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El sistema del perro agente - Capítulo 118

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118: ¿Primera y Ultima?

118: ¿Primera y Ultima?

La nave surcaba el cielo nocturno como un cuchillo plateado deslizándose a través de un manto de terciopelo oscuro.

Abajo, Francia quedaba atrás: la prestigiosa universidad donde el profesor había impartido clases durante años y, cerca de ella, su acogedora casa, una estructura modesta pero llena de recuerdos, ahora apenas visible bajo la luz tenue de las estrellas.

Su destino: Rusia, un lugar envuelto en misterio para algunos de los pasajeros.

Michele no podía contener su emoción.

La nave del profesor era impresionante, un modelo personalizado que parecía inspirado en las avanzadas aeronaves de la compañía de sus padres, pero con un toque único que lo hacía aún más fascinante.

Para ella, era como si acabara de recibir el juguete más codiciado, y no paraba de admirarlo.

Sus ojos brillaban con curiosidad infantil mientras recorría cada detalle con la mirada: desde los paneles táctiles hasta los asientos de cuero que parecían abrazar cómodamente a sus ocupantes.

“Choy,” llamó al profesor a través del auricular, su voz vibrando con entusiasmo apenas contenido.

“¿Cómo logró conseguir algo así?

Es increíble.” El tono de Michele era una mezcla perfecta de admiración y asombro, como si estuviera hablando de algo casi mágico.

Desde su asiento en la zona de pasajeros, el profesor sonrió con modestia, aunque sus ojos reflejaban un brillo de orgullo.

Sabía que su nave era única, una obra maestra tecnológica que combinaba funcionalidad y lujo de formas que pocos podían imaginar.

“Tengo mis contactos,” respondió finalmente, su voz calmada pero cargada de un toque de misterio.

“Un ingeniero brillante en la fábrica de aviones diseñó esto exactamente como se lo pedí.

Supongo que también ayuda tener ciertos recursos disponibles.” Michele asintió, aunque sabía que el profesor estaba siendo deliberadamente vago.

No era la primera vez que él evitaba dar detalles sobre su pasado o sus conexiones.

Pero eso no importaba en ese momento.

Lo que realmente le interesaba era la nave misma, un testimonio vivo de innovación y estilo.

“Es como un sueño hecho realidad,” murmuró para sí misma, dejando que sus dedos rozaran suavemente el panel de control frente a ella.

El tacto frío y pulido del metal bajo sus yemas enviaba pequeñas descargas de emoción a través de su cuerpo.

“Si tan solo pudiera convencer a mis padres de que me compren algo así… Bueno, tal vez algún día.” Su voz se apagó al final, como si fuera consciente de que esa posibilidad estaba fuera de su alcance por ahora.

Pero Michele no era alguien que se detuviera fácilmente ante los obstáculos.

En su mente, ya estaba trazando planes, buscando formas de hacer realidad su propio sueño.

Desde el exterior, la nave parecía un ave fénix resucitada de las llamas.

Sus colores rojo y anaranjado, salpicados con destellos amarillos, reflejaban la luz de las estrellas como un mosaico celestial.

Dentro, el lujo era abrumador.

Asientos de cuero suave y ergonómico se distribuían en cuatro hileras, cada uno separado para ofrecer privacidad absoluta.

En un rincón, un bar elegantemente decorado ofrecía licores de primera calidad.

Más allá, un comedor completo y una habitación privada con baño de mármol blanco invitaban a pensar que esta nave era más una mansión voladora que un simple medio de transporte.

“Cielos, profesor,” exclamó Michele, maravillada nuevamente, “debería presentarme a ese ingeniero.

Yo también quiero una de estas.” Una pausa melancólica siguió.

“Lástima que mis padres solo me dan lo justo.

Después de todo lo que he hecho por ellos…” Sacudió la cabeza, desechando el pensamiento.

“Pero bueno, en fin.

Volvamos al camino,” añadió, dirigiéndose a Choy, quien le lanzó una mirada insistente.

“Mantén los ojos en el camino,” le recordó Choy, aunque su tono era más burlón que reprobatorio.

“Es evidente que el profesor tiene mucho dinero,” murmuró el muchacho que era su copiloto, apenas audible.

“Así es,” confirmó Michele sin girarse.

“Es Sir Kile, además de heredero de una fortuna familiar considerable.” “Ya lo sé.

Concéntrate, tú me comentaste,” le respondió Choy, señalando los monitores frente a ellas.

“No hay problema,” replicó Michele con confianza.

“Todo está tranquilo.

Solo aire limpio y un poco de turbulencia, nada que no pueda manejar.” Giró su rostro hacia los monitores, observando cómo las imágenes del radar mostraban nubes dispersas bajo ellos.

En la parte trasera de la nave, Melisa conversaba animadamente con Creg sobre los planes que tenían para cuando llegaran a Moscú.

No muy lejos, Ian y Philip discutían algún tema técnico, riendo ocasionalmente.

Parecía que el viaje les había dado tiempo suficiente para entablar una amistad.

“¿Esta cosa no puede ir más rápido?” preguntó Melisa, impaciente, inclinándose hacia adelante para hablar con el profesor.

Kile sonrió.

“De hecho, sí puede.” Presionó un botón en su consola para comunicarse con la cabina.

“Michele, presiona el botón dorado.” “¿Qué hace el botón dorado?” preguntó Choy, intrigado.

“Eso,” respondió el profesor con un brillo travieso en los ojos, “es un propulsor mejorado.

Nos llevará a nuestro destino en menos de una hora.

Pero, ¿crees que podrás manejar toda esa potencia?” Choy soltó una risita nerviosa.

“¿Por qué le dijiste eso?

Ahora querrá probarlo.” Miró a Michele, cuyos dedos ya flotaban sobre el botón dorado, ansiosos.

“Claro que puedo,” respondió Michele con una sonrisa desafiante.

“Todos, sujetémonos.” Al presionar el botón, las alas de la nave se plegaron con un zumbido mecánico, revelando propulsores ocultos.

Los faros en forma de ojos en la cabina frontal se iluminaron con una intensidad cegadora.

Una voz automatizada resonó por los altavoces: “Por favor, indique el destino.” Melisa se inclinó hacia adelante.

“Moscú.” “Entendido.

Por favor, asegúrense de estar sujetos,” respondió la voz, seguida de un conteo descendente en la pantalla principal: 3… 2… 1… Con un rugido ensordecedor, la nave aceleró como si fuera arrastrada por un huracán.

Las nubes pasaban a tal velocidad que parecían una cinta interminable en una caminadora.

Dentro de la cabina, todos se vieron sacudidos por la fuerza del movimiento.

Algunos reían, otros gritaban, y hasta los objetos más pequeños vibraban con energía contenida.

Michele, aferrada a los controles, sonreía con una mezcla de adrenalina y orgullo.

Había algo mágico en sentirse tan cerca de la tecnología pura, como si el mundo entero se redujera a la velocidad y la promesa de lo desconocido.

Cuando la nave finalmente redujo su velocidad y anunció con una voz mecánica: “Ha llegado a su destino.

Preparándose para descender”, todos suspiraron aliviados.

Sin embargo, no todos reaccionaron igual.

Creg se levantó tambaleante de su asiento, con el rostro pálido y una mano presionando su estómago.

“Necesito un baño,” murmuró antes de desaparecer hacia el fondo de la nave.

Parecía que toda esa sacudida lo había dejado mareado y de mal humor.

“¿Qué jalón fue ese?” comentó Ian, riendo entre dientes mientras miraba a Philip, el ayudante del doctor.

“Ni fumando pasa algo así,” añadió con humor, tratando de aligerar el ambiente.

Melisa, aunque ligeramente mareada, logró mantenerse firme.

El profesor Kile, por su parte, parecía inquieto, como si ya intuyera que algo no iba bien.

Choy también estaba afectada; tenía náuseas, pero apretó los labios y se contuvo, decidida a no mostrar debilidad.

La nave tocó tierra con un leve temblor.

En cuanto las puertas se abrieron, Choy salió corriendo, sus botas golpeando el suelo con gratitud.

“Gracias al cielo que estamos en tierra firme,” exclamó, respirando profundamente el aire frío de la noche.

Pero cuando levantó la mirada, su alivio se transformó en horror.

Todo el lugar estaba envuelto en llamas.

Estructuras colapsadas, restos humeantes y destrozos por doquier pintaban un panorama desolador.

El joven retrocedió instintivamente, chocando con Ian y Philip, quienes ya habían bajado detrás de él.

“Pero, ¿qué pasó aquí?” preguntó el profesor, su voz cargada de incredulidad y temor.

“Se suponía que este era el aeropuerto de Moscú…

o bueno, lo que queda de él,” murmuró Kile, observando el caos con una mezcla de asombro y preocupación.

“Entonces sí llegamos al lugar correcto,” dijo Melisa con determinación, ajustándose la mochila en su hombro.

“Es hora de comenzar a buscar respuestas.” A su lado, Creg intentaba recuperarse del mareo, aunque aún lucía pálido.

Mientras tanto, Michele maniobraba la nave hacia los restos de un hangar cercano, ocultándola entre los escombros.

Philip, eficiente como siempre, comenzó a descargar provisiones necesarias para el grupo.

Todos salieron al exterior, caminando con cautela por el terreno devastado.

Buscaban señales de vida, algo que les explicara qué había ocurrido allí.

Pero no había nadie.

El silencio era opresivo, solo interrumpido por el crepitar de las llamas y el crujido de los escombros bajo sus pies.

Fue entonces cuando Ian encontró una camioneta abandonada.

Aunque estaba algo maltrecha, parecía funcional.

Con dificultad, todos lograron entrar, apiñados, pero a salvo.

Mientras avanzaban, el paisaje no hacía más que empeorar.

Casas y edificios estaban destruidos o ardiendo en llamas, como si una tormenta infernal hubiera barrido el lugar.

“¿Quién pudo haber hecho esto?” preguntó Kile nuevamente, su tono lleno de frustración.

“Fueron ellos,” afirmó Melisa con convicción.

“Esos bastardos de Radar.

Son los responsables de ataques como este, al menos eso es lo que he visto en las redes sociales.

Estoy segura de que fueron ellos.” Continuaron avanzando, pero pronto divisaron varias siluetas oscuras acercándose a lo lejos.

Vestían trajes negros y máscaras que cubrían sus rostros, moviéndose con una precisión escalofriante.

“¡Oh, no!

¡Son ellos!” exclamó Michele desde el asiento del copiloto, su voz temblorosa.

“Son los mismos que atacaron a mi tío, según la información que nos compartió Tecro.

¡Retrocede, Ian!” Ian comenzó a retroceder lentamente, pero uno de los sujetos se acercó con rapidez y extendió una mano hacia él.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, Ian cayó dormido sobre el volante.

“¡No podemos quedarnos aquí!” gritó Michele, tratando desesperadamente de mover a Ian del asiento del conductor mientras accionaba el freno de mano para evitar que el vehículo siguiera retrocediendo.

“¡Vamos, chicos, ayúdenme a moverlo!

Yo manejaré,” ordenó con urgencia, desabrochando el cinturón de seguridad de Ian.

“¡Eh, Michele!” intervino Choy, su voz temblorosa por el miedo.

“Es mejor que bajemos rápido.

No tenemos tiempo para esto.” “¿Por qué?

¡Yo puedo sacarnos de aquí!” replicó Michele, pero antes de que pudiera actuar, un sonido ensordecedor resonó en el aire.

Alguien con una enorme barra de metal, tan gruesa como un poste, la lanzó directamente sobre el vehículo.

La barra impactó con fuerza devastadora, aplastando el auto como si fuera de papel.

“Menos mal que pude sacarte a tiempo,” susurró Choy, agarrando a Michele de la mano y tirando de ella hacia atrás.

Creg, con una fuerza sorprendente, cargó a un inconsciente Ian en sus brazos mientras el resto del grupo corría hacia la seguridad del profesor, quien ya había abierto la puerta de su lado y gritaba: “¡Todos, salgan ahora!” Tras escapar del auto destrozado, el grupo se encontró rodeado por un mar de figuras inquietantes: jóvenes y niños con máscaras que ocultaban sus rostros y emanaban una energía sobrecogedora.

La escena era caótica y tensa.

En un lado del campo de batalla estaban Melisa, Creg, Ian y Philip, mientras que en el otro lado Michele, Choy y el profesor Kile intentaban mantenerse firmes.

El aire vibraba con una mezcla de miedo y determinación.

La barra de metal que había aplastado el vehículo comenzó a desvanecerse lentamente, fundiéndose como si fuera líquido bajo la manipulación de uno de los jóvenes enmascarados.

Con un movimiento fluido, el chico hizo que el metal regresara a su mano, convirtiéndolo en una especie de guantelete brillante.

“No decían mentiras cuando indicaron que había chicos con poderes,” murmuró Melisa, su voz cargada de asombro y preocupación.

Los miembros del grupo se reunieron instintivamente, formando un círculo defensivo mientras observaban cómo los diez sujetos frente a ellos comenzaban a manifestar habilidades únicas.

Uno de ellos generó una llama azul en su palma; otro, con un simple gesto, levitó varios escombros del suelo como si fueran armas flotantes.

Un tercero extendió sus manos y liberó ondas sonoras que resonaron como un eco ensordecedor.

Era evidente que cada uno poseía un poder distinto y letal.

“Esto no puede ser real,” pensó Melisa, su mente procesando rápidamente la situación.

Los sujetos controlados ya se acercaban, moviéndose con una precisión casi mecánica.

Su grupo estaba atrapado, sin salida aparente.

“Este es el final,” pensó Choy, tomando las manos de Michele y el profesor Kile con fuerza.

Sus dedos temblaban, pero su agarre era firme.

“Tan rápido…

ni siquiera tuvimos tiempo para una misión,” murmuró, su voz apenas audible sobre el rugido de las llamas y el crujido de los escombros.

El grupo compartió una mirada cargada de resignación y determinación.

Sabían que esta podría ser su última pelea, el último capítulo de “THE FINDERS”.

Pero incluso en ese momento de desesperanza, algo en sus corazones se negaba a rendirse.

No iban a caer sin luchar.

Michele cerró los ojos por un breve instante, respirando profundamente.

Cuando los abrió, su mirada estaba llena de resolución.

“Si vamos a caer, lo haremos juntos,” dijo con voz firme, rompiendo el silencio tenso.

“No les daremos la satisfacción de vernos derrotados.” El profesor Kile asintió, ajustando su postura como si estuviera listo para enfrentar al destino mismo.

“Recordemos quiénes somos,” añadió, su tono calmado pero lleno de autoridad.

“Somos ‘THE FINDERS’.

Y aunque el mundo nos haya fallado, nosotros no fallaremos en nuestra misión.” Los sujetos enmascarados estaban ahora a pocos metros de distancia, sus movimientos calculados y amenazantes.

Las llamas que bailaban a su alrededor proyectaban sombras largas y distorsionadas sobre el suelo agrietado.

El aire estaba cargado de electricidad estática, como si la tormenta que se avecinaba no fuera solo física, sino también emocional.

“¡Ahora!” gritó Melisa, rompiendo la tensión.

Todos se lanzaron hacia adelante, decididos a enfrentar lo que sea que viniera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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