El sistema del perro agente - Capítulo 130
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130: Ecos del Pasado 130: Ecos del Pasado “Hola, muchacho,” resonó una voz grave y familiar al momento en que Aragón cruzó el umbral de la puerta.
Antes de que pudiera procesar lo que sucedía, la entrada desapareció tras él como si nunca hubiera existido.
La habitación se iluminó con un brillo dorado, y frente a él apareció un hombre imponente, vestido con una armadura reluciente cuyas placas parecían capturar la luz del sol incluso en ese espacio cerrado.
Era Sir William, su tío.
“Pequeño muchacho,” dijo Sir William con una sonrisa apenas perceptible bajo su barba canosa, “ha llegado el momento de comenzar tu entrenamiento, tal como tu padre hubieran deseado.” Aragón bajó la mirada hacia sus manos, notando que eran más pequeñas, casi infantiles.
Frunció el ceño y buscó un espejo cercano.
Al verse reflejado, su corazón dio un vuelco.
Su rostro juvenil, sus mejillas redondeadas, su cuerpo delgado… era como si el tiempo hubiera retrocedido.
“¿Qué es esto?
¿Qué ha pasado?” murmuró, tocando su rostro con incredulidad.
“¡Soy joven otra vez!” Tengo 13 de nuevo exclamo.
Sir William soltó una carcajada profunda que resonó en la sala.
“Los jóvenes de hoy y sus cosas,” comentó con tono indulgente.
“Bien, ¿estás listo, muchacho?” “¿Cómo es posible que haya vuelto a mi yo de trece años?
¿Acaso estoy…
muerto?” se preguntó Aragón en voz baja, su mente llena de confusión y temor.
Antes de que pudiera obtener una respuesta, la puerta se abrió de golpe, interrumpiendo el momento.
Un chico alto y robusto entró con paso seguro.
“Sir William, para ti,” anunció una voz autoritaria.
“¡Ah!
Eres tú, primo Charles,” exclamó Aragón, reconociendo al recién llegado.
“Pues claro, ¿quién más pensabas que sería?
¿El rey?” respondió Charles con una sonrisa burlona.
Ambos jóvenes comenzaron a intercambiar bromas, sus voces elevándose en una riña incipiente.
Sin embargo, Sir William, imperturbable, chocó sus puños metálicos con un estruendo que hizo eco en las paredes.
“¡Suficiente!” rugió.
“Es hora de su entrenamiento.
Recuerden que están aquí para convertirse en los caballeros del rey.
No hay lugar para disputas infantiles.” “Mil disculpas, tío,” respondió Aragón rápidamente, inclinando la cabeza.
Charles siguió su ejemplo, aunque con menos entusiasmo, murmurando una disculpa casi inaudible.
Sir William rio entre dientes.
“Bien, vámonos.” Mientras avanzaban por un largo corredor de piedra fría, Aragón seguía sumido en sus pensamientos.
El aire olía a metal y humedad, y el sonido de sus pasos resonaba como un eco lejano.
¿Era este el cielo?
¿O algo intermedio?
Desde luego, no parecía el infierno, pero la situación era demasiado extraña para ser real.
Finalmente, llegaron a un campo de entrenamiento al aire libre.
El sol brillaba intensamente sobre el césped verde, donde otros jóvenes practicaban con espadas de madera y escudos improvisados.
Algunos lanzaban gritos de esfuerzo mientras intentaban dominar técnicas básicas.
Era evidente que todos estaban allí por el mismo propósito: heredar el legado de sus familias.
Si no había un heredero directo, el título y la armadura pasarían a otra familia tras un combate para decidir quién era digno.
“Bien, chicos, los dejo entrenar,” anunció Sir William antes de marcharse.
Una noche, después de horas de prácticas extenuantes, Aragón y Charles caminaban por un corredor cuando llegaron a una sala enorme llena de armaduras y armas antiguas.
Cada pieza estaba cuidadosamente dispuesta, como si fuera un museo viviente de la historia de los caballeros.
“¿Ves esa armadura de ahí, la marrón?” preguntó Sir William, señalando una figura imponente en una esquina.
Aragón salió de su ensimismamiento.
“¿Qué?” “¡Dije si ves esa armadura marrón!” repitió Sir William, levantando una ceja.
“¿Sigues dormido o qué?” añadió Charles con sorna.
“No, lo siento, tío.
Estaba perdido en mis pensamientos.
Continúa,” respondió Aragón, enderezándose.
Sir William aclaró su garganta antes de hablar.
“Esa armadura perteneció a mi hermano mayor, tu padre.
Y tú, como su descendiente, algún día serás su heredero.” “Claro, eso sí es digno,” interrumpió Charles con una sonrisa arrogante.
“Por supuesto que soy digno, y te lo voy a demostrar,” replicó Aragón con firmeza.
“Además, siempre te gano en los entrenamientos.” “¡Ah!
Eso crees, ¿eh?
Eso es solo entrenamiento.
Ya te quiero ver en un combate real,” desafió Charles, cruzándose de brazos.
“¡Niños, cálmense!” intervino Sir William.
“Miren quién está por allá.
¿Quieren dar una mala impresión?” En ese momento, una figura majestuosa entró en la sala.
Vestía una armadura de cristal que brillaba como diamantes bajo la luz, y una máscara plateada ocultaba su rostro.
Era el rey.
“Lo sentimos,” dijeron ambos chicos al unísono, bajando la cabeza en señal de reverencia.
El rey, en lugar de mostrarse molesto, sonrió ligeramente.
“Qué buena energía tienen, muchachos.
Espero contar con ustedes para mi protección como guardias reales y así nombrarlos sir.” “¡Sí, señor!” respondieron ambos con voz fuerte y clara, aunque sus miradas permanecieron fijas en el suelo, como si temieran levantar la vista.
“Su Majestad,” comenzó Sir William con una reverencia profunda, “ya estamos casi listos para nombrar al último caballero de su guardia personal.
Mi sobrino Aragón es todo un prodigio.
A sus catorce años ha superado todos los desafíos que le hemos encomendado, además de cumplir varias misiones con éxito.” El rey, con su máscara plateada reflejando la luz de las antorchas, asintió lentamente.
“Vaya, en tan solo un año ha logrado todo eso.
Me alegra oírlo,” respondió con una voz calmada pero cargada de autoridad.
“Entonces, grandes proezas de tu parte, joven Barns.
Así como las hizo tu padre.” Aragón, sintiendo el peso de esas palabras, se inclinó respetuosamente.
“No hay duda, mi señor.
Haré honor a mi familia y serviré con lealtad.” Charles, siempre competitivo, no quiso quedarse atrás.
“Yo también lo haré, mi señor,” añadió con determinación.
“Bien,” dijo el rey, mirándolos alternativamente.
“Espero lo mejor de ambos.” Luego, girándose con elegancia, abandonó la sala.
“¡Vaya, fue genial conocer al rey!” exclamó Aragón, emocionado.
Charles asintió en silencio, aunque su expresión era más pensativa.
Sir William los observó con una mezcla de orgullo y seriedad.
“Por eso deben esforzarse si quieren formar parte de la tropa del rey.
No basta con habilidades; deben demostrar carácter y compromiso.” “Padre,” interrumpió Charles de repente, “yo no podré ser un caballero oficial mientras tú sigas vivo, ¿verdad?” Aragón y William lo miraron sorprendidos.
La pregunta era inesperada, incluso incómoda.
“No me malinterpretes,” continuó Charles rápidamente, intentando suavizar su tono.
“Solo digo que seré un caballero sustituto, y tal vez…
bueno, si mi primo me cediera su puesto, podría tener una oportunidad.” William frunció el ceño, su mirada penetrante como una espada desenvainada.
“Eso no puede ser, y tú lo sabes bien,” respondió con firmeza.
“Cada uno tiene su lugar y debe cumplir con las leyes que han protegido a nuestra orden durante generaciones.” Charles apretó los puños, frustrado, pero no dijo nada más.
Sin embargo, sus pensamientos eran claros: Tontas leyes reales.
Con un resoplido apenas audible, salió de la sala molesto.
“No lo sigas, Aragón,” dijo William, viendo cómo su sobrino dudaba sobre si ir tras su primo.
“Él necesita entender cuál es su lugar y aceptar las reglas que nos han mantenido vivos durante años.
Desde que el primer rey surgió de un pequeño pueblo en Bristol, eligió a sus protectores y les otorgó armaduras y títulos de sir para que siempre estuvieran a su lado, cuidando tanto a él como a su descendencia.” William hizo una pausa, su mirada perdida en recuerdos distantes.
“Quizás mi hijo se está dejando influenciar demasiado por las culturas externas.
Tal vez sea eso.” “Quizá sea eso, tío,” reflexionó Aragón en voz alta.
“Pero, ¿por qué tenemos que ocultarnos del mundo y vivir solo como leyendas?” William sonrió ligeramente, aunque había un dejo de tristeza en su rostro.
“Eso, mi joven muchacho, fue ordenado por el rey de antaño, y ha sido por nuestro bien.
Proteger nuestras técnicas y estilo de combate significa que no caigan en manos equivocadas.
Además,” añadió bajando la voz, “está la roca que el rey lleva colgada al cuello, aunque a veces la mantiene oculta.
Fue por eso que tu padre se sacrificó: para mantenernos a salvo y ocultos.” Aragón asintió lentamente, comprendiendo el peso de las palabras de su tío.
“Creo entender, tío.
Bien, entonces, ¿qué sigue ahora?” “Ahora vamos a casa a cenar, y luego a descansar.
Mañana tienen un largo camino por recorrer.” Los días se convirtieron en meses, y los meses en años.
Aragón creció rápidamente, fortaleciendo tanto su cuerpo como su espíritu.
Una noche, después de haber derrotado a un grupo de invasores que amenazaban las fronteras del reino, Sir William lo miró con orgullo.
“Lo has hecho bien, muchacho,” dijo, colocando una mano pesada sobre el hombro de Aragón.
En una ceremonia solemne celebrada en el gran salón del castillo, el rey se dirigió a todos los presentes.
“Por tu valentía en la batalla y porque ahora eres un diestro caballero, te nombro Sir Aragón, caballero marrón.” Todos los presentes aplaudieron y vitorearon, felicitando al joven de dieciséis años por su ascenso.
Todos, menos uno: Charles.
Observando desde las sombras, sentía una mezcla de envidia y resentimiento.
Envidiaba la fuerza y habilidad de su primo, pero más aún detestaba las tradiciones que lo mantenían atrapado como un simple caballero sustituto hasta que su padre muriera.
Una noche oscura, bajo un cielo sin luna, los trece caballeros del rey lo acompañaban en sus aposentos privados.
El silencio era absoluto, interrumpido solo por el crujir ocasional de la madera y el eco lejano de los guardias patrullando los pasillos.
De repente, una explosión sacudió el palacio, iluminando brevemente las ventanas con un destello anaranjado.
Fragmentos de piedra y polvo llenaron el aire mientras decenas de figuras encapuchadas irrumpieron en el salón real como sombras vivientes.
Las alarmas resonaron por todo el castillo, su sonido agudo y desgarrador.
Los caballeros se movieron rápidamente, formando una barrera protectora alrededor del rey.
Sin embargo, los invasores no atacaban con espadas ni lanzas.
En lugar de eso, sus golpes eran devastadores y precisos, ejecutados únicamente con manos y piernas.
Los soldados comunes retrocedían, confundidos y asustados.
“¡Es brujería!” gritó uno de ellos, pero Sir William negó con la cabeza mientras bloqueaba un ataque dirigido a Aragón.
“Esto no es magia,” dijo William con firmeza, su voz apenas audible sobre el caos.
“Es un poder ancestral conocido por unos pocos, aquellos más allegados al rey y sus protectores.
Lo llamamos ‘AURA’.” “¿AURA?” preguntó Aragón, mirando a su tío con incredulidad.
“No veo nada, ¿qué poder es ese?” William respondió sin apartar la vista de los invasores.
“Tu entrenamiento aún no está completo, muchacho.
Te falta mucho por aprender.
Espero tener tiempo de enseñarte si salimos de esta.” Eran más de cincuenta intrusos que avanzaban como una marea implacable, derribando a los soldados que no pertenecían a la élite.
Los caballeros del rey resistían valientemente, pero incluso ellos comenzaban a sentir el peso de la embestida.
“Bien,” dijo William, girándose hacia los otros once caballeros.
“Creo que es nuestro turno.” Luego, dirigiéndose a Aragón, añadió: “Tú no, muchacho.
Tú debes quedarte con el rey.” “¡Pero tío, quiero ir!” protestó Aragón, su voz llena de frustración.
“Eres un caballero, pero aún no has alcanzado el rango superior de AURA.
Además,” continuó William con una mirada severa pero llena de confianza, “te he elegido para proteger al rey si algo nos sucede.
Confío en ti más que en cualquier otro.” “Y ¿dónde está mi hijo?
Debería estar aquí en su puesto.
Algo debe haberle pasado; debo ir a buscarlo,” murmuró William, su preocupación evidente.
“Espere, señor,” intervino el caballero de la armadura azul, colocando una mano firme sobre su hombro.
“Es hora de velar por la protección de la familia real.
Hizo un juramento.” “Tienes razón,” respondió William con un suspiro pesado.
“Solo espero que Charles esté bien.” Con un movimiento decidido, se colocó el casco dorado y se preparó para enfrentarse a los invasores.
Los doce caballeros se lanzaron al combate con una ferocidad impresionante.
Cada uno utilizaba su AURA de manera única: algunos emitían destellos azules al golpear, otros parecían moverse tan rápido que sus cuerpos se convertían en meras sombras.
Desde su posición junto al rey, Aragón observaba con admiración mezclada con ansiedad.
Aunque quería participar, sabía que su lugar estaba allí, protegiendo al monarca.
El combate parecía inclinarse a favor de los caballeros.
Uno a uno, los invasores caían bajo sus golpes precisos, los invasores comenzaban a huir del castillo.
Sin embargo, justo cuando parecía que la victoria estaba cerca, un nuevo grupo de cinco figuras encapuchadas irrumpió en las afueras del palacio.
Estas nuevas llegadas irradiaban una energía diferente, más peligrosa y amenazante.
Uno de ellos extendió su brazo hacia un grupo de invasores que intentaba escapar.
Sin tocarlos, los levantó en el aire como si fueran muñecos de trapo, estrujándolos con una fuerza invisible antes de lanzarlos contra las paredes con un crujido siniestro.
Otros invasores corrieron despavoridos, pero el mismo destino les esperaba.
Cuando el último cuerpo cayó al suelo, la figura líder se detuvo en el centro del salón.
Lentamente, se quitó la capucha y dejó caer la túnica que lo cubría.
Bajo ella, llevaba una armadura azul acero impecable que reflejaba la tenue luz de las antorchas.
Su rostro permanecía oculto tras una máscara plateada, pero su voz resonó con frialdad absoluta.
“Inútiles y cobardes,” dijo, señalando a los cadáveres a sus pies.
“Se lo tenían merecido.
Ahora, es hora de terminar esta fiesta.”
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