El sistema del perro agente - Capítulo 141
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141: El Plan de Zeus 141: El Plan de Zeus Aiden sentía que su mente era un torbellino de emociones después de la noticia que Milo había soltado como una bomba sobre él.
Todo le cayó como un baldazo de agua fría, helada y cortante, atravesando cada capa de certeza que alguna vez había sostenido.
Su respiración se entrecortaba, y las palabras salían a borbotones desde lo más profundo de su ser.
“Él…
Él es mi padre”, murmuró Aiden con voz temblorosa, más para sí mismo que para los demás.
Las palabras resonaron en el enlace mental que compartía con Podbe y Reia.
“Todo este tiempo…
he estado hablando con la voz de mi padre”.
El perro Podbe, que llevaba consigo esa voz familiar, permaneció en silencio por un momento antes de responder.
“Bueno, eso ni yo lo sabía”, admitió Podbe, aunque su tono era cauteloso.
Reia intervino rápidamente, su voz cargada de sinceridad.
“Aiden, te juro que yo tampoco lo sabía.
Cuando me actualicé al sistema, esa voz simplemente apareció.
No tenía ni idea de que pertenecía a tu padre”.
“No importa”, replicó Aiden con amargura.
“Si de verdad es mi padre, ¿por qué nunca me buscó?”.
Su voz se quebró ligeramente, y sus puños se cerraron con fuerza.
“Ahora está ahí, atrapado en ese tanque, en coma, indefenso…” “Sí, pero escucha lo que dijo antes”, insistió Reia.
“Ni siquiera sabía que existías.
No puedes culparlo por algo que estaba fuera de su control”.
Aiden exhaló lentamente, intentando calmar el huracán de emociones que amenazaba con consumirlo.
Sin embargo, antes de que pudiera procesar todo aquello, Podbe lanzó otra revelación que lo hizo tambalearse aún más.
“Y si eso no es suficiente, el tipo que te secuestró y torturó…
Es tu tío abuelo”, declaró el perro sin rodeos.
Reia añadió, con una mezcla de incredulidad y preocupación: “Y también estuvimos enfrentándonos a tu tío Sir Larot, también conocido como Gabriel.
Además, conociste a tu abuela, e incluso interactuaste brevemente con tu abuelo.
Esto…
esto es demasiado”.
Aiden sintió que las paredes del mundo mental se cerraban a su alrededor.
El aire parecía denso, pesado, como si estuviera sumergido en un océano de confusión.
“Lo sé”, respondió finalmente, su voz apenas audible.
“Pero nada de esto tiene sentido.
Es demasiada información para procesar…
Y mi madre…
Dijo que ella es extraterrestre.
Entonces, ¿qué pasa con ella?
¿Está viva?
¿Muerta?
¿Dónde está?”.
Justo entonces, una notificación parpadeó en el sistema de Podbe.
Una frase brilló en letras doradas: “Conoce más sobre tu legado”.
“¿Qué es eso?”, preguntó Aiden, señalando la pantalla holográfica que flotaba frente a ellos.
“No lo sé”, respondió Podbe, inclinando la cabeza hacia un lado.
“Pero veo una barra de progreso…
Está en un 30 por ciento.
Y…
espera un segundo…” Hizo una pausa dramática, mirando a Aiden con una expresión que oscilaba entre el humor y la incomodidad.
“No me digas…
¿Acaso resulto ser otro familiar tuyo?” Aiden lo fulminó con la mirada, pero su rostro reflejaba una mezcla de ansiedad, curiosidad y agobio.
Era un mar de emociones andante, incapaz de encontrar un puerto seguro en medio de aquella tormenta.
Y no estaba solo.
En el mundo real, Gabriel —su tío— también parecía estar luchando contra sus propios demonios internos.
“No creo”, se respondió así mismo Podbe con un tono sarcástico que no ayudaba precisamente a calmar la situación.
“Si fuera tu familiar, ya te habría reconocido, o eso creo yo”.
“Podbe, no es momento de chistes”, lo reprendió Reia con firmeza, lanzándole una mirada severa.
El perro levantó las patas en señal de rendición.
“Perdón, perdón”, murmuró, aunque era evidente que seguía disfrutando de su propia irreverencia.
Sin embargo, cuando volvió a mirar a Aiden, notó que el joven ni siquiera se había inmutado ante el comentario.
Estaba completamente absorto en sus pensamientos, ajeno a todo lo demás.
En ese preciso instante, la voz de Milo —o Zeus, como ahora se hacía llamar— irrumpió en la sala a través de las cámaras.
Su tono era frío y calculador, como el de un depredador jugando con su presa antes de devorarla.
Melisa, era prácticamente su rehén al igual que los demás, estaba al borde de las lágrimas, pero se hacia la fuerte, obligada a transmitir su discurso en vivo.
“Escúchenme bien”, comenzó Milo, su voz retumbando como un trueno en la noche.
“Yo soy Milo West, mejor conocido como Zeus, dueño de las empresas Radar.
Hoy les anuncio que seré su líder supremo.
Todos ustedes deberán rendirme pleitesía y tributo.
Lo que han visto hasta ahora ha sido solo una pequeña muestra de mi poder.
Los controlados que envié por todo el mundo fueron solo el comienzo.
Pero si eso no fue suficiente para doblegarlos, tengo algo mucho mayor preparado”.
Melisa temblaba visiblemente, pero obedeció cuando Milo le ordenó mostrar a Drake y su equipo a la cámara.
“No me rehusaré”, susurró ella, su voz apenas audible.
“Muéstralos, o mataré a tus compañeros”, amenazó Milo, y uno de los robots disparó sin previo aviso.
Ian gritó de dolor mientras una bala atravesaba su pierna, derramando sangre sobre el suelo.
“Tranquila, no fue letal”, dijo Milo con una sonrisa siniestra.
“Pero la próxima vez, me preguntaré…
¿a quién quieres sacrificar?” “No está bien…
Lo haré, pero detén la hemorragia” dijo Melisa asustada.
Ordenó Milo con frialdad, como si el sufrimiento de Ian fuera un mero trámite.
Con un gesto de la mano, activó a uno de sus robots, que se acercó rápidamente al joven herido.
La máquina emitió un leve zumbido mientras aplicaba un tratamiento quirúrgico instantáneo sobre la pierna de Ian, deteniendo el flujo de sangre.
“Vaya, todo lo malo me pasa a mí”, murmuró Ian entre dientes, intentando sonar irónico a pesar del dolor punzante que aún irradiaba desde su pierna.
Miró a Melisa con una sonrisa forzada.
“No se preocupe, jefa.
Sobreviviré”.
Melisa asintió apenas, aunque su rostro reflejaba una mezcla de angustia y determinación.
Estaba siendo transmitida en vivo, y el público comenzaba a observar horrorizado lo que ocurría frente a las cámaras.
Las reacciones eran un torrente de emociones contradictorias: algunos espectadores estaban paralizados por el miedo, otros incrédulos, y unos pocos, indignados.
“Bien, prosigamos”, declaró Milo con un tono que sugería que nada podía desviar su atención de su discurso triunfal.
Señaló a los prisioneros detrás de él.
“Estos que ven aquí son supuestamente sus salvadores”.
Hizo un gesto hacia Greg, quien obedeció sin chistar y enfocó la cámara en ellos.
Era lo único que podía hacer para no agravar su situación.
“Este grupo de personas vino a mi territorio pensando que podrían enfrentarse a mí.
¡Ja!
¿Realmente creyeron que podían derrotar a alguien que siempre está diez pasos por delante de ellos?”, preguntó Milo con una risa burlona.
Detrás de él, una pantalla holográfica cobró vida, mostrando imágenes de la pelea contra Urion.
Los movimientos veloces, los destellos de energía, todo parecía demasiado real para ser una simple actuación.
La gente en casa estaba dividida.
Mientras algunos seguían negando la evidencia (“Es un truco barato, seguro”), otros comenzaban a cuestionar lo que habían visto hasta entonces.
“¿Nos mintieron?
¿Todo esto es verdad?”, escribían algunos en los comentarios del en vivo.
Otros especulaban frenéticamente: “Si hay amenazas alienígenas, deberían ser reveladas, no ocultas.
¿Por qué mantenerlas clasificadas?”.
Milo continuó, su voz resonando como un eco inquietante.
“Yo, como su soberano y todopoderoso Zeus, intercepté una transmisión enviada por este monstruo”—señaló a Urion en la pantalla— “que probablemente contactó con su planeta de origen para traer más destrucción a gran escala.
Si un solo individuo pudo poner de rodillas al ejército de un país entero, imagínense lo que cientos de ellos podrían hacer.
Y ese niño”—dijo, apuntando directamente a Aiden—”podría invocar esa destrucción en cualquier momento.
O nosotros podemos llevarles la lucha a ellos.
Pero para eso, debo sufrir un cambio drástico”.
Los comentarios del en vivo estallaron en caos.
Algunos usuarios escribían con sarcasmo: “¿Qué habla ese loco?
Debe haber escapado de algún manicomio”.
Otros señalaban con preocupación: “¿Por qué tiene atado a ese niño en una bata de hospital?
Esto parece maltrato infantil”.
Sin embargo, había quienes comenzaban a creer lo que veían.
“Es verdad, es un superhumano”, decían algunos.
“No puede ser un truco, es demasiado real”.
Milo ignoró las reacciones y continuó su demostración.
Con un movimiento teatral, levantó una enorme roca que Maos había depositado frente a él usando una barra metálica.
Ante los ojos atónitos de todos, la pulverizó en minutos, convirtiéndola en polvo fino.
Su fuerza sobrehumana era innegable.
“Yo soy su salvador”, declaró Milo con absoluta convicción.
“No hay otro.
Si no aceptan mi liderazgo por las buenas, será por las malas”.
Con un guiño cómplice hacia Maos, activó un interruptor.
En ese instante, todas las pantallas del mundo se apagaron.
Televisores, computadoras, celulares…
Todo dispositivo electrónico se transformó en máquinas robóticas, emergiendo de sus estructuras habituales y apuntando con armas letales a cada persona en sus respectivas ubicaciones.
“¿Qué les parece?”, preguntó Milo a través de los parlantes integrados en las máquinas, su voz amplificada y resonante.
Desde su posición, Lady sonrió con orgullo.
“Ese invento es mío”, declaró, complacida de servir a su “amo Zeus”.
El caos se desató en tiempo real.
Gritos de pánico resonaban en las calles mientras la gente intentaba huir de las máquinas que ahora los rodeaban.
En las redes sociales, los comentarios del en vivo pararon para solo escucharse por los altavoces de los robots voces que se volvieron un torbellino de miedo y confusión.
“Esto no puede estar pasando”, se escucha de algunos.
“Es el fin del mundo”, clamaban otros atemorizados.
Las voces humanas resonaban como un eco desesperado a través de los parlantes de las máquinas robóticas.
Gritos de pánico y súplicas llenaron el aire: “¡Sálvenos!
¡Ayúdenos, héroes!
¡Sabemos que cuentan con ustedes!”.
“Siguen desafiándome”, dijo Milo con una sonrisa torcida, disfrutando del caos que él mismo había creado.
“A pesar de ofrecerles mi apoyo y mostrarles mis creaciones…
Bien, si eso es lo que quieren, entonces será todo bajo tiranía.
Habrá sufrimiento”.
“Interceptaste el mensaje de Urion”, intervino Adía, su voz firme pero cargada de preocupación.
“Eso significa que podrían venir más como él, ¿verdad?”.
Milo asintió lentamente, su expresión pensativa pero confiada.
“Es posible.
Solo logré obtener una parte del mensaje.
Decía algo sobre ‘un dueño del portal aquí’ o algo así.
La verdad, no estoy seguro.
Pero pienso averiguarlo.
Voy a encontrar Lux e invadirlo”.
Su sonrisa se amplió, revelando una ambición insaciable.
“¿Y cómo planeas hacer eso?”, preguntó Eduard con escepticismo, tratando de cruzar los brazos.
Antes de que Milo pudiera responder, una ráfaga de movimiento sacudió la sala.
Los prisioneros se liberaron de sus ataduras, listos para enfrentarlo.
Milo retrocedió un paso, sorprendido por primera vez desde que comenzó su discurso triunfal.
“¿Cómo se liberaron?”, preguntó, su tono mezcla de incredulidad y frustración.
“Te olvidaste de mi presencia”, respondió Piti con calma, aunque su voz era apenas audible.
Apareció entre las sombras, como un espectro silencioso.
“Con todo tu monólogo, tuve tiempo suficiente para acabar con los robots que tenían a los reporteros”.
“¡Es el chico que entró como un tornado!”, exclamó Michele, recordando las palabras de Tecro.
“Parece rápido”, comentó Choy, observando a Piti con curiosidad.
“Aunque un poco…
rellenito”.
“¡Oigan, puedo oírlos!”, protestó Piti en voz baja, claramente incómodo fuera de su zona de confort, que solía ser los torbellinos donde le gustaba ocultarse.
“Además, no los hubiera salvado si no fuera porque sentí que debía hacerlo”, añadió, un tanto molesto.
“¿Y tú de dónde saliste?”, preguntó Maos desde los monitores, mirando a Piti con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
Piti titubeó, bajando la mirada.
“Pues verá…”, comenzó, pero antes de que pudiera continuar, Azulema lo interrumpió.
“Yo te responderé a eso”, dijo ella con autoridad.
Minutos antes de llegar, Azulema había dado una orden específica: “Come todos los postres que trajiste”, le dijo a Piti mientras ellos se preparaban para descender.
“¿Por qué dejamos al rellenito?”, preguntó Mark, mirando hacia atrás.
“Se está comiendo todo”, respondió Becky con una risita.
“Sí, yo le dije que lo hiciera”, confirmó Azulema con una sonrisa misteriosa.
“Debes tener tus razones”, comentó Ezequiel mientras ajustaba su equipo para bajar.
“Solo fue un presentimiento”, explicó Azulema.
“Un presentimiento que resultó ser cierto”.
Miró a Piti con una expresión de satisfacción.
“Cuando regresé de comer los dulces que trajimos, pensé que me habían abandonado.
Pero antes de bajar, vi que todos estaban capturados.
Entonces pensé que tal vez era una señal o un código para dejarme afuera.
Así que actué rápido y silencioso, y el resto ya lo saben: corté a super velocidad lo que los retenía”, explicó Piti, orgulloso de sí mismo.
“¿Verdad, señora Azulema?”, preguntó Piti, buscando confirmación.
Azulema asintió, aunque corrigió suavemente: “Sí, así fue.
Pero no soy ‘señora’, niño.
No esperaba que hicieras algo útil, pero entendiste lo que te dije.
Bueno, supongo que puse un poco de mis pensamientos en ti”.
Una sonrisa nostálgica se dibujó en su rostro mientras recordaba los eventos recientes.
Regresando al enfrentamiento: “Bien, ríndete, hermano”, dijo Drake con una mirada de furia ardiente, dirigiéndose a Milo.
Su voz era una mezcla de desafío y determinación.
“¿Qué vas a hacer, hermanito?
Si tú no tienes poderes”, replicó Milo con desdén, intentando mantener su actitud arrogante.
Drake lo miró fijamente, sus ojos brillando con una intensidad inquietante.
“En eso te equivocas.
Pensé que no tenía poderes durante años, pero luego los desarrollé.
No quería usarlos ahora, pero me has hecho enojar.
Te daré una lección”.
Se volvió hacia los demás, su mirada cargada de furia helada.
“Muchachos, no se metan.
Ya tendrán su turno con él”.
Todos permanecieron inmóviles, paralizados por la fuerza de su presencia.
Incluso Aragón y Gabriel parecían incapaces de mover un músculo.
“Entiendo”, dijo Adía finalmente, rompiendo el silencio.
Nadie más se movió.
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