El sistema del perro agente - Capítulo 117
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117: ¿Un Nuevo Grupo?
117: ¿Un Nuevo Grupo?
—Hola, Michele.
Vaya, pensé que no llegarías —indicó Melisa al ver a la muchacha acercarse con paso apresurado.
—Sí, bueno…
Tuve que escabullirme del servicio secreto de Austria —respondió Michele con un suspiro cansado.
—¿Y eso por qué?
—preguntó Melisa, inclinando la cabeza con curiosidad.
—Es una larga historia, señorita periodista.
Una muy larga —comenzó Michele, pero antes de que pudiera continuar, una voz interrumpió: —Además, traumática para algunos.
Pero tiene que ver con todo lo que ha ocurrido, o eso me comentó Michele —dijo un chico mientras entraba en la sala.
Era Choy, el amigo y copiloto de la última misión de Michele.
—Algo que tiene que ver con lo que estoy tratando de investigar, ¿no?
—dedujo Melisa rápidamente, cogiendo al muchacho de los hombros con firmeza.
Clavó en él una mirada seria y penetrante, como si quisiera arrancarle la información con solo su intensidad—.
Ah, sí, pero antes…
¿quién eres tú?
El chico quedó momentáneamente desorientado, como si el repentino agarre de Melisa lo hubiera dejado mareado.
Parpadeó un par de veces antes de responder: —Ah, sí…
Soy Choy, Choy Jox, el copiloto y amigo de Michele.
Michele intervino para romper la tensión: —Es mi copiloto, como ya dijo él.
Todos se presentaron brevemente y saludaron.
Una vez pasado el formalismo, Melisa volvió al tema principal: —Bien, ahora cuéntame, ¿qué fue exactamente lo que ocurrió?
Choy dudó un momento, mirando a Michele como si buscara permiso para hablar.
—Bueno, yo no sé si debería contarlo.
No sé si sea la persona indicada…
—Bien, yo contaré —interrumpió Michele, tomando la palabra con decisión.
Comenzó a relatar la historia: —Tengo un tío que es jefe de la policía en un pueblo pequeño de Austria.
Hace poco, el lugar donde trabajaba sufrió un ataque devastador.
Destruyeron la estación de policías, mataron a muchas personas e incluso secuestraron huérfanos.
Todo parece apuntar a dos sujetos extremadamente peligrosos que son parte de una organización peligrosa.
Melisa frunció el ceño, procesando la información.
Sacó una foto que tenía en la mano y la mostró: —Este de la foto que me pasaste…
Es tu tío, ¿verdad?
—Sí, así es —confirmó Michele con un asentimiento.
—Debo hacer algo por él —afirmó Melisa con determinación—.
Según lo que nos has dicho, quedó completamente destrozado.
Sin habla, sin ganas de vivir…
—Exacto —intervino Choy—.
Si no fuera por “la voz dentro del tornado”, como él la llamó, probablemente también habría muerto.
Así nos lo comentó su compañero Tecro.
Ian, el chofer personal de Melisa, levantó una ceja con una sonrisa irónica: —Un tornado hablante…
¿Me puedes invitar de lo que consumes, amigo?
—No le hagas caso —interrumpió Melisa rápidamente, fulminando a Ian con la mirada—.
A veces dice tonterías.
Continúa, por favor.
Michele prosiguió: —La agencia secreta que nos acompañó de regreso nos comentó que hay niños con superpoderes involucrados, pero que actúan como si estuvieran poseídos o algo así.
Son extremadamente peligrosos.
Melisa cruzó los brazos, pensativa.
—Quiero que continúes con el relato.
No dejes ninguna pista al aire.
Cuéntanos todo lo que recuerdes.
Y si tienes más evidencia, como la foto que ya compartiste, sería genial.
En ese preciso momento, la puerta del salón se abrió de golpe.
Una voz calmada pero autoritaria resonó en el ambiente: —Tranquila, la noticia no se va a ir de esta sala —interrumpió el profesor, quien entró cargando una bandeja con bocaditos.
Lo acompañaba su ayudante Philip, quien cerró la puerta tras ellos.
Los presentes comenzaron a degustar las delicias que el profesor había traído.
Choy y Michele, en particular, devoraban los bocadillos con entusiasmo; habían pasado por tantas cosas que ni siquiera habían tenido tiempo de pensar en comer.
—Melisa, no deberías seguir a esa gente de Radar —advirtió Michele con seriedad—.
Son extremadamente peligrosos.
Acabaron con policías entrenados y casi matan a mi tío.
Debes desistir.
—Sí, señorita —intervino Choy, asintiendo con vehemencia—.
Nosotros tuvimos muchísimo trabajo para escapar de sus agentes.
Nos vigilaban como halcones.
Además, dejamos al pobre jefe de policía de Arnoldstein en manos de su socio y compañero de cuarto, Tecro.
Aunque él también estaba destrozado…
Se notaba que trataba de mantener la compostura, pero en su interior sentía el mismo dolor que mi tío.
Esos de Radar lo sabían estaban detrás de todo esto decía Melisa Michele tomó aire antes de continuar: —Ese chico, Tecro, fue quien nos ayudó a escapar.
Dijo que el mundo debía saber lo que estaba ocurriendo, pero que, si la situación se complicaba, sería mejor alejarse del peligro.
Después de escuchar el relato y las advertencias, Melisa sintió cómo una determinación aún más fuerte ardía dentro de ella.
Bajó la cabeza por un breve instante, procesando todo lo que había oído, y cuando volvió a levantarla, sus ojos brillaban con una intensidad inquebrantable.
—¡Oh, no!
Ahí vamos de nuevo… —murmuró Creg con resignación, cruzándose de brazos.
—No, no puedo darme por vencida.
La noticia es mi pasión —declaró Melisa con firmeza, mirando directamente a Michele—.
Y tú, ¿acaso no quieres saber de primera mano qué le pasó a tu tío?
¿No quieres vengarte por lo que le hicieron?
Vamos, es tu tío… Debes quererlo un montón como para estar aquí ahora.
Si no fuera así, no habrías aceptado mi invitación.
Michele frunció el ceño, pensativa, mientras Melisa continuaba su discurso apasionado: —Vamos, miren a su alrededor.
¿Quién no quiere saber qué les hicieron a esos niños huérfanos y por qué ahora tienen poderes?
—La reportera clavó su mirada en el profesor Kile, cuya expresión seria cambió sutilmente a una de genuina curiosidad científica.
Su ayudante también parecía intrigado, aunque pensaba que esto probablemente no subiría su calificación académica.
Aun así, el discurso ferviente de Melisa despertó su interés.
—Está bien, me has convencido, ex alumna —dijo el profesor Kile finalmente, asintiendo con una sonrisa ligera.
—Bueno, qué se le va a hacer… Esto es un suicidio.
¿No escuchaste, mujer?
—intervino Ian con sarcasmo, pero luego añadió con una risa despreocupada—: Yo también voy.
Ni modo.
Contigo, las cosas siempre se ponen alocadas sin necesidad de fumar nada.
—Yo también quiero saber qué está pasando —indicó Choy con decisión—.
El discurso de la reportera me dio ánimos.
No te gustaría llegar al fondo de todo esto, ¿verdad?
Además, necesitamos una piloto.
Choy miró a Michele con ojos de cachorro triste, pero esta lo fulminó con la mirada.
—Pero tú mismo dijiste que era terrible y peligroso, Choy.
¿Qué pasó con eso?
—Sí, lo dije, pero… ¡el discurso de la reportera me inspiró!
—respondió él con una sonrisa nerviosa—.
Además, imagínate descubrir toda la verdad… Sería increíble.
—Si de pilotos se trata, yo también puedo pilotar —intervino Ian con arrogancia.
—Tú solo sabes manejar autos, y ni siquiera bien.
Recuerdo que chocaste uno hace poco por andar alocado —replicó Melisa con una sonrisa irónica.
—¡Eso dolió, jefa!
¿Es que no confías en mí?
—preguntó Ian, fingiendo estar ofendido.
—Confío en ti para otras cosas, pero desde el instante en que conocimos a Michele, supe que estaríamos en buenas manos en el aire —respondió Melisa, mirando a Michele con admiración.
—Sí, yo también pienso lo mismo —agregó el profesor Kile, ajustándose las gafas mientras observaba al grupo reunido.
—Ya, está bien.
Así que soy la mejor piloto, ¡eh!
Bien, yo los llevaré a todos locos, pero luego no se quejen si morimos por culpa de esa gente de Radar.
Son muy fuertes —indicó Michele con una mirada renovada, llena de determinación.
Sin embargo, añadió con seriedad—: Eso sí, si hay peligro, nos alejamos.
Hay que tener precaución.
—Bien, como quieras —respondió Melisa con calma, aunque su tono dejaba entrever cierta picardía.
—Júralo —insistió Michele, cruzándose de brazos mientras clavaba sus ojos en Melisa.
—Bien, bien… Lo juro.
Si algo es muy peligroso, abortaremos la misión de inmediato.
Es un trato —dijo Melisa, extendiendo su mano hacia el centro.
Michele colocó la suya encima, y poco después los demás también unieron las manos, sellando el pacto.
—Bien, a todo esto, tendremos que tener un nombre para este equipo —intervino Philip, el ayudante del profesor, quien casi nunca hablaba.
Su voz calmada pero firme sorprendió a todos.
—El que pensé que no hablaba tiene razón —comentó Choy con una sonrisa, rompiendo el silencio momentáneo—.
¿Qué les parece “THE FINDERS”?
—Yo también pensé que era mudo —bromeó Creg, ganándose una risa general.
—“THE FINDERS” suena raro, pero me gusta —admitió Michele, aunque pensó para sí misma que ponerse un nombre era algo ridículo.
—Me gusta.
Y, además, si vamos a hacer esto, debemos trabajar fuera del radar hasta que encontremos la noticia completa y pueda publicarla sin que desaparezca como la última vez con esos agentes —agregó Melisa, dando un golpe en la mesa con entusiasmo.
—Bueno, “THE FINDERS” será —concluyó el profesor Kile, asintiendo con una leve sonrisa.
Mientras caminaban hacia el hangar para tomar una nave privada del profesor, Ian tomó un aerosol del suelo y comenzó a pintar el nombre “THE FINDERS” en el costado de la nave.
—Pero, ¡cómo haces eso, idiota!
¡Esa nave no te pertenece!
—exclamó Melisa, fulminándolo con la mirada.
—Ahora le deberás al profesor —añadió ella, señalando a Kile, quien llegaba junto con Philip, cargando varias bolsas en un carrito.
—Lo siento, profesor —se disculpó Melisa por lo que hizo Ian rápidamente, rascándose la nuca con nerviosismo.
Lejos de molestarse, el profesor Kile sonrió con amabilidad.
—No hay problema.
Me gusta la idea.
Le da carácter a la nave.
—Bien, no tenemos tiempo que perder.
Si queremos buscar la noticia, ¿por dónde empezamos?
—preguntó Michele, mirando a los demás con expectativa.
—Pues yo menos sé —respondió Choy con franqueza, levantando las manos en señal de rendición.
Melisa los miró y soltó una pequeña carcajada antes de hablar: —Yo sí tengo una corazonada.
En ese momento, las noticias en un monitor cercano captaron la atención de todos.
Varias figuras adolescentes y niños enmascarados y con trajes oscuros, aparentemente dotados de poderes extraordinarios, aparecieron tomando el control de varios países en Europa.
En medio de la transmisión, vieron a Eliot riendo con desdén antes de que la señal se cortara abruptamente.
Todos voltearon hacia Melisa, quien sonrió con seguridad.
—Tranquilos, mi corazonada era cierta.
Además, esa última imagen lo corrobora.
Vamos a Rusia.
—Allá será —confirmó Michele mientras todos subían a la nave y se preparaban para viajar.
Nadie notó que, desde la distancia, alguien los observaba con detenimiento, escondido entre las sombras.
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