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El sistema del perro agente - Capítulo 114

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114: Reunidos Una Vez Más 114: Reunidos Una Vez Más —¿En serio, niña?

¿Dónde encontraron a Aiden?

—preguntó Adía, con una mezcla de urgencia y preocupación en su voz mientras se inclinaba hacia Leila.

La muchacha, estaba conectada mentalmente con Podbe.

Adía apenas podía contener su emoción, tan distinta a la frialdad que solía mostrar antes del bloqueo impuesto por Azulema.

Ese bloqueo había sido diseñado para evitar que recordara las pérdidas importantes de su pasado, que ahora roto ese bloqueo ella volvió a ser la misma de antes.

“Está pasando dos muros”, resonaron las voces de Can y Reia dentro de la mente de Leila, guiando sus pensamientos.

Mientras tanto, Podbe había activado su modo detective, en su sistema especial que le permitía ver más allá de lo evidente, revelando pistas invisibles al ojo humano.

Adía, la maga, asintió con decisión.

—Bien, haré una entrada.

—Con un gesto elegante, trazó un círculo con sus manos, conjurando una mezcla vibrante de magia de tierra y hielo.

El aire se llenó de un crujido sordo mientras el suelo temblaba ligeramente, y una especie de taladro mágico comenzó a perforar la pared gélida frente a ellos, dejando tras de sí una abertura perfecta.

—Bien, ingresen —dijo Adía, con un tono firme pero calmado, mientras los demás la seguían con cautela.

Antes de derribar la última pared, la maga creó un pequeño agujero para observar el otro lado.

A través de la rendija, divisó un ambiente sombrío: una prisión fría y estéril, iluminada por luces parpadeantes.

Vio a un grupo de sujetos arrastrando a un chico con grilletes en pies y manos, además de un casco metálico que parecía absorber su energía vital.

Luego, reconoció a los otros prisioneros: María, Elena y Billy.

—Aquí es —confirmó Adía, aunque su expresión se oscureció momentáneamente—.

Pero antes de entrar, necesitamos desactivar las cámaras.

De eso me encargo yo —indicó Tron, el robot, con un brillo metálico en sus ojos.

Con un movimiento preciso, uno de sus dedos se desprendió, transformándose en pequeños aviones de papel que salieron volando por el agujero y se adhirieron silenciosamente a las cámaras como si fueran simples hojas.

—Listo —anunció Tron, cruzando sus brazos metálicos.

—Bien, denme espacio para no hacer ruido —pidió Adía, cerrando los ojos por un momento.

Recitó unas palabras en un idioma antiguo: “TRANSPIRIOM.” En lugar de destruir la pared, esta pareció disolverse como agua, permitiéndoles atravesarla sin resistencia.

—¡Eso fue genial!

—exclamó Leila, maravillada, al cruzar el umbral invisible.

Con rapidez, Leila utilizó su telepatía para noquear a dos guardias cercanos, quienes cayeron dormidos sin emitir sonido alguno.

Adía, por su parte, se acercó a los barrotes de la jaula donde estaban los chicos y les dijo en voz baja: —Muchachos.

María giró la cabeza al escuchar la voz familiar.

Al ver a Adía, sus ojos se iluminaron de alivio.

—¡Adía!

Qué bueno que estás aquí… Pero, ¿quién son ellos?

—preguntó, señalando a los recién llegados.

Antes de que María pudiera continuar, Billy interrumpió emocionado: —¡Es Podbe el can!

—El perro movió la cola con entusiasmo al escuchar su nombre.

—No hay tiempo —urgió Adía, con una seriedad que hizo eco en la sala—.

Debemos salir de aquí.

Les daré los detalles luego.

Pero, ¿qué le pasó a Aiden?

¿Por qué tiene esas cosas puestas?

Elena, con voz triste y cansada, respondió: —Le colocaron esos dispositivos para que no pueda moverse ni usar sus poderes de portales.

Lo han estado utilizando… como una herramienta.

La ira brilló en los ojos de Adía.

Con un gesto rápido, derritió los barrotes de la jaula usando su magia de hielo para no electrocutarse al sentir la electricidad que emanaba de estas.

Drake, el jefe con su brazo guanteado, destrozó los grilletes que aprisionaban al adolescente con un solo golpe.

—Pero qué salvajes —murmuró, sacudiendo la cabeza.

Al liberarlo, el rostro de Aiden emergió, demacrado y exhausto, como si le hubieran arrebatado hasta la última gota de energía.

Podbe se acercó a él y lamió su mano con ternura, intentando levantarle el ánimo.

—Reactivando enlace primario —resonó una voz era Reia dentro de la mente de Aiden.

En el espacio mental compartido, Podbe apareció frente a él, avanzando lentamente hasta convertirse en un niño de su misma edad.

Con una sonrisa cálida, extendió su mano.

—Hola, amigo.

Por fin te encuentro —dijo Podbe, con una voz que transmitía una mezcla de alegría y alivio.

A su lado, Reia lo abrazó con fuerza.

—Mira lo que te hicieron, Aiden.

Esos bárbaros… —Su voz tembló de rabia contenida.

Podbe asintió.

—Te sacaremos de aquí.

Hemos venido a salvarte.

Aiden, con dificultad, respondió: —Qué bueno… Me utilizaron para crear más Metalux, como los llaman.

Juntaron esas rocas y otorgaron poderes a cada uno de los chicos huérfanos que luego les colocaron un control ahora de seguro están destruyendo la ciudad… o el mundo.

—Lo sabemos —respondieron Podbe y Reia al unísono—.

Ya nos hemos enfrentado a algunos y los hemos vencido.

Reia lo miró con dulzura.

—Descansa.

Nadie te hará más daño.

Adía te curará, y estarás como nuevo.

Con esas palabras, Aiden cerró los ojos, cayendo al suelo en un estado de letargo profundo, víctima del agotamiento físico y emocional.

En el mundo real, Adía observó a Aiden con una mezcla de culpa y preocupación.

“Debería haber sido más emocional con él”, pensó para sí misma.

Sacó un termo de su bolso, un objeto metálico desgastado que contenía el brebaje que Eduard solía preparar.

Con cuidado, acercó el recipiente a los labios de Aiden.

El chico bebió un sorbo, pero estaba tan exhausto que el efecto revitalizante tardaría más de lo habitual en hacerse sentir.

La bebida era intensamente amarga, provocando que Aiden tosiera débilmente, aunque sus ojos mostraban un atisbo de gratitud.

—Distribúyelo entre los demás —indicó Adía con calma, pasándole el termo a Leila.

Esta, obedeciendo, ofreció pequeños tragos a cada uno de los chicos.

Algunos arrugaron el rostro al sentir el sabor horrendo de la bebida, pero el efecto fue inmediato: sus cuerpos se enderezaron, sus ojos brillaron con renovada energía y sus semblantes se iluminaron.

—Oigan, Podbe… luces diferente —comentó María, mirando con curiosidad las medias lunas que ahora resplandecían en la frente del can.

Los demás asintieron, notando también ese cambio en su apariencia.

Drake, siempre práctico, cargó a Aiden sobre su espalda, envolviéndolo en un capullo protector que Adía había conjurado con un gesto rápido.

Los chicos se presentaron entre sí, emocionados al saber que Drake era el líder de la agencia de los super agentes.

Sus rostros reflejaban admiración y entusiasmo, aunque algunos aún no entendían del todo qué habilidades habían adquirido.

Elena, por su parte, extendió su mano y dejó que una pequeña llama danzara entre sus dedos.

—Así que eres maga como yo —dijo Adía, con una sonrisa cálida—.

Quizá pueda entrenarte.

Pero primero, debemos salir de aquí.

Por donde entramos.

—Bien —respondieron todos al unísono, dirigiéndose hacia la abertura creada por Adía.

Sin embargo, justo antes de alcanzarla, algo oscuro y amenazador emergió frente a ellos.

Una figura siniestra, envuelta en sombras densas, bloqueó su camino.

Sus largos tentáculos se agitaron en el aire, listos para atacar.

—¡Cuidado!

—gritó Leila, concentrándose en leer los pensamientos de la criatura mientras levantaba muros telequinéticos para proteger al grupo de los tentáculos que se lanzaban hacia ellos.

El golpe resonó como un trueno cuando las barreras mentales interceptaron los ataques.

—Vaya, vaya… —La voz de Geros emergió como un eco grave y burlón, resonando en el espacio con una cualidad casi tangible, como si las sombras mismas hablaran.

Su tono era una mezcla de diversión y amenaza, envolviendo a todos en una sensación de incomodidad—.

Siento el poder de esa cosa que tanto anhelaba… Y aquí está, justo frente a mí.

Deben haberme oído pedirlo en mi lista de deseos porque esto tiene que ser mi día de suerte.

Se detuvo un momento, inclinando ligeramente su cabeza mientras sus ojos vacíos recorrían al grupo con una lentitud escalofriante, como si estuviera saboreando cada segundo de su incertidumbre.

—Pero… ¿de dónde viene?

—preguntó, más para sí mismo que para ellos, aunque su tono sugería que no esperaba una respuesta.

Sus tentáculos se movieron con un sonido viscoso, deslizándose por el aire como serpientes acechantes.

Geros sonrió de manera siniestra, mostrando una hilera de dientes afilados que brillaban bajo la tenue luz del lugar.

—Tan pronto se van, y la fiesta ni siquiera ha comenzado.

¡Qué descortés de su parte!

Pero no importa, porque yo soy su anfitrión.

Yo… soy Geros —declaró con una reverberación que parecía sacudir el mismo aire a su alrededor—.

El ser más poderoso que jamás conocerán.

Su risa maquiavélica llenó el ambiente, profunda y retumbante, como truenos en una tormenta sin fin.

Cada carcajada parecía rasgar la realidad misma, haciendo que los presentes sintieran un escalofrío que les recorría la espalda.

Era evidente que Geros no solo estaba disfrutando del momento, sino que también quería asegurarse de que todos entendieran quién controlaba la situación.

Geros continuó observando con detenimiento hasta que su mirada se posó en Podbe.

Su expresión cambió de diversión a incredulidad mezclada con codicia.

—¿Es en serio?

¿El sistema JORGS en las manos… o, mejor dicho, en las patas de un perro?

Eso es absurdo.

Se lo quitaré, aunque tenga que extraerlo de su frío y muerto cuerpo.

Una risa malévola otra vez llenó el ambiente mientras Geros se preparaba para atacar, bloqueando completamente su salida.

La tensión era palpable, y el grupo se reunió instintivamente, listos para enfrentarse al nuevo adversario que les impedía escapar.

Minutos antes, en otro lugar del complejo, Geros se encontraba solo en una habitación oscura, sus manos temblaban ligeramente mientras examinaba su cuerpo que ya no sufría alteraciones.

—Esta fuerza… es increíble —murmuró para sí mismo, con un tono de asombro mezclado con euforia—.

Ya no siento dolor ni veo cómo mi piel se deshace.

Todo lo contrario: estoy lleno de vitalidad.

En tanto las otras piedras otorgan poderes limitados o habilidades por defecto, esta… esta hace realidad mis deseos —dijo, cerrando el puño con determinación.

Sus ojos brillaron con un destello ambicioso mientras una sonrisa ladina se dibujaba en su rostro—.

Quiero probarlo todo.

Ya sé exactamente con qué hacerlo.

Sin perder un segundo más, Geros salió de la habitación a toda prisa, dejando tras de sí una estela de energía que parecía vibrar en el aire.

Maos, al verlo pasar, preguntó confundido: —¿A dónde va, señor?

—Pero Geros ya había desaparecido, ignorando por completo la pregunta, sumido en sus pensamientos y planes.

En otro sector del complejo, los ayudantes de Maos transportaban contenedores sellados donde se mantenían cautivos los agentes capturados por Aragón.

Sin embargo, algo inusual llamó su atención: una pequeña mosca zumbaba sobre los contenedores, posándose finalmente en uno de ellos.

Uno de los secuaces frunció el ceño, molesto.

Sacó un pañuelo y lo agitó para ahuyentar al insecto.

—Déjala, es solo una estúpida mosca —indicó otro, con desdén, mientras continuaba caminando.

Pero lo que no vieron venir fue que la supuesta mosca comenzó a crecer rápidamente, transformándose en un feroz león gigante cuyos ojos brillaban con un tono dorado intenso.

Con un rugido ensordecedor, el león lanzó una oleada de energía que hizo desmayar a los secuaces al instante, dejándolos tendidos en el suelo.

—¡Esperen, chicos!

Los liberaré —se escuchó una voz familiar resonar en el recinto.

El león observó con orgullo cómo los contenedores comenzaban a abrirse, liberando a los agentes cautivos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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