidores cerca para bloquear cualquier cámara cercana.

Sin embargo, el acceso era demasiado pequeño para que todos pudieran entrar.

Drake frunció el ceño.

—Esta entrada es muy chica.

No podemos pasar.

—Tranquilo, yo me encargo —dijo Adía con calma.

Con un movimiento elegante de su mano, usó su magia para encoger a todo el grupo y luego los hizo levitar hacia el interior.

Leila, cruzándose de brazos, protestó: —Si ella puede hacer eso, entonces ¿para qué vine yo?

—Tú, niña, has venido para ayudarnos con la comunicación entre Podbe y nosotros —respondió Drake con paciencia—.

Eres mucho más que una intérprete; has sido de gran ayuda.

Leila sonrió tímidamente ante las palabras de ánimo de su superior.

Dentro de la instalación subterránea, bajaron por una escalera helada durante uno o dos pisos.

De repente, el can Podbe comenzó a ladrar con emoción, rompiendo el silencio tenso.

—¿Qué te pasa, muchacho?

—preguntó Leila, acariciando al animal.

En ese momento, la conexión mental entre Podbe y Reia se activó nuevamente.

A través de la voz de Leila, ambos exclamaron: —¡Llegamos!

¡Hemos encontrado a Aiden!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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