El sistema del perro agente - Capítulo 140
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140: Zeus Y El Gran Secreto (2) 140: Zeus Y El Gran Secreto (2) Es… —Es la cereza del pastel —dijo Milo, su tono cargado de burla y triunfo, como si estuviera saboreando cada palabra antes de lanzarlas al aire—.
Nada más y nada menos que tu nieto…
Al que tienes que entregar al general.
Claro, tu hijo no lo sabía.
¿Qué jugadas da la vida, no te parece, Drakito?
El silencio que siguió fue ensordecedor, como una losa que cae sobre todos los presentes.
Drake se quedó inmóvil, sus ojos fijos en Milo, pero sin verlo realmente.
Su mente era un torbellino de pensamientos, intentando conectar los fragmentos de información que había recibido.
Pero la magnitud de la revelación era demasiado grande, como si se hubiera atorado con algo que no podía tragar ni expulsar.
Su respiración se volvió irregular, casi imperceptible, mientras luchaba por procesar lo que acababa de escuchar.
Era como si las palabras de Milo fueran un veneno que se extendía lentamente por su cuerpo, paralizando cada fibra de su ser.
Sus manos temblaban levemente, y su mandíbula se tensó hasta el punto de parecer que podría romperse bajo la presión.
—¿Mi.… nieto?
—murmuró finalmente, su voz apenas audible, como un eco distante que apenas lograba escapar de sus labios.
Las palabras se sentían extrañas en su boca, como si pertenecieran a otra persona.
Milo observó la reacción de Drake con una sonrisa satisfecha, disfrutando del caos que había desatado.
Sabía exactamente el efecto que tendrían sus palabras, y no podía estar más complacido con el resultado.
—Así es, hermanito —respondió Milo, arrastrando las palabras con deliberada lentitud—.
El destino tiene un sentido del humor retorcido, ¿no crees?
Ahora, dime…
¿Qué harás?
¿Entregarás a tu propio nieto al general?
¿O prefieres enfrentarte a mí y arriesgarlo todo?
Drake no respondió.
Su mente estaba atrapada en una batalla interna, dividida entre la incredulidad, el dolor y la ira.
Era como si estuviera atragantado con la verdad, incapaz de digerirla, pero también de ignorarla.
Por otra parte, Melisa, junto con el equipo de cámaras drones que maneja Greg, escuchaba atentamente la conversación desde su posición.
—No podemos seguir filmando esto —murmuró Melisa, su voz temblorosa mientras observaba las imágenes transmitidas por los drones.
Ian, siempre sarcástico, soltó una risa nerviosa.
—Ni las reuniones familiares mías son tan perturbadoras.
Choy, tratando de aligerar el ambiente, intervino con un comentario irónico.
—Sí, hermano.
Lanzó tantos spoilers en una sola escena que hasta me duele la cabeza ya parece una novela.
Michele lo fulminó con la mirada, su tono serio y preocupado.
—Eso no, tonto.
Me refiero al grave problema y trauma que le causarán a ese niño de por vida.
Ni con mis padres tengo esos problemas.
El profesor Kile asintió lentamente, su expresión sombría.
—No solo al niño, sino a toda esa familia.
Esto va más allá de simples secretos.
Todos los agentes quedaron en silencio.
La noticia de que Aiden era el nieto de Drake resonó como un eco interminable.
El chico al que debían llevar al general era mucho más que un objetivo; era el arma abre-portales, el secreto mejor guardado de la agencia.
Si te preguntas como lo sé, esa mira cuando lo vi por primera vez me hizo recordar a ti, siempre tratando de proteger a los demás y bueno también para sacarme de dudas le tomé una prueba de sangre para ver si era compatible con la mía y así fue como pude saber que era tu nieto.
—¿Qué vas a hacer, tonto e iluso Draki?
—se preguntó alguien en voz baja.
Drake, aún inmóvil, luchaba por encontrar una respuesta.
Su mente estaba atrapada entre la confusión, la rabia y el dolor.
Milo, disfrutando del caos que había creado, giró su cabeza hacia el frente y anunció con una sonrisa maquiavélica: —Bien, señorita Melisa, puedes filmar.
Les daré la exclusiva para que, de una vez por todas, se sepan mis intenciones.
Y también sobre la agencia secreta de mi hermano… Todas esas cosas que quieren saber.
Así como Radar…
No, así como acabé con la vida de la persona que admirabas, Nora Ribs.
Elena, quien había estado observando todo desde su posición, clavó sus ojos en Milo con un odio aún más profundo.
Su mandíbula se tensó, y sus manos se cerraron en puños con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.
Era como si quisiera lanzarse sobre él en ese mismo instante, desgarrar su arrogancia con sus propias manos.
Pero no se movió.
—Ese maldito… también mató a mi madre —murmuró Elena, su voz temblorosa pero cargada de rabia contenida.
Las palabras escaparon de sus labios como un eco doloroso, y de sus ojos comenzaron a brotar lágrimas silenciosas que resbalaban por sus mejillas.
Podbe y Aiden, quienes estaban cerca de ella, intercambiaron una mirada rápida antes de centrar su atención en Milo.
Las palabras de Elena resonaron en sus mentes, añadiendo otra capa de odio hacia aquel hombre que parecía disfrutar del sufrimiento ajeno.
La expresión de Podbe se endureció, sus colmillos visibles bajo la tenue luz, mientras gruñía en señal de advertencia.
Aiden, por su parte, apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos, dibujando pequeñas marcas rojas.
Ambos clavaron su mirada en Milo, cargada de una mezcla de furia y determinación.
No solo era un villano que buscaba conquistar el mundo; ahora era el responsable de pérdidas irreparables, el destructor de familias y sueños.
Cada palabra que salía de su boca era como una daga que se enterraba más profundamente en las heridas abiertas de todos los presentes.
Milo, consciente del efecto que sus palabras habían causado, sonrió con satisfacción.
Sabía que estaba sembrando el caos, que cada revelación era una nueva herida que nunca sanaría.
Y eso lo disfrutaba más que cualquier otra cosa.
—¿Qué pasa?
¿No esperaban esto?
—preguntó, su tono burlón y desafiante mientras extendía los brazos en un gesto teatral—.
Vamos, sigan llorando.
Me encanta ver cómo se rompen poco a poco.
Elena respiró hondo, intentando contener las lágrimas que seguían brotando sin control.
No quería darle el gusto de verla débil, pero el peso de sus recuerdos era abrumador.
Recordó a su madre, su risa cálida, su voz tranquilizadora…
Todo arrebatado por ese monstruo frente a ella.
Aiden quiso dar un movimiento con sus manos, aunque no podía moverlas porque estaba atrapado como los demás, su cuerpo temblando de ira.
—Esto no quedará así —dijo entre dientes, su voz baja pero llena de convicción—.
Pagarás por todo lo que has hecho, olvido todas las cosas que dijo este malvado hombre que estaba enfrente de él.
Podbe gruñó nuevamente, sus ojos fijos en Milo como si fuera su presa.
El vínculo entre ellos tres se fortaleció en ese momento, unidos por el dolor compartido y la promesa de venganza.
Milo los observó con una sonrisa torcida, disfrutando del espectáculo.
—Oh, claro que pagaré…
pero no como creen —respondió, su tono lleno de confianza—.
Porque cuando termine con ustedes, no quedarán más que cenizas.
—Nos descubrieron.
Ni modo —dijo Choy, encogiéndose de hombros mientras salía de su escondite junto con los demás.
Un grupo de robots apareció detrás de ellos, apuntándolos con armas letales.
Milo extendió los brazos, disfrutando del momento.
—Bien, vengan aquí y filmen lo que tengo que decir —declaró, su sonrisa ampliándose mientras miraba a cada uno de los presentes con desprecio absoluto.
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