El sistema del perro agente - Capítulo 136
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
136: ¿Funciono?
136: ¿Funciono?
Los segundos transcurrían como horas pesadas y espesas, cargados de tensión y expectativa.
Las pantallas parpadeaban con gráficos que parecían contener el destino de todos ellos.
Finalmente, un cambio sutil comenzó a manifestarse: el virus oscuro que invadía el cerebro de Larot —un manto oscuro que se retorcía como humo vivo— empezó a retroceder lentamente, dejando paso a un brillo tenue pero saludable que resplandecía en las imágenes proyectadas.
“¡Está funcionando!” exclamó Rafael, su voz vibrando con una mezcla de alivio y triunfo.
La sonrisa en su rostro era tan genuina que parecía iluminar toda la sala.
“¡Lo logro señor!” “¡Lo logré!” respondió Adrián, permitiéndose relajar los hombros por primera vez en lo que sentía como una eternidad.
Sus manos temblaban ligeramente, no solo por el agotamiento, sino también por la emoción contenida.
Adrián miró de reojo a Rafael y soltó una risa breve pero cálida.
“Dirás lo logramos, muchacho.” “¡Lo hicieron!” gritó Megumi desde su posición, lanzando con precisión una última roca hacia un robot que intentaba rodearlos.
El impacto resonó con un eco metálico, y el robot cayó con estrépito.
“¡Ahora solo queda esperar que esto termine!” En ese preciso instante, Leila sintió una oleada de energía renovada proveniente del lugar donde Larot yacía conectado.
Era como si una corriente eléctrica invisible le recorriera la columna vertebral, despertando cada nervio en su cuerpo.
Frunció el ceño, girándose hacia el epicentro de esa sensación.
“Algo está cambiando,” murmuró, más para sí misma que para los demás.
Aragón también lo percibió.
Sus ojos, cansados pero alertas, se fijaron en el mismo punto.
Una sonrisa débil pero sincera se dibujó en su rostro.
“Parece que tuvieron éxito,” dijo con voz ronca, cargada de gratitud.
“Ahora solo queda resistir un poco más.” Ambos, aunque exhaustos hasta el límite, redoblaron sus esfuerzos.
Cada movimiento, cada golpe, cada decisión estaba impregnada de una nueva determinación.
Sabían que la batalla aún no había terminado, pero por primera vez en mucho tiempo, sintieron una chispa de esperanza que brillaba tan intensamente como el amanecer tras una noche interminable.
Uno a uno, los clones de Larot comenzaron a derretirse como figuras de cera bajo un sol abrasador.
Todo a su alrededor se volvió blanco, un vacío puro e inmaculado.
En el regazo de Leila, Lingo —el pequeño ser que había sido protegido por ella todo este momento— susurró apenas audible: “Gracias,” antes de desvanecerse en una bruma plateada.
Un instante después, reapareció transformado: un adulto alto y elegante, vestido con el traje de caballero oscuro que tanto había significado para él.
“Lingo… ¿eres tú de nuevo?” preguntó Aragón, su voz teñida de asombro y alegría.
Se acercó con pasos lentos pero decididos, como si temiera que aquella visión pudiera desaparecer en cualquier momento.
Lingo asintió, su rostro reflejando una mezcla de alivio y orgullo.
“Sí,” respondió con firmeza, su voz profunda resonando en el vacío.
“Qué bueno que regresaste,” dijo Aragón, abrazando a su pupilo con una fuerza que hablaba de años de preocupación, amor y sacrificios compartidos.
Fue más que un abrazo; fue una declaración silenciosa de todo lo que no necesitaba decirse en palabras.
“No es momento de reuniones,” interrumpió Leila, su tono urgente pero calmado cortando el aire como un cuchillo.
“Debemos salir de aquí o nos quedaremos atrapados.” Extendió sus manos hacia ellos, sus ojos brillando con una mezcla de autoridad y preocupación.
“Denme sus manos.” Sin dudarlo, ambos colocaron sus manos sobre las de ella.
En un parpadeo, todo a su alrededor se desvaneció.
Pero justo antes de que la escena se disolviera por completo, se pudo ver algo en la mente de Lingo: un vasto espacio blanco, inmaculado, salvo por una diminuta mancha negra que se movía lentamente a lo lejos.
Que comenzó a ocultarse de la luz.
De vuelta en el mundo real, ya fuera del subconsciente, maestro y discípulo se encontraron nuevamente cara a cara.
Era más que una reunión; era un reencuentro de padre e hijo, lleno de emociones que ninguno de los dos podía expresar con palabras.
Ambos se volvieron hacia Leila y su equipo, dedicándoles miradas de profundo agradecimiento.
“Aún no estamos del todo libres,” indicó Akira, su voz afilada como una hoja mientras seguía luchando contra los robots restantes.
Sus movimientos eran fluidos y precisos, cada golpe calculado para maximizar el daño.
Leila observó a los demás combatientes que no conocía, sus cuerpos moviéndose con una coordinación casi sobrenatural.
“Vaya, ¿quiénes son ustedes?” preguntó, su curiosidad palpable incluso en medio del caos.
“Somos parte de las unidades de la Agencia Super Secreta,” respondió Amaya sin detenerse, derribando a un enemigo con un movimiento rápido y certero lanzando unas serpientes eléctricas de goma dulce.
Su voz era firme, pero había un destello de humor en sus palabras.
“Vaya, no conozco a todos, pero bueno, entre más, mejor,” dijo Leila, encogiéndose de hombros mientras bloqueaba un ataque con su telequinesis.
Luego añadió con una sonrisa nostálgica: “Lástima que no estén mis conocidos.” “¿Qué te parece si acabamos con estas cosas?” dijo Aragón, su voz resonando con una mezcla de confianza y determinación mientras miraba a Lingo.
Sus ojos brillaban con la misma intensidad que las llamas que danzaban en su aura.
Lingo asintió con firmeza, sus labios curvándose en una sonrisa apenas perceptible.
“Estoy contigo,” respondió, su tono tranquilo pero cargado de poder contenido.
Ambos alzaron sus manos al unísono, y un torrente de energía pura brotó de ellos como un río desbordado.
La ráfaga de poder fluyó hacia los robots restantes con una velocidad vertiginosa, desintegrándolos en un instante.
El estruendo metálico de sus cuerpos colapsando resonó por todo el lugar, dejando tras de sí solo montones de chatarra humeante.
“Ya los habíamos suavizado para ustedes,” comentó Akira con un tono sarcástico, cruzándose de brazos mientras observaba los restos destrozados de los robots.
Su media sonrisa era inconfundible, aunque estaba dentro de la armadura, se pudo escuchar un sonido el sonido que hizo con los labios Leila se acercó a Larot, estudiándolo con una mezcla de curiosidad y cautela.
“Ya no están en nuestra contra, ¿verdad?” preguntó, su voz suave pero llena de esperanza.
“No, para nada, muchacha,” respondió Larot con una sonrisa cálida.
“Gracias a ti volví a ser el mismo…
pero no del todo.” Su expresión se ensombreció ligeramente.
“Hay algo en mi pasado que se me olvidó, y no sé cómo recobrarlo.” “Tal vez mi jefa pueda ayudarte con eso,” sugirió Leila, su tono optimista pero práctico.
“Pero por ahora, necesitamos de tu apoyo para ayudar a Adía contra ese ser maligno, Geros.” “Es lo justo,” intervino Aragón, asintiendo con decisión.
Luego miró a Lingo.
“¿Qué te parece si los ayudamos y luego le hacemos una visita a Zeus?” “Nada me parecería mejor,” respondió Lingo con una sonrisa.
Ambos colocaron sus puños sobre la estructura que bloqueaba su camino, y con un grito simultáneo, la destruyeron como si fuera una burbuja pinchada por una aguja afilada.
Fragmentos de metal y polvo volaron en todas direcciones, dejando un camino despejado frente a ellos.
Al atravesar el obstáculo, el grupo se encontró con Podbe y los demás luchando contra un remanente de robots.
“La ayuda llegó,” pensó Leila mentalmente, enviando una señal de alivio a los demás.
Entraron todos juntos, uniéndose a la refriega con una precisión casi coreografiada.
Cada movimiento estaba sincronizado, como si hubieran luchado codo a codo durante años.
Larot destacaba entre ellos, sus ataques fluidos y calculados desprendían una elegancia letal.
Con cada golpe, derribaba a los enemigos restantes con una eficiencia que dejaba sin aliento.
Su figura imponente parecía danzar entre el caos, un faro de determinación en medio del fragor de la batalla.
Desde la distancia, María observó a Larot con una mezcla de admiración y asombro.
Sus ojos recorrieron su silueta, deteniéndose en su rostro ahora descubierto.
“Es él… el caballero oscuro,” murmuró, su voz apenas audible por encima del estruendo.
Sus mejillas se tiñeron de un leve rubor mientras añadía, casi para sí misma: “Se ve apuesto sin su casco.” Leila, siempre atenta, captó el comentario y no pudo evitar sonreír con picardía.
“No lo había notado,” bromeó, acercándose a María con una expresión traviesa.
Su tono ligero rompió momentáneamente la tensión del combate, arrancando una risita nerviosa de los labios de María.
“¿Nos vas a atacar de nuevo?” preguntó Aiden, su voz cargada de desconfianza mientras Podbe se colocaba en posición defensiva, listo para actuar si algo salía mal.
“No, nada de eso,” respondió Larot con calma, levantando las manos en un gesto de paz.
Su voz era firme pero amable, como si quisiera transmitir con cada palabra que ya no era la misma persona que antes los había enfrentado.
“¡Qué gusto me da!” exclamaron María y Elena casi al unísono, olvidando por completo que aquel mismo caballero, cuya presencia ahora las llenaba de admiración, había intentado acabar con sus vidas en el pasado.
La transformación en él era tan evidente que parecía haber borrado cualquier rastro de hostilidad.
Era como si el tiempo se hubiera reiniciado, ofreciéndoles una nueva oportunidad para conocerlo sin los prejuicios del ayer.
Igualmente, Riota, Gat, Floud y los demás dirigieron sus miradas un tanto exaltadas hacia Aragón.
“Por hoy solo tenemos un objetivo en común: vencer a lo que está detrás de esto y luego a Zeus,” declaró Aragón con firmeza.
“Como dice el dicho: ‘El enemigo de mi enemigo es mi amigo’…
o algo así.
No me acuerdo mucho,” añadió Eduard con una risa nerviosa, rascándose la nuca.
Todos decidieron formar una tregua temporal, incluso Gat, cuya terquedad era legendaria, y los niños, especialmente Riota, quien Aragón había dejado una marca indeleble en él durante su último enfrentamiento.
“Se ve diferente sin su casco Sir Larot,” observó Billy, su voz llena de asombro.
“Tienes razón,” coincidió Aiden.
“Parece otro.
Ya no emana odio como antes cuando nos quería matar a todos me pregunto que habrá cambiado.” Dentro del espacio mental de Podbe, Reia procesaba la escena con su habitual frialdad.
“Has alcanzado el nivel 16.
Adquieres un punto de habilidad,” anunció, leyendo la notificación del sistema con precisión robótica.
“Ah, bueno, creo que solo subimos un nivel puesto que no vencimos a todos los robots.
Qué mal,” comentó Podbe con un dejo de decepción en su voz.
Sin embargo, rápidamente sacudió la cabeza, recuperando su enfoque.
“No importa, Podbe.
Ya subirás más.
Ahora vamos a apoyar a Adía; nos necesita.” Le dijo Aiden.
“Sí,” respondió el can tanto en su mente como en voz alta, bueno lanzando un ladrido que resonó como un eco de determinación.
“Bien, prepárense todos.
Vamos a romper este muro,” anunció Aragón con voz firme, su puño comenzando a brillar con un resplandor intenso que iluminaba las sombras a su alrededor.
Junto a él, Larot hizo lo mismo, sus energías combinándose en una danza de luz y poder.
Con un rugido simultáneo, ambos lanzaron sus ataques contra la barrera, desintegrándola en un estallido cegador.
Al hacerlo, se sorprendieron al encontrarse frente a un vasto horizonte que parecía respirar vida propia, como si el mundo entero hubiera estado esperando este momento.
Mientras tanto, en algún rincón remoto de África, el ambiente era muy distinto.
El interior de la nave improvisada estaba lleno de tensiones mezcladas con momentos de ligereza.
“Señor Ezequiel, ¿qué pasó?
Creí que íbamos a ir a apoyar a los chicos en el Pacífico,” comentó Piti, su tono cargado de preocupación mientras miraba a su jefe con ojos interrogantes.
“Parece que esta nave se averió,” respondió Ezequiel, rascándose el mentón con aire distraído mientras inspeccionaba los restos del motor.
“Me presionaron mucho y me olvidé de colocar un buen motor con los restos que encontré,” añadió Becky, bajando la mirada con un dejo de culpabilidad.
“Bueno, muchacha, no es tu culpa del todo,” intervino Azulema, cruzándose de brazos con una sonrisa traviesa.
“A veces, Ezequiel es un viejo que le gusta hacer las cosas apuradas.” “¡Viejo!” exclamó Ezequiel, fingiendo indignación.
“Tú y yo somos contemporáneos, Azulema.” Luego, más calmado, añadió: “Sí, creo que te debo una disculpa, Becky.
Te apresuré con la construcción de la nave, y eso no fue justo.
Lo siento.” “No hay problema, señor,” respondió Becky con una sonrisa tímida.
“La buena noticia es que tenemos la cura, y nos la enviará la unidad O.
Así que podemos sanar a los huérfanos controlados y llevarlos a un lugar seguro.” “Sí, creo que tienes razón,” coincidió Mark, su voz tranquila pero llena de optimismo.
Las chicas —Teresa, Alicia y Samanta— intercambiaron miradas cómplices antes de rodearlo con admiración.
“Siempre ves el lado bueno de las cosas, Marky,” dijeron al unísono, haciendo que el joven se sonrojara intensamente.
“¡Vaya, vaya!” exclamó Azulema, empujando a las chicas a un lado y tomando las manos de Mark con gesto dramático.
“Este chico merece un poco de espacio, ¿no creen?, además es mi turno”.
En su mente Azulema decía la única que le puedo decir Marky soy yo.
“Bien, reportaré nuestro paradero para que nos envíen los suministros,” dijo Becky, recuperando el foco mientras comenzaba a mover algunas herramientas.
“Y armaré una máquina tal cual las especificaciones de mi jefe Adrián.” De pronto, el estómago de Piti rugió con fuerza, rompiendo el silencio momentáneo.
“Señor, tengo hambre.
¿No habrá algo por aquí?” preguntó, frotándose el abdomen con expresión ansiosa.
“No, Piti, no hay nada en esta nave destartalada,” respondió Ezequiel con un suspiro resignado.
Pero apenas terminó de hablar, los estómagos de todos comenzaron a rugir al unísono.
La pelea con los controlados había dejado a todos exhaustos y famélicos.
“Tengo una tarea para ti, joven Piti,” dijo Ezequiel con una sonrisa astuta.
“Ve y compra comida para todos.
Yo invito.” Sacó una tarjeta y se la entregó al muchacho.
“¿En serio, señor?
¡Lo que sea!” exclamó Piti, emocionado.
“Sí, Piti, lo que sea.
Además, tú eres el más rápido de aquí,” confirmó Ezequiel.
Los ojos del muchacho brillaron de entusiasmo.
“Bien, señor.
Por comida, haré cualquier cosa.” Anotó rápidamente lo que todos querían comer y desapareció en un abrir y cerrar de ojos, moviéndose como un relámpago.
En un parpadeo, regresó cargado con bolsas de comida de diferentes partes del mundo.
“¡Qué rápido eres, niño!” exclamó Azulema, impresionada a pesar de sí misma.
“A pesar de tener esa figura, eres más ágil de lo que parece.” “Gracias, señora,” respondió Piti, sonrojándose ligeramente.
Una vez que todos comieron, recibieron las dosis de la cura en un transporte especial.
“Bien, les diré a los cadetes que queden que tengan a los controlados bajo custodia y se preparen para regresar a la base,” anunció Azulema con autoridad.
“Niña, puedes armar otra nave, pero esta vez que sea buena y potente,” le indicó Azulema a Becky.
“Sí, señora,” respondió la chica con determinación.
“Bien, tienes media hora para hacerlo.
Ahora que todos están satisfechos y listos para apoyar al jefe, es el momento perfecto,” dijo Azulema.
Becky asintió y comenzó a trabajar, sus manos moviéndose con rapidez y precisión.
En poco tiempo, completó una nave que parecía un gorrión plateado, elegante y veloz.
“Ya está todo listo, y ahora sí mejoré todo,” anunció Becky con orgullo mientras el grupo subía a bordo.
Azulema, Piti, las tres chicas, Ezequiel, Mark y Becky ocuparon sus lugares.
“Bien, destino: el Océano Pacífico.
Solo resistan, muchachos,” dijo Azulema mientras la nave despegaba con un rugido potente, surcando el cielo como una flecha hacia su objetivo.
En Japón, Ray y su equipo también se preparaban para partir.
Después de dejar a cargo al jefe de los cadetes para que distribuyeran las curas y regresaran con los huérfanos a la base, subieron a su nave.
“Bien, es hora de irnos,” anunció Margaret con decisión.
Ramona, Brea, Marta y Sheila subieron a la nave de Radar, rumbo al punto de encuentro con su líder supremo, Drake.
Solo faltaban cuatro horas para que terminara el tiempo indicado por el general.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com