El sistema del perro agente - Capítulo 122
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122: Oso de Gomita Gigante 122: Oso de Gomita Gigante El gigante de goma dulce lanzó un golpe directo al rostro del colosal enemigo, pero no causó ni el más mínimo daño.
“Como lo temía,” murmuró Amaya desde el hombro del osito morado, con una expresión de preocupación en su rostro.
“¿Y en qué momento hizo eso?” preguntó Akira, cuya voz distorsionada sonaba como una mezcla entre algo robótico y de niño debido a su casco reconstruyéndose.
“No lo sé,” respondió Megumi, que se encontraba a unos metros de distancia observando la escena.
Luego, mirando hacia Akira, añadió con una sonrisa burlona: “Pero qué voz tan chillona tienes, niño.” “¡Ay!
Cállate,” replicó Akira, visiblemente molesto.
Adora, sin poder contenerse, le mostró un simpático gesto burlón mientras el casco seguía reparándose.
El niño se ruborizó ligeramente hasta que, finalmente, el casco se cerró por completo, ocultando su expresión.
“¡Cuidado!” gritó Mukio, colocándose frente al grupo justo a tiempo para recibir una bola de fuego del tamaño de una grúa.
La explosión iluminó brevemente el campo de batalla, dejando una nube de humo que rápidamente se disipó.
Mientras tanto, el osito de goma de Amaya continuaba enfrentándose al gigante.
Este último lanzaba ataques sin piedad: bolas de fuego que iluminaban el cielo nocturno, rayos eléctricos que surcaban el aire como relámpagos y movimientos sorprendentemente ágiles que evadían cada ataque del oso morado.
En ese momento, Adora comenzó a contar los ataques en voz alta.
“Solo van tres.
Aún no ha mostrado todo lo que tiene,” indicó con un tono analítico.
“Qué observadora eres.
Tenemos un cerebrito aquí,” comentó Akira con sorna.
“No soy una tonta, mocoso robótico,” le respondió Adora, fulminándolo con la mirada.
“Ya, muchachos, tranquilos,” intervino Megumi con seriedad, tratando de calmar los ánimos.
“Lo importante ahora es averiguar qué más tiene este gigante para poder acabar con él.” “Bien, entonces voy yo a ayudar a Amaya,” anunció Mukio, comenzando a escalar por la pierna del gigante con la agilidad de un mono.
“¡Espera!” gritó Adora, pero ya era demasiado tarde.
Mukio estaba demasiado lejos para escucharla.
“Lo voy a hundir con mi magia de tierra,” declaró Megumi, concentrándose en su poder.
Sin embargo, después de un momento, frunció el ceño.
“¿Qué pasa?
En qué momento vas a usar tu magia, maga de tierra,” preguntó Akira con impaciencia.
“¡Lo estoy haciendo, pero es raro!
No puedo enterrarlo.
Es extraño,” respondió ella, desconcertada.
“Quizá uno de los sujetos conectados a su cerebro tenga alguna habilidad que anule mi magia o tal vez pueda traspasar objetos sólidos.” “Si es así, entonces nos falta descubrir cuál es el último poder,” concluyó Adora.
El osito morado seguía luchando con valentía.
En un momento dado, ambos titanes quedaron mano a mano, literalmente cogidos de las manos mientras empujaban con todas sus fuerzas, cada uno intentando superar al otro.
Megumi aprovechó ese instante para lanzar unas serpientes de goma hacia los brazos del gigante.
“¡Uy!
No pensé que esto fuera posible, pero creo que mi mana está llegando a su límite.
No podré mantener al osito gigante de goma mucho más tiempo.” Usó las serpientes para intentar electrocutar al gigante, pero sin éxito alguno.
“Como lo temía,” murmuró, observando fijamente la cabeza del sujeto.
Fue entonces cuando vio a Mukio saltar sobre la cabina, tratando de golpearla, pero antes de que pudiera hacer contacto, unos brazos metálicos emergieron de la cabeza del gigante, electrocutándolo primero y luego lanzándolo por los aires.
“Será que un ataque sea como el del niño robot,” pensó Megumi mientras veía a su compañero volar por el cielo.
“Bueno, ese tonto, por lo que vi, no morirá.
Es muy resistente,” añadió, refiriéndose a Mukio, que caía en picada hacia el suelo.
“¡Ay, no!
¡El osito se está derritiendo!
Mi mana está al límite.
No me queda de otra.” Con determinación, tocó al oso gigante de goma y cambió su color a amarillo, como había hecho antes, provocando que absorbiera al gigante.
“Bien, es hora,” dijo mientras saltaba desde la espalda del osito hasta el suelo.
Cambió el color del oso a rojo y retrocedió, haciendo una seña a Megumi, quien la observaba expectante.
Un momento después, hubo una gran explosión que iluminó todo el campo de batalla.
El gran estruendo resonó como un trueno apocalíptico, causando un inmenso cráter en el suelo.
La onda expansiva levantó todo a su alrededor: escombros, polvo y fragmentos de edificios se elevaron hacia el cielo antes de caer pesadamente.
A pesar de estar a una distancia considerable, el equipo de Melisa sintió la poderosa onda que sacudió el aire con una fuerza abrumadora.
“¿Qué fue eso?” preguntó Creg, con los ojos bien abiertos mientras observaba el humo que aún flotaba en el horizonte.
“No lo sé,” respondió el profesor, ajustándose los lentes con gesto pensativo, “pero lo que veo es que ese osito morado, cuando cambia de color, tiene varios atributos interesantes.” “¿Cómo así?” intervino Philip, su ayudante, inclinándose hacia adelante con curiosidad.
“Bien, verán,” explicó el profesor, señalando hacia el epicentro de la explosión, “cuando lo vimos amarillo, parecía ralentizar el tiempo.
Cuando era morado, se transformaba en algo gigantesco y fuerte.
Y el rojo, al parecer, causa una gran explosión, especialmente cuando está en ese tamaño.
Al menos, eso es lo que deduzco.” “Qué sujetos más raros,” comentó Michele, cruzándose de brazos.
“Aunque, bueno, qué suerte que están de nuestro lado,” añadió Choy con una sonrisa aliviada.
Una vez disipada la explosión, todos emergieron de una especie de cúpula de piedra y tierra que Megumi había creado en el último instante.
“Menos mal que pude deducir lo que me quisiste decir,” dijo Megumi, mirando a Amaya con un poco de molestia y alivio a la vez.
“Sí, gracias disculpa por entender mis señas, pero ya no puedo más.
Mi mana se me acabó.
Me tomará tiempo recuperarla,” respondió Amaya, respirando con dificultad.
“¿Y por qué no tomas esa cosa que me diste?” preguntó Adora, señalando el frasco vacío que había usado antes.
“Bueno, esa fue la última que traía conmigo desde que Eduard se fue.
No hemos podido hacer más… O bueno, no me salían tan bien como las de él,” explicó Amaya, encogiéndose de hombros.
Antes de que pudiera terminar la frase, sus rodillas cedieron y cayó hacia adelante, siendo atrapada justo a tiempo por Akira.
“Creo que ahora sí lo vencimos,” anunció Mukio, emergiendo de entre los restos de un edificio derruido.
Pero antes de que pudiera continuar, Akira lo interrumpió.
“¡Eh, chicos!
Creo que no.” El niño robot señaló al gigante, que seguía erguido en medio del caos, cubierto de polvo y con su armadura ligeramente dañada, pero sin mostrar señales de debilitamiento.
“Tontos, les dije que no iba a pasar nada,” se burló Eliot desde dentro de un tanque blindado.
Su voz distorsionada resonó con arrogancia.
“Si no saben lo que tienen en frente, les informo que esta es una gran creación.
Por si no se han dado cuenta, este gigante cuenta con poderes de fuego, eléctricos, agilidad aumentada, telequinesis…” Hizo una pausa dramática antes de continuar: “Y la quinta habilidad es que puede controlar y extraer metal de su cuerpo.
Es por eso que es prácticamente indestructible.” “Maldición, crear metal… Es como ese tonto del número uno,” murmuró Akira con evidente molestia, visualizando mentalmente a un sujeto manipulando metal con precisión quirúrgica.
“Me cae antipático porque es como un lamebotas del jefe, pero en esta situación nos vendría bien,” añadió con un suspiro frustrado.
“¡Prepárense para morir!” gritó Eliot, ordenando a su gigante lanzarse hacia ellos con un golpe cargado de todos sus cinco poderes combinados.
“¿Qué hacemos?” preguntó Mukio, retrocediendo instintivamente.
“Bien, yo puedo resistirlo, pero ustedes…” comento Mukio, pero Adora lo interrumpió.
“No me voy a quedar a ver eso.
Yo misma lo bloquearé con un golpe fuerte.
Ni modo,” declaró Adora, preparándose para enfrentar el ataque.
“Tendré que usar mi superarma,” murmuró Akira, activando un dispositivo en su traje.
“Podré con uno o dos golpes, pero eso es todo lo que resistirá mi magia,” indicó Megumi, tensando los músculos mientras concentraba su energía.
Todos se prepararon para recibir el impacto cuando, de repente, algo golpeó la mano del gigante, desviándola hacia un lado.
Una figura desconocida apareció caminando tranquilamente hacia ellos.
Vestía un largo abrigo rojo que le llegaba hasta las rodillas, acompañado de un pantalón negro y zapatos del mismo color.
Su cabello naranja con mechas amarillas brillaba bajo la luz del sol, y unos pequeños lentes de vista descansaban sobre su nariz, los cuales ajustó con delicadeza mientras sonreía de oreja a oreja.
“Esto será rápido,” anunció el recién llegado con confianza.
“¿Cómo te atreves a salvar a esos tontos?
¡No te lo perdonaré!” gritó Eliot, furioso.
“¡Mi gigante, ve por él y demuéstrale todo tu poder!
¡Por burlarse de ti y menospreciarte!
Bueno, menospreciarnos a los dos,” añadió, golpeando el tablero de su tanque con frustración.
El gigante corrió hacia donde se encontraba el sujeto de abrigo rojo, preparándose para lanzar un puñetazo devastador que prometía estamparlo contra el suelo con una fuerza inimaginable.
Cuando el colosal brazo impactó contra el lugar donde había estado el desconocido, el golpe levantó una nube de polvo y escombros tan densa que ocultó por completo la escena.
El estruendo resonó como un trueno, y cuando el polvo comenzó a asentarse, solo quedó un enorme cráter en el suelo.
“Vaya, no duró nada,” comentó Eliot desde su tanque blindado, con una sonrisa satisfecha dibujada en su rostro mientras observaba la destrucción a través del visor.
“Fue un golpe con todas las habilidades que posee mi gigante.
Al final, solo era un charlatán,” añadió, recostándose en su asiento con arrogancia.
“¿Yo, un charlatán?” La voz tranquila pero cargada de ironía del individuo resonó en el aire, sorprendiendo a todos.
“¿Cómo escuchaste eso, maldito imbécil?” preguntó Eliot, inclinándose hacia adelante con una mezcla de incredulidad y rabia al darse cuenta de que el desconocido seguía vivo.
“Pues bien, prepárate para ser vencido.
No me subestimes,” respondió el recién llegado con calma, apareciendo de repente sobre una especie de plataformas flotantes que brillaban con un tenue resplandor azulado.
Sobrevoló el área con elegancia, como si desafiara la gravedad misma, mientras miraba al gigante con una expresión de absoluta confianza.
“Será un solo golpe,” declaró, ajustándose los lentes con una sonrisa sagaz.
“Yo soy…”
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