El sistema del perro agente - Capítulo 133
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133: ¿Una Cita Dices?
133: ¿Una Cita Dices?
Adrián estaba inclinado sobre su laboratorio improvisado, rodeado de tubos de ensayo, pantallas holográficas y cables que parecían extenderse como venas hacia cada rincón del espacio.
Sus ojos brillaban con una mezcla de concentración y emoción mientras completaba el último cálculo.
“Este es el último paso,” murmuró para sí mismo, ajustando un dial minúsculo en una máquina compleja.
Adrián, conocido en el mundo científico como Ronald Borges, era un prodigio único.
A diferencia de los otros miembros de su equipo, quienes utilizaban sus habilidades para manipular metales o comunicarse con la tecnología, él poseía una conexión extraordinaria con la red global.
Era capaz de acceder a cualquier información, procesarla y utilizarla para resolver problemas en cuestión de segundos.
Gracias a esta habilidad, había obtenido varios títulos universitarios y tres doctorados antes de cumplir los veinte años.
Desde joven, Adrián había sido el “reparador oficial” del grupo, convirtiendo lo inservible en innovador y creando avances tecnológicos que dejaban a todos asombrados.
“¿Qué tal si colocamos esto aquí?” dijo en voz alta, ajustando la última variable en su fórmula.
Luego, con un gesto triunfal, exclamó: “¡Voilà!” Con cuidado, extrajo la solución en una jeringa y la inyectó en el brazo de uno de los chicos controlados que yacía inconsciente en una cama médica.
El monitor cercano, que mostraba una sustancia negra y viscosa invadiendo el cerebro del chico, comenzó a cambiar lentamente.
Las sombras oscuras retrocedieron, dejando paso a un brillo saludable en las imágenes cerebrales.
“¡Es excelente!” gritó Adrián, dando un salto de alegría.
“Después de más de treinta pruebas fallidas, ¡la número 31 es la buena!
¡Listo!
¡Tengo la cura!” Sin perder un segundo, tomó su dispositivo de comunicación y contactó a Marie.
“Marie, ¡tengo la cura!” anunció con entusiasmo apenas ella respondió.
La noticia fue recibida con un suspiro de alivio.
Sin perder tiempo, Marie activó su enlace con el resto del equipo.
“¡Atención a todos!
Adrián ha logrado neutralizar la toxina que controlaba a los niños raptados.
Indiquen sus posiciones; una vez que el Equipo O logre producir la vacuna en masa, se les enviará para su distribución.” Sin embargo, algo no cuadraba.
Después de varios intentos, el equipo del jefe seguía sin responder.
“¡No puede ser!” murmuró Marie, caminando de un lado a otro mientras pensaba qué hacer.
“Ya falta poco tiempo para que lo pactado con el general venza…
¿Qué hago?
¿Qué hago?” De repente, una idea cruzó su mente.
“¡Azulema!
¡La llamaré!” Con un toque en su dispositivo, estableció la conexión.
Del otro lado, la voz burlona de Ezequiel resonó casi de inmediato.
“Hola, Marie.
¿Qué pasa?
Parece que no puedes vivir sin mí.
Otra vez me llamas,” dijo él con tono molesto pero juguetón.
“No es eso,” replicó Marie con impaciencia.
“Pásame con Azulema de inmediato.” “Seguro que te sonrojaste del otro lado,” continuó Ezequiel, ignorando su urgencia.
“¡No seas tonto y pásame con Azulema!” ordenó Marie, su paciencia al límite.
Un momento después, la voz calmada y segura de Azulema interrumpió la conversación.
“Azulema aquí al habla.
Veo que ese tonto te estaba molestando.
Por suerte, tengo buen oído y pude escuchar,” dijo ella con una sonrisa audible.
“Usaste tu habilidad, ¿verdad?” preguntó Marie, aliviada de haber llegado al punto importante.
“Sí, la usé,” confirmó Azulema.
“Pues qué bueno.
No soportaba a Ezequiel ni una palabra más de su boca.
Ya veo por qué Gat es como es,” comentó Marie con una risa breve, pero sería antes de volver al tema central.
“Necesito que contactes a alguien de tu equipo que esté con Drake para informarles que la vacuna está lista.” “Bien, me encargo,” respondió Azulema sin dudarlo.
Sin perder un segundo, Azulema activó su enlace psíquico, una conexión que funcionaba como un chat mental entre su equipo.
Al otro lado, Ada y Rachel respondieron rápidamente.
“Estamos ocupadas con una pelea, pero le diremos a Drake,” dijeron ambas al unísono.
“Un momento…
¿ustedes están con Drake?” preguntó Azulema, sorprendida.
“Creí que Leila estaba con él.” “Sí, señora, pero no sabemos a dónde se fue,” respondieron las chicas.
“Bien, las dejo.
Intentaré comunicarme con ella,” dijo Azulema antes de cortar la conexión.
Intentó contactar a Leila varias veces, pero no obtuvo respuesta.
“Entonces seguro está en una capa más profunda,” murmuró Azulema para sí misma.
“Tendré que usar la otra manera de contacto: la forma astral.” Se colocó en posición de loto en el suelo, cerró los ojos y comenzó a concentrarse.
Lentamente, su conciencia se deslizó hacia el plano astral, buscando el rastro de Leila en medio de la vastedad mental.
“¡Leila, Leila!
¿Dónde estás, pequeña?” resonó una voz distante en el espacio mental.
Leila, quien estaba concentrada en proteger a Lingo bajo un campo telequinético que brillaba con un leve destello azulado, escuchó la llamada claramente.
Frunció el ceño, intentando identificar el origen de la voz.
“¿Leila?
¿Leila?” volvió a escuchar.
“Me parece conocida esta voz,” murmuró la chica para sí misma.
“¡Oye, contesten, muchacha!” gritó, girándose hacia donde percibía la presencia.
De pronto, una especie de figura holográfica apareció frente a ella: era Azulema, su jefa, cuya expresión calmada contrastaba con la tensión del entorno.
“¡Azulema!
¿Cómo llegaste hasta aquí?” preguntó Leila, sorprendida.
“Gracias a mi poder de movimiento astral,” respondió Azulema con una sonrisa suave.
“Interesante, ¿verdad?
Algún día te enseñaré cómo hacerlo.” “¡Increíble, jefa!
Claro que quiero aprender, pero todo a su tiempo,” replicó Leila, emocionada pero consciente de la situación.
“Así que aquí estás, niña.
Y este lugar lúgubre…
¿Qué es exactamente?” preguntó Azulema, observando el ambiente oscuro y sombrío que los rodeaba.
“Estoy dentro de la mente de un muchacho controlado.
Tiene una dosis mayor de toxina, así que decidí entrar para combatirlo junto a un caballero que encontré por aquí,” explicó Leila rápidamente.
“Siempre te gusta meterte en los lugares más extraños, mi niña,” comentó Azulema con una mezcla de admiración y preocupación.
“Lo bueno es que sigues con vida.
Lo malo es que estás atrapada en una mente.” Azulema dirigió su mirada hacia Lingo, quien permanecía protegido dentro del campo de energía.
“Y ese mocoso que está contigo…
¿Es una proyección mental de la persona en cuya mente te encuentras?
Es bastante guapo.
¿Acaso es tu novio?” preguntó con una sonrisa pícara.
“¡Jefa!, ¡cómo puede decir eso en un momento tan peligroso como este!” protestó Leila, sonrojándose ligeramente.
“Bien, bien, no te enojes.
Solo quería saber dónde estabas.
Además, tengo noticias importantes: ya encontramos la cura,” anunció Azulema con seriedad renovada.
“¿En serio?
¡Eso es genial, jefa!
¿Cuándo llegará hasta aquí?” preguntó Leila, su tono lleno de esperanza.
“En este momento estamos ocupados, pero una vez que terminemos, iremos a tu posición en el océano,” respondió Azulema.
“Entonces, ¿me puede hacer un favor?
Dígale al señor Adrián si puede usar o mejorar la cura para que ayude a este pobre sujeto.
La situación es crítica,” pidió Leila con urgencia.
“Bien, lo haré.
De hecho, haré que vaya lo antes posible,” aseguró Azulema antes de desvanecerse lentamente.
Mientras tanto, en el laboratorio improvisado, Adrián trabajaba incansablemente, ajustando máquinas y revisando datos en sus pantallas holográficas.
Justo cuando creía que tenía un momento de paz, su dispositivo de comunicación vibró.
Era Azulema.
“Hola, habla Azulema,” dijo ella sin preámbulos.
“Ando ocupado, Azulema.
Creando una gran dotación de la vacuna para que los cadetes aquí la suministren en este continente donde estamos,” respondió Adrián, sin apartar la vista de su trabajo.
“Te tengo un desafío mayor.
Y tú, como todo hombre de ciencia, no podrías dejar pasar algo así por alto,” dijo Azulema con astucia.
“¿Qué clase de desafío?” preguntó Adrián, intrigado.
“Bien, capté tu atención,” pensó Azulema para sí misma, satisfecha.
“Resulta que hay uno infectado con ese control, pero parece que le han administrado una dosis mucho mayor de esa toxina.
Necesito que vayas a la base de los malos y ayudes a mi pequeña Leila.
Si lo haces…” Azulema hizo una pausa dramática, tragando saliva antes de continuar, “…tendremos esa cita que tanto querías.” “Bien, lo haré de inmediato.
Construiré una nave personal lo antes posible, pero antes le explicaré el funcionamiento a uno de los cadetes,” respondió Adrián, aceptando el reto con entusiasmo.
Sin perder tiempo, comenzó a trabajar en su nuevo objetivo.
“Funcionó.
Sabía que aún siente cosas por mí,” pensó Azulema, aunque en su interior se sintió incómoda por tener que coquetear como una colegiala enamorada.
“En fin, niña, me debes una muy grande.” De vuelta en la mente de Lingo, Azulema reapareció brevemente.
“Leila, ¿sigues ahí?” preguntó.
“Sí, señora, pero no tengo mucho tiempo.
Nos atacan por todos lados,” respondió la chica, su voz cargada de tensión.
“Conseguí que el mismo Adrián vaya a ayudarte, pero me deberás un favor muy, muy grande, niña.
Suerte, y no desperdicies demasiado tu mana cubriéndote,” advirtió Azulema antes de desvanecerse completamente.
Leila respiró hondo, sabiendo que la ayuda estaba en camino.
Pero también era consciente de que cada segundo contaba.
Con determinación renovada, fortaleció el campo protector y se preparó para enfrentar la siguiente oleada de ataques.
La joven Leila se quedó pensativa por un momento, preguntándose cómo su jefa había logrado convencer tan rápidamente al señor Adrián.
Sin embargo, algo le decía que el “gran favor” que tendría que devolver sería épico.
Imaginó a Azulema como una diablita con cola y cuernos, azotando un látigo mientras ella subía una carreta cargada cuesta arriba por una montaña imposible.
“¡Ay, no!” exclamó Leila, sacudiendo la cabeza para despejar su mente.
“¡Concéntrate, muchacha, o te van a matar!” gritó Aragón desde el campo de batalla, su voz resonando con urgencia en el espacio mental.
Sin embargo, una vez que las palabras salieron de su boca, hizo una pausa, como si dudara de su propia afirmación.
“No sé si eso aplique a este lugar,” añadió, frunciendo el ceño mientras bloqueaba un ataque de una de las copias de Larot con su AURA dorado, que brillaba intensamente como un faro en medio de la oscuridad.
Las copias seguían avanzando sin descanso, sus movimientos rápidos y coordinados, como una marea imparable que amenazaba con ahogarlos a todos.
Cada golpe que Aragón desviaba resonaba como un trueno, iluminando brevemente el entorno sombrío con destellos dorados.
“B-Bueno, si tiene razón,” murmuró Leila con voz temblorosa, mirando hacia donde Aragón luchaba con determinación.
“Si morimos aquí…
también lo haremos en el mundo real.” La joven tragó saliva, sintiendo cómo el peso de esa verdad caía sobre sus hombros como una losa.
Su respiración se aceleró, y por un momento, su concentración flaqueó.
El campo telequinético que protegía a Lingo comenzó a titilar, como si estuviera a punto de desvanecerse.
“No, no, no,” se reprendió a sí misma, cerrando los ojos con fuerza.
“Debo mantenerme enfocada.
Si pierdo esto, todos estamos muertos.” Abrió los ojos de nuevo, esta vez con una chispa de resolución en su mirada.
Fortaleció el campo protector alrededor de Lingo, haciendo que el brillo azulado volviera a estabilizarse.
Sabía que no podía permitirse el lujo de dudar, no cuando cada segundo contaba.
Por su parte, Aragón continuaba enfrentándose a las copias con una ferocidad implacable.
Su cuerpo estaba envuelto en un halo dorado del AURA, brillando como un faro en medio de la oscuridad mientras enfrentaba a las copias de Larot que avanzaban sin descanso.
Lejos de allí, Adrián recibió una llamada urgente.
“Señor Adrián,” indicó una voz al otro lado de la línea.
“Tron, envíame la dirección exacta.
Voy para allá lo antes posible,” respondió Adrián con rapidez.
“Pero primero quiero que busques dónde está Leila y me indiques el lugar.
Analiza cualquier cosa que te parezca rara o tenga ese virus, como los controlados.
¡De inmediato!” En el aire, algo rápido pasó volando sobre la nave que viajaba Rafael y compañía, dejando una estela de luz brillante en el cielo.
“¿Acaso ese era Adrián?” se preguntó Rafael, observando la estela con asombro.
“Será mejor que acelere para alcanzarlo.
Luego seguiremos la conversación, niño malcriado,” dijo, dirigiéndose a Akira con una sonrisa seria.
“¿Qué fue eso?” se preguntaban Melisa y su equipo, quienes iban detrás de ellos, mirando hacia el cielo con curiosidad.
Mientras tanto, Tron, el robot creado por Adrián, comenzó su búsqueda.
Transformó su cuerpo en una forma más humana para moverse con mayor facilidad y se introdujo por unos ductos oscuros y angostos.
Finalmente, llegó a una sala de cárceles, donde se encontró con una pared extremadamente dura hecha de Luxteno o era lo que parecia, un material casi indestructible.
“El objetivo, Leila, se encuentra más adelante.
No puedo pasar, señor,” indicó Tron a su creador.
“¿Qué tal si usas tu nueva mano láser?
Es capaz de romper cualquier cosa creada por el hombre…
aunque espero que este Luxteno no sea una excepción solo espero que sea una copia barata,” respondió Adrián, su tono mezcla de confianza y preocupación.
Tron posicionó su brazo contra la pared, y este comenzó a calentarse intensamente.
Sin embargo, la estructura ni siquiera se inmutó.
En su muñeca apareció un cuadro de diálogo: “¿Desea aumentar potencia?
Sí/No.
Se requiere autorización.” “Señor,” llamó Tron.
Necesito su autorización.
“Secuencia aprobada,” dijo Adrián, presionando un botón en su muñeca.
El puño del robot se convirtió en un horno incandescente, brillando como lava líquida.
Un rayo gigantesco emergió de su brazo, perforando la pared con un rugido ensordecedor.
El agujero resultante tenía el tamaño exacto del robot.
“Bien, señor, su nueva mejora me ayudó a romper eso,” informó Tron, satisfecho.
“¿Dudabas de mí, acaso, Tron?” preguntó Adrián con una sonrisa arrogante.
“No, señor,” respondió el robot sin vacilar.
“Bien, ve y busca lo que te pedí.
Ya estoy llegando en cinco minutos,” ordenó Adrián.
“Así será, señor,” replicó Tron antes de adentrarse en el agujero.
Al entrar, el robot detectó tres figuras: dos hombres frente a frente y una chica que se colocaba casi en el centro, tocando sus cabezas.
“Leila no se mueve, señor,” informó Tron, analizando la escena.
“Pero está estable.” “Bien, qué bueno.
Pero busca lo que te dije ya,” insistió Adrián.
Tron revisó a las tres personas rápidamente.
“El de marrón no tiene nada.
Leila tampoco.
Pero…” Hizo una pausa al analizar a Larot.
“Advertencia: grandes cantidades de virus controlador en este sujeto.
Se recomienda actuar con discreción o el sujeto puede morir.” “Lo escucho, señor.
¿Señor?” repetía Tron, buscando confirmación.
“No es necesario, mi amigo.
Ya estoy aquí,” dijo Adrián, entrando en la sala con una expresión decidida.
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