El sistema del perro agente - Capítulo 146
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146: CUADRADO en Problemas 146: CUADRADO en Problemas En una zona remota, el eco estridente de las alarmas resonaba entre los pasillos mientras pisadas rápidas y apresuradas golpeaban el suelo frío.
En la distancia, estallidos secos de disparos rompían el aire, como truenos que anunciaban una tormenta inminente.
De pronto, una figura uniformada irrumpió en lo que parecía ser una sala de conferencias.
Dentro, cinco figuras sentadas alrededor de una mesa circular giraron sus cabezas hacia el recién llegado, sus rostros iluminados apenas por el brillo tenue de las pantallas frente a ellos.
—¿Qué hace aquí?
—preguntó una voz autoritaria desde el centro de la mesa, con tono cortante pero velado de preocupación.
—Lo siento, mi general, pero estamos siendo invadidos —respondió el soldado, jadeando ligeramente mientras se detenía frente al grupo.
El hombre al que llamaron “general” lo miró fijamente, su ojo visible entrecerrándose con escepticismo.
La luz parpadeante de los monitores proyectaba sombras danzantes sobre su rostro marcado por años de servicio.
—Eso es imposible.
Este lugar está oculto —dijo el general, su voz firme, pero con un matiz de incertidumbre.
Hizo una pausa breve antes de continuar—: ¿Quién nos está atacando?
El soldado tragó saliva, como si temiera pronunciar las palabras que salieron de su boca segundos después.
—Señor… Nos están atacando los electrodomésticos.
Se volvieron locos y se han convertido en algo así como robots letales armados.
Un silencio pesado cayó sobre la sala.
El general se inclinó hacia atrás en su asiento, procesando la información con una mezcla de incredulidad y frustración.
—Primero huérfanos con poderes y ahora electrodomésticos asesinos… —murmuró para sí mismo, más como un desahogo que como una pregunta.
Antes de que alguien pudiera responder, otra figura entró en la habitación.
Era un hombre de unos treinta y cinco años aproximadamente, vestido con un uniforme verde oscuro y un largo saco que le cubría hasta las rodillas.
Su presencia impuso respeto incluso antes de que hablara.
—¿No vio las noticias, señor?
—dijo el recién llegado sin preámbulos, dirigiéndose directamente al general.
El general lo miró, confundido, mientras los otros cuatro integrantes del grupo intercambiaban miradas igualmente intrigadas.
—¡Ah!
Es usted, mayor Mike.
¿Qué noticias?
—preguntó el general, levantando una ceja.
—Al parecer, señor, el jefe de Radar, ese tal Zeus, soltó la sopa —dijo el mayor Mike, su voz firme pero cargada de urgencia mientras ajustaba su postura frente al general.
Hizo una breve pausa, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras antes de continuar—.
Cuando vio que su plan no funcionaba con los controlados, activó estas máquinas pertenecientes a TechRaise.
El mayor se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando las manos sobre la mesa central.
Su expresión era seria, casi sombría, mientras miraba directamente al general.
—Con este ataque… —hizo otra pausa, esta vez más deliberada, como si quisiera recalcar lo que estaba a punto de decir—, creemos… ¡No!
Estamos seguros de que TechRaise es una de las tantas empresas ligadas a ese sujeto.
Si no es suya directamente, está bajo su influencia.
Ahora están atacando a todo el mundo.
El tono del mayor Mike se volvió aún más intenso, casi como un eco de advertencia resonando en la sala.
Sus palabras colgaban en el aire, pesadas y llenas de implicaciones, mientras los demás miembros del grupo intercambiaban miradas de preocupación.
El general gruñó bajo, llevándose una mano al parche negro que cubría su ojo derecho.
—Así que ese tonto de Drake no pudo con ese sujeto —murmuró, exhalando humo de su puro lentamente.
—Y hay algo más, general Bronjort —continuó el mayor, ajustándose el cuello del saco—.
El sujeto conocido como Zeus… es en realidad Milo West, el hermano de Drake.
El general se quedó inmóvil por un momento, como si las palabras hubieran golpeado algo profundo dentro de él.
Finalmente, encendió la luz de la mesa central.
La habitación, que hasta entonces había estado sumida en penumbras, se iluminó, revelando detalles que antes permanecían ocultos.
La luz destacó el rostro curtido del general, donde cada arruga narraba historias de batallas pasadas.
—Así que ese sujeto seguía vivo… ¿Cómo no lo vimos venir?
—reflexionó en voz alta, su tono cargado de autocrítica.
La tensión en la sala era palpable, como una cuerda tensada al límite.
Fue entonces cuando el mayor Mike decidió intervenir nuevamente.
—Señor, he venido aquí por su seguridad.
Necesitamos evacuar el lugar.
El personal está intentando contener a los artefactos, pero son demasiados y nos superan en número.
El general lo miró con calma calculada, dando una larga calada a su puro.
—No veo, mayor, que estemos en condiciones de abandonar una junta del “CUADRADO” —replicó, su tono firme, pero con un deje de ironía.
—Lo siento, señor, pero el protocolo establece que debemos proteger a la cabeza de la organización como prioridad absoluta —insistió el mayor Mike, inclinándose ligeramente hacia adelante.
El general Bronjort asintió lentamente, reconociendo la lógica detrás de las palabras del mayor.
—Entiendo su inquietud, mayor.
Pero con ustedes aquí, puedo estar tranquilo por la seguridad mía y de mis pares —dijo, señalando a los otros cuatro individuos en la sala.
Sin embargo, el soldado que había llegado primero no pudo contenerse.
—¡Señor, nos superan en número!
—exclamó, casi gritando.
—¡Silencio, niño!
—lo reprendió el mayor Mike, acercándose a él y susurrándole al oído—: No podemos rendirnos.
El general tiene razón; su seguridad es primordial, pero nuestra unidad debe prevalecer y proteger este lugar.
El general, cuyo oído aún era agudo a pesar de su edad, captó claramente el murmullo del mayor.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Eso es bueno de escuchar —comentó, dando otra calada a su puro.
Luego, tras un momento de reflexión, añadió: —Si es necesario, mayor, utilice las armas del arsenal B-12.
—Entendido —respondió el mayor Mike, haciendo un gesto rápido con la cabeza.
Tomó al soldado imprudente del brazo y ambos salieron de la sala, no sin antes el mayor inclinarse brevemente ante el general.
—Mis disculpas, señor, por entrar de esa manera —dijo el mayor antes de cerrar la puerta tras de sí.
El general, que se había levantado de su asiento momentos antes, volvió a sentarse con una calma calculada.
Miró a los otros cuatro individuos alrededor de la mesa, sus rostros iluminados ahora por la luz amarillenta de las pantallas frente a ellos.
—Bien, podemos proseguir con las conversaciones —dijo el general, como si los disparos distantes y las alarmas estridentes fueran meros detalles insignificantes.
Uno de los presentes, una mujer cuya voz tenía un tono suave pero firme, rompió el silencio.
—Pero, ¿qué hay de Drake y su equipo?
—preguntó, mirando directamente al general con preocupación genuina.
El general entrecerró su ojo visible, apretando el puño con tanta fuerza que el cuero de su guante crujió ligeramente.
Golpeó la mesa con determinación, haciendo temblar los documentos y dispositivos electrónicos que había encima.
—No te preocupes, querida.
Drake no me ha fallado hasta ahora —respondió con confianza, aunque su mandíbula tensa sugería lo contrario—.
Además, ya le queda una hora.
Si no hace nada para entonces, tendré que ir personalmente a patear traseros.
Los otros tres integrantes intercambiaron miradas incómodas, clavando sus ojos en las pantallas frente a ellos.
La mujer que había hablado solo murmuró un “ok” débil, casi inaudible, mientras bajaba la vista hacia su monitor.
Acto seguido, el general tomó el teléfono antiguo que descansaba junto a él: un aparato voluminoso y obsoleto, con un auricular pesado y botones desgastados por años de uso.
Marcó un número con decisión y esperó unos segundos antes de hablar.
—¿Por qué no me avisó sobre esto?
—demandó, su tono severo resonando en la habitación.
La voz de la secretaria respondió del otro lado de la línea, suavemente nerviosa.
—Lo siento, señor.
Estamos bajo ataque, así que no pude acercarme a la tecnología moderna.
El general soltó una risa breve y seca, como un trueno amortiguado.
—Lo sé.
Por eso la llamé por la línea antigua, diseñada precisamente para emergencias como esta.
No quiero excusas.
Quiero saber cómo va la situación.
¿Queda claro?
—Sí, señor —respondió la secretaria rápidamente, sin atreverse a discutir.
Pasados unos minutos, el teléfono volvió a sonar.
El general contestó de inmediato, su expresión impaciente mientras escuchaba el informe.
—Señor, el caso de los controlados ha sido resuelto.
La cura está en camino, según lo indicado por nuestras fuentes.
Sin embargo… hay problemas mayores.
El tal Zeus se ha convertido en algo poderoso y está acabando con los agentes de Drake.
El general exhaló lentamente, dejando escapar el humo de su puro en una nube grisácea.
—Bueno, por una parte, es bueno que se haya resuelto el tema de los controlados.
Pero por otra, tenemos un problema mayor con esos electrodomésticos asesinos.
Hizo una pausa dramática, pensativo, antes de continuar con una orden precisa.
—Señorita, haga que los equipos se preparen.
Usen el armamento que el mayor Mike debe proporcionarles de la bóveda B-12.
Transmita este mensaje por el sistema antiguo.
Y quiero a todos esos robots destruidos en quince minutos.
Además, necesito ver a todos los soldados disponibles en la zona de carga.
—Sí, señor —respondió la secretaria antes de colgar el teléfono, dejando un clic metálico que resonó en la sala.
El general se recostó en su silla, mirando fijamente a los otros cuatro individuos.
Su gesto era serio, casi sombrío, mientras consideraba sus próximos movimientos.
—Creo que debemos aplazar esta cita y tomar en serio a este tal Zeus —declaró finalmente, su voz cargada de autoridad.
Uno de los hombres, que llevaba gafas gruesas que reflejaban la luz de las computadoras, se inclinó hacia adelante.
—Señor, como parte del grupo del “CUADRADO”, debería compartirnos qué es exactamente lo que guarda en la bóveda B-12 —dijo, su tono mezcla de curiosidad y exigencia.
Otro hombre, completamente calvo y con la cabeza brillante bajo la luz artificial, añadió con firmeza: —Sí, exijo que nos diga.
El último, un joven que se quitó un chupetín de la boca para hablar, intervino con una pregunta ingenua: —Y, ¿por qué estas máquinas no sufrieron lo mismo?
La mujer que había sido callada al principio los miró a los tres con una expresión que decía más que mil palabras: ¿Por qué no hablaron cuando yo pregunté y se quedaron callados, malditos tontos?
El general dejó escapar una carcajada burlona, disfrutando visiblemente del momento.
—Es justo.
Lo tenía guardado para otra ocasión, pero como somos una sociedad, debo compartirles los secretos —dijo, su tono sarcástico lleno de ironía.
Con un gesto rápido, activó un interruptor en la pared.
Las luces principales de la sala se encendieron de golpe, revelando por completo a los otros cuatro miembros del “CUADRADO”.
Sus rostros, ahora expuestos, mostraban una mezcla de sorpresa, incomodidad y expectativa.
La mujer, cuyo acento alemán era inconfundible, vestía un elegante vestido rojo carmesí que contrastaba con su cabello pelirrojo recogido en un moño impecable.
Su postura erguida y sus brazos tonificados sugerían que practicaba levantamiento de pesas.
Su nombre era Hela Wheuigens, un alto mando en la zona europea, conocida tanto por su astucia estratégica como por su fuerza física.
El hombre con lentes, Yuji Fukiwasaba, era un empresario próspero y uno de los líderes designados para dirigir el continente asiático.
Su cabello corto y oscuro estaba siempre perfectamente peinado, y su expresión calculadora reflejaba su mente analítica.
Yuji no solo era un magnate exitoso, sino también un estratega meticuloso, aunque su arrogancia solía hacer mella en sus relaciones con los demás.
El tercer miembro del grupo, Anoten Katawuanaku, era un líder africano de gran prestigio.
Su piel tenía un tono profundo y lustroso, como si fuera obsidiana pulida, y su cabeza calva brillaba bajo la luz artificial de la sala.
Sus músculos eran tan definidos que parecían esculpidos por un artista: venas prominentes serpenteaban bajo su piel, evidenciando años de entrenamiento físico riguroso.
Anoten emanaba una presencia imponente, un recordatorio constante de su poderío tanto físico como político.
Finalmente, el cuarto integrante, Lucas Di Sousa, era el más relajado del grupo.
De origen brasileño, poseía ojos grandes y cafés que irradiaban una mezcla de curiosidad y despreocupación.
Su cabellera larga y negra caía sobre sus hombros, y su costumbre de chupar dulces lo hacía parecer menos intimidante que sus compañeros.
Sin embargo, su actitud relajada ocultaba una astucia innata, como demostró al mencionar discretamente un dispositivo de espionaje.
Junto con el general Bronjort, líder de América, estos cinco formaban el “CUADRADO”, un grupo de poder donde cada miembro representaba un continente.
Bronjort, situado en el centro como la estrella del grupo, debía consultar cualquier decisión importante con los demás para obtener su aprobación, aunque no siempre seguía esta regla al pie de la letra.
—Está bien —dijo el general, rompiendo el silencio mientras observaba a los otros cuatro con atención—.
Como les dije, les hablaré primero de esto: las máquinas en esta sala son antiguas, creadas antes de la era de los chips avanzados, y por eso no sufrieron lo que las otras máquinas de afuera pasaron.
Hizo una pausa breve, dejando que sus palabras resonaran antes de continuar.
—Con respecto a lo que tenemos en la bóveda B-12… —El general miró a sus compañeros, quienes lo observaban con una mezcla de curiosidad y desconfianza—.
Lo que hay ahí son armas diseñadas para neutralizar amenazas.
Algunas tienen el potencial de destruir cualquier cosa que se les ponga enfrente.
Son experimentales, desarrolladas por nuestro gobierno, y pensé que nunca serían necesarias.
Por eso las encerramos allí.
Pero veo que hoy es el día en que deben usarse.
El general hizo un gesto brusco con la mano, como si quisiera apartar el tema.
—Basta de tanta palabrería.
En ese momento, el teléfono antiguo volvió a sonar, rompiendo la tensión en la sala.
El general contestó rápidamente.
—Señor, los soldados restantes han utilizado las armas y acabado con los enemigos —informó la secretaria, su voz clara pero apresurada—.
Lo malo es que casi todo el complejo está destruido.
La mayoría de las máquinas utilizaban chips provenientes de esa compañía.
El general asintió lentamente, procesando la información.
—Bien, ya estamos dentro del tiempo de los quince minutos.
Dígales a los soldados que los espero en el hangar.
Por cierto, ¿las naves están en buen estado o también se transformaron en bichos raros?
—Señor, nos encontramos en el hangar.
Unos soldados me ayudaron a llevar este aparato pesado hasta aquí.
Hubo algunos enfrentamientos, pero solo queda la gran aeronave roja intacta —respondió ella.
—Bien, voy para allá —dijo el general antes de colgar.
Se puso de pie y ajustó su parche negro con un movimiento rápido.
—Es hora de irme a la guerra —anunció, su voz cargada de determinación.
Los otros cuatro intercambiaron miradas llenas de dudas.
No se habían tragado del todo la explicación sobre las armas, pero tampoco querían arriesgar sus vidas confrontándolo.
Así que permanecieron sentados mientras él salía de la sala.
Una vez que la puerta se cerró tras él, comenzaron a hablar entre ellos.
—Ese Bronjort otra vez está ocultándonos cosas —dijo Yuji, ajustándose los lentes con gesto molesto.
—Sí —coincidió Anoten, cruzándose de brazos—.
No debimos dejar que fuera el líder del CUADRADO.
Solo se autoproclamó indico Yuji.
—Exacto —agregó Hela, frunciendo el ceño—.
Y ahora tendremos que pagar las consecuencias de su ambición.
Lucas, quien aún chupaba su dulce, sonrió con picardía.
—Pues habrá que tenerlo vigilado.
Para saber qué otras cosas, nos oculta —dijo, sacándose el chupetín de la boca con un chasquido—.
Por suerte, le pegué un dispositivo con mi palito del chupete que estaba comiendo.
Esto nos dirá qué hace, y de acuerdo a eso, ya veremos cómo proceder.
Hela lo miró con una mezcla de sorpresa y admiración.
—Interesante, ¡de ti no me lo esperaba!
Pero bueno, esa idea me gusta.
Yuji asintió lentamente, mostrando su aprobación.
Tengo a alguien en el campo que quizá nos pueda dar información lo malo que no hay comunicaciones activas indico Hela.
—Bien.
Todos de acuerdo.
Los cuatro intercambiaron una mirada cómplice y asintieron con la cabeza, sellando así su plan en silencio.
Ya en el hangar, una figura menuda pero eficiente esperaba junto a la gran nave roja: era Nubia, la secretaria personal del general Bronjort.
Llevaba unos lentes finos que resaltaban sus ojos nerviosos mientras ajustaba algunos papeles en su tablilla.
El eco de las botas del general resonó contra el suelo metálico del hangar al acercarse.
—Bien, señorita Nubia, ¿cómo va la situación?
¿Mi nave está lista para despegar?
—preguntó el general con tono directo, su voz resonando como un trueno bajo el techo alto del hangar.
Una joven con lentes de montura fina y un traje militar adaptado, que combinaba una falda corta con botas altas, destacaba entre los presentes.
Era Nubia, cuya apariencia impecable y postura profesional contrastaban con el temblor casi imperceptible en su voz cuando respondió.
A pesar de su juventud, sus ojos tras los cristales de los lentes reflejaban una inteligencia aguda y una dedicación incansable.
Se enderezó rápidamente, ajustando su tablilla bajo el brazo, mientras intentaba disimular su nerviosismo frente a la imponente figura del general.
—Sí, señor.
Solo se perdió el 30 por ciento de los soldados, un 15 por ciento están heridos, y el 55 por ciento restante está operativo y esperándolo justo detrás de mí —informó, señalando hacia un grupo de soldados que aguardaban en formación perfecta.
El general asintió lentamente, su postura imponente proyectando una sombra larga bajo la luz fría del hangar.
Su altura sobresalía incluso entre los hombres más altos del grupo, y su presencia intimidaba sin necesidad de palabras.
En ese momento, un hombre de cabello rojo corto se acercó con paso firme.
Era el mayor Mike, alto, pero no tanto como el general.
A pesar de su estatura, irradiaba autoridad y determinación.
—Señor, la nave está operativa.
Podemos partir en cuanto dé la orden.
Además, las armas de la bóveda B-12 han sido cargadas en la nave —dijo el mayor Mike, haciendo un saludo militar breve pero respetuoso.
El general lo miró con aprobación antes de responder.
—Bien.
Es momento de ver qué hace mi grupo de agentes especiales y, quizá, brindarles un poco de ayuda —declaró, subiendo por la rampa metálica hacia la gran nave roja.
—Solo veinte de ustedes se quedarán a cuidar la base —indicó el general con tono autoritario, su voz resonando como un eco en el hangar—.
Su tarea será asegurarse de que no quede ningún robot descontrolado rondando por aquí.
Mayor Mike, usted decide quiénes se quedan.
—Sí, señor —respondió el mayor Mike sin vacilar, adoptando una postura firme mientras asentía con determinación.
El mayor Mike dedicó unos segundos a observar a los soldados alineados frente a él.
Sus ojos recorrieron cada rostro, evaluando habilidades, experiencia y resistencia.
Finalmente, comenzó a seleccionar a los que permanecerían en la base.
Con movimientos precisos y gestos seguros, dividió al grupo entre los que partirían y los que se quedarían.
Dejó al mando a un joven soldado cuyo cabello negro estaba peinado en puntas pronunciadas, casi desafiando la gravedad.
El soldado, aunque relativamente joven, irradiaba confianza y disciplina.
Su mirada decidida sugería que estaba más que preparado para asumir la responsabilidad.
—Tú estarás al mando aquí —dijo el mayor Mike, señalándolo con un gesto firme pero respetuoso—.
Confío en ti para mantener esta base segura.
El soldado asintió con seriedad, ajustando su casco mientras respondía con convicción: —Entendido, señor.
No lo defraudaré.
El mayor Mike le dedicó una última mirada antes de girarse hacia el resto del grupo.
La tensión en el aire era palpable, pero también lo era la determinación colectiva.
Los soldados seleccionados para quedarse intercambiaron miradas rápidas, como si buscaran reafirmar su compromiso mutuo, mientras los demás se preparaban para abordar la nave.
La aeronave, aunque diseñada para guerras, tenía un diseño robusto y antiguo, similar al de un zepelín, pero sin tecnología moderna incorporada.
Su tamaño era impresionante, capaz de albergar tanto tropas como armamento pesado.
Sin embargo, su modelo obsoleto la hacía depender más de la habilidad de sus pilotos que de sistemas avanzados.
Una vez dentro, el general se dirigió hacia la cabina principal.
Sus pasos resonaban contra el suelo de metal, y el olor a aceite y combustible llenaba el aire.
Mientras avanzaba, sus pensamientos comenzaron a divagar, adentrándose en recuerdos lejanos.
“Vaya, pero qué familia tienes, viejo amigo Rass”, reflexionó para sí mismo, sus labios curvándose en una sonrisa amarga.
“Uno juega a ser un héroe mientras que el otro a ser villano.
Ojalá estuvieras aquí para parar esto.” Su mirada, oculta en parte tras el parche negro que cubría su ojo derecho, parecía perderse en algún punto lejano, más allá de las paredes metálicas del hangar.
Su expresión severa, tallada por años de decisiones difíciles, reflejaba ahora una mezcla de nostalgia y preocupación.
Las arrugas alrededor de su único ojo visible se acentuaron mientras sus pensamientos lo llevaban a lugares que solo él podía ver.
Por un momento, el peso de la responsabilidad pareció aplastarlo.
Sus hombros, siempre erguidos con orgullo, se inclinaron ligeramente hacia adelante, como si cargaran el peso de todos los soldados, todas las decisiones y todas las pérdidas acumuladas a lo largo de su carrera.
El aire a su alrededor parecía más denso, cargado de un silencio que hablaba más alto que cualquier palabra.
Pero esa debilidad momentánea no duró.
Con la misma rapidez con la que había aparecido, desapareció bajo una máscara de determinación inquebrantable.
Enderezó su postura, cuadró los hombros y apretó los labios en una línea firme.
La sombra de la duda se disipó, reemplazada por la resolución que siempre lo había definido.
Era el general Bronjort, un líder forjado en el fuego de la guerra, y no permitiría que nada ni nadie lo viera vacilar.
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