El sistema del perro agente - Capítulo 148
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148: Cambio de Planes 148: Cambio de Planes Ray, ¿por qué tenemos que pelear con máquinas?
¡Le hubieras dicho que ya estábamos yendo a la acción donde está el jefe!
—se quejó Ramona con voz cargada de molestia.
Su ceño fruncido se iluminaba débilmente con las llamas que danzaban entre sus dedos—.
Además, mi jefa Adía ya debe estar peleando… quería verla usar su máximo poder.
Margaret suspiró, cruzando los brazos mientras miraba hacia el horizonte.
Su tono era firme pero calmado, como siempre.
—No hay tiempo para lamentarse por eso, Ramona.
Tenemos una misión prioritaria: salvar a la gente de estas máquinas.
Ramona bufó, dejando escapar un pequeño chorro de fuego por la comisura de sus labios.
—Bien, qué se le va a hacer.
Lo bueno es que por fin puedo rostizarlas sin contenerme —dijo, sonriendo con suficiencia mientras sus manos comenzaban a brillar como ascuas encendidas.
—Esa es la actitud —indicó Brea, asintiendo con aprobación.
Junto a ella, Marta y Sheila levantaron el pulgar al ver cómo Ramona lanzaba pequeñas bocanadas de fuego desde sus manos y boca, calentando el aire a su alrededor.
Margaret frunció el ceño ligeramente, pensativa.
—Qué mal que no tengamos a alguien del equipo de Adrián.
Nos hubiera venido bien algún artefacto para rastrear a estas dichosas cosas.
En ese momento, unos gritos desgarradores resonaron a lo lejos.
Todos giraron la cabeza hacia el origen del sonido: una pareja de jóvenes corría desesperadamente, perseguida por un automóvil que rugía como un depredador mecánico.
El vehículo avanzaba a toda velocidad, destrozando arbustos y levantando polvo a su paso.
—Recuerden que estamos en un pueblito a las afueras de Tokio —comentó Brea, con una expresión sombría—.
Todo aquí es tecnología pura.
El auto frenó bruscamente antes de transformarse.
En cuestión de segundos, sus partes metálicas se reconfiguraron como en esos dibujos animados antiguos donde los vehículos se convertían en robots.
Frente a ellos emergió un gigantesco robot que escupía fuego por la boca, con metralletas en lugar de manos y una mirada siniestra que parecía atravesarlos.
—No creo que vengan en son de paz —murmuró Marta, ajustándose los guantes con nerviosismo.
—¿Tú crees?
—respondió Sheila con sarcasmo, aunque sus ojos reflejaban preocupación.
—Ambas, coloquen un escudo telequinético para proteger a la pareja de los disparos —ordenó Margaret, señalando con urgencia hacia el robot que ya apuntaba con sus armas.
De inmediato, Marta y Sheila extendieron sus manos, concentrándose.
Un resplandor azulado envolvió a la pareja justo cuando las balas comenzaron a impactar contra el invisible muro de energía.
Los proyectiles rebotaban con estruendo, dejando surcos en el suelo y levantando nubes de tierra.
Mientras tanto, Ray desenvainaba su espada con un destello plateado.
Pero antes de que pudiera dar un paso adelante, una ráfaga de calor pasó junto a él.
Era Ramona, quien ya estaba cubierta de llamas y volaba directamente hacia el robot como un cometa ardiente.
Con un grito feroz, golpeó el torso metálico del gigante, abriendo un cráter humeante en el centro de su cuerpo.
El robot se tambaleó y cayó hecho pedazos.
—¡Bah!
Tonta máquina —declaró Ramona con arrogancia, sacudiendo las cenizas de sus manos.
Pero no tuvo tiempo de celebrar.
De repente, un tubo oxidado la golpeó desde atrás, enviándola al suelo con un fuerte impacto.
—Creo que hay más —advirtió Brea, señalando hacia el horizonte.
Varias máquinas más se acercaban, cada una emitiendo un zumbido amenazante.
Una mezcladora de cemento lideraba el grupo, usando su enorme tambor como si fuera una bazuca improvisada.
Lanzó una ráfaga de escombros y objetos pesados que silbaron en el aire.
—¡Cuidado!
—gritó Brea, alzando un escudo psíquico justo a tiempo para detener los proyectiles.
Margaret corrió hacia Ramona, quien aún yacía en el suelo, aturdida.
—¿Estás bien?
—preguntó, ayudándola a levantarse.
Ramona se sacudió el polvo y sonrió, mostrando sus dientes afilados.
—Bueno, mejor para mí.
Más cosas que quemar —declaró, recuperándose rápidamente gracias a su magia regenerativa.
Las llamas volvieron a envolverla como un aura ardiente, convirtiéndola en un cometa humano.
—¡Ya voy de nuevo, malditos robots!
—exclamó, lanzándose hacia el grupo de máquinas a toda velocidad, dejando tras de sí un rastro de fuego que iluminaba el cielo nocturno.
Brea estaba ocupada enfrentándose a un grupo de robots cuando notó algo alarmante: desde la base de Radar Japón, comenzaban a emerger más máquinas.
Estos androides tenían el tamaño de una persona promedio, pero su diseño era fatal, con detalles afilados y luces intermitentes que parpadeaban como ojos vigilantes.
Lo peor fue cuando la nave que los había transportado se transformó también, alzándose como un colosal robot armado hasta los dientes.
Desde su posición, Ramona giró la cabeza al ver cómo Brea quedaba rodeada por los nuevos enemigos.
Una sonrisa traviesa cruzó su rostro mientras chasqueaba los dedos.
De la nada, materializó un montón de flechas gigantes flotando a su alrededor.
Con un gesto rápido, tronó la otra mano y gritó: —¡FLAMES ARROWS!
Miles de flechas ardientes cayeron del cielo como una tormenta infernal, impactando contra los robots con explosiones estruendosas.
Las máquinas estallaron en llamas, sus circuitos crepitando mientras el metal derretido goteaba al suelo.
Ramona observó el caos con satisfacción, murmurando: —Más basura que quemar.
Por otro lado, Ray se encontraba frente a un grupo peculiar de enemigos: pequeños electrodomésticos endemoniados que emergían de las laderas de una montaña cercana.
Parecían frágiles, pero su comportamiento errático y letal no dejaba lugar a dudas: eran peligrosos.
—Ten cuidado —le advirtió Margaret, preocupada—.
Recuerda que no son humanos; son máquinas.
No subestimes su capacidad de ataque.
—Tranquila —respondió Ray con calma, su tono sereno pero firme—.
Puedo sentir su movimiento, incluso lo que ocurre bajo mis pies.
Mis sentidos fueron aumentados gracias a mi entrenamiento.
Veo el mundo de otra manera… metafóricamente hablando, claro.
Margaret lo miró sorprendida.
—¿Cómo sabes eso?
¿Cómo percibes sin ver?
—Es como tener una televisión en mi mente —explicó él, moviéndose con agilidad entre los enemigos mientras blandía su espada—.
Con ayuda de aparatos especializados, aprendí a diferenciar los diversos espectros de luz y sus formas.
Ahora, puedo “ver” a través de colores y sensaciones.
Cada cosa tiene su propia firma energética.
Por ejemplo, tú tienes un aura azul suave, tranquila pero intensa.
Es fascinante.
Margaret se quedó pensativa, impresionada por su explicación.
—Entiendo.
Pero ¡mira arriba!
—gritó de repente, señalando hacia el cielo.
Un robot volador descendía rápidamente hacia Ray.
Sin titubear, este giró su espada, que aún apuntaba al suelo, y cortó al enemigo en dos con un movimiento fluido.
Luego, sonrió ligeramente.
—Gracias por el aviso, pero ya lo había sentido.
Amplié mi rango sensorial como si fuera un radar.
Nada escapa a mi percepción.
Margaret asintió, admirando su habilidad.
En ese momento, levantó a dos robots con su poder telequinético y los estrelló uno contra el otro con fuerza brutal.
—Eres increíble —comentó, pensativa—.
Has convertido tu debilidad en una fortaleza.
No debí subestimarte.
—Si te preguntas —continuó Ray, con un tono reflexivo—, he entrenado día y noche para superar cualquier adversidad.
La adversidad me ha enseñado a entender el mundo de maneras que otros no pueden imaginar.
Aunque no pueda ver con los ojos, el poder que se me otorgó me permite “ver” de otra forma.
Siento a los demás, sus emociones, sus estados de ánimo… todo reflejado en colores vibrantes dentro de mi mente.
Margaret lo miró con respeto renovado.
—Eres bueno.
Muy bueno.
Eso debe hacerte prácticamente imparable.
—No del todo —respondió él con modestia—, pero sí puedo defenderme y proteger a los demás, incluso con mi condición.
—Vaya —dijo ella, sonriendo levemente—.
Quizá cuando todo esto termine, podamos hablar más.
—¿Una cita, entonces?
—bromeó Ray, con una sonrisa traviesa.
—¡No, no es lo que piensas!
—replicó Margaret, ruborizándose visiblemente.
Pero su distracción momentánea casi le costó caro.
Dos robots se acercaron sigilosamente, listos para atacarla.
Antes de que pudiera reaccionar, Ray ya estaba allí.
Con un rápido movimiento, cortó a los enemigos y la cargó en brazos, sacándola del peligro.
—¡Oye!
—gritó Margaret, todavía en brazos de Ray—.
¡Bájame!
¡No ves que soy el sublíder del Escuadrón C!
—¿Qué pasa, jefa?
—intervino Marta, burlona—.
¿Ahora andas con un samurái?
—¡Cállate y continúen con el ataque!
—ordenó Margaret, completamente roja mientras Ray la bajaba con delicadeza.
—Gracias —murmuró ella, ajustándose el uniforme y tratando de recuperar la compostura.
Luego, se alejó rápidamente, aunque no pudo evitar pensar para sí misma: Bien, arriesgó su vida por mí… Supongo que eso cuenta para darle una cita.
Bueno, ya veremos.
Desde la distancia, Marta, Sheila y Brea intercambiaron miradas cómplices.
—La jefa está enamorada —murmuraron al unísono, riendo en voz baja.
—¡Oigan!
—gritó Margaret, interrumpiendo el momento—.
Si ya terminaron de tontear, ¡hay más máquinas que vencer y gente que proteger!
—¡No hay tiempo para nimiedades!
¡Concéntrense!
Debemos salvar a la gente y acabar con estas cosas.
Es una orden —declaró Margaret con firmeza, su voz resonando como un trueno sobre el caos.
Alzó ambas manos y, con un movimiento fluido, creó dos olas telequinéticas que chocaron entre sí, desintegrando a los robots cercanos en una explosión de metal retorcido—.
Mientras la jefa Azulema no esté en el campo, me toca el liderazgo a mí.
—Vaya, esta mujer tiene determinación —comentó Brea, sonriendo mientras extendía un escudo invisible alrededor de más civiles que corrían despavoridos, huyendo de las máquinas asesinas.
En ese momento, Ray avanzaba rápidamente hacia una elevación rocosa.
Desde allí, divisó algo alarmante: un gran tumulto de gente de la ciudad más cercana se acercaba corriendo hacia ellos, escapando de las máquinas que los perseguían implacablemente.
—¡Viene más gente!
—gritó Ray, saltando ágilmente entre las rocas y colocándose frente a las máquinas que amenazaban a los civiles.
Con un movimiento preciso de su espada, invocó su técnica RA-Y-TOK: Primera Forma – Media Luna Violeta.
Una ráfaga de energía en forma de luna cortó el aire, partiendo a varios robots en pedazos de un solo golpe.
—¡Ray!
—gritó Ramona desde la distancia, su cuerpo envuelto en llamas que iluminaban el oscuro bosque.
—¿Qué?
—respondió él, girando la cabeza hacia ella.
—¡Necesito tu ayuda aquí!
—gritó Brea, mientras desplegaba otro escudo telequinético para proteger a los civiles cercanos.
Ramona la escuchó, aunque estaba molesta por la interrupción.
Sin dejar de concentrarse, incineraba máquinas a diestra y siniestra con movimientos casi despreocupados, como si disfrutara viendo arderlo todo a su paso.
Las llamas danzaban entre sus manos, proyectando destellos anaranjados sobre su rostro lleno de determinación.
—Por favor, necesito tu ayuda aquí —repitió Brea, señalando con urgencia hacia un grupo de robots que aún no habían sido alcanzados por el ataque de Ray.
Sin perder ni un segundo, Ramona alzó ambas manos y creó un torrente de proyectiles ardientes.
Con un rugido feroz, lanzó las esferas ígneas contra los enemigos restantes, reduciéndolos a cenizas en cuestión de segundos.
El calor abrasador iluminó el campo de batalla, y el olor acre del metal derretido inundó el aire.
—Vaya, sí que es ardiente —murmuró Ray, impresionado por su poderío.
Sin embargo, al sentir la mirada molesta de Margaret clavándose en él, se apresuró a aclarar—: En el buen sentido, tranquila me refería a su poder de fuego.
Una vez que los últimos robots fueron eliminados, Sheila y Marta disolvieron el enorme escudo telequinético que habían creado para proteger a los ciudadanos.
Estos, exhaustos pero agradecidos, se acercaron al equipo para darles las gracias.
Un anciano, con lágrimas en los ojos, les dijo: —Por favor, necesitamos su ayuda.
Hay más gente atrapada en la capital.
Las máquinas han tomado control total de la zona.
Una niña pequeña, de no más de seis años, se acercó tímidamente y tiró del uniforme de Ray.
Cuando este se agachó para mirarla a los ojos, ella le dijo con voz dulce pero decidida: —Ustedes son superhéroes.
—Vaya, nunca nos habían dicho así —comentó Brea, sorprendida.
—Pues creo que sí lo somos —bromeó Sheila, riendo suavemente.
La niña, sin dejar de mirarlos con admiración, añadió: —¿Pueden ayudarme entonces?
Mi mamá está allá, y temo por ella.
—Bien, vamos a por los demás robots —indicó Ray, aunque frunció el ceño al darse cuenta de un problema—.
Pero no sabemos el camino.
—Yo puedo acompañarlos —ofreció la niña con valentía—.
Mi mamá se encuentra allá, y quiero traerla de vuelta.
Margaret se inclinó hacia la niña y le acarició los cachetes con ternura, mirándola como si fuera su propia hija.
—Bien, no se diga más, pequeñita.
Dinos por dónde ir —dijo con una sonrisa cálida.
—La niña miró a ambas mujeres a Margaret y Ramona y luego señaló a Ray—.
Mejor voy con el samurái —dijo con decisión.
Ray, sin vacilar, la levantó y la colocó con cuidado sobre su espalda.
—Cuiden bien a la niña, por favor —rogaron los ciudadanos, preocupados.
Ray respondió con firmeza: —Antes de que le pase algo, yo daré mi vida.
Una señora que parecía ser la vecina de la niña le dijo con voz emocionada: —Cuídate, Emiko.
—Lo haré, y traeré a mi mami de vuelta —prometió la pequeña con determinación.
—Qué adorable —suspiró Margaret, fantaseando por un momento con la idea de tener un hijo y que Ray fuera el padre.
—¡Tierra llamando a Margaret!
—interrumpió Brea, sacudiendo una mano frente a su cara—.
¡Despierta!
Creo que es hora de irnos.
—Bien, vámonos —indicó Margaret, sacudiendo la cabeza para volver al presente.
Miró hacia adelante y vio que Ray ya había comenzado a caminar hacia la ciudad con Emiko en su espalda.
—Ay, qué mal que las máquinas se volvieron locas y no hay transportes.
Odio caminar —se quejaron Sheila y Marta al unísono, cruzándose de brazos.
El equipo, guiado por la pequeña Emiko, continuó su camino hacia la capital, listos para enfrentar lo que sea que les esperara allá.
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