El sistema del perro agente - Capítulo 115
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115: Solo Fue Un Susto 115: Solo Fue Un Susto Previamente, Eduard y su equipo se encontraban inmersos en una intensa planificación estratégica para enfrentar a Aragón, el ser que dominaba la técnica conocida como “AURA”, una fuerza formidable capaz de alimentarse de todo lo que lo rodeaba y dotar al portador de un poder abrumador.
El ambiente estaba cargado de tensión; cada rostro reflejaba la magnitud de la tarea que tenían por delante.
—La única manera de vencerlo —anunció Eduard con voz firme pero contenida— es mediante algo que no lo vea venir.
Pero debe ser tan creíble que ni siquiera Aragón pueda sospechar nuestras intenciones.
¿Entendido?
Todos listos.
Eduard, líder de la Unidad E, miró a cada uno de sus compañeros con determinación.
Luego, dirigió su atención hacia Benjamín.
—Ben, ven aquí —indicó, apartándolo del grupo.
Con un tono más bajo, pero igualmente resuelto, le explicó el papel crucial que debía desempeñar.
—Debes hacer algo que nuestro enemigo no espere, pero que sea convincente a la vez.
Recuerda tu habilidad “PLURAL-AN”.
El joven tragó saliva, visiblemente nervioso.
—Pero, señor… eso es difícil.
¿Y si no lo logro?
Eduard puso una mano sobre su hombro, transmitiendo calma con su gesto.
—Tranquilo, niño.
Confío en ti.
Benjamín asintió, aunque su corazón latía acelerado.
—Bien.
Por el bien de la misión, lo haré —respondió con determinación, aunque una sombra de ansiedad aún cruzaba su rostro.
Mientras tanto, Riota interceptó a Ben antes de que pudiera regresar al grupo.
—¿Qué te dijo?
—preguntó con curiosidad.
Ben respondió evasivamente: —Solo que tenga cuidado.
Solo eso.
—Sin darle tiempo a insistir, Ben se alejó rápidamente, colocándose detrás de Eduard, quien continuaba delineando el plan.
Riota quedó pensativo, observando cómo el chico se reintegraba al grupo sin revelar más detalles.
Con un suspiro resignado, regresó junto a los demás.
La pelea contra Aragón llegó, y como todos sabemos, resultó ser un desastre.
A través del vínculo psíquico compartido gracias a las chicas del Escuadrón C, los pensamientos de cada miembro resonaban en las mentes de los demás.
En medio del caos, Benjamín, transformado en un murciélago que volaba ágilmente entre los ataques, rogó mentalmente a las dos psíquicas: —Por favor, solo hagan un enlace conmigo.
Les explicaré mi plan.
Haré lo que tenga que hacer, pero… por favor, no se lo digan a nadie.
Si lo hacen, arruinarán todo.
Ambas chicas intercambiaron miradas sorprendidas.
—Vaya, ese niño sí que tiene agallas —pensaron al unísono, aunque con una sonrisa traviesa añadieron—.
Aunque le gusta hablar bajo… Eso hace que queramos agarrar sus cachetes con más ganas por la determinación que tiene ahora en la forma de pedirnos eso.
El momento decisivo llegó, y lo que siguió quedó grabado en la memoria de todos.
Vimos a Benjamín desaparecer frente a nuestros ojos, creyendo que había muerto por el ataque de Aragón.
Las dos chicas psíquicas guardaron cuidadosamente esa conversación en sus mentes, asegurándose de fingir sorpresa y tristeza genuinas por la supuesta pérdida del muchacho.
Lo que nadie sabía era que, en el último segundo, Benjamín había recapacitado y activado su habilidad “PLURAL-AN”.
Transformándose en varias cucarachas, murmuró apenas: —“PLURAL-AN”.
—Luego, combinó formas hasta convertirse en un topo de arena.
“¿Quién iba a imaginar que puedo transformarme en más de un animal a la vez?” pensó para sí mismo, complacido pero exhausto.
“Es mucho más difícil de lo que esperaba… Tengo que dividir mis células, y duele.” Finalmente, adoptó la forma de una lombriz de tierra, quedando lo suficientemente cerca para vigilar a sus compañeros capturados.
Sin embargo, debido al desgaste físico que le causaba su habilidad aún no dominada, decidió transformarse en un capullo de mosca para acompañarlos sin ser detectado.
Así fue todo, o más o menos —explicó Benjamín después, narrando la historia a sus compañeros una vez los liberó.
Para despertarlos, recurrió a la única idea que cruzó su mente: convirtiéndose en un animal tipo anguila eléctrica, descargó pequeñas corrientes que los sacaron del letargo.
—Qué bueno que estés bien —dijo Riota, abrazando a Benjamín con fuerza.
El chico se sonrojó ligeramente, aunque intentó disimularlo con una sonrisa tímida.
—Sí, pero no vuelvas a electrocutarme o hacer esas locuras sin avisarme —respondió Riota, dándole un pequeño coscorrón en la cabeza a su amigo.
Su tono era más burlón que enfadado, aunque había un trasfondo de preocupación en sus palabras.
—Lo sé, pero si te lo decía, no lo habrías permitido.
Sabes que siempre me sobreproteges —replicó Benjamín, cruzándose de brazos con fingida indignación—.
Además, yo también soy un agente, ¿recuerdas?
—Bueno, siempre nos protegemos entre ambos —contestó Riota con una sonrisa cálida—.
Y, por cierto, soy mayor que tú por unos meses, así que técnicamente me debes hacer caso.
Antes de que la discusión pudiera continuar, Eduard intervino con su habitual seriedad.
—Interrumpo —dijo, levantando una mano para detenerlos—.
Fue un buen trabajo, muchacho —añadió, mirando a Benjamín con una expresión de orgullo contenido.
Los demás asintieron en señal de aprobación, y Gat incluso le dedicó un pulgar arriba.
—Vaya, no pensé que este plan nos permitiría infiltrarnos en la base enemiga —comentó Eduard, mientras sacaba un termo de su chaqueta y vertía un poco del brebaje en pequeños recipientes improvisados—.
Nos jugamos el todo por el todo.
Es hora de actuar.
Uno a uno, los miembros del equipo bebieron el líquido amargo, haciendo muecas al sentir su sabor agrio.
Los más jóvenes no pudieron evitar protestar.
—Esto sabe a orina de gato… ¡Qué asco!
—se quejaron, aunque el efecto revitalizante no tardó en recorrer sus cuerpos, devolviéndoles algo de energía incluso a Floud que había usado su mejor habilidad que le hacía gastar mucho “MANA”.
—¡Sí, señor!
—respondieron todos al unísono, recuperando su determinación.
Con renovadas fuerzas, comenzaron a movilizarse por la base enemiga, atentos a cualquier indicio de Aiden y los demás.
Sin embargo, su avance no pasó desapercibido; las cámaras que Ben había ignorado enviaron alertas al sistema central.
—Intrusos detectados en el laboratorio.
Activando protocolos de seguridad.
Cerrando compuertas de protección.
Aislando zona —anunció una voz robótica y fría que resonó por los pasillos.
Floud, al percatarse del error, chasqueó los dedos dos veces, lanzando descargas eléctricas que destrozaron las cámaras restantes.
Pero ya era tarde.
Un ejército de robots emergió de las sombras, rodeándolos con precisión mecánica.
—Creo que tenemos compañía —indicó Eduard, con calma forzada, mientras evaluaba la situación.
—Genial, justo lo que necesitaba, viejo.
¡Un buen calentamiento!
—exclamó Gat, apuntando con sus dedos como pistolas hacia los robots que se acercaban.
Su actitud despreocupada contrastaba con la tensión del momento, pero nadie podía negar que esa confianza impulsaba al grupo.
Mientras el equipo de Eduard se infiltraba en la base enemiga y luchaba contra los robots, Ezequiel y Azulema, junto a su equipo, avanzaban implacablemente por las instalaciones de Radar en los distintos países del continente de África.
—Esto es demasiado fácil —dijo Azulema, con una mezcla de arrogancia y frustración en su voz—.
Sin su líder, estos mocosos son un juego de niños para mí.
Sus movimientos eran rápidos y letales, desatando su ira acumulada tras el enfrentamiento previo con la chica araña y las controladoras de arenas.
De país en país, el equipo iba atrapando a los sujetos controlados que encontraban en su camino, asegurándose de neutralizarlos antes de continuar.
Sin embargo, al llegar al último país donde se ubicaba una de las bases de Radar, Ezequiel frunció el ceño.
—No encuentro a esos dos que veníamos a buscar —murmuró, deteniéndose un momento.
Antes de que pudieran analizar más a fondo, una llamada entrante interrumpió sus pensamientos.
Era Marie, quien los puso al tanto de un cambio crítico en la misión.
—Tienen un límite de tiempo para completar esta tarea —indicó Marie, transmitiendo la urgencia en su tono—.
Las prioridades vienen directamente de alguien mucho más arriba que el mismísimo jefe Drake.
No hay margen para errores.
Azulema, sin perder tiempo, lanzó un ataque certero contra el último enemigo que intentó acercársele.
Con un movimiento fluido, lo dejó inconsciente y se giró hacia el equipo.
—Bien, cadetes, encárguense de mantenerlos bajo custodia.
Usen esto —dijo, mostrando un frasco con un aroma penetrante pero sutil—.
Es un compuesto aletargador creado por Adrián.
Mantendrá a los sujetos controlados fuera de combate.
En ese mismo instante, el equipo asignado a Asia de Ray y las chicas número uno de sus respectivas unidades A y C, posicionado en la última base ubicada en Japón, también recibió el mensaje de Marie.
Ambos equipos aceleraron su ritmo, conscientes de que debían reunirse en el punto estratégico indicado por Drake para coordinar el siguiente paso.
Marie apenas había terminado de cortar la comunicación con los otros equipos cuando su teléfono volvió a sonar.
Al ver el identificador, reconoció de inmediato la voz al otro lado de la línea: Adrián.
—Bien, señorita Marie —dijo Adrián, con su habitual tono profesional pero apresurado—.
Ya tengo la solución.
Pronto enviaré una dosis a cada equipo para neutralizar las toxinas de la sustancia que controla a los sujetos.
Mientras hablaba, se escuchaba un leve zumbido de máquinas de fondo, como si estuviera en medio de un laboratorio lleno de actividad.
Marie podía imaginarlo moviéndose entre tubos de ensayo y pantallas holográficas, trabajando incansablemente.
—Le voy a enviar una lista detallada de los protocolos que deben seguir.
Indíquele al jefe de la Unidad O que siga los parámetros descritos en el documento con precisión absoluta.
No podemos permitirnos errores —continuó Adrián, con una seriedad que no dejaba lugar a réplicas.
Hubo una breve pausa antes de que añadiera: —Sigo trabajando.
Nos vemos, Adrián fuera.
La llamada se cortó tan abruptamente como había comenzado, dejando a Marie con un ligero pitido en el oído.
Observó el teléfono por un momento, pensativa.
La eficiencia de Adrián era impresionante, pero también le recordaba la presión implacable de la misión.
Cada segundo contaba, y cada decisión podía cambiar el rumbo de lo que estaba por venir.
Y colgó.
Marie dejó escapar un suspiro ligero, con una mezcla de admiración y resignación.
—Científicos… Siempre tan ocupados —murmuró para sí misma, con una sonrisa fugaz antes de dejar el teléfono a un lado.
Sin embargo, apenas unos segundos después, el dispositivo vibró nuevamente en su mano.
Marie lo miró con una ceja levantada, pensando que probablemente Adrián había olvidado mencionar algo importante.
—Nuevamente… Señor Adrián, seguro se olvidó de decirme algo —dijo al contestar, aunque su tono era más de broma que de reproche.
Pero la voz que respondió no era la familiar de Adrián.
Era profunda, fría y cargada de una seriedad inconfundible.
—Adrián no soy, señorita Marie —respondió la voz misteriosa, con un deje de impaciencia—.
Recibí su mensaje.
Voy para allá, a Europa.
Entiendo cuál es la misión.
Antes de que Marie pudiera formular alguna pregunta, la llamada se cortó abruptamente.
Se quedó inmóvil por un momento, con el teléfono aún en la mano, procesando lo que acababa de escuchar.
“¿Quién diablos era ese?” pensó, sintiendo cómo un escalofrío sutil recorría su espalda.
Algo en esa voz le hizo entender que las cosas estaban a punto de complicarse mucho más de lo que había anticipado o eso pensó.
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