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El sistema del perro agente - Capítulo 121

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121: El Gigante Escondido 121: El Gigante Escondido El gigante controlado se levantó lentamente, desplegando su enorme cuerpo desde la posición fetal.

Al erguirse, su altura superaba con creces la de un edificio de treinta pisos.

Como los demás, llevaba una máscara que ocultaba su rostro, pero además de eso una reluciente armadura plateada que cubría cada centímetro de su cuerpo.

Sobre su cabeza descansaba un sombrero extraño, similar a un barquito de papel invertido, que le confería un aire aún más inquietante.

A través de las rendijas de la máscara, sus ojos brillaban con un destello siniestro, como brasas encendidas bajo el peso de la oscuridad.

“¡Guau!

Qué enorme,” exclamó Mukio, con los ojos bien abiertos.

“Parece macizo, por lo fuerte que se ve.” Akira, emocionado, no pudo evitar imaginar las posibilidades.

“Qué tonto mandar algo así con una armadura metálica.

Si resulta ser bueno y fuerte, podré adherirlo a mi colección.” Eliot, observando la escena desde la distancia, sonrió con suficiencia mientras explicaba a su subordinado: “Este es uno especial.

Aparte de usar las piedras para otorgarle poderes, Maos le añadió algunas mejoras adicionales.

Lady diseñó este traje a medida, específicamente para esta ocasión.” Con un gesto dramático, Eliot ordenó: “Sal de ahí, mi gigante controlado, y acaba con ellos.” El coloso obedeció, lanzando un rugido ensordecedor que hizo estallar las pocas ventanas intactas de los edificios cercanos.

La onda expansiva resonó en el aire, dejando un eco que helaba la sangre.

Melisa, observando desde lejos, frunció el ceño.

“Esa cosa seguramente destruyó todo.

¿Cómo fue posible hacer algo así tan rápido?” Su voz temblaba ligeramente, mezcla de asombro y preocupación.

Mientras tanto, Adora evaluaba al gigante con mirada calculadora.

“Me pregunto qué clase de poder debe haber adquirido ese sujeto para crecer así,” murmuró, tensando los músculos.

“Creo que con un solo golpe bastará.” Sin dudarlo, la chica gimnasta se lanzó hacia la pierna del titán, impactando con fuerza.

Pero su ataque rebotó contra la armadura sin dejar siquiera una marca.

“¿Qué?

Creo que debo darle un golpe más fuerte,” dijo, desconcertada.

Antes de que pudiera intentarlo de nuevo, una enorme mano descendió desde el cielo, aplastándola contra el suelo.

El gigante continuó golpeando el mismo punto repetidamente, como si quisiera asegurarse de que no quedara nada.

Mukio gritó, horrorizado: “¡Oh, no!

¡La va a matar!

Ella no es resistente como yo.” Megumi, siempre alerta, intervino con rapidez.

“Qué tonta.

Menos mal que me tienen aquí,” murmuró mientras tejía un escudo de magia de tierra alrededor de Adora.

Con un movimiento fluido hizo que la tierra tragase a la chica y la trajera hasta donde estaban los demás, evitando que el gigante y los enemigos notaran su intervención.

Cuando vieron a Adora inconsciente, Amaya sacó un pequeño frasco en forma de gelatina que parecía tener vida propia.

La sustancia se destapó sola, extendiendo diminutas manos y piernas antes de levantar a Adora y obligarla a beber el contenido.

Adora despertó tosiendo, con arcadas.

“¿Qué demonios era eso tan horrible?” preguntó, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

“Es una receta de mi unidad,” respondió Amaya, cruzándose de brazos.

“El jefe Eduard la usa para recuperar fuerzas en los heridos.” “Está bien, pero es asqueroso,” protestó Adora, aunque poco a poco comenzó a sentir cómo su energía regresaba.

“Bueno, esa cosa es horrible, pero curó mis heridas y recuperó mi fuerza.” “Te lo dije,” comentó Amaya, mirándola de reojo con una media sonrisa.

“Bien, ¿y ahora cómo vamos a derrotar a esa cosa?” preguntó Mukio, señalando al gigante que seguía destruyendo todo a su paso.

“Si tú, que eres la más fuerte, no pudiste, ¿qué esperas de nosotros?” replicó alguien, dirigiéndose a Adora.

“Cierra la boca, tonta, y cúbrete,” respondió ella, tapándose los ojos con una mano.

“Eres un pervertido.

Me arrepiento de estar en la misma unidad contigo.” “No tengo la culpa.

Esos mocosos rompieron tu traje,” se defendió Mukio, señalando su ropa rasgada.

“Toma, esta es mejor,” intervino Megumi, entregándole una nueva prenda confeccionada con rocas volcánicas.

“Le añadí un poco más de resistencia.” “Vaya, gracias, Megumi.

Eres una gran costurera y además sabes cuál es mi talla,” dijo Mukio, admirando la ropa.

“En mis tiempos libres soy costurera,” explicó Megumi con orgullo.

“Mi sueño es convertirme en una gran diseñadora de modas.” “No hay tiempo para sus tonterías.

Ahí viene el gigante; ya se dio cuenta,” indicó Akira con una voz fría y robótica, señalando al coloso que avanzaba hacia ellos con pasos que hacían temblar la tierra.

Akira juntó sus manos, formando un cañón de energía entre ellas.

“Con ese tamaño, no creo que esto le cause la muerte,” murmuró antes de lanzar una esfera brillante que parecía una bola de bolos.

La esfera impactó contra el gigante, estallando en una explosión que iluminó el campo de batalla con un resplandor cegador.

“¡Oigan!

¡Se suponía que no debíamos matarlo!” protestó Amaya, cruzándose de brazos.

“Tranquila, no pasa nada.

Eso no lo matará,” respondió Akira, aunque su tono sonaba ligeramente menos seguro.

Cuando el humo de la explosión comenzó a disiparse, quedó claro que tenía razón: el gigante seguía intacto, sin una sola marca en su armadura plateada.

Akira apretó los dientes, visiblemente frustrado.

“Rayos.” “Es fuerte,” comentó Mukio, dando un paso al frente.

“Me toca ahora a mí.” Sin esperar respuesta, el musculoso boxeador se lanzó directamente hacia el gigante, permitiendo que este lo golpeara repetidamente con puños del tamaño de camiones.

“¡Eso es todo lo que puedes hacer, tonto gigante!” gritó Mukio mientras recibía cada golpe con una expresión de concentración extrema.

Después de docenas de impactos, el cuerpo de Mukio comenzó a emitir un brillo intenso, como si toda la energía absorbida estuviera acumulándose dentro de él.

“Esto será suficiente,” anunció, esquivando los últimos ataques con agilidad sorprendente.

Con un salto impresionante, alcanzó el centro del gigante y liberó toda la energía acumulada en una explosión devastadora que iluminó el cielo nocturno.

Cuando el polvo se asentó, Mukio reapareció, pero una vez más solo llevaba puesto su diminuto short tipo bóxer.

“¡Ups!

Creo que volví a romperlo,” dijo con una sonrisa inocente, mirando a las chicas que lo observaban con una mezcla de vergüenza y exasperación.

“Este pervertido no entiende,” murmuró Adora, tapándose los ojos con una mano.

“Mejor cuando regresemos al cuartel le diremos al miembro de la unidad D que te haga otro traje resistente, como hicieron con esa prenda que no se rompe.

Pero esta vez que sea completo,” añadió sin mirarlo.

Del humo que aún flotaba en el aire emergió nuevamente el gigante, pero esta vez su sombrero había desaparecido, al igual que su máscara.

Sus ojos brillaban con un rojo furioso, y su rostro, que ahora era visible, tenía la apariencia de un joven de catorce años.

En el lugar donde antes estaba el sombrero, se podía ver una especie de jaula que contenía su cabello.

Dentro de esta jaula, cinco figuras humanas flotaban sumergidas en un líquido transparente, conectadas por cables al cráneo del gigante.

“¿Pero qué rayos es eso?” preguntó Akira, incrédulo ante la escena.

“Vamos, super controlado, haz lo tuyo,” ordenó Eliot desde la distancia.

Adora se preparó para atacar de nuevo, pero justo antes de que pudiera moverse, la cabina que debería contener el cerebro del gigante resplandeció intensamente.

El colosal ser esquivó su ataque con una velocidad sorprendente y, acto seguido, lanzó desde las puntas de sus dedos una serie de proyectiles que parecían bombas de fuego.

“Pero.

¿cómo puede ser eso posible?” exclamó Adora, retrocediendo rápidamente para evitar las llamas.

“No es posible que un solo ser tenga tantos poderes diferentes.” “Se supone que cada piedra otorga un solo poder por persona,” intervino Megumi, con los ojos bien abiertos.

“Por eso nuestras unidades están divididas.

¿Cómo puede tener múltiples habilidades?” Akira también estaba desconcertado.

Retrocedió instintivamente al ver los rayos que se acercaban hacia él, pero no vio venir las bolas de fuego.

Una de ellas lo golpeó directamente, destrozando la mitad de su traje.

“Maldición,” masculló, sacando sus nanobots para reconstruir rápidamente su armadura.

Durante unos segundos, parte de su rostro quedó expuesto, revelando una expresión de frustración absoluta.

Mientras el grupo observaba asombrado cómo el gigante lanzaba bolas de fuego al cielo, seguidas de rayos eléctricos que surcaban el aire como proyectiles letales, una voz resonó desde un parlante cercano.

Era Eliot, cuya risa estridente se filtraba entre las palabras calculadas que pronunciaba.

“Ríndanse.

No podrán contra mi supergigante controlado,” declaró con tono triunfal.

“Es una mezcla perfecta de tecnología avanzada y poder sobrenatural.

El joven que ven aquí no es más que un cascarón vacío.

Originalmente, este chico tenía la habilidad de volverse gigantesco, pero al doctor Maos le pareció insuficiente.

Así que, con mi ayuda, decidimos potenciarlo aún más aprovechando su gran tamaño.

Colocamos una cabina alrededor de su cerebro y conectamos a todos esos sujetos que ven ahí, quienes le otorgan sus poderes.

Es una solución ingeniosa, ¿no creen?

Por eso les dije: no podrán contra mi gigantesco muchacho.” Su risa maniática llenó el aire, distorsionada por los parlantes.

“¡Qué ruin!

¿Quién le hace esas cosas a un ser humano?” exclamó Megumi, furiosa.

Apretando los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

El rostro de Akira reflejaba indignación, pero también curiosidad científica.

“Aunque… técnicamente, es genial desde el punto de vista científico.

Están explorando límites que nadie ha tocado antes.” “¡Oye!

¿De qué lado estás?” interrumpió Adora, mirando a Megumi con incredulidad.

“No me malinterpretes, pero tienes razón en algo: hacer sufrir a alguien, controlarlo y colocarle esa cosa sin su consentimiento es detestable,” añadió Akira, aumentando deliberadamente el volumen de su traje para que Eliot pudiera escucharlo claramente.

“Esto no es ciencia; esto es crueldad.” Eliot soltó una carcajada fría y despiadada.

“Ja, ja, tontos.

Eso no importa.

Además, ese chico ya está muerto.

Solo se mantiene intacto gracias a los sujetos conectados a él y a los líquidos especiales que lo preservan.

Para traer un mejor futuro, a veces hay que hacer sacrificios.

Como siempre digo: ‘El futuro no espera, y yo tampoco.'” “¡Maldito insensible!” gritó Mukio, preparándose para atacar.

Sus músculos se tensaron mientras su expresión reflejaba una mezcla de rabia y determinación.

“No te lo voy a perdonar, malditos locos de radar.” “¿Y dónde está Amaya?” preguntó Megumi, mirando a su alrededor con preocupación.

Justo en ese momento, un enorme oso de gomita morada emergió detrás de ellos, tan alto como el gigante.

Sobre su hombro, Amaya se encontraba sentada con una expresión seria, sosteniendo un micrófono improvisado hecho de dulce.

“Ni yo tampoco te lo perdonaré después de haber escuchado todo esto,” dijo con calma, aunque su tono era inquietantemente amenazador.

“Vamos, ‘GOMI-PURPLE,’ ¡a rescatar a esos muchachos y acabar con esto de una vez!”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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