El sistema del perro agente - Capítulo 12
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12: Un Collar Y Una Placa 12: Un Collar Y Una Placa Inmediatamente después de cruzar la frontera y pasar el centro de control, Adía le indicó a su chófer robot que acelerara para llegar a Milán.
Lo que normalmente dura un viaje de seis horas en automóvil, ellos lo completaron en menos de cuatro.
Reia comenzaba a revisar las zonas por donde pasaban y notaba que el sistema le estaba enviando múltiples notificaciones.
Quería despertar a Podbe, pero al verlo dormir plácidamente, no quiso molestarlo, ni siquiera darle unos toquecitos eléctricos para sacarlo de su letargo.
Mientras se aproximaban a la ciudad, el paisaje comenzó a transformarse.
El verdor de los campos fue cediendo paso al concreto, más gris que verde, aunque siempre encontraban trazos de naturaleza en parques, jardines y edificios como el Bosco Verticale, cuyas fachadas estaban cubiertas de plantas.
Se apreciaban tumultos de motocicletas y automóviles estacionados, gente caminando por todas partes, tecnología entrelazada con historia en arquitecturas antiguas y modernas.
El sol ya estaba alto en el cielo, iluminando puentes que conectaban calles con ríos visibles desde cualquier punto, plazas llenas de vida, negocios coloridos y pintorescos, hoteles elegantes.
El clima era templado, ni frío ni caluroso, y por suerte no había ni una sola nube que amenazara lluvia.
La carreta siguió avanzando hasta unas calles alejadas del bullicio del centro.
Al llegar a un lugar parecido a un barrio tranquilo, se detuvieron frente a una casa de dos pisos con una fachada de estilo antiguo, distinta a las demás de la cuadra.
Al bajar de la carreta, Adía le ordenó a su robot que bajara el equipaje mientras ella abría la puerta de la casa.
Se acercó a la puerta de cedro, decorada con dos dragones tallados, presionó ambos y los ojos de los dragones se iluminaron en rojo, mirándola como si la escanearan.
Una vez realizado el análisis, volvieron a su posición original y emergió una llave, con la cual Adía abrió la puerta.
El robot introdujo el equipaje dentro mientras ella regresaba al carruaje para despertar a Aiden y su mascota.
Al acercarse, retiró primero la manta del perrito y luego la del muchacho.
Al verlos dormir tan plácidamente, murmuró: “Qué cositas tan tiernas”.
Primero intentó despertarlos suavemente, pero al no obtener respuesta, comenzó a gritarles al oído: “¡Despierten, par de holgazanes!
¡Ya ha amanecido!”.
Sin duda, ella tenía carácter, pero en el fondo era bondadosa.
Asustados, ambos se levantaron de golpe, haciendo tambalear la carreta.
“Ya hemos llegado a Italia, muchachos”, dijo con un tono amenazador pero amable.
“Bueno, en realidad estamos en Milán, el destino que ustedes mencionaron.
Solo dijeron Italia, pero es grande, como una bota.
Pensé que este lugar les gustaría.
En fin, ya está hecho.
Pasen a la casa para que se den un baño y se cambien.
Yo también me daré uno”, expresó ella.
Antes de cruzar la puerta, Adía les indicó que esperaran un momento.
“Esta casa es de una conocida y es segura, así que necesita escanearlos para que puedan entrar”.
Ambos se pararon en la entrada y los dragones los escanearon.
Desde dentro, Adía presionó un botón verde para registrarlos.
Una vez terminado el proceso, les dijo que pasaran.
Al ingresar, pudieron ver que la fachada no hacía justicia a lo que había dentro; como suele decirse, no debes juzgar un libro por su portada.
La cocina era amplia, equipada con una estufa de cinco hornillas, horno incorporado, microondas y varias alacenas.
Una mesa circular con cuatro sillas ocupaba el centro, y la sala contaba con tres muebles: uno con un asiento, otro con dos y el tercero con tres, todos de color azul marino que combinaban perfectamente con el piso.
“Los cuartos están arriba”, explicó Adía.
“Lo bueno es que hay tres habitaciones; usen la última del corredor, que es la de visitas.
Todos los cuartos tienen baño, y encontrarán toallas y todo lo necesario.
Ah, y si preguntan por sus cosas, mi robot ya las subió”.
Reia pensó para sí misma, con un tono burlón en la mente de Podbe, que al menos el dueño o la dueña de esta casa tenía mejor estilo que la lúgubre y oscura residencia de Adía.
Aiden y Podbe subieron las escaleras, y Aiden se sorprendió al abrir la puerta del cuarto.
Encontró una cama más grande que cualquiera en la que había dormido antes, un escritorio, una lámpara de lava y otra puerta al fondo que conducía al baño.
Dentro, había una cabina de ducha regular con una ducha española y un sistema de hidromasaje que no sabía cómo usar.
Se quitó la ropa, se puso la bata azul que encontró en el baño y entró a bañarse, no sin antes intentar meter a Podbe con él.
Aunque el can resistió al principio, Aiden logró convencerlo.
Al final, hicieron un desastre en el baño, pero solo Aiden pudo limpiarlo porque Podbe, obviamente, no tenía manos.
Una vez concluido, se vistió con un pantalón negro, un polo rojo y una casaca azul.
La ropa que llevaba estaba algo dañada por lo ocurrido en el tren, así que decidió sacar su equipo de costura.
Así era como Aiden ganaba dinero en el orfanato, realizando manualidades.
No era un experto, pero se las arreglaba.
Mientras insertaba el hilo en la aguja y comenzaba a coser, Reia le informó a Podbe sobre varias notificaciones en el sistema.
El can le pidió que leyera los mensajes, y ella comenzó: “Has cruzado Italia y has conseguido veinte puntos de experiencia.
Ahora tienes setenta puntos”.
El segundo mensaje decía: “Has completado la primera misión de veinte.
Debes revisar el área en la que te encuentras.
Ve al centro de Milán”.
El tercero advertía: “Debes estar siempre alerta con tu entorno”.
“Vaya, ese no nos ayuda en nada”, señaló Podbe.
El cuarto mensaje decía: “Tu hambre ha incrementado.
Aliméntate”.
Podbe interrumpió nuevamente: “Ese sí me importa.
Tengo más hambre que nunca”.
El quinto mensaje, comentó Reia, solo contenía signos de interrogación.
Aiden, que escuchaba gracias al enlace, les indicó que no tenía mucho dinero para comida, pero que podían ir al centro para continuar con la misión.
Terminó de coser y procedieron a salir de la habitación.
Caminaron por el pasillo cuando se abrió la primera puerta y apareció Adía con un vestido rojo entallado que resaltaba sus curvas.
Sus ojos marrones brillaban, y su cabello suelto la hacía lucir impecable.
Les preguntó dónde iban, pero antes de que Aiden respondiera, se escucharon ruidos: eran los estómagos del chico y el perro.
“Bueno, bajen conmigo a tomar desayuno.
Son las nueve de la mañana, por eso tienen hambre, o tal vez por el brebaje del anciano, que tiene ese efecto secundario”.
Bajaron los tres, y Adía comenzó a sacar un montón de cosas.
Aiden quiso ayudar, pero ella le dijo que no había problema.
Llamó a su robot, que apareció con un delantal y un sombrero de chef.
Rápidamente, la máquina preparó todo: desde omelets hasta café, jugos y otros alimentos, en tiempo récord.
Adía les indicó que se sentaran en la mesa.
El robot sirvió los platos para Aiden y ella.
“¿Y para Podbe?”, preguntó el chico.
“No te preocupes”, respondió ella, y llamó a su robot, que al instante preparó un plato especial para el perro y lo colocó debajo de la mesa.
Los tres comieron con gusto.
“No te dé pena”, dijo Adía.
“Si quieres más, no hay problema”.
Escuchó un ladrido y añadió: “Sí, igual para ti, perrito”.
Reia, dentro de la mente de Podbe, pensó: “Convenidos”.
Una vez satisfechos, le comentaron a Adía que debían ir al centro de Milán.
Ella respondió que estaba bien y que podían regresar una vez terminado el asunto.
Le devolvió los veinte euros que Aiden traía consigo y les recordó que no podían andar con el perro sin identificación, ya que podría acabar en una perrera.
Sacó cien euros y les dijo: “Con esto, ve a la tienda de mascotas del centro, cómprale un collar con placa y en el supermercado compra estas cosas que te puse en la lista”.
En ese momento, aparecieron dos notificaciones opcionales: la primera decía: “Consigue que te reconozcan por donde vas.
Consigue una placa y gana diez puntos de experiencia”.
La segunda: “Completa con el mandado de Adía y gana cinco puntos de experiencia”.
“Vaya, a veces me sorprende este sistema”, dijeron Podbe y Reia al unísono.
Salieron los dos, claro, porque Reia también iba con ellos al estar en el sistema del can.
Reia les indicó dónde estaba la tienda de animales, guiándose por el mapa que tenía en el sistema.
Al llegar, todo estaba en italiano.
Algo que se le olvidó a Adía fue preguntarle a Aiden si sabía otro idioma además del alemán.
“¿Entiendes algo, Aiden?”, preguntó Reia.
“Una que otra cosa.
En el internado nos enseñaban varias lenguas aparte del alemán: inglés, francés, español e italiano, pero no soy muy bueno en este último”, respondió el chico, algo avergonzado.
“No te preocupes, puedo traducirlo por ti, pero no puedo hablarlo.
Tendrás que aprender”, expresó Reia.
La tienda estaba casi vacía, pues aún era temprano, alrededor de las once.
El local era mediano y tenía todo tipo de productos para mascotas: juguetes, ropa, vitaminas, camas y más.
El señor de la tienda comenzó a hablar, pero Aiden no entendía mucho, además de que Reia le explicaba en su mente.
Escuchó una voz femenina joven, pero no sabía de dónde provenía.
La voz le dijo que podía hablar su idioma y comunicárselo al dueño.
Entonces, Aiden le dijo que quería un collar con una placa para su perro.
La voz respondió que estaba bien y se dirigió al dueño en italiano.
Seguía sin saber de dónde emanaba esa voz.
En eso, del mostrador se levantó una chica con uniforme de la tienda.
“Mi nombre es Elena”, dijo.
“Perdón por no mostrarme antes, estaba arreglando unas cosas.
Como te vi que no eras de aquí y hablabas otro idioma…” Elena tenía la misma edad que Aiden, más o menos.
Trabajaba junto con el dueño para ayudar en su hogar, ya que lo que su padre traía a casa no alcanzaba.
Era una chica carismática, con ojos azules que cautivaban y cabello rojo con un tono naranja.
Le encantaban los animales, y soñaba con ser veterinaria algún día.
Miró a los ojos al muchacho y le dijo: “Son diez euros.
¿Qué nombre va en la placa?”.
Aiden levantó la mirada, vio a la chica y balbuceó: “Pod…
Pod”.
Reia le dijo: “Despierta, muchacho”.
Podbe lo empujaba y ladraba.
“¿Cómo dices?”, preguntó Elena, tratando de entenderle.
Reia pensó: “Si no estuviera en el perro, también le daría un par de pequeños toques eléctricos a él”.
Después de un rato, Aiden dijo, levantando un poco la voz: “Se llama Podbe”.
“Entendido”, respondió ella.
Rápidamente, le indicó al chico que pagara al dueño, un señor de unos sesenta años.
Aiden caminó hacia el mostrador, le dio los cien euros y recibió su cambio.
El dueño habló en italiano, y Elena tradujo: “Dice que tomará cinco minutos”.
Esos cinco minutos fueron un calvario para Aiden, que no sabía dónde colocarse.
Estaba haciendo el ridículo frente a esa chica que lo había cautivado.
Ella seguía hablándole, y él solo movía la cabeza como esos muñecos en los autos.
Le preguntó de dónde era, dónde vivía y otras cosas más.
Reia le dijo: “Vaya, aún eres muy joven para enamorarte.
Los humanos a veces son un tanto raros”.
Podbe respondió: “¿Enamorarse?
No creo.
Nosotros los perros solo nos olemos la cola y ya”.
Reia le dio un par de toques por su comentario fuera de lugar.
Pasaron los cinco minutos, mirándose en silencio.
Claro, el chico estaba rojo como un tomate.
Elena le dijo: “Ya está listo el collar”.
Él tomó el collar y ella añadió: “Nos vemos si sigues por el área”.
Rápidamente, Aiden corrió hacia la puerta y se fue sin mirar atrás.
Después de caminar unas cuadras, se tranquilizó y se dio cuenta de que había olvidado decirle su nombre.
“Qué tonto fui”, murmuró, dejando de lado el tema.
Reia le recordó: “No tienes algo para el perro”.
“Así es, verdad”, respondió él.
Sacó el collar con la placa y se lo mostró a Podbe: “Este es tu collar con la placa que dice tu nombre”.
Reia les informó que habían obtenido diez puntos de experiencia.
Ahora tenían ochenta puntos de cien.
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