El sistema del perro agente - Capítulo 123
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123: KIBOROT 123: KIBOROT “En eso, el sujeto dijo: ‘Yo soy el agente D-1.'” “¡Ve por él, mi gigante!” gritó Eliot a través de los parlantes de su tanque, con una mezcla de desesperación y arrogancia en su voz.
“Otra vez con eso,” respondió el agente D-1 con calma, esquivando el golpe del gigante sin esfuerzo aparente.
“Te dije que es inútil, y ahora verás por qué.” Con una sonrisa confiada, el agente extendió sus brazos hacia los lados mientras su cuerpo comenzaba a emanar metal.
Las plataformas flotantes bajo sus pies se integraron al proceso, expandiéndose rápidamente hasta convertirse en un colosal robot humanoide, similar a los Kaiju gigantes de las películas o a los robots gigantes de animes.
Su diseño era imponente: un cuerpo blanco reluciente con detalles carmesí en las articulaciones, pecho, rodillas, codos y hombros.
Un visor negro en la cabeza del robot se iluminó con dos puntos de luz roja que parecían mirar directamente al alma.
“Te presento a mi KIBOROT,” anunció el agente desde una cabina en el interior del robot, señalando con orgullo a su creación.
“Bien, como te dije, con un solo golpe te desaparece.
No eres rival para mi KIBOROT.” El robot esquivó con gracia los ataques del gigante controlado, moviéndose con una precisión casi sobrenatural.
Luego, levantó uno de sus puños, que comenzó a brillar con un intenso rojo carmesí.
Apuntó con furia calculada al mentón del gigante y lanzó un golpe devastador.
El impacto fue tan poderoso que hizo que la cabina con los cinco sujetos dentro saliera disparada por los aires, mientras el gigante caía derrotado al suelo.
“Vaya, creo que no medí mi fuerza,” comentó el agente D-1, rascándose la nuca con una expresión despreocupada.
Extendió la otra mano del robot y atrapó la cabina en pleno vuelo, asegurándose de que no se estrellara.
“Pero, ¿qué…?” Eliot se quedó con la boca abierta, incapaz de procesar lo que acababa de presenciar.
Aquel que había subestimado como un simple charlatán resultó ser mucho más peligroso de lo que imaginaba.
“¡No, maldición!
¿Qué hago?” balbuceó, mirando a su segundo al mando en busca de una solución.
Este último le respondió con urgencia: “Será mejor que nos vayamos de inmediato.” Pero Eliot permanecía paralizado, anonadado por la escena que acababa de desplegarse frente a él.
“Él… pero ¿cómo está aquí?
¿Y por qué?” murmuró Akira, molesto y algo avergonzado al darse cuenta de que esa persona, a quien siempre consideró un pesado, había salvado el día y, por ende, su vida también.
“Vaya, quizás ese gigante sí dio pelea,” comentó Adora, cruzándose de brazos mientras observaba los restos de la batalla.
“Pero los otros controlados también fueron fuertes.
Ahora entiendo por qué vencieron a las otras unidades,” añadió Mukio, interrumpiendo el momento.
“Sí, ustedes no hicieron nada contra eso,” dijo Akira con tono acusador, mirando a sus compañeros con frustración.
“Es muy difícil no hacerle daño y pelear al mismo tiempo,” replicó Adora, defendiendo su actuación.
“Vaya, esas son excusas,” respondió el agente D-1 mientras descendía por el brazo de su robot, que se deshizo en pequeñas partículas metálicas una vez que tocó el suelo.
Se quitó los lentes y los limpió con cuidado antes de hablar nuevamente.
“Yo soy el agente D-1, mi nombre es Rafael Amarrish.
Encantado de conocerlos.
Y si se preguntan cómo llegué tan rápido aquí, es porque soy el maestro de Akira,” explicó con una sonrisa astuta.
“Creo que el niño malcriado se olvidó de decirme a dónde se iba.
Menos mal que le puse un rastreador en una de sus nanomáquinas.” “¡Presumido!
Yo no necesito ninguna niñera,” protestó Akira, cruzándose de brazos y fulminando a Rafael con la mirada.
“Aún eres joven, además tu comportamiento te delata, mocoso engreído,” respondió Rafael con un tono burlón, ajustándose los puños de su abrigo rojo.
“Qué bueno que estás aquí,” intervino Mukio, rompiendo la tensión con una sonrisa amistosa.
“Por favor, vístete.
Pareces salido de algún manicomio o algo por el estilo,” dijo Rafael, señalando el estado lamentable del traje de Mukio, lo que provocó risas entre las chicas.
“Toma, usa esto,” añadió, activando unas nanomáquinas que rápidamente reconstruyeron el traje de Mukio, colocándole un abrigo rojo idéntico al que él llevaba puesto.
“Eso no pudo hacerlo mi pupilo,” declaró Rafael, mirando a Akira con una sonrisa satisfecha.
“Te odio,” murmuró Akira entre dientes, aunque todos pudieron escucharlo claramente.
“Bien, la otra razón por la que vine aquí es porque Adrián me contactó.
Me dijo que ya terminó de desarrollar la cura para los controlados,” explicó Rafael con seriedad, ajustándose los lentes mientras hablaba.
“Además, la señorita Marie me comentó que alguien la llamó diciendo que el jefe Adrián era un tonto.” “¡Bueno, ese fue Akira!” interrumpió Mukio, señalando al niño robot con una sonrisa burlona.
Este, sin perder tiempo, se colocó detrás de Megumi, buscando refugio.
“Mocoso malcriado… El jefe que te permite hacer estas cosas debería darte una lección,” replicó Rafael con tono severo, aunque sus ojos mostraban un brillo de diversión.
“Bien, Megumi, ¿puedes traer ese tanque hacia nosotros?” pidió el agente D-1, señalando el vehículo blindado donde Eliot seguía atrincherado.
“De acuerdo,” respondió ella, levantando una ceja mientras Akira permanecía tras ella.
“Aunque este tipo no es mi jefe,” añadió Megumi, cruzándose de brazos.
El tanque en el que estaba Eliot cayó en un hoyo poco profundo antes de posicionarse al costado del grupo.
Con un movimiento fluido, Rafael utilizó su habilidad para desarmar el vehículo, aprisionando a los ocupantes dentro de una estructura metálica improvisada.
Luego, reunió restos de materiales cercanos y ensambló una nave funcional.
“Oigan, ¿y tú no puedes hacer eso?” preguntó Megumi, mirando a Akira con curiosidad.
“¡No!
Desgraciadamente, aún me falta mucho.
Además, mi mana está al límite.
Solo puedo mantener esta armadura por ahora,” respondió él, visiblemente frustrado.
“Bien, suban todos.
El gran jefe Drake está luchando en un punto del Océano Pacífico, y probablemente nos necesite.
Es importante que estén en mejor forma para lo que viene,” indicó Rafael, señalando la nave recién construida.
Rafael se acercó al gigante tendido en el suelo, observándolo con una mezcla de respeto y tristeza.
“Luchaste bien.
Lástima que ya no podía salvarte desde el principio,” murmuró, inclinando la cabeza brevemente.
“Yo le daré una adecuada sepultura,” dijo Megumi, usando su magia de tierra para cubrir el cuerpo del gigante y enterrarlo a muchos metros bajo el suelo.
“Descansa en paz,” añadió con solemnidad, mientras Akira asentía en silencio, compartiendo un momento de respeto.
“Listo, con eso basta,” declaró Rafael, dirigiéndose hacia un Eliot que permanecía en estado de shock, arrodillado y con los ojos en blanco.
“Maldito sujeto,” murmuró Rafael, aunque sin verdadera hostilidad.
“Parece que este se traumatizó,” comentó Mukio con una sonrisa irónica, viendo a su enemigo derrotado.
“Debería darle una paliza,” sugirió Adora, cruzándose de brazos.
“No somos como ellos,” respondió Rafael con firmeza.
“Es mejor que subamos a la nave.
No hay tiempo que perder.” Todos subieron a bordo, llevando consigo a los controlados que habían capturado, junto con algunos soldados y al jefe de radar de ese continente.
La nave despegó rápidamente, desapareciendo en el horizonte mientras dejaba atrás el campo de batalla.
Durante el viaje, Rafael les informó sobre los avances logrados en otras regiones de Europa gracias a la colaboración de los demás agentes.
“Claro, como ellos no se enfrentaron a ese gigante,” murmuró Amaya, recuperando poco a poco sus fuerzas mientras escuchaba atenta.
“¿Grabaste todo, amigo?” preguntó Melisa, dirigiéndose al cámara que la acompañaba.
Este asintió con la cabeza, asegurándole que había capturado cada detalle.
“Bien, creo que en esa base vi un hangar.
Quizá haya alguna nave que nos pueda llevar al aeropuerto,” sugirió Michele, señalando los restos de la instalación que aún eran visibles desde las ventanas de la nave.
Al regresar a la base, encontraron una pequeña nave operativa que utilizaron para dirigirse al hangar.
Mientras tanto, Melisa reflexionaba sobre lo ocurrido.
“Si todo esto es tan secreto, debería hacerlo público,” pensó en voz alta, sintiendo la mano de Michele sobre su hombro.
Por un momento, creyó que su aventura había llegado a su fin, pero en lugar de sugerir que abandonaran la misión, Michele sorprendió a todos con sus palabras: “Debemos seguir con esto.” Los demás la miraron boquiabiertos, incapaces de ocultar su sorpresa.
“¿Cómo?
¿Por qué cambiaste de opinión?” preguntaron casi al unísono.
Melisa sonrió con determinación.
“Sé que es peligroso, pero si hay más personas como estos sujetos que nos salvaron, existe una posibilidad de estar seguros.
Además, quiero descubrir la verdad detrás de todo esto…
y encontrar a quienes lastimaron a mi tío.” Ian encendió la radio y una voz clara resonó en el interior de la nave: “Europa ha sido salvada.
Las comunicaciones han sido restablecidas.
Al parecer, algo mágico ocurrió… alguien nos salvó.” La transmisión terminó con un tono esperanzador que llenó a todos de alivio, aunque también dejó en el aire más preguntas que respuestas.
En el camino de regreso al hangar, Creg se encontraba absorto escuchando los últimos fragmentos de la grabación que había realizado durante la misión.
De pronto, frunció el ceño y levantó la vista hacia el grupo.
“Escuché algo interesante.
Según lo que capturé, parece que están planeando ir a una ubicación específica en el Océano Pacífico.
Al parecer, es una isla helada,” informó con seriedad, ajustándose los auriculares mientras revisaba sus notas.
“Así que el Océano Pacífico, ¿eh?” comentó Melisa, cruzándose de brazos mientras procesaba la información.
“Pues ese será nuestro nuevo objetivo,” declaró Michele con determinación, mirando a los demás con una expresión resuelta.
Mientras tanto, en las sombras, una figura encapuchada mantenía una comunicación encriptada.
Su voz apenas audible resonó en la línea cuando dijo: “Señora, tengo nueva información.
Parece que están dirigiéndose a un lugar en el Océano Pacífico.” La voz al otro lado de la línea respondió con calma, pero firmeza: “Entiendo.
Continúa vigilándolos y, tan pronto como tengas la ubicación exacta, envíanos los datos.” “Entendido,” respondió la persona en las sombras antes de desvanecerse completamente, fundiéndose con la oscuridad como si nunca hubiera estado allí.
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