El sistema del perro agente - Capítulo 137
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137: Adía vs Geros (1) 137: Adía vs Geros (1) Adía danzaba entre los destellos de fuego y energía oscura, sus manos tejiendo hechizos con la precisión de un artesano forjando su obra maestra.
Los rayos dorados de su báculo cortaban el aire como cuchillas invisibles mientras invocaba Rayo de fuego y Dagas de furia, bloqueando cada uno de los ataques que Geros lanzaba contra ella.
El campo de batalla vibraba bajo el peso de su enfrentamiento, iluminado por estallidos de luz y sombras palpitantes.
Por su parte, Geros se movía con una serpentina elegancia, sus tentáculos oscuros desplegándose como nubes tormentosas para interceptar y devolver cada ataque con una ferocidad calculada.
—Nada mal, niña —dijo Geros, su voz goteando sarcasmo como miel amarga—, pero aún te falta mucho.
Con un movimiento fluido, sus tentáculos se extendieron hacia ella, esta vez envueltos en chispas eléctricas que crepitaban como truenos contenidos.
Adía reaccionó al instante, impulsándose hacia un costado con ráfagas de viento que escapaban de sus pies como alas invisibles.
Pero justo cuando pensó que había esquivado el peligro, Geros levantó un dedo y disparó un rayo violeta, tan rápido y letal como el zarpazo de un depredador.
La explosión que siguió sacudió el aire, una flor de fuego y humo que pintó el cielo con tonos iridiscentes.
Cuando el humo comenzó a disiparse, Adía emergió tambaleante, su báculo sosteniendo un escudo de energía que brillaba débilmente, como una llama luchando contra una tormenta.
Gotas de sudor resbalaban por su frente, y su respiración era rápida y entrecortada, como si cada inhalación fuera una batalla por sí sola.
“Maldición…
Si esto sigue así, me acabará”, pensó, apretando los dientes mientras intentaba recuperar el control.
—Adía —la llamó Geros, su tono ahora más serio, aunque con un deje de curiosidad fingida—, ¿sabes lo que había en ese contenedor que el agente B-12 se llevó consigo?
¿Por qué arriesgó su vida por eso?
Ella lo miró con desconfianza, su postura tensa como la cuerda de un arco.
—Solo sé que es algo valioso que está embebido en el cachorro —respondió finalmente, refiriéndose a Podbe—.
Y ustedes, villanos, no lo obtendrán.
Geros soltó una risa baja, casi gutural, que resonó como el eco de una tormenta lejana.
—No solo el contenido es valioso —explicó, su voz cargada de satisfacción—.
En ese contenedor descansaba un sistema antiguo, un legado que pasaba de generación en generación, de un ser digno a otro.
Lo llamaban “el campeón”, un título que se otorgaba en cada planeta donde este gran regalo era custodiado.
Claro, no creo que pudiera mezclarse conmigo debido a esa restricción…
—Ya veo —interrumpió Adía, su voz firme a pesar de la tensión en sus músculos—.
Es por eso que estaba destinado para Podbe desde el principio.
—Exacto —confirmó Geros, su sonrisa torcida dibujándose en su rostro como una cicatriz—.
Pero no solo eso me interesa.
El envase en sí es un material extraordinario: Luxteno.
No cualquier Luxteno, sino uno de la realeza, mucho más poderoso que el ordinario.
Lo necesito para mis planes.
Con él, fabricaré armas capaces de doblegar incluso a los más fuertes.
Una vez que termine aquí, regresaré a Lux, mi planeta natal, y lo conquistaré.
Es mío por derecho.
Esos malditos me exiliaron por atreverme a explorar lo prohibido, por ser un visionario adelantado a mi tiempo.
Me echaron como a una cucaracha, pero volveré para reclamar lo que es mío.
Después, el universo será mío.
—Vaya, qué cliché —replicó Adía, cruzando los brazos con una mezcla de desdén y cansancio—.
Como todo villano promedio que he conocido durante mis viajes y misiones.
—Puede ser que suene como un villano con una ambición promedio, como tú indicas —dijo Geros, su voz cargada de desdén mientras sus ojos oscuros brillaban con intensidad—, pero mi visión va mucho más allá de lo que puedes imaginar.
Con lo que tengo en mente, seré considerado un dios.
Adía lo miró con una sonrisa irónica, levantando su báculo mientras una energía cálida comenzaba a emanar de este.
—Pues no te lo haremos tan fácil —respondió ella, su tono ligero pero decidido.
Una risa breve escapó de sus labios, como un desafío silencioso.
De repente, el aire vibró cuando Adía invocó una ráfaga de espadas fluidas que brillaban con un fulgor plateado.
Cada una de ellas atravesó limpiamente los tentáculos de Geros, clavándolos al suelo como trofeos.
Sin detenerse, formó entre sus manos una esfera descomunal de fuego azul, envuelta en chispas eléctricas que chisporroteaban como relámpagos encarcelados.
Con un grito poderoso, lanzó el ataque hacia él.
—¡MAGIC FOSS!
—exclamó, su voz resonando como un trueno.
El impacto iluminó el campo de batalla, una explosión de luz y calor que hizo temblar el suelo bajo sus pies.
Geros observó el ataque con ojos llenos de miedo antes de que lo consumiera por completo, dejando tras de sí solo los restos de sus tentáculos, inmovilizados por las espadas aún incrustadas en ellos.
—Vaya, parece que me excedí —murmuró Adía, bajando su báculo mientras recuperaba el aliento.
Pero antes de que pudiera relajarse del todo, una voz familiar resonó en el viento, cargada de calma perturbadora.
—Nada mal, maga humana —dijo Geros, emergiendo de las sombras donde había impactado el ataque.
Su figura se materializó lentamente, indemne, aunque ahora carecía de sus tentáculos.
Parecía más imponente que nunca, como si la destrucción misma lo hubiera fortalecido.
—No esperaba menos de mi aprendiz —continuó, su tono casi paternal, aunque teñido de orgullo frío—.
En aquel entonces, solo podías manejar el fuego, pero te confié mis libros y conocimientos valiosos.
Veo que has estado estudiándolos durante años…
Eso me llena de orgullo.
Aunque, por supuesto, sería un tonto si te pidiera que te unieras a mí.
Sé que sería en vano.
Con un movimiento lento, Geros se quitó el casco que ocultaba su rostro.
Lo que Adía vio le provocó un escalofrío que recorrió su columna vertebral.
Su piel era de un morado oscuro, casi negro, y sus ojos parecían pozos sin fondo, agujeros negros que absorbían toda la luz a su alrededor.
Su mandíbula era grotesca, similar a la de una araña, con filamentos afilados que se movían sutilmente, como si tuviera vida propia.
—Mejor te hubieras puesto el casco —murmuró Adía, incapaz de ocultar su asco.
Geros soltó una carcajada baja, casi gutural, mientras acariciaba su propio rostro con una mano deformada.
—Normalmente somos de color azul, como en esa película que salió hace mucho tiempo —explicó, su tono casual, como si estuviera hablando del clima—.
No somos tan altos, pero tenemos forma humana, sin embargo…
cuando los líquidos de las piedras fusionaron mi cuerpo con el humano Eros, sufrí esta mutación.
Fue una agonía constante, un dolor que me carcomía por dentro día tras día.
Sí, me otorgó poderes extraordinarios, pero mi cuerpo se iba derritiendo lentamente.
Necesitaba recuperarme.
Y gracias a la sustancia de la piedra negra, eso ya pasó.
Como sabes, te concede lo que tu alma desea.
Ahora soy más poderoso e inmune.
Prepárate, niña.
Este será tu fin.
Sin darle tiempo a responder, Geros extendió sus manos y comenzó a formar dos triángulos de energía roja que brillaban con una intensidad sobrecogedora.
Los lanzó hacia Adía, pero estos no la alcanzaron.
En cambio, se incrustaron en las paredes cercanas, dejando cráteres humeantes.
—Vaya —dijo Adía, cruzándose de brazos con una sonrisa sarcástica—, creo que lo que debiste pedirle a la piedra negra fue puntería.
Geros mostró una sonrisa malévola, sus labios curvándose como garras afiladas mientras tocaba sus dedos índice y pulgar entre sí.
Con un movimiento sutil, los dos triángulos rojos que flotaban a su alrededor se desplazaron hacia los costados de Adía.
En cuestión de segundos, ella sintió cómo una fuerza invisible comenzaba a envolverla, inmovilizándola por completo.
—¿Qué?
¡No me puedo mover!
—exclamó Adía, luchando contra la presión que la aprisionaba como cadenas invisibles.
De los triángulos emergieron hilos finísimos, casi imperceptibles al ojo humano, de un rojo intenso que parecía palpitar como venas vivas.
Estos hilos comenzaron a rodear sus brazos y piernas, tirando de ella con una fuerza implacable.
Geros abrió su mandíbula arácnida, revelando filamentos oscuros que vibraban con energía.
De su garganta brotó un resplandor carmesí, una luz tan intensa que parecía devorar todo a su paso.
—Este es tu fin, maga —anunció Geros, su voz cargada de satisfacción mortal—.
Ácido Carmesí.
Un rayo potente y letal salió disparado desde su boca, impactando directamente en Adía.
El golpe fue devastador, envolviéndola en una explosión de energía que iluminó el campo de batalla como un sol moribundo.
Geros observó el humo que se elevaba, satisfecho con su victoria.
—Bueno, a seguir con mi cometido —dijo, ajustándose los restos de su armadura mientras se daba la vuelta.
Pero antes de que pudiera dar un segundo paso, una serie de luces brillantes impactaron contra su pecho con un estruendo ensordecedor.
Las luces, pequeñas pero poderosas, explotaron una tras otra, iluminando el aire con destellos multicolores.
Geros retrocedió tambaleante, sus ojos llenos de asombro, mientras intentaba comprender lo que estaba ocurriendo.
—¿¡Pero¡¡¿qué es esto!?
—gritó, su voz ahogada por el rugido de las explosiones.
Una tras otra, las luces detonaron, arrancando pedazos de su armadura hasta dejarlo expuesto, vestido únicamente con el traje que llevaba debajo.
Cuando finalmente las explosiones cesaron, Geros, aturdido y visiblemente enfadado, giró sobre sus talones para enfrentar lo que tenía frente a él.
Lo que vio lo dejó sin palabras.
—No me subestimes, viejo —dijo Adía, su voz firme y desafiante mientras sostenía su báculo con ambas manos.
Su ropa estaba chamuscada y su cuerpo mostraba señales evidentes del ataque, pero su mirada seguía siendo inquebrantable.
—¿¡Cómo te escapaste si estabas prisionera!?
—rugió Geros, furioso al verla aún en pie.
Adía sonrió con suficiencia, levantando una ceja.
—Vi que preparabas ese ataque y sabía que nunca fallas.
Así que dejé una pequeña carta bajo la manga.
Teletransportación al último minuto…
No está mal, ¿verdad?
Geros apretó los puños, su mandíbula deformada temblando de rabia.
—¡Nada mal, niña!
¡Casi me matas!
Veo que has aprendido algunos trucos nuevos, pero no te servirán si son tan simples.
Esta vez, morirás —declaró, su tono helado como el acero.
Adía no respondió.
En lugar de eso, formó un gesto rápido con los dedos, transformando su báculo en un arco que brillaba con una luz blanca.
Sin perder un segundo, comenzó a lanzar una ráfaga de flechas mágicas, cada una cargada con elementos diferentes: fuego que crepitaba, aire que cortaba como cuchillas, agua que chisporroteaba y electricidad que destellaba como relámpagos encarcelados.
Las flechas combinaban sus energías, creando explosiones devastadoras que desgarraban el suelo bajo sus pies.
Geros apenas logró esquivar los ataques, pero el terreno a su alrededor quedó reducido a escombros.
El suelo se fracturó en grietas profundas, y columnas de polvo y ceniza ascendían hacia el cielo como fantasmas furiosos.
—¡Maldita mocosa!
¡No me dejaste terminar!
—rugió Geros, su voz resonando como un trueno mientras intentaba recuperar el equilibrio.
Desde algún lugar lejano, una voz fría y calculadora interrumpió la escena.
—Así es, Adía.
Disminuye sus fuerzas.
Haz mi trabajo más simple —dijo Zeus, observando los monitores con una sonrisa torcida.
Sus ojos brillaban con una mezcla de anticipación y crueldad—.
Muy pronto develaré todo…
—añadió, riendo suavemente mientras planificaba su próximo movimiento.
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