El sistema del perro agente - Capítulo 131
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131: El Último Caballero 131: El Último Caballero “Señor,” dijo el caballero de armadura verde con urgencia, “es mejor que regrese al castillo y proteja al rey.
Nosotros nos encargaremos de esto.” “¡Sí, señor!” añadió otro de los caballeros.
“Vaya, estos no son nada para nosotros.
Además, usted es el líder de los caballeros y la mano derecha del rey.
No podemos dejar que solo su sobrino se lleve toda la gloria,” bromeó el caballero blanco entre risas contenidas.
William vaciló un momento, pero ante la insistencia de sus compañeros, finalmente asintió.
“De acuerdo, pero cuídense, muchachos.
No bajen la guardia,” les advirtió antes de partir.
Todos los caballeros levantaron el pulgar en señal de aprobación, mostrando una confianza inquebrantable.
Sin embargo, William sabía que algo no estaba bien.
El aire vibraba con una tensión inusual, como si la noche misma estuviera conteniendo el aliento.
Al regresar al castillo, William se detuvo en lo alto de una torre para observar el campo de batalla.
Su corazón se detuvo al ver una escena devastadora: el caballero verde, uno de sus más leales compañeros, había sido empalado con su propia lanza.
Su cuerpo inerte fue lanzado hacia arriba con tal fuerza que atravesó una ventana del palacio, cayendo a pocos metros de donde William estaba parado.
Con horror, miró hacia abajo y vio que los demás caballeros habían sido aniquilados en cuestión de segundos.
Sus cuerpos yacían esparcidos por el terreno como hojas secas arrastradas por el viento.
“Pero, ¿quiénes son ellos?” se preguntó William en voz baja, su mente luchando por comprender lo que acababa de presenciar.
Junto a él, Aragón temblaba de miedo al ver la masacre.
Los caballeros, quienes siempre habían sido invencibles en su mente, habían sido derrotados sin piedad.
En ese momento, un estruendo sacudió el castillo.
La puerta principal fue derribada por el más musculoso y gigantesco de los cinco intrusos.
Con una fuerza sobrehumana, levantó la pesada puerta como si fuera una pluma, y los otros cuatro subieron sobre ella.
Luego, el coloso lanzó la puerta con sus compañeros encima hacia la ventana donde William y Aragón se encontraban.
“Pronto, ¡vete, Aragón!” ordenó William con urgencia.
“Llévate al rey de aquí.
Ve a Estados Unidos, al desierto de Nevada.
Allí encontrarás quien te entrene en el arte del ‘AURA’.
Pero, tío, no puedo dejarte con esos cuatro,” protestó Aragón, su voz temblorosa pero firme.
“¡Debes irte ya!” exclamó William, su tono implacable.
“No sé si pueda contenerlos, pero te ganaré tiempo para que escapen.” El rey, que hasta ahora había permanecido en silencio, intervino con calma autoritaria.
“Hazle caso, muchacho.
Esto no es un debate.” Aragón no tuvo más opción que obedecer.
Tomó al rey por el brazo y lo guio a través de los pasadizos secretos del castillo, laberintos oscuros iluminados solo por antorchas parpadeantes.
Sabía que debían llegar a los aposentos de la princesa, la siguiente en la línea de mando.
Mientras tanto, los cuatro intrusos irrumpieron en el salón real, sus pasos resonando como truenos en el silencio sepulcral.
Uno de ellos, el líder aparente, habló con una voz fría y cortante: “¿Dónde está?” “No importa dónde esté, y no se los diré,” respondió William, enfrentándolos con determinación.
“Pelearán conmigo.” Un halo de energía comenzó a emanar de su cuerpo, envolviéndolo en una luz dorada que brillaba intensamente en contraste con la oscuridad del salón.
Era el poder del “AURA”, desatado en su máxima expresión.
William se preparó para enfrentar a los invasores, sabiendo que esta batalla podría ser su última.
Por otro lado, Aragón y el rey llegaron a los aposentos de la princesa.
“¡Elizabeth!
¡Elizabeth!” llamó el rey con urgencia.
La puerta se abrió lentamente, revelando a una joven de la misma edad que Aragón.
Sus ojos celestes brillaban como gemas bajo la tenue luz, y su cabello dorado caía en ondas suaves sobre sus hombros.
Elizabeth los miró con curiosidad.
“¿Qué hacen aquí tan tarde?” preguntó con voz suave.
“¿No has escuchado todo el ruido que hay afuera?” preguntó el rey, su tono lleno de preocupación.
“No, papá.
Estuve dormida.
Las clases y los quehaceres me agotan,” respondió ella, frotándose los ojos con inocencia.
El rey tomó aire profundamente, sabiendo que no había tiempo para explicaciones.
“Elizabeth, tenemos que irnos.
Ahora.” “Pues hija, no hay tiempo para explicaciones.
Es hora de irnos,” dijo el rey con una voz que denotaba angustia, su tono más grave de lo habitual.
“¡Corran, señor!” gritó Aragón cuando vio un brazo enorme romper las paredes como si fueran papel.
El monstruo que emergió de entre los escombros era imponente, de casi dos metros y medio de altura, con músculos descomunales y una expresión feroz que parecía burlarse del miedo.
Emitía sonidos guturales, como rugidos contenidos, mientras avanzaba hacia ellos con pasos pesados que sacudían el suelo bajo sus pies.
“Pónganse detrás de mí, Su Alteza.
Yo los protegeré,” indicó Aragón, desenvainando su espada con determinación.
El acero relució bajo la tenue luz de las antorchas mientras él se colocaba frente al rey y a la princesa, listo para enfrentar al coloso.
Con un grito desafiante, Aragón lanzó un golpe certero hacia el pecho del intruso.
Sin embargo, su espada rebotó como si hubiera chocado contra una montaña de acero.
Antes de que pudiera reaccionar, una mano gigantesca lo golpeó con una fuerza devastadora, enviándolo al suelo inconsciente.
Cuando despertó, el mundo volvió a enfocarse lentamente.
Parpadeó varias veces hasta que pudo distinguir al rey y a la princesa a su lado, ambos mirándolo con preocupación.
Frente a ellos, uno de los intrusos hablaba con desdén: “Vaya, vaya, así que quedaba un tonto caballero real.” Sonrió con crueldad.
“No importa, también morirás.” En ese momento, lanzaron a alguien al suelo junto a Aragón.
Era William, apenas consciente, su cuerpo maltrecho y cubierto de heridas.
“¡Tío, no!
¿Cómo puedes haber sido vencido?” gritó Aragón, arrastrándose hacia él.
William tosió débilmente, su voz apenas un susurro.
“Tenía buen dominio del AURA…
pero ellos eran más fuertes.
Además, están con prisa…” “Resiste, tío,” murmuró Aragón, intentando contener las lágrimas.
El líder de los intrusos se acercó al rey con una sonrisa siniestra.
“Bien, rey tonto, y tus tontas leyes antiguas.
Esto acaba aquí y ahora.” “¿Quiénes son?
¿Por qué nos atacan?” preguntó el rey, su voz firme a pesar de la desesperación en sus ojos.
“Somos simples ciervos a la nueva causa,” respondió el líder, y sus compañeros soltaron risas burlonas.
Luego, señalando a Aragón, añadió: “Mira lo que me hicieron hacer, padre.” “¡Oh, no!
¡Charles!
¿Hijo, por qué?” exclamó William, horrorizado al reconocer la voz.
El líder se quitó la máscara, revelando el rostro de Charles.
Sus ojos brillaban con una mezcla de arrogancia y odio.
“Padre, ¿recuerdas esos textos antiguos que mencionabas?
Bueno, algunos amigos me enseñaron muy bien.
Tal vez sea más débil que mi querido primo en apariencia, pero solo fingí serlo para buscar información y fortalecerme en secreto.
Junto con algunos aliados, planeé todo esto durante tres años.
Fue suficiente para superar a tu preciosa Guardia Real…
y a ti, padre.” Charles hizo una pausa, disfrutando del dolor que veía en los ojos de William.
“Te dejé vivir para que vieras cómo destruyo tus tontas creencias.” Antes de que alguien pudiera reaccionar, Charles agarró al rey por el cuello y pronunció con frialdad: “NUBIA DRAGON RAGE.” Inmediatamente, el cuerpo del rey comenzó a arder en llamas intensas, como si estuviera siendo consumido por un fuego infernal.
En cuestión de segundos, su figura se desintegró completamente, dejando solo cenizas flotando en el aire.
“Vaya, qué patético.
Pensé que sería más resistente,” comentó Charles con desprecio.
Luego, girándose hacia la princesa, añadió: “Ahora es su turno, Su Majestad.
Aunque eres hermosa, no puedo dejar nada del pasado vivo.
Eso incluye a ti, a Aragón y, finalmente, a ti, padre.” “Bien, Su Majestad, es hora de morir,” dijo Charles, acercándose lentamente a Elizabeth.
“Hijo, ¿qué te ha pasado?
¿Por qué haces esto?
¿Qué no te he dado todo?” preguntó William, jadeando por el esfuerzo de hablar.
“¿Todo?
¡No me has dado nada!
Me robaste mi legado, mi derecho de nacimiento.
Siempre preferiste a ese tonto de Aragón.” Charles apretó los puños, su voz llena de veneno.
“No pensé que fueras a tener celos de tu propia familia,” respondió William, con tristeza en su voz.
“Sabes, eres un tonto, padre.
Igual que todos ustedes.
Voy a matar a la princesita primero, luego a Aragón frente a tus ojos, y cuando veas todo lo que has perdido, acabaré contigo.” Charles soltó una carcajada diabólica que resonó en el silencio sepulcral del castillo.
“¡No lo hagas, primo!” gritó Aragón con desesperación, desenvainando su espada en un movimiento rápido.
Con un golpe certero, logró hacer una marca profunda en la mejilla de Charles, que comenzó a sangrar abundantemente.
Charles retrocedió un paso, tocándose la herida con asombro.
Luego, sus ojos se oscurecieron de furia.
“Me impresionas, primo.
Pensé que estabas muerto de miedo,” dijo entre dientes, su voz cargada de odio.
“Veo que bajé la guardia.
Pero paciencia…
Primero acabaré con la princesa, y luego será tu turno.” William, aun gravemente herido, logró ponerse de pie con gran esfuerzo.
Su cuerpo temblaba, pero su mirada era firme.
“Escúchame, Aragón,” dijo con urgencia, cada palabra costándole un esfuerzo sobrehumano.
“Debes ir donde te dije.
Sigue vivo y mantén viva nuestra historia y cultura.
Llévate a la princesa y protégela.” “¿Qué piensas hacer, padre?” preguntó Charles, su tono burlón mezclado con curiosidad.
“No me dejas otra opción, muchacho malcriado.
Yo no crie a un loco ni a un enfermo,” respondió William con tristeza, pero también con determinación.
“Si crees que Aragón es como un hijo, entonces sí, lo es.
Siempre ha estado a mi lado, mientras tú te alejabas por celos hacia él al parecer, es que no me daba cuenta de eso.
Esta es mi última carta.” Con un grito desgarrador, William utilizó una técnica que nunca antes había mostrado: una velocidad sobrehumana que lo hizo parecer una sombra fugaz.
En un abrir y cerrar de ojos, rescató a la princesa y la colocó junto a Aragón.
“¡Qué rápido es!” exclamó uno de los intrusos, sorprendido.
“Sí, lo es, a pesar de estar en las últimas,” añadió otro, observando la escena con admiración y preocupación.
“¡Vete, Aragón!” ordenó William, activando una especie de campo de energía que los expulsó hacia la costa.
“¡Buena suerte, muchacho!” “¡No, tío!” gritó Aragón, sosteniendo a la princesa inconsciente en sus brazos mientras el viento frío del mar azotaba su rostro.
“Bien, si tengo que llevarlos a todos por mi honor, lo haré,” murmuró Charles, su cuerpo comenzando a brillar con un resplandor carmesí.
Con sus últimas palabras, William pronunció: “INMEN EXPLOSION.” “¿Qué es eso, señor?” preguntaron los hombres a Charles, alarmados.
“¡Salgamos de aquí!
¡El maldito piensa destruir todo el lugar!” gritó Charles, intentando huir.
Pero ya era demasiado tarde.
La explosión fue devastadora, iluminando el cielo nocturno como un segundo sol.
El castillo entero fue consumido por una lluvia de fuego y escombros, dejando solo cenizas a su paso.
Aragón quería regresar, correr hacia su tío, pero sabía que William había dado su vida para salvarlos.
Miró a la princesa inconsciente a su lado y, con el corazón destrozado, la llevó hasta un bote que encontró en la costa.
Mientras remaba hacia el horizonte, su mente estaba llena de preguntas.
¿Por qué Charles había cambiado tanto?
¿Cómo pudo su primo, alguien a quien una vez consideró familia, convertirse en un monstruo?
El bote se mecía suavemente sobre las aguas oscuras mientras la brisa salada acariciaba su rostro.
Finalmente, llegó a Nevada.
Allí encontró al maestro que William le había mencionado, un anciano sabio cuyos ojos reflejaban siglos de conocimiento.
Bajo su tutela, Aragón aprendió a dominar el arte del AURA, superando incluso a sus expectativas.
Viajó por otros lugares, enfrentando desafíos y fortaleciendo su espíritu.
Antes de que pudiera continuar su relato, el mundo que lo rodeaba se detuvo repentinamente.
Todo quedó en pausa, como si el tiempo mismo hubiera sido congelado.
Solo él podía moverse.
Confundido, giró lentamente, buscando una explicación.
De pronto, escuchó una voz femenina detrás de él.
Era suave, casi etérea, pero cargada de urgencia.
“Por fin te encuentro,” dijo la voz.
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