El sistema del perro agente - Capítulo 147
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147: ¿Y El Agente B-12?
147: ¿Y El Agente B-12?
—¡Alguien me escucha!
—gritó Marie, su voz entrecortada mientras las máquinas a su alrededor comenzaban a transformarse en formas robóticas amenazadoras.
Los disparos resonaban por todas partes, destrozando el mobiliario de la oficina del jefe.
Ella se agachó tras el escritorio, buscando desesperadamente un refugio seguro.
—¡Ayuda!
¡Que alguien me salve!
—imploró Marie en su mente, aunque el grito resonaba como un eco dentro de su pecho.
Su tono era una mezcla de pánico y frustración que apenas podía contener.
Miró a su alrededor con ojos desorbitados, buscando desesperadamente una salida o algún lugar donde esconderse.
Las máquinas que antes eran inofensivas ahora avanzaban hacia ella como depredadores implacables.
—¿Qué les pasa a estas malditas cosas?
—murmuró para sí misma, su voz temblorosa pero cargada de irritación.
Con un gesto brusco, se llevó una mano al bolsillo vacío de su chaqueta, recordando con fastidio que había dejado su arma en el cajón de su escritorio.
Sus ojos recorrieron frenéticamente la habitación, evaluando cada rincón en busca de algo que pudiera usar para defenderse.
Pero todo lo que encontró fueron fragmentos de mobiliario destrozado y cables dispersos, testimonios de la violencia que las máquinas habían desatado en cuestión de segundos.
El sonido metálico de las máquinas acercándose hizo que su corazón latiera aún más rápido.
Cada paso que daban parecía resonar como un tambor de guerra, aumentando la tensión en el aire.
Marie apretó los puños con fuerza, tratando de mantener la calma mientras su mente trabajaba a toda velocidad.
Se llevó una mano al auricular defectuoso, intentando en vano establecer comunicación.
—Este auricular ya no funciona… Ha de ser porque la tecnología con la que se conecta también se convirtió en robot —razonó en voz alta, aunque su mente seguía dando vueltas.
Estaba atrapada, rodeada por máquinas asesinas que avanzaban implacablemente hacia ella.
Justo cuando pensaba que todo estaba perdido, dos figuras irrumpieron en la sala: Gin y Dani, ambos científicos de la base.
Llevaban dispositivos extraños adheridos a sus pechos, desde los cuales emergían pistolas parecidas a escáneres.
Apuntaron rápidamente a las máquinas rebeldes, y con un par de movimientos precisos, las máquinas se desactivaron una tras otra.
—¡Eso es!
—exclamó Dani con satisfacción, su voz cargada de orgullo.
—¡Sí, tomen eso, máquinas locas!
—replicó Gin, sonriendo ampliamente mientras bajaba su dispositivo—.
No son un reto para nosotros.
Una vez que las máquinas fueron neutralizadas, Gin se acercó a Marie, esperando recibir alguna muestra de gratitud.
Con una sonrisa confiada, le dijo: —¿Se encuentra bien, señorita Marie?
Pero la respuesta de Marie fue fría y directa.
Se puso de pie lentamente, sacudiéndose el polvo de su ropa, y respondió con un simple: —Gracias.
Su tono era seco, casi indiferente, mientras añadía: —¿Qué hacían por aquí?
¿No tienen trabajo que hacer en su unidad?
Gin y Dani intercambiaron miradas incómodas.
—Como siempre, esa mujer es fría —murmuró Gin en voz baja, aunque lo suficientemente alto como para que Marie lo escuchara.
Ella ignoró el comentario y se centró en lo importante.
La base entera había estado bajo ataque, y la mayoría de las máquinas habían comenzado a actuar de manera extraña, transformándose en robots aniquiladores.
En particular, las máquinas que utilizaban los chips provenientes de la empresa TechRaise eran las afectadas.
—Por suerte actuamos rápido en el laboratorio —explicó Gin, recuperando la compostura—.
Construimos estas máquinas con piezas antiguas que encontramos por ahí.
Las hemos distribuido entre algunos de nuestros colegas de la unidad, y así estamos acabando con las máquinas locas que amenazan la base.
Marie asintió brevemente, levantando un dedo en señal de aprobación antes de preguntar: —¿Hubo alguna baja en la base?
—Por suerte, no —respondieron ambos científicos al unísono.
—Qué gusto me da oír eso —dijo Marie, cruzándose de brazos—.
Pronto…
¿tienen alguna forma de comunicarme con las unidades?
Dani tomó la palabra, ajustándose los lentes mientras explicaba: —Bueno, señorita, parece que esto está pasando a nivel mundial.
Cuando el tal Milo West reveló su plan de dominación del mundo, las máquinas comenzaron a actuar de manera extraña.
Además, Podbe, los demás…
incluso el jefe Drake estaban en la televisión y en algunos medios, aprisionados por ese individuo.
Pero luego se cortó la transmisión, y las máquinas se volvieron locas.
—Ya veo…
—murmuró Marie, su voz apenas un susurro cargado de pensamientos.
Su mirada se perdió por un momento, como si estuviera procesando cada palabra que acababa de escuchar.
No era sorprendente que no supiera mucho sobre lo que estaba ocurriendo; ella rara vez dedicaba tiempo a revisar las redes sociales, y en esta ocasión, ni siquiera había prestado atención a las noticias.
Estaba completamente absorta en su tarea de contactarse con los demás equipos, asegurándose de que todos estuvieran coordinados para enfrentar la crisis—.
¿Tienen forma de ver la grabación o algo?
—preguntó al fin, su tono práctico y directo, intentando recuperar el control de la situación.
Mientras hablaba, cruzó los brazos con firmeza, un gesto que reflejaba su determinación.
Su mente ya estaba adelantándose, buscando formas de usar la información que pudieran obtener de esa grabación para responder a la amenaza que se cernía sobre ellos.
—Sí, la tenemos en un circuito cerrado antiguo que está en el laboratorio —respondió Gin.
—Bien, vamos para allá —indicó Marie mientras caminaba hacia la salida, acompañada por los dos científicos.
Mientras tanto, su mente repasaba el apellido “West”.
—Será posible que sea el hermano del jefe…
—se dijo a sí misma en voz baja, frunciendo el ceño—.
No creo.
Él dijo que murió en la explosión de la empresa junto con su padre hace mucho tiempo.
¿Qué rayos está pasando?
Con cada paso que daba hacia el laboratorio, las preguntas aumentaban, pero su determinación permanecía intacta.
—Ya estamos en la unidad O, señorita —dijo Dani, señalando un equipo activo que descansaba sobre una mesa cercana—.
Con esto podemos contactar con los demás mediante nuestras comunicaciones nuevas sin sufrir ningún problema.
Mientras hablaba, los otros científicos se movían apresuradamente por el laboratorio, entregando armas improvisadas al resto del personal.
Todos estaban concentrados en prepararse para enfrentar las máquinas que habían salido de control.
De pronto, una voz familiar resonó en la sala, cargada de humor y autoridad.
—Hola, Marie.
Tranquila, o vas a quemarle el cerebro a mis dos mejores trabajadores —indicó el jefe de la unidad O, Omar Reyes.
Era un hombre de barba larga y canosa, que llevaba unos lentes tipo googlees que le cubrían completamente los ojos, dándole un aire excéntrico pero imponente.
Marie giró rápidamente hacia él, su expresión seria como siempre.
—Señor Reyes, ¿qué tal?
—respondió con tono cortés pero distante.
—Bien, señorita Marie.
Tenemos que darles las gracias a estos dos nuevos reclutas —dijo Omar, señalando a Dani y Gin con una sonrisa orgullosa—.
Fueron un gran acierto al combatir con estas máquinas.
—Sí, claro, ya les agradecí —replicó ella de manera seca, cruzándose de brazos.
Omar soltó una risa ligera, acostumbrado a su carácter.
—Siempre usted tan seria, señorita —comentó con un guiño—.
Mire, esto es lo que pudimos grabar sobre lo que está pasando.
Hizo un gesto hacia uno de los científicos que estaba cerca, quien rápidamente entró cargando un televisor antiguo junto con una videocasetera.
El científico colocó el video en el reproductor, y las imágenes comenzaron a reproducirse.
En la pantalla apareció Zeus, revelando sus intenciones al mundo y exponiendo su verdadera identidad.
—¡Ese sujeto!
—exclamó Marie, visiblemente molesta.
Se giró hacia Dani y Gin, mirándolos con desconfianza—.
¿Ustedes sabían algo de esto sobre su ex jefe?
Ambos negaron rápidamente con la cabeza.
—No, señorita —respondieron al unísono—.
Ni siquiera sabíamos quién era.
Solo nos puso a cargo nuestra jefa de tecnología, la señorita Lady, y solo lo veíamos en fotos que había en la compañía.
Marie levantó una ceja, escudriñándolos con una mirada penetrante.
—Espero que no me estén mintiendo —advirtió, su tono frío pero cargado de advertencia.
—No, señorita —aseguraron ambos, bajando la mirada con humildad—.
Desde que conocimos a Podbe y a ustedes, nada nos hace más felices que trabajar para ayudar.
Omar intervino, colocándose entre ellos y Marie mientras les dirigía una mirada protectora.
—Tranquila, Marie —dijo con calma—.
Estos dos han resultado ser leales y buenos muchachos.
Nos han apoyado constantemente con las actualizaciones tecnológicas y también han suministrado las vacunas para los controlados.
Ahora que Adrián no está, hemos tenido que seguir sus especificaciones, y ellos han estado siempre dispuestos a colaborar.
Los estaba elogiando.
Marie lo miró por un momento antes de asentir brevemente.
—Bien, si Omar lo dice, lo creeré —concedió, aunque su tono seguía siendo cauteloso.
Luego, su expresión se endureció mientras reflexionaba sobre la situación global.
—Si esto está pasando en todo el mundo, y el jefe necesita nuestra ayuda, lo primero que diría es poner a salvo a la gente.
Así que necesitaré una forma de comunicarme con los agentes que aún estén en algunos países.
Que se encarguen de salvar a las personas y de acabar con estas máquinas.
—Claro —dijo Omar, dirigiéndose a otro científico que pasaba apresuradamente por ahí.
— Chicos, ¿cómo va la desactivación de las máquinas locas?
El joven científico se detuvo un momento, ajustando sus gafas mientras revisaba una tableta en sus manos.
—Vamos a un treinta por ciento, señor.
El personal disponible está acabando con ellas lentamente pero seguro —informó con tono serio—.
Recuerde que también los reclutas fueron enviados al frente.
—Sí, ya veo —respondió Omar, asintiendo pensativo antes de girarse hacia Marie—.
Aquí tiene el reporte, señorita Marie.
Tome esto.
Ya lo terminamos rápido.
Con esto podrá comunicarse con los demás, pero no con el jefe.
Parece que hay alguna especie de bloqueo en esa zona.
Gin entregó el dispositivo a Marie, quien lo tomó sin decir palabra, aunque su expresión severa dejó entrever un destello de gratitud apenas perceptible.
El aparato parecía un radio antiguo y voluminoso, con un auricular que recordaba a los teléfonos de décadas pasadas.
Sin perder tiempo, Marie levantó el auricular y comenzó a hablar con voz firme y autoritaria.
—A todas las unidades que estén disponibles, por favor, salven a las personas.
Al parecer, las máquinas se han vuelto locas y están atacando a todos, así como capturando gente.
Me escuchan.
De inmediato, una voz familiar respondió al otro lado de la línea.
—Hola, Marie.
Escucho por la bocina.
Soy yo, Ray.
—Hola, Ray —respondió ella, su tono más relajado, pero aún controlado—.
¿Dónde están?
—Estábamos listos para ir donde el jefe, pero escuchamos tu llamado.
Así que… sí, parece que hay máquinas locas atacando gente.
Bien, creo que el jefe y el resto del equipo pueden encargarse de lo que sea allá en el Océano Pacífico.
Nosotros nos encargaremos de acabar con las máquinas en esta parte del continente.
—Bien, cambio y fuera.
Actualicen sobre la situación —indicó Marie antes de colgar el auricular con un gesto decidido.
Al otro lado del mundo, Ray giró hacia su equipo con una expresión seria.
—Cambio de planes —anunció—.
Parece que debemos enfrentarnos a máquinas antes de ir con el jefe.
Los demás equipos, dispersos por diferentes puntos del globo, también recibieron el mensaje.
Uno tras otro, comenzaron a movilizarse, preparándose para la misión que tenían por delante.
—Listo, a todos: esta es una operación de rescate mundial.
No pueden fallar —declaró Marie a través del radio, su voz resonando con determinación en cada rincón donde pudiera ser escuchada.
Una vez terminado de dar las órdenes, Marie se giró hacia uno de los monitores cercanos.
En él, pudo visualizar el cuarto donde se suponía que estaba el agente B-12.
Su rostro palideció de inmediato.
—¿Dónde está el agente B-12?
—preguntó, su voz cargada de preocupación.
El científico que estaba junto a ella miró también hacia el monitor, su expresión reflejando el mismo temor que comenzaba a invadirla.
—El agente B-12… debería estar ahí —murmuró, señalando el espacio vacío en la pantalla.
Marie agarró rápidamente una radio antigua y llamó a uno de los trabajadores.
—¡Oigan!
Revisen el ala médica.
No veo con exactitud al paciente B-12 —ordenó, su tono cortante pero urgente.
Si por favor indicio Omar.
—Sí, de inmediato, señor —respondió la voz al otro lado de la línea.
Minutos después, el trabajador informó desde el lugar.
—Señor, no hay nada aquí.
Parece ser que alguien se robó el tubo en el que estaba el agente.
Solo quedan los cables chispeando en el suelo.
De repente, la comunicación se llenó de gritos desgarradores.
—¡Señor!
¡Qué son esas cosas!
¡Parecen cangrejos gigantes!
—gritó el trabajador, su voz entrecortada por el dolor antes de que la línea se cortara abruptamente.
—¡Ben!
¡Responde!
¡Ben!
—gritó Omar, intentando restablecer la conexión, pero solo se escuchaba estática.
Dani miró a Omar y Marie con expresión confundida.
—¿Qué fue eso?
—preguntó.
—No lo sé, pero habló de cangrejos o algo así —respondió Omar, frunciendo el ceño mientras trataba de procesar lo ocurrido.
Marie, visiblemente alterada, apretó los puños con fuerza.
—¿Quién pudo llevarse al agente B-12?
¿Y por qué?
—se preguntó en voz alta, su mente trabajando a toda velocidad—.
Debemos ir a investigar.
Omar asintió rápidamente y le entregó una especie de escopeta improvisada.
—Tendrá que llevar esto para su protección —dijo con seriedad.
—Iremos con usted, señorita —añadieron Gin y Dani al unísono, ambos mostrando determinación en sus rostros.
—Bien —respondió Marie, ajustando el arma en sus manos con un gesto firme que reflejaba su determinación.
Su mirada se endureció mientras evaluaba brevemente a Gin y Dani, quienes se mantenían a su lado con expresiones decididas.
—Vayan con ella y tengan cuidado —indicó Omar, despidiéndose de ellos con un asentimiento grave—.
Aún hay robots sueltos.
Su voz resonó con una advertencia que no necesitaba ser subrayada.
El peso de sus palabras quedó suspendido en el aire, recordándoles que el peligro estaba lejos de disiparse.
Omar los observó por un momento más, como si quisiera asegurarse de que estaban listos, antes de dar media vuelta y regresar a supervisar las operaciones en la base.
Marie apenas le dedicó una mirada fugaz antes de enfocarse nuevamente en el camino que tenían por delante.
Con paso decidido, comenzó a avanzar, seguida de cerca por Gin y Dani, quienes intercambiaron una mirada breve pero cargada de resolución mutua.
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