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El sistema del perro agente - Capítulo 145

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  3. Capítulo 145 - 145 Un Gran Peligro Se Acerca
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145: Un Gran Peligro Se Acerca 145: Un Gran Peligro Se Acerca Michele le dijo a Choy con firmeza: “Acompáñame.

Vamos a buscar dónde se oculta ese tal Maos.

Quizá podamos hacer algo contra él”.

Su voz era decidida, pero había un destello de preocupación en sus ojos.

“No sé exactamente dónde estará, pero lo encontraré.

Ese sujeto fue quien manipuló a esos chicos controlados.

Por su culpa, mi tío quedó en shock.” Choy la miró, dubitativo, pero antes de que pudiera responder, una voz profunda y metálica resonó en el aire: “¿Quieren ir a buscar a ese sujeto?

Yo los puedo ayudar.” Todos giraron rápidamente hacia la fuente de la voz.

En la penumbra, destacaba la silueta imponente de Tron, un robot cuyas luces parpadeantes emitían un leve zumbido.

Al principio, el grupo retrocedió, asustado.

“¡Es un robot!” exclamaron algunos, tensos.

“Tranquilícense”, intervino Melisa con calma, levantando las manos en señal de paz.

“Ese robot es el que abrió el camino para entrar aquí, ¿no recuerdan?” Su tono reconfortante logró calmar los ánimos, y poco a poco, los presentes bajaron la guardia.

Michele dio un paso al frente, enfrentando al robot con una mezcla de curiosidad y determinación.

“¿Puedes ayudarme con eso?” preguntó, señalando hacia el horizonte donde sospechaban que Maos se escondía.

“Sí, claro”, respondió Tron con un tono mecánico pero amable.

“Me llamo Tron.

Y, respecto a por qué lo haría…” Hizo una pausa breve, como si procesara sus propias palabras.

“Según mis algoritmos, ese sujeto es el responsable de la mayoría de los problemas aquí.

Es quien mantiene este lugar incomunicado y controla a los robots.

Así que, lógicamente, los puedo llevar hasta él.” “¡Qué genial!” exclamó Philip, emocionado ante la perspectiva de resolver el misterio.

“Pero… ¿cómo es que tú no te apagaste con el aullido del lobo?” preguntó Creg, frunciendo el ceño mientras observaba al robot con desconfianza.

Tron inclinó ligeramente su cabeza metálica, como si estuviera reflexionando.

“Algunas de mis funciones se desactivaron, pero también soy analógico.

La energía de ese aullido afecta cosas digitales, como los productos actuales, pero no a mí.” “Interesante”, murmuró el profesor Kile, fascinado.

“¿Y quién te construyó?” El robot titubeó un instante antes de responder: “Mi creador es el líder de la unidad C, el agente C.

No puedo revelar su nombre por temas de privacidad.” “Ah…

Entiendo”, dijo el profesor, intentando disimular su decepción.

Aunque admiraba la creación de Tron, sentía una punzada de tristeza al no poder conocer al genio detrás de semejante obra maestra.

De repente, Ian, que yacía herido en el suelo, habló con dificultad: “Tron, tus amigos no necesitarán de tu ayuda.” Su voz era débil, pero cargada de convicción.

“No lo creo.

Ellos son fuertes y resolverán cualquier cosa”, replicó Tron con seguridad, aunque sus luces parpadearon brevemente, como si dudara por un momento.

“Bien, entonces no se diga más.

Vendrás con nosotros”, declaró Michele con decisión, jalando a Choy de la camisa.

Este último apenas tuvo tiempo de protestar antes de que ella lo arrastrara hacia adelante.

“Creo que también iré con ustedes”, añadió Kile, ajustándose las gafas con un gesto reflexivo.

Su tono era calmado, pero había un brillo de curiosidad en sus ojos que delataba su entusiasmo ante la perspectiva de descubrir algo nuevo.

Philip, sin pensarlo dos veces, se apresuró a unirse al grupo.

Era evidente que no quería quedarse atrás.

Con una sonrisa nerviosa, murmuró: “Claro que voy.

Además, sin el profesor Kile, ¿cómo podría obtener los créditos que necesito para la universidad?

Esto es prácticamente una oportunidad dorada.” Sus palabras arrancaron una risita ahogada de Michele, quien lo miró de reojo mientras caminaba al frente.

“Así que es eso, ¿eh?

No te preocupes, Philip, si logramos resolver todo esto, seguro que tendrás suficientes historias para llenar un libro…

y quién sabe, tal vez hasta unas cuantas becas.” Kile, por su parte, levantó una ceja con fingida seriedad.

“No te emociones demasiado, muchacho.

Aún tienes que demostrar que puedes manejar la presión.

Esto no será un paseo por el parque.” Philip tragó saliva, aunque su determinación no flaqueó.

“Lo sé, profesor.

Pero prefiero enfrentarme a lo que sea antes que quedarme aquí esperando.” “Bien, nosotros nos quedaremos”, dijo Melisa, cruzándose de brazos.

“Ian no puede moverse por ahora.

Además, alguien tiene que cuidarlo.” Tron se acercó a Ian y, con precisión quirúrgica, comenzó a cauterizar su herida.

Luego extrajo una botella de agua y unas cápsulas de su pecho.

“Toma estas pastillas.

Te ayudarán a recuperarte más rápido”, indicó mientras entregaba los medicamentos a Melisa.

Antes de partir, Michele se detuvo frente a Melisa y le dedicó una sonrisa sincera.

“Buena suerte.

Ya nos veremos.” Melisa le devolvió la sonrisa, aunque sus ojos reflejaban preocupación.

“Pues claro.

Si no, ¿quién nos saca de aquí?” Hubo un momento de risas compartidas, un breve respiro en medio de la tensión.

Luego, el grupo liderado por Michele se alejó, dejando atrás a Melisa y a Ian, quienes permanecieron en silencio, observando cómo sus figuras se perdían en la distancia.

Mientras tanto, Megumi y Akira avanzaban con determinación hacia su objetivo: encontrar el interruptor que detuviera las máquinas asesinas.

Estos implacables artefactos habían comenzado a arrinconar a todos aquellos humanos que habían consumido productos de Radar, una marca que había infiltrado el mercado bajo otra empresa fachada.

Era un plan diabólico diseñado como respaldo en caso de que la estrategia de los “controlados” fracasara.

“Pobres gente”, murmuró Megumi con un suspiro pesado mientras saltaba sobre una plataforma de tierra que acababa de crear.

“Primero los controlados, y ahora estas máquinas asesinas.

¿Es que la humanidad no tiene ni un minuto de descanso?” Akira simplemente movió la cabeza de arriba abajo, callado como siempre.

Su silencio era palpable, como si llevara un peso invisible sobre los hombros.

“Oye, ¿por qué no hablas?” dijo Megumi, girándose hacia él con una sonrisa burlona.

“Cuando llevabas ese traje eras todo un parlanchín, pero ahora ni siquiera dices ‘A’.

¿Qué pasa contigo, niño?” Akira desvió la mirada, incómodo.

“Bueno…

yo soy introvertido.

Solo cuando oculto mi rostro puedo ser alguien más.” “Vaya, que tienes problemitas, chico”, replicó Megumi, fingiendo un tono dramático mientras se cruzaba de brazos.

“¿Por qué no te gusta mostrar tu cara?

Si eres simpático, no necesitas ocultarte.” El niño se sonrojó intensamente, bajando la vista hacia el suelo.

“No me gusta llamar la atención, eso es todo.” Megumi soltó una risita suave al verlo tan avergonzado.

“Ya, ya, no te burles de mí”, protestó Akira, aunque sin verdadera firmeza en su voz.

“Está bien, está bien”, respondió ella, guiñándole un ojo antes de señalar hacia adelante.

“Pero sigue avanzando.

Usa el radar que te dio ese tonto de Rafael.” Al mencionarlo, un recuerdo fugaz cruzó por su mente: Rafael, momentos antes de partir, le había dicho a Megumi con su habitual tono autoritario: “Tómalo tú.

Creo que sabrás cómo usarlo mejor que mi aprendiz.” “¿Por qué te llevas tan mal con Rafael?” preguntó Megumi, curiosa, mientras ajustaba su paso al abrir el túnel que estaba creando.

“Bueno…”, comenzó él, titubeando como si buscara las palabras adecuadas, “Adrián le pidió que fuera mi maestro porque vio mi potencial.

Yo quería que Adrián mismo me enseñara, pero siempre está ocupado.

Rafael siempre me anda mandoneando, y yo…

bueno, no le hago mucho caso.

Me escapo para hacer mis cosas, y él dice que soy un niño caprichoso y berrinchudo.” “Hmm…”, reflexionó Megumi, pensativa.

“Pero la verdad es que preferirías que alguien más te enseñara, ¿no?” “Sí”, admitió Akira, su voz apenas un susurro.

“La señorita Galea, ella sí es buena.

Tiene paciencia, no como Rafael, que es muy estricto.” “¿Te refieres a la segunda al mando después de Rafael?” preguntó Megumi, arqueando una ceja.

“Sí, ella es lo máximo”, dijo Akira con entusiasmo, aunque inmediatamente se detuvo al notar que estaba hablando demasiado.

Se sonrojó aún más y bajó la mirada.

“Vaya, te pones así de nervioso cuando hablas de ella”, comentó Megumi, sonriendo traviesamente.

“Megumi, puedo decirte así, ¿verdad?” “Claro”, respondió ella con una sonrisa cálida.

“Somos compañeros de equipo y amigos, ¿no?” Akira asintió rápidamente, pero su rubor se intensificó.

De pronto, se tambaleó ligeramente y se agarró del borde de la plataforma de tierra que Megumi había creado para sostenerse.

“¿Estás bien?” preguntó ella, preocupada.

“Te ves muy rojo.” “Sí, estoy bien”, balbuceó él, aunque sus piernas temblaban ligeramente.

Con esfuerzo, se soltó de la cintura de Megumi y se arrodilló en el suelo, aferrándose a la plataforma de tierra como si fuera su única salvación.

“Bien, si tú lo dices”, dijo Megumi, aunque su tono sugería que no estaba del todo convencida.

“Mira, no creo que Rafael actúe así por tu mal.

Aunque tú también te portas mal en su presencia…

y cuando no está cerca, por cierto.

Parecen dos hermanos peleando.” Akira frunció el ceño, claramente fastidiado.

“Bueno, lo intentaré”, murmuró finalmente.

“Pero espero que él también ponga de su parte.” Megumi sonrió ampliamente y le revolvió el cabello con cariño.

“Así se habla, mi pequeño amiguito naranja.

Sigamos avanzando.” Akira se puso de pie lentamente, todavía algo tambaleante, pero recuperando su compostura.

“Ya que…” murmuró, resignado, mientras ambos seguían adelante, siguiendo la señal del radar con renovada determinación.

En lo alto de la zona de batalla, el aire vibraba con tensión eléctrica.

El rugido del viento se mezclaba con el eco distante de las explosiones, mientras una voz metálica resonaba a través del auricular que Milo llevaba en su oreja.

“Señor…

¿está ahí?

Señor Zeus”, llamó Maos desde el otro lado de la línea.

“¿Qué quieres, Maos?” respondió Milo con un tono siniestro que parecía arrastrarse como una sombra sobre la conversación.

Su sonrisa era fría, casi inhumana, mientras levantaba ambas manos hacia el cielo.

En un instante, sus brazos se iluminaron con un fulgor dorado deslumbrante, y sus brazos se transformaron en dos grandes columnas de energía pura.

Los relámpagos tomaron forma, convirtiéndose en extensiones de su poder.

Con un movimiento rápido y preciso, lanzó ambos rayos contra el lobo galáctico como si estuviera cortando un pastel.

El impacto fue devastador, partiendo al animal a la mitad con una fuerza sobrecogedora.

El estruendo resonó como un trueno apocalíptico, y el cuerpo destrozado del lobo cayó al suelo con un golpe seco que sacudió el aire.

“Ahora sí creo que lo mató”, murmuró Billy con voz temblorosa, aferrándose a Elena y María en busca de consuelo.

Sus nudillos estaban blancos por la tensión, y sus ojos reflejaban tanto pánico como una profunda compasión por la criatura derribada.

El eco del impacto aún vibraba en el aire, dejando tras de sí un silencio pesado e inquietante.

“Pobre lobito”, susurró Benjamín, mirando desde lejos al gran animal caído.

A pesar de su aparente fragilidad, su voz tenía un tono firme cuando añadió: “Tranquilo, quédate atrás de mí.

Yo te protegeré si esa cosa se acerca.” Riota, siempre dispuesto a asumir un papel heroico, dio un paso al frente con determinación, aunque su postura revelaba más valentía que confianza real.

Gat soltó una carcajada burlona, cruzándose de brazos.

“¿Tú?

¿Protegerlo?

Ni siquiera podrías acercarte a esa cosa sin que te reduzca a cenizas.” “¡Bah!” replicó Riota con un bufido, señalando a Gat con desdén.

“Al menos duró más que tú contra Aragón.” “¡Eso fue porque me agarró desprevenido!” protestó Gat, levantando las manos en señal de indignación.

Su rostro estaba ruborizado, y sus gestos exagerados hacían evidente su frustración.

La discusión comenzaba a caldear el ambiente, pero antes de que pudieran seguir, una voz calmada y autoritaria interrumpió el altercado.

“Tranquilos, no peleen”, intervino Aragón, apareciendo de repente junto a ellos.

Su presencia imponente hizo que tanto Gat como Riota dieran un respingo, sorprendidos por su llegada silenciosa.

Aragón observó la escena con atención, sus ojos fijos en el cuerpo destrozado del lobo galáctico y luego en la figura de Milo, que ahora irradiaba un aura intimidante.

“Esa cosa parece increíblemente fuerte”, comentó Aragón con seriedad, su voz cargada de preocupación.

“Es del mismo tamaño que el lobo galáctico.

Acabar con él será complicado.” Milo, quien había estado disfrutando del espectáculo desde la distancia, giró lentamente hacia ellos con una sonrisa maquiavélica dibujada en su rostro.

Sus ojos brillaban con una mezcla de arrogancia y crueldad mientras les dedicaba unas palabras que resonaron como un eco helado, cortando el aire con su frialdad: “Ahora es su turno.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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