El sistema del perro agente - Capítulo 143
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143: Lobo Galáctico vs Zeus 143: Lobo Galáctico vs Zeus “Cero puntos de vida”, anunció Reia con urgencia, justo antes de que el sistema activara automáticamente la Fase de Lobo Galáctico.
En un instante, Podbe comenzó a transformarse.
Su cuerpo se expandió hasta alcanzar proporciones colosales, adoptando la forma de un lobo gigante.
Pero esta vez, algo era diferente: cuatro medias lunas brillaban en su frente, irradiando una energía sobrecogedora.
Soltó un aullido estruendoso que resonó como un trueno, desactivando las máquinas cercanas.
Sin perder tiempo, se lanzó directamente hacia Milo, quien aún estaba inmerso en una feroz pelea contra Adía.
Podbe embistió a Milo con una velocidad impresionante, atrapándolo con sus colmillos enormes y aprisionándolo por el abdomen.
“¡Maldición!
¿Qué es esto?
No pensé que fuera tan fuerte”, gruñó Milo, intentando liberarse mientras golpeaba la mandíbula del lobo con todas sus fuerzas.
“Ya veo por qué el guardián sufrió al enfrentar esta forma del perro…
¡Suéltame, maldito animal!” Pero Podbe no lo soltó.
En cambio, sacudió a Milo como si fuera un simple trapo y lo lanzó por los aires, haciéndolo chocar violentamente contra varias paredes en su trayectoria.
El impacto fue devastador, dejando cráteres en cada punto de contacto.
“¡Maldito perro lobo!
A ver si puedes con mi poder del AURA”, rugió Milo, activando la Forma Tres.
Se lanzó hacia Podbe con su ataque más poderoso: el Dragón de AURA.
“¡Te tengo!”, gritó, confiado en su victoria.
Pero en lugar de explotar o desmoronarse, Podbe simplemente eructó, dejando a Milo boquiabierto.
“¿Cómo es posible?
El AURA no le hizo nada…
¿Acaso en esa forma este animal es pura energía?”, se preguntó Milo, desconcertado, mientras observaba al lobo galáctico con una mezcla de temor y fascinación.
Entre los espectadores: “Vaya, niño, tu perro es asombroso”, comentó Eduard, mirando a Aiden con admiración.
“Sí…”, respondió Aiden en voz baja, aunque su tono denotaba preocupación.
“Pero no sé si nos vaya a reconocer en esta forma…
Recuerdan la última vez”.
“Sí, cuando te comió y salió Reia contigo”, recordó Billy con una risita nerviosa.
“Es algo parecido a la materialización del jefe”, añadió María, cruzándose de brazos.
“No cabe duda de que eres su nieto”.
“Así es”, dijo Aiden pensativo.
“Pero estar dentro de Podbe en esta forma es diferente a compartir su espacio mental.
Es como si estuviera en su estado más primitivo…”.
Azulema, que observaba a los niños desde lejos, sintió un repentino impulso maternal.
“Estos pequeños son adorables”, pensó, resistiendo las ganas de pellizcarles los cachetes.
Sin embargo, la seriedad de la situación la hizo contenerse, especialmente cuando notó la mirada penetrante de Adía clavada en su nuca, como si estuviera evaluando cada movimiento que hacía cerca de su nieto.
El Combate Continúa: El Lobo Galáctico continuó arrasando con Milo, lanzándolo de un lado a otro sin darle tregua.
Era como ver a un depredador jugando con su presa, humillándolo con cada movimiento.
“¡Maldición, déjame, animal!”, gritaba Milo, tratando desesperadamente de cubrirse de los ataques brutales de Podbe.
“Vaya, creo que ya no necesito pelear”, pensó Adía, observando cómo el lobo dominaba completamente la situación.
De repente, Podbe lanzó un ataque devastador: rayos en forma de estrellas salieron disparados de su cuerpo, cortando la piel de Milo como cuchillas afiladas.
Luego, abrió su hocico y disparó un Super Rayo, enviando al villano volando a una distancia insospechada.
“Podbe, ya has ganado.
Detente, amigo”, dijo Aiden, acercándose lentamente al lobo.
Pero para sorpresa de todos, Podbe abrió su enorme hocico y engulló a Aiden de un solo bocado.
“¡Otra vez se comió a Aiden!”, exclamó Billy, visiblemente asustado.
“¡Oigan, ese lobo es salvaje!
¡Se comió a su amigo!
¡Qué miedo!”, gritó Benjamín con voz temblorosa, sus ojos bien abiertos mientras señalaba al Lobo Galáctico con una mezcla de asombro y pánico.
“Sí, pero me tienes a mí para protegerte”, respondió Riota, posicionándose frente a él en un gesto protector.
Aunque su tono era firme, sus manos temblaban ligeramente, delatando el nudo de miedo que también crecía dentro de él.
“Amaya”, llamó Floud, acercándose tímidamente a ella con pasos vacilantes.
Su voz era apenas un susurro, como si temiera que el Lobo Galáctico pudiera oírlo.
“Hola, pequeñín”, respondió Amaya con una sonrisa cálida, inclinándose ligeramente para quedar a su altura.
“Ayúdame, no quiero que me coma el lobo”, dijo el niño, aferrándose a su brazo con fuerza.
Amaya sonrió con dulzura y creo una paleta dulce juntando las manos.
“Tranquilo, yo te protejo”, aseguró, entregándole el caramelo.
El niño aceptó la paleta con manos temblorosas y pareció calmarse un poco, aunque sus ojos seguían desconfiados.
Sin embargo, en cuanto vio a las chicas del Escuadrón C acercarse, Floud rápidamente se escondió detrás de Amaya, aferrándose a su pierna.
“Mujeres malas”, murmuró en voz baja.
“Podbe le dio una paliza a tu hermano”, le dijo Gat a Drake con una sonrisa irónica.
“Bueno, creo que tenías cierta probabilidad de ganarle”, comentó Eduard a Drake, encogiéndose de hombros.
“Pero después de que te atacó con ese poder de AURA…
Pues ni modo”.
“Creo que, si seguimos así, cumpliremos con lo que dijo el general”, reflexionó Drake, pero su tono se volvió más agitado al continuar.
“Pero no voy a entregar a Aiden ahora que sé que es mi nieto”.
“Mas te vale”, le respondió Adía con firmeza, lanzándole una mirada cargada de advertencia que hizo que Drake se estremeciera ligeramente.
Ambos voltearon alarmados al ver que el Lobo Galáctico había engullido a Aiden sin previo aviso.
“¿Por qué hizo eso?”, preguntó Leila, visiblemente asustada, mientras observaba al enorme lobo con temor.
“Tranquila, lo hizo la vez pasada también”, intervino María, tratando de calmar los ánimos.
“Aiden va a estar bien”, añadió Elena con convicción, aunque sus ojos mostraban una leve preocupación.
“¡Guau!
Esto es oro puro”, exclamó Melisa con emoción contenida.
“Lástima que no funcione la tecnología aquí”.
“Bien, a raíz de lo que pasó anteriormente, traje esta cámara antigua”, explicó Creg, sosteniendo un artefacto robusto en sus manos.
“Puede filmar porque es análoga y no se ve afectada por ese aullido”.
“Sí, tontos, pero ¿cómo van a transmitir si toda la gente está bajo el control de las máquinas gracias a ese científico loco?”, señaló Michele con una mezcla de sarcasmo y frustración, cruzándose de brazos.
“Tienes razón”, coincidió Philip, mientras Choy asentía en señal de acuerdo.
“Bueno, a nada, igual quedará la evidencia”, añadió Melisa con un encogimiento de hombros, como si intentara encontrarle algún lado positivo a la situación.
“Quizá debamos buscar a ese científico y desactivar la máquina que está causando todo este alboroto en el mundo”, propuso el profesor, mirando a los demás con seriedad.
Su tono sugería que era el primer paso lógico, aunque nadie parecía tener idea de cómo llevarlo a cabo.
“¿Sí?
¿Pero alguien sabe cómo hacer eso?”, preguntó Creg, levantando una ceja con escepticismo.
Todos se quedaron mirándose entre sí, intercambiando expresiones de incertidumbre, antes de responder al unísono: “No”.
“Somos inútiles aquí”, declaró Akira con desánimo, quitándose la armadura que había sido desactivada por el poder del Lobo Galáctico.
Sin ella, su apariencia infantil quedó al descubierto: rostro salpicado de pecas, ojos verdes brillantes y cabello naranja rizado que le daba un aire travieso.
“¿Y tú quién eres?”, preguntó Megumi, recuperándose lentamente del golpe que Milo le había dado momentos antes.
“Es mi tonto aprendiz, Akira.
¿No reconoces esa voz?”, dijo Rafael, revolviéndole el cabello al muchacho con una sonrisa burlona.
“Es porque usa un distorsionador de voz”, añadió, como si eso lo explicara todo.
“Bueno, con el aparato que utiliza para distorsionarla, nunca lo sacaría.
Así que…
así te ves en realidad” dijo Megumi.
Megumi lo miró con curiosidad antes de sonreír con amabilidad.
“Eres bonito”, comentó, inclinando ligeramente la cabeza.
Akira se sonrojó de inmediato, sus mejillas tomando un tono carmesí mientras desviaba la mirada y giraba la cara para ocultar su vergüenza.
Sus manos temblaron ligeramente, y su incomodidad era palpable, como si no estuviera acostumbrado a recibir cumplidos tan directos.
“El único que no sirve aquí eres tú, Akira.
Aún te falta aprender a crear tu propio metal para poder combatir, aprendiz flojo”, lo regañó Rafael con severidad.
“No seas tan duro con el muchacho”, interrumpió Adrián, mirando a Rafael con reproche.
“Lo siento, señor”, se disculpó rápidamente Rafael, bajando la cabeza.
Adrián se acercó a Akira y, con un gesto amable, le entregó una pistola láser que materializó en ese mismo instante.
“Toma”.
“¿Qué clase de sujeto le da un arma a un niño?”, protestó Azulema, cruzándose de brazos con evidente molestia.
Adrián se sintió avergonzado y murmuró una disculpa rápida.
“Nunca vi al maestro así”, pensó Rafael para sus adentros, sorprendido por la reacción poco común de su mentor.
Cuando Azulema vio hacia donde estaba Akira, no pudo evitar sentir un repentino impulso maternal.
Se acercó al chico y comenzó a jalarle los cachetes con ternura, dejándoselos rojos.
“¡Aléjese, señora!
¡No soy su hijo!”, protestó Akira, escapando rápidamente detrás de Megumi para esconderse.
“Quizá puedas ir con Megumi y buscar la fuente para desactivar a los electrodomésticos que están controlando a las personas en el mundo”, sugirió alguien.
“Sí, vamos”, respondió Akira con determinación.
Junto con Megumi, quien usó su magia de tierra para abrir un hueco en el suelo, ambos se adentraron rápidamente en la abertura.
La abertura se cerró tras ellos, envolviéndolos en una penumbra momentánea mientras desaparecían en busca de la fuente.
“Menos mal que la jefa me soltó por un minuto”, suspiró Mark desde su posición, aunque las chicas del Escuadrón C seguían protegiéndolo.
Él simplemente puso su cara de “bueno, al menos fue un momento de tranquilidad”.
Vaya, qué don Juan es ese muchacho.
Quisiera ser él en estos momentos”, comentó Gat con una sonrisa irónica, lanzando una mirada hacia donde Mark estaba rodeado por las chicas de su escuadrón.
Mukio, que apenas se había levantado con dificultad tras el golpe recibido, soltó una risita forzada mientras se sobaba el costado dolorido.
La observación de Gat parecía haber tocado una fibra cómica en él, aunque el dolor aún le hacía fruncir el ceño.
Por otro lado, un grupo de chicas no dejaba de halagar a los presentes.
“Qué niñas tan hermosas”, dijeron a María y Elena, provocando que ambas se sonrojaran intensamente.
Sin embargo, las bromas no terminaron ahí.
“Pero tú también eres un chico apuesto”, le dijeron a Billy, quien recibió una lluvia de pellizcos en los cachetes por parte de Rachel y Ada.
“¿Qué les pasa a estas mujeres?”, murmuró Billy, visiblemente mareado y confundido.
“Creo que les falta tener hijos”, bromeó María, aunque ella misma parecía tambalearse ligeramente, como si la situación fuera demasiado surrealista incluso para ellos.
En medio del caos, el Lobo Galáctico permanecía inmóvil, sentado en el centro del campo de batalla.
Sus ojos estaban cerrados, pero su cuerpo irradiaba una energía constante, alerta ante cualquier movimiento o amenaza.
A pesar de su aparente calma, su presencia era imponente, como un guardián silencioso listo para actuar en cualquier momento.
Desde un rincón alejado, Milo observaba con furia contenida.
Su rostro estaba contraído por el dolor, pero sus ojos brillaban con determinación.
“Maldito perro…
Me has humillado.
No pensé sentir tanto dolor a pesar de ser alguien tan fuerte”, gruñó entre dientes.
“Por eso, serás el primero en caer”.
Milo se comunicó con Maos a través del auricular, cuya voz sonó cortante y autoritaria.
Al otro lado, Maos estaba ocupado manipulando los controles en su consola, sus dedos volando sobre el panel mientras ajustaba parámetros con precisión.
“Maos, pon en marcha la segunda fase de mi plan”, ordenó Milo, su tono dejando claro que no admitiría objeciones.
“¿Ahora, señor?
Pero aún no lo hemos probado del todo”, respondió Maos, visiblemente nervioso.
Su voz temblaba mientras ajustaba algunos botones en el panel.
“¡Sí, ahora!
Es tiempo de ver si todo funciona bien”, ordenó Milo con firmeza, ignorando las advertencias de su asistente.
El dolor en su cuerpo parecía haber alimentado su deseo de venganza, haciendo que su tono fuera más autoritario y despiadado.
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