Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El sistema del perro agente - Capítulo 138

  1. Inicio
  2. El sistema del perro agente
  3. Capítulo 138 - 138 Adía vs Geros 2
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

138: Adía vs Geros (2) 138: Adía vs Geros (2) Geros estaba furioso, su cuerpo temblaba de ira mientras concentraba toda su energía oscura en la creación de una esfera gigante que flotaba sobre sus manos.

Su tamaño era impresionante, y su superficie parecía hecha de un material etéreo que vibraba con destellos plateados y negros.

La mirada de Geros se endureció aún más mientras murmuraba con desprecio: —Toma el quinto elemento, “éter”, muchacha insolente —dijo, pronunciando las palabras como si fueran una maldición antes de gritar—: ¡CYBER SPACE!

Adía lo observó con una sonrisa socarrona, cruzándose de brazos.

—¿Quinto elemento?

Eso no existe… Ya se te soltó un tornillo —respondió, burlándose de él con un tono ligero pero cargado de confianza.

Geros dejó escapar una risa baja y fría, como el sonido de metal oxidado crujiendo.

—No existe para los humanos de ahora, pero antes sí se creía que existía.

Y para nosotros, que venimos del espacio, es muy real.

Con un movimiento brusco, lanzó la esfera hacia Adía.

Esta comenzó a girar rápidamente en el aire, y dentro de ella se vislumbraba un cosmos infinito, como si contuviera todo el espacio conocido y desconocido.

Las estrellas y nebulosas en su interior brillaban con una luz hipnótica, pero también emanaban una sensación de vacío absoluto.

—Ahora sí, desaparece, niña —declaró Geros, su rostro deformado por la rabia mientras la esfera envolvía a Adía por completo.

En cuestión de segundos la esfera la absorbió, Adía sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones, como si estuviera flotando en el vacío del espacio exterior.

El silencio era abrumador, y la presión parecía comprimir su cuerpo.

Sus pensamientos se aceleraron mientras luchaba por mantener la calma.

“Debo hacer algo o esta cosa me dejará sin aire…

y esta vez sí moriré.” Con el poco aire que le quedaba, comenzó a mover su báculo en círculos rápidos sobre su cabeza.

Una burbuja protectora comenzó a formarse alrededor de su cabeza, transformándose en un casco similar al que usan los astronautas.

Respiró profundamente, aliviada de haber escapado de la asfixia inminente.

—Bien, ahora voy por ti —murmuró, decidida.

Con un gesto rápido, conjuró pequeños propulsores en sus botas que la impulsaron hacia adelante.

Avanzó a toda velocidad, intentando alcanzar la salida que parecía ser una tenue luz en la distancia.

Pero, cuanto más avanzaba, más se alejaba aquella luz.

El espacio dentro de la esfera parecía expandirse infinitamente, como si jugara con su percepción.

Las estrellas pasaban a su lado como cometas fugaces, y el tiempo parecía detenerse.

Frustrada, Adía se detuvo por un momento, flotando en medio de aquel vasto vacío.

Cerró los ojos, tratando de recordar algo que pudiera ayudarla.

De pronto, una idea cruzó su mente.

“Si esto es como el espacio, entonces debe haber algún punto débil…

Algo que pueda atravesar.” Con determinación, invocó su magia y murmuró: —TRASPIRIOM.

Extendió una mano hacia la pared espacial frente a ella.

Para su sorpresa, su mano traspasó el plano como si fuera agua.

Sin dudarlo, metió la cabeza y vio el exterior.

Una sonrisa triunfante se dibujó en su rostro.

—¡Ajá!

—exclamó, emocionada—.

¡Bingo!

Sin perder un segundo, atravesó completamente la pared y emergió de la esfera.

Se quitó el casco improvisado y respiró profundamente, llenando sus pulmones de aire fresco.

Con una expresión molesta pero satisfecha, dibujó rápidamente cuatro círculos en el suelo.

De estos surgieron cadenas que envolvieron la esfera en la que había estado atrapada y la lanzaron directamente hacia Geros, quien seguía caminando con arrogancia, convencido de que ya habían pasado varios minutos desde que ella no salía.

Geros apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando fue absorbido por la misma esfera que había creado.

Dentro, el vacío comenzó a consumirlo, robándole el aire.

Su voz resonó débilmente desde el interior.

—¿Qué…?

¿Qué es esto?

¡Parece el lugar donde mandé a esa mocosa!

Pero…

¿Cómo esa maldita hizo esto?

¡Me estoy quedando sin aire…!

¡Ah…!

Adía, ahora de pie junto a la esfera, sonrió con satisfacción.

—Bueno, creo que tuvo un poco de su propia medicina —dijo, cruzándose de brazos mientras observaba cómo Geros luchaba inútilmente contra su propia creación.

En ese momento, el resto del equipo llegó corriendo.

Drake, Podbe, Aiden y los demás se detuvieron al ver la escena.

Benjamín, desde arriba, miró hacia abajo con asombro.

—Vaya, parece que no necesitabas ayuda —comentó, observando la enorme esfera junto a Adía.

Riota, siempre atento, colocó una mano en el hombro de Benjamín para detenerlo.

—No avances mucho, Benjamín, o te caerás —advirtió, señalando el suelo fracturado y peligrosamente inestable bajo sus pies.

—Gracias —dijo Benjamín, su voz suave pero sincera, mientras un ligero rubor teñía las mejillas de Riota.

—No fue nada.

Siempre te protejo —respondió él, desviando la mirada con una pequeña sonrisa que intentaba ocultar su nerviosismo.

Drake, con su habitual curiosidad, se acercó al grupo mientras observaba la enorme esfera que flotaba frente a ellos.

—¿Y qué es eso?

¿Dónde está Geros?

—preguntó, señalando la masa oscura que parecía pulsar con vida propia.

Adía cruzó los brazos, su mirada fija en la esfera como si pudiera atravesarla con sus ojos.

—Bueno, está en esa gran esfera que él llamaba CYBER SPACE o algo así —explicó, su tono casual pero cargado de satisfacción.

—Ya veo —murmuraron los demás, intercambiando miradas entre sí.

Akira, siempre imprudente, no pudo evitar hacer un comentario sarcástico: —Así que…

¿por las puras nos apuramos en venir?

Rafael lo fulminó con la mirada, sus ojos brillando con una advertencia silenciosa.

Akira tragó saliva y rápidamente se escondió detrás de Megumi, quien suspiró profundamente, acostumbrada a que el chico se escondiera detrás de ella cada vez que lo regañaba Rafael.

—Este…

Adía, mira la esfera —interrumpió Eduard, su voz tensa mientras señalaba el objeto oscuro—.

Parece que está cambiando.

Se está volviendo de un color carmesí.

Adía frunció el ceño, su expresión pasando de confianza a alerta.

—Todos, un paso atrás —ordenó, levantando una mano para enfatizar su advertencia.

Antes de que pudieran reaccionar, la esfera comenzó a agrietarse como si fuera un huevo cósmico a punto de eclosionar.

Un rugido sordo emergió desde su interior, seguido de una explosión masiva que sacudió todo el lugar.

El suelo tembló bajo sus pies, y fragmentos de roca y polvo volaron en todas direcciones.

Megumi actuó rápidamente, levantando una barrera de tierra que rodeó al grupo como un muro protector.

Amaya, sin perder tiempo, complementó la defensa con una pared de dulce elástica que se extendió como una masa flexible, lista para contener cualquier daño adicional si la primera barrera fallaba.

De la explosión emergió Geros, su figura envuelta en una luz carmesí que parecía arder con ira.

Sus ojos, negros como pozos sin fondo, destilaban maldad pura, pero había algo más: cansancio.

Su cuerpo, aunque aún imponente, mostraba señales de debilidad, como si el enfrentamiento dentro de la esfera lo hubiera drenado considerablemente.

—¡Estás grabando esto, Creg!

—exclamó Melisa desde detrás de un muro que aún permanecía en pie, él la miro con su cámara en mano mientras intentaba capturar cada detalle del caos.

Desde otro punto, Ian y Philip intercambiaron miradas confundidas.

—¿De dónde salen todos estos individuos?

—preguntó Ian, su tono mezcla de asombro y frustración.

El profesor Kile ajustó sus gafas, su expresión pensativa mientras analizaba la escena.

—Es como ese monstruo guardián Urion —comentó, su voz baja pero firme.

Choy, temblando ligeramente, añadió: —Monstruos…

¿Ya habíamos visto uno así antes?.

— pregunto Michele, a su lado, observaba con nerviosismo, sus manos aferrándose al hombro de Choy como si fuera su única salvación.

Geros, con una furia que parecía consumirlo vivo, avanzó hacia Adía, su voz resonando como un trueno distorsionado.

—¡Vas a pagar por todo, niña!

¿Crees que eres más fuerte que yo?

¡Yo te enseñé lo que sabes!

Adía lo miró fijamente, recordando fragmentos de su pasado.

Había aprendido magia de fuego y otras habilidades con su ayuda, pero eso era solo una parte de su camino.

—Solo me enseñaste algunas cosas —respondió, su tono lleno de confianza—.

Lo demás tuve que aprenderlo por mi cuenta con el paso del tiempo.

Además…

—añadió con una sonrisa burlona que hizo que Geros apretara los puños con más fuerza—, a veces el alumno supera al maestro.

La furia de Geros estalló como un volcán.

—¡Primero acabaré contigo y luego con los demás!

Comenzó a cargar energía, sus manos brillando con un fulgor oscuro.

Pero algo no estaba bien.

Su expresión cambió de ira a confusión cuando notó que la energía no respondía.

—¿Qué pasa?

—gritó, su voz llena de pánico—.

¿Qué le pasa a mi cuerpo?

¡No responde!

¡Mi energía no aumenta, solo disminuye!

¡Ese último movimiento me drenó toda la energía!

Desde uno de los monitores cercanos, Maos apareció con una sonrisa torcida, su voz calmada pero cruel.

—Tranquilo, tonto que dice ser mi dueño.

Es hora de encontrarte un buen uso…

inútil.

Los ojos de Geros se abrieron con horror.

—¡¿Eso es traición?!

¡Maldita rata traicionera!

¡Te di todos mis conocimientos, y así es como me pagas!

Maos soltó una risa fría, casi mecánica.

—No todos.

Por ejemplo, crear a los dichosos Metalux solo se lo diste a Laos.

Pude realizar mis investigaciones con tu ayuda mientras tú hacías tus cosas…

jugando a ser dios con niños y animales por igual.

Luego te desapareciste, pero en verdad no importa.

Solo eras un objeto para un fin mayor: mi gran y único señor Zeus.

—Es hora —indicó Zeus a través del comunicador, su voz calmada pero cargada de autoridad.

Maos asintió con la cabeza, sus labios curvándose en una sonrisa siniestra mientras presionaba varios botones en el panel frente a él.

Del suelo emergieron brazos mecánicos, largos y metálicos, que se movían con precisión quirúrgica.

En un abrir y cerrar de ojos, rodearon a Geros, aprisionándolo con una fuerza implacable.

Sus articulaciones chirriaron bajo la presión, y su cuerpo, antes imponente, cayó al suelo como un peso muerto.

La escena era surrealista: un villano que había jurado conquistar el universo ahora estaba postrado, indefenso ante la traición.

—Y te preguntarás…

¿por qué estás casi sin energía?

—dijo Maos, su tono burlón y frío como el hielo—.

Es por la piedra negra que te di.

Tenía un compuesto especial, como un seguro.

En caso de que quisieras hacer de las tuyas, podía drenar tu energía mediante la estructura de este complejo.

Geros apenas alcanzó a murmurar algo ininteligible antes de que sus ojos se cerraran y su cuerpo quedara inerte, desplomado en el suelo como una marioneta abandonada.

Aragón, que observaba todo desde las sombras, dejó escapar una risa amarga.

—¿Qué malditos?

Pensé que estaba trabajando con ellos…

Maos lo ignoró por completo y se dirigió al grupo con un tono teatral, elevando la voz para captar toda la atención posible.

—Ahora sí, damas y caballeros, es momento de presentarles al verdadero poder detrás de todo esto.

El gran, el poderoso, nuestro líder supremo y, próximamente, el dueño del mundo…

¡Reciban al gran Zeus!

El silencio inundó el lugar cuando, desde el techo, descendió un tubo de cristal brillante que emitía destellos azules.

Dentro de él, una figura elegante avanzaba lentamente hacia el suelo.

Cuando el tubo se abrió, un hombre apareció frente a todos.

Vestía un traje blanco impecable que parecía resplandecer con luz propia, complementado por una corbata negra que contrastaba perfectamente con su cabello plateado.

Se quitó los lentes con un gesto deliberado, revelando unos ojos rojos que brillaban como brasas encendidas.

—Es hora de empezar esto —anunció Zeus, su voz resonando como una sentencia final.

Su mirada recorrió a cada uno de los presentes, evaluándolos como si fueran piezas en un tablero de ajedrez.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo