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El sistema del perro agente - Capítulo 119

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119: ¿Y Estos Quiénes Son?

119: ¿Y Estos Quiénes Son?

Todos decidieron tomarse de las manos, formando un círculo unido frente a la amenaza que los rodeaba.

“Somos ‘THE FINDERS’,” declaró Melisa con voz firme, enfrentando su destino sin vacilación.

“Si vamos a morir, lo haremos juntos como equipo.” Su tono era resuelto, pero en sus ojos había un destello de tristeza.

Cerró los párpados por un momento, pensando en todo lo que había vivido hasta ese instante.

“Bueno, esto es lo que una reportera hace,” murmuró para sí misma, aceptando el desenlace que parecía inevitable.

“No me arrepiento de nada.” Melisa sonrió a sus compañeros—Creg, Philip, Ian, Michele, Choy, aunque recién hacía de conocerlo y el profesor Kile—con una calma que inspiró incluso a los más asustados.

Era una sonrisa que decía: “No tengáis miedo.” Con esa actitud, logró que los demás levantaran la cabeza, enfrentando el amargo final con dignidad.

“¿Qué pasó?” preguntó Choy, confundida.

Abrió los ojos y miró a su alrededor.

“¿Estamos muertos?

¿O qué?

Porque no escucho ningún ataque…

¿Y qué es esta cosa amarilla delante de nosotros?” Los demás abrieron los ojos también y se dieron cuenta de que estaban envueltos en una masa gelatinosa translúcida, con forma de un gigantesco osito de goma de color amarillo brillante.

Dentro de esa sustancia viscosa, los ataques enemigos parecían moverse en cámara lenta: varas de acero flotaban suspendidas en el aire, rayos eléctricos zigzagueaban lentamente y todo estaba envuelto en una atmósfera irreal.

Una voz femenina resonó a través de la gelatina, usando la masa como un altavoz natural.

“¿Se encuentran bien?” La silueta de una joven apareció frente a ellos.

Colocó sus manos sobre la superficie de la gelatina y acercó su boca, amplificando su pregunta.

Los miembros del grupo intentaron responder, pero sus palabras quedaron atrapadas dentro de la masa viscosa.

“¡Ups!” exclamó la joven, riendo suavemente.

“Me olvidé de eso.” Con un movimiento rápido, retiró la masa gelatinosa, llevándose consigo los ataques que aún estaban suspendidos.

La figura que quedó frente a ellos era impresionante.

Una chica de cabello largo y azul oscuro, recogido en dos grandes moños, con una piel obsidiana muy clara y unos enormes ojos naranjas que brillaban como llamas.

Vestía una blusa blanca con franjas azules, una falda azul corta, medias negras largas y unas botas elegantes del mismo color.

Un antifaz de osito que cubría parte de su rostro, dándole un aire misterioso.

“Hola,” dijo con una sonrisa amigable.

“No deberían andar por aquí; es peligroso.

Mi nombre es Agente E-4.” “¿Eso es un nombre?” replicó Michele, frunciendo el ceño.

“Es solo una letra y un número.” “Sí, bueno, no puedo decirles mi verdadero nombre,” respondió ella encogiéndose de hombros.

“Pero lo que sí puedo hacer es ponerlos a salvo.

He venido a ayudar.” “Otra agente,” murmuró Melisa, observando a la recién llegada con desconfianza.

“Seguro pertenece al grupo de esa Marie,” pensó para sí misma.

Sin embargo, sabía que no tenían otra opción.

“Por ahora será mejor que nos resguardemos,” indicó a su grupo, que momentos antes estaba preparado para enfrentar su fin.

“Bien pensado,” comentó una voz masculina profunda.

Todos se giraron hacia el origen del sonido y vieron a un hombre musculoso y alto, de piel trigueña y cabello plateado en forma de mohicano.

Sus ojos verdes relucían con intensidad bajo la luz de las llamas.

Estaba vestido como un luchador de boxeo: sin camisa, exhibiendo su cuerpo perfectamente definido, con vendas en las manos y los pies, y un short ajustado que dejaba poco a la imaginación.

“Agente B-3,” se presentó brevemente, adoptando una postura defensiva justo cuando una barra de metal voló hacia él a toda velocidad.

Impactó directamente contra su estómago, pero el hombre ni siquiera se inmutó.

La barra rebotó inofensivamente en su abdomen endurecido.

“¡Guau!

¡Qué resistente!” exclamó Choy, asombrada al ver que el ataque no le había causado el menor daño.

“Presumido,” murmuró una tercera voz femenina.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, una chica joven apareció frente al grupo, moviéndose con la gracia de una gimnasta profesional.

Sin esfuerzo aparente, lanzó una patada precisa que partió la barra de metal en dos.

La fuerza del impacto no solo destruyó el proyectil, sino que también fracturó el suelo donde estaban parados los enemigos que lo habían lanzado.

La chica tenía un físico aparentemente delicado, pero su fuerza era evidente.

Llevaba un traje ajustado de color turquesa, mitones en las manos y zapatillas de ballet en los pies.

Su cabello violeta corto enmarcaba un rostro angelical, y sus ojos azules cristalinos brillaban con coquetería, capturando la atención de los hombres presentes.

Creg, Choy e incluso un adormilado Ian—que acababa de incorporarse y murmuraba algo sobre “dónde estabas toda mi vida”—no podían apartar la mirada.

Incluso el profesor Kile parecía impresionado.

“¡Oigan!

Solo debíamos inmovilizarlos, según lo que dijo el viejo científico,” indicó una voz metálica que provenía de un pequeño robot del tamaño de un niño.

Llevaba un casco verde oscuro con un visor brillante que reflejaba luces intermitentes.

Sus guantes y botas, al igual que su pechera verde con una “V” amarilla en el centro, completaban su diseño futurista.

Era el Agente D-4.

“¿Quién es ese pequeñín?

Parece uno de esos robots de esa película que veía cuando era niño,” comentó Creg, inclinándose hacia adelante para observar al peculiar androide con curiosidad.

“¡Aj!

Habló el cerebrito,” replicó la agente B-2, llevándose una mano a la frente con gesto exasperado.

“Tiene razón,” añadió el musculoso agente B-3, cruzando sus brazos imponentes.

“Y tú, deja de ser indecente.

Ponte algo de ropa.” Indico la muchacha.

“Vaya, me tocó con los tontos,” murmuró el niño en el traje robótico, sacudiendo la cabeza como si estuviera resignado.

“¡Oigan, no se peleen!” intentó calmar E-4, levantando las manos en señal de paz.

Sin embargo, su intervención solo provocó una respuesta sarcástica.

“Y tú no te metas,” dijeron al unísono la gimnasta y el hombre musculoso, quienes parecían demasiado ocupados discutiendo entre ellos.

“Parece que tengo que ser la voz de la razón,” declaró el muchacho robótico con un tono artificial pero firme.

“Dejen de estar jugando y prepárense.

Viene más.” El equipo de Melisa, una vez a salvo, decidió continuar a pie por lo que parecía un callejón angosto y oscuro.

Ella se giró hacia Ian y le indicó: “Ve con Philip y busca un vehículo.

Necesitamos seguir avanzando.” “Casi nos matan y todavía quieres seguir,” recriminó Michele, cruzándose de brazos con frustración.

“Quedamos en algo, Melisa.

No puedes continuar.

Acordamos que, si las cosas se ponían peligrosas, detendríamos la travesía,” le recordó con voz tensa.

“Sí, creo que tiene razón,” secundó Creg, ajustándose las gafas.

El profesor Kile asintió en silencio, apoyando la decisión del grupo.

“Bien, está bien,” aceptó Melisa finalmente, aunque su tono dejaba claro que no estaba completamente convencida.

“Pero al menos déjenme tomar videos de los que están peleando.” “De acuerdo,” respondió Michele, mirándola de reojo con una mezcla de desconfianza y resignación.

Creg sacó una cámara más pequeña de su mochila y, de uno de sus bolsillos, extrajo unos pequeños drones que comenzaron a flotar alrededor de la escena.

Las cámaras capturaban cada detalle de la batalla que se desarrollaba frente a ellos.

Los agentes que los habían salvado luchaban con una precisión casi sobrehumana contra los niños controlados.

“Son solo niños sin entrenamiento, pero con sangre de asesinos,” comentó B-3 mientras bloqueaba un ataque con facilidad.

Un puñetazo directo lo impactó en el estómago, pero ni siquiera parpadeó.

“Si quieren hacerme daño, necesitarán más que eso.” Acto seguido, dio un pisotón fuerte contra el suelo, generando una onda de choque que derribó a los cinco atacantes que lo rodeaban, dejándolos inconscientes al instante.

Por su parte, B-2 se movía como un relámpago.

Saltaba ágilmente y se posicionaba detrás de los niños controlados, usando solo una fracción de su fuerza para noquearlos de un golpe certero.

Su gracia y precisión eran hipnotizantes.

La agente E-4, por otro lado, invocó unas extrañas criaturas hechas de gelatina, similares a lombrices gigantes, que envolvieron a sus oponentes como redes pegajosas.

Los enemigos quedaron atrapados, jadeando en busca de aire hasta que cayeron inconscientes.

El chico en el traje robótico lanzó una granada al suelo.

En lugar de explosiones, esta emitió un sonido agudo que hizo que todos los atacantes se desplomaran dormidos al instante.

“Muy fácil esto.

No entiendo por qué los otros equipos tuvieron problemas,” comentó D-4 con su voz metálica y monocorde.

“Seguro fue porque no tenían poderes,” sugirió inocentemente E-4.

“No creo que sea eso,” intervino el musculoso B-3, limpiándose el sudor de la frente.

“Yo entrené con algunos de esos hombres que mencionaron, y no creo que perdieran tan fácilmente.” “Bien, terminamos en este sector.

Ahora vayamos a la oficina de Radar.

Está bajo tierra, según lo que indicó A-4,” propuso el niño robot.

“No será necesario.

Ya sé dónde está,” anunció una voz nueva.

Del suelo emergió una joven cuyo cabello se dividía en cuatro mechones largos y fluidos, como si fueran cortinas de seda de color marrón claro.

Sus ojos plateados brillaban con una intensidad casi irreal, y su vestido parecía tejido con rocas y piedras multicolores que formaban un arcoíris vibrante.

Que capturo a los controlados derrotados en una prisión de tierra sólida.

“Bien, entren en este hueco y síganme.

Vamos por ellos,” indicó ella con calma, señalando una abertura en el suelo.

Sin dudarlo, los demás la siguieron.

“¿Lo grabaste todo?” preguntó Melisa, girándose hacia Creg.

“Sí, todo, jefa,” respondió él con orgullo, mostrándole la pantalla de su cámara.

“Bien, es hora de irnos,” anunció el profesor Kile al ver que Ian regresaba con otro vehículo.

Pero cuando Melisa miró hacia el camino por donde habían venido, notó que había desaparecido por completo, producto de la batalla o alguna otra causa desconocida.

“Bueno, solo nos queda seguir este camino y buscar una nave o algún transporte que nos regrese al avión,” declaró Melisa con determinación.

Todos aceptaron en silencio, conscientes de que no tenían otra opción.

“Ni modo.

Parece que todo va como yo quiero esta vez.

La noticia no se me escapará,” murmuró Melisa para sí misma mientras una leve sonrisa se dibujaba en su rostro, iluminado por el resplandor de las llamas que aún consumían el horizonte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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