El sistema del perro agente - Capítulo 149
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149: Crustáceos Robóticos 149: Crustáceos Robóticos Marie, acompañada por Gin y Dani, los dos científicos de la unidad O, avanzaba a paso firme por los pasillos.
Los destellos azulados de sus armas iluminaban el camino mientras ellos desactivaban robots enemigos con precisión quirúrgica.
—Apúrense —les indicó Marie, su voz tensa pero controlada—.
Tenemos que averiguar qué le ocurrió al agente B-12 y localizar su paradero.
Ella levantó su arma y comenzó a disparar contra un grupo de robots que se acercaban, reduciéndolos a chatarra retorcida.
Luego, ajustó la escopeta que llevaba colgada en la espalda, un regalo del líder de la unidad O, Omar, asegurándose de que estuviera lista para cuando la necesitara.
Mientras caminaban, un trabajador apareció corriendo por el pasillo, visiblemente agitado.
—¡Señorita Marie!
¡Qué bueno que llegó!
Estamos repeliendo a las máquinas con ayuda de las armas que nos otorgaron, pero…
—El hombre señaló hacia el suelo detrás de él, donde un joven yacía tendido, gimiendo de dolor.
Una mancha carmesí se extendía desde su pierna herida.
—Ya le hice un torniquete para detener la hemorragia —explicó el trabajador, secándose el sudor de la frente—, pero necesita atención médica urgente.
Queríamos llevarlo a la enfermería, pero está infestada de máquinas asesinas.
No podemos entrar solos.
Marie examinó rápidamente la situación.
El herido era joven, apenas un novato, y su rostro estaba pálido por el shock y el dolor.
Sin dudarlo, asintió con decisión.
—Bien, déjenlo en nuestras manos —dijo, colocando un nuevo cartucho en su pistola pesada.
El trabajador vaciló, mirando a los tres integrantes de la unidad O.
—Pero, señorita… Son muchos.
¿Ustedes tres solos?
—Tranquilo, yo me encargo —respondió Marie con seguridad, aunque sus ojos reflejaban la tensión del momento.
Gin y Dani intercambiaron miradas nerviosas.
Ambos sudaban copiosamente, pero trataron de aparentar confianza frente al trabajador.
—No se preocupe, somos muy fuertes —aseguró Gin, aunque su voz tembló ligeramente.
—Bien, vámonos —ordenó Marie, ajustando su postura de combate—.
Ustedes dos, cúbranme.
Seguramente el personal de la enfermería debe estar oculto.
Tenemos que sacarlos de ahí para que puedan atender a este colaborador.
Con un movimiento fluido, Marie separó su pistola pesada en dos pistolas más pequeñas, listas para el combate.
Giró el cerrojo de la puerta de la enfermería y la abrió de una patada.
—Bien, usen sus linternas —indicó en voz baja—.
Todo parece despejado…
pero creo que hay algo ahí arriba —advirtió Gin, quien alumbraba el techo con su linterna.
Equipos médicos flotaban en el aire, sus brazos robóticos convertidos en armas improvisadas.
Las jeringas brillaban bajo la luz, apuntando directamente hacia ellos.
—¡Cuidado, señorita!
—gritó Dani, empujándola justo a tiempo para evitar que las jeringas impactaran contra ella.
Por suerte, estas cayeron sobre la máquina que tenía incrustada en el pecho, sin causarle daño alguno.
—¡Qué suerte tienes!
—exclamó Gin, aliviado, pero aún tenso.
—No hay tiempo que perder —dijo Marie, recomponiéndose rápidamente del suelo.
Murmuró un bajo “gracias” antes de abrir fuego contra las máquinas.
Las balas resonaron en el silencio del pasillo, despedazando a los robots que intentaban atacar.
—Señorita, pero esas máquinas las vamos a necesitar —protestó Gin, señalando los restos humeantes de los equipos médicos.
—Por ahora no tenemos tiempo para eso —replicó Marie sin detenerse—.
Ya luego me encargaré de comprar nuevas.
Ni modo, tendrán que salir de mi salario.
Continuaron avanzando, enfrentándose a las máquinas que cobraban vida y se transformaban en robots armados.
Finalmente, llegaron a un armario que vibraba ligeramente.
Marie apuntó con su arma hacia él, lista para disparar.
—¡Espere!
¡Somos nosotros!
—gritó una voz desde dentro.
Al abrirlo, encontraron a cinco personas: dos enfermeras y tres doctores, todos apiñados en el reducido espacio.
Uno de los doctores salió tambaleándose, visiblemente aliviado al ver a Marie.
—¡Señorita Marie, gracias que es usted!
Pensábamos que no íbamos a contarlo.
—¿Qué pasó aquí?
—preguntó Marie, su tono serio pero calmado—.
¿Y qué saben del agente B-12?
El doctor tragó saliva antes de responder.
—Bueno, yo estaba monitoreando los tanques donde estaba el agente B-12.
De repente, escuchamos un crujido metálico y unas enormes tenazas aparecieron de la nada.
Arrancaron el tanque del sistema y se lo llevaron.
Después, todas las máquinas aquí comenzaron a actuar de forma extraña… Se convirtieron en robots armados.
Por suerte, logramos ocultarnos aquí mientras otros intentaban luchar contra ellas, pero…
creo que no sobrevivieron.
—Así que unas tenazas… —meditó Marie, apretando los dientes mientras evaluaba mentalmente la situación—.
Espero que el arma que me dio Omar funcione contra esas cosas.
Bien, vamos —ordenó con firmeza, dirigiéndose a Gin y Dani—.
Ustedes, refiriéndose al personal médico, encuentren cualquier cosa que funcione y apoyen a los heridos.
—Sí, señorita —respondieron los médicos al unísono, asintiendo rápidamente antes de dispersarse por el pasillo.
Una de las enfermeras se detuvo un momento y miró a Marie con preocupación.
—Tenga cuidado, por favor —le dijo, su voz llena de ansiedad.
—Tranquila, lo tendré —respondió Marie con calma, aunque sus ojos reflejaban la tensión del momento.
Con paso decidido, avanzó hacia la puerta que conducía al lugar donde se suponía que estaba el contenedor de B-12.
Gin y Dani la seguían de cerca, aunque ambos intercambiaban miradas nerviosas.
—En lo que nos metimos, Gin —murmuró Dani, tragando saliva audiblemente.
—Sí, pero con la señorita Marie no hay nada que temer.
Ella es muy hábil y fuerte —replicó Gin, intentando sonar confiado, aunque su voz temblaba ligeramente.
—¡Guarden silencio!
—les ordenó Marie en un susurro, colocando una mano sobre la puerta.
Inspiró profundamente antes de abrirla de golpe.
Dentro, la escena era desoladora.
Los cables que antes sostenían el tanque de B-12 chispeaban violentamente, lanzando destellos eléctricos al aire.
Las luces parpadeaban de forma errática, creando sombras danzantes que transformaban el ambiente en algo sacado directamente de una película de terror.
—Espero que sigas aquí, Nick —pensó Marie en silencio, sintiendo un nudo en el estómago al recordar al agente B-12.
Al abrirse paso, Gin rompió el silencio incómodo.
—Señorita, ¿es prudente entrar aquí?
Marie giró la cabeza hacia él, su expresión seria pero controlada.
—Todo está bien.
Además, tenemos esto —dijo, señalando la escopeta que llevaba en la espalda.
Dani dejó escapar un sonido gutural, como si estuviera tratando de tragar saliva.
Gin, por su parte, intentaba mantenerse firme, aunque sus manos temblaban ligeramente.
Incluso Marie sentía una punzada de miedo, pero su preocupación por Nick superaba cualquier otra emoción.
Comenzaron a avanzar con cautela, inspeccionando cada rincón del lugar.
—Aquí no hay nada —observó Gin, su voz apenas audible—.
Lo que sea que estuvo aquí ya se fue.
—Exacto —coincidió Dani, recuperando algo de confianza—, ya no hay peligro.
Pero justo en ese momento, desde el techo, cayó el cuerpo sin vida de uno de los científicos de su unidad.
Ambos hombres gritaron y se abrazaron instintivamente, petrificados por el horror.
Antes de que pudieran reaccionar, unas enormes tenazas emergieron de las sombras, dejando caer el cadáver con un golpe seco.
Frente a ellos apareció un gigantesco crustáceo mecánico, del tamaño de una persona promedio.
Sus pinzas brillaban bajo las luces parpadeantes, y de su caparazón metálico surgieron más robots idénticos.
En total, eran cinco cangrejos mecánicos, avanzando lentamente hacia ellos con movimientos amenazantes.
Gin y Dani quedaron paralizados en el sitio, incapaces de moverse.
Fue entonces cuando Marie gritó: —¡Al suelo!
Con un movimiento rápido, ella los empujó como si fuera un placaje de rugby, salvándolos de ser atrapados por las pinzas robóticas.
Ambos cayeron al suelo con un grito ahogado, mientras Marie rodaba sobre sí misma y se ponía de pie en un instante.
Guardó su pistola en la funda y sacó la escopeta que llevaba en la espalda.
Apuntó al cangrejo más cercano y disparó.
—¡Muere, maldito crustáceo!
—gritó, sus palabras cargadas de determinación.
Dos balas salieron disparadas del arma, impactando directamente en el robot.
Este explotó al instante, enviando fragmentos metálicos volando por el aire.
—¡Vaya!
Esa arma que te dio el jefe es interesante —comentó Gin, impresionado, mientras recuperaba la compostura.
—Yo le haría algunas mejoras —añadió Dani, ajustándose las gafas—, pero sin duda es algo potente.
El robot cayó al suelo con un estruendo, dejando un hueco humeante en lo que parecía ser su “cabeza”.
Sin perder tiempo, Marie volvió a disparar, pero esta vez apuntó al cuerpo de otro cangrejo.
Para su sorpresa, las balas apenas hicieron mella en su estructura blindada.
—Al parecer, su estructura es muy dura.
Su única parte vulnerable es donde están sus ojos —observó Gin, analizando rápidamente la situación.
Marie frunció el ceño, ajustando su postura de combate.
—¡Muchachos, usen sus armas para desactivarlos!
—Buena idea —dijo Dani, activando su dispositivo.
Apuntó hacia uno de los crustáceos robóticos cercanos, pero este ni siquiera reaccionó.
Empezó a avanzar hacia ellos con mayor rapidez, ignorando por completo el ataque.
—Creo que no sirve con ellos.
Deben estar en otra frecuencia —dedujo Dani, corriendo a toda prisa para evitar ser atrapado por las pinzas.
Gin también intentó usar su arma, pero fue igualmente inútil.
Ambos comenzaron a correr en círculos por el lugar, evitando los ataques de los robots mientras Marie seguía disparando.
—¡Maldición!
Solo le di a uno, y faltan cuatro más —gruñó Marie entre dientes, esquivando un ataque mientras recargaba su escopeta.
Los cangrejos mecánicos avanzaban implacablemente, rodeándolos poco a poco.
El sonido metálico de sus patas resonaba en el aire, mezclándose con los jadeos de Gin y Dani, quienes corrían desesperadamente.
Gin, mientras intentaba mantenerse alejado de los cangrejos mecánicos, tropezó con un cable suelto cerca del lugar donde antes había estado el tanque de B-12.
El estruendo de sus pasos llamó la atención de uno de los robots, que giró hacia él con sus pinzas extendidas, listo para atacar.
Gin se quedó paralizado, incapaz de moverse, cuando de repente Dani apareció corriendo a toda velocidad.
Esquivó los ataques del robot con una agilidad sorprendente y, sin pensarlo dos veces, agarró uno de los cables eléctricos dispersos en el suelo.
Con un movimiento rápido, lo insertó directamente en los “ojos” del cangrejo, provocando que este se apagara instantáneamente, dejando caer su cuerpo metálico con un golpe sordo.
—Gracias, Dani —dijo Gin, respirando hondo y limpiándose el sudor de la frente—.
Pensé que iba a morir a manos de un robot cangrejo.
Dani, todavía jadeando, observó cómo el robot se desactivaba y sonrió con satisfacción.
—También pueden ser quemados con eso —comentó, señalando los cables eléctricos—.
Pero necesitamos algo más grande para acabar con todos ellos.
Sin decir una palabra, Gin y Dani intercambiaron miradas rápidas, como si pudieran comunicarse telepáticamente.
Ambos comenzaron a manipular frenéticamente los cables eléctricos dispersos por el suelo, conectándolos a las máquinas que llevaban incrustadas en sus pechos.
Primero, las desconectaron cuidadosamente, asegurándose de no dañarlas, y luego las usaron para crear un sistema improvisado de electrocución masiva.
Mientras tanto, Marie seguía disparando y esquivando a los robots restantes, moviéndose con una destreza felina.
Sus balas impactaban contra los caparazones metálicos, pero los cangrejos apenas parecían notarlo.
Sin embargo, ella no perdía la calma, evaluando cada movimiento con precisión quirúrgica.
—¡Señorita Marie, rápido, venga para acá!
—gritó Gin desde el cráter donde antes había estado el tanque del agente B-12.
Marie vaciló por un momento, pero decidió confiar en ellos.
Corrió hacia donde estaban, zigzagueando entre los robots que trataban de atraparla.
Justo antes de llegar al cráter, realizó una gran barrida con el pie, lanzando pequeños fragmentos metálicos hacia los robots que la perseguían.
—Bien, es hora de pagar —dijeron Gin y Dani al unísono, con una mezcla de nerviosismo y determinación en sus voces.
Gin jaló a Marie hacia el centro del cráter justo a tiempo.
Luego, apretó un interruptor improvisado que activó una descarga eléctrica masiva desde el suelo.
Los robots cangrejos comenzaron a emitir chispas y humo, sus cuerpos metálicos chamuscándose hasta quedar completamente inmóviles.
Uno tras otro, se desactivaron con un fuerte estallido, dejando el lugar en un silencio sepulcral.
—Gracias, muchachos.
Lo lograron —dijo Marie, visiblemente aliviada, aunque su tono tenía un deje de reproche—.
Pero la próxima vez, avísenme antes de electrocutar todo el lugar.
—Lo sentimos, señorita Marie —respondieron ambos científicos al unísono, rascándose la nuca con nerviosismo—.
Necesitábamos pensar rápido.
Después de asegurarse de que todos los robots habían sido neutralizados, el equipo inspeccionó el área minuciosamente.
Fue entonces cuando notaron un enorme hueco en la pared, como si algo hubiera irrumpido violentamente desde el exterior.
—Así que por aquí entraron…
—murmuró Marie, acercándose al agujero con cautela—.
Y se llevaron a B-12.
¿Pero hacia dónde?
—Maldición —gruñó Marie, apretando los puños con frustración.
En ese preciso momento, la radio que llevaban consigo emitió un sonido estático antes de cobrar vida.
Era Omar, quien les informó que había logrado recuperar todo el contenido del video de seguridad y que lo que había encontrado podría impactarlos profundamente.
Sin perder tiempo, Marie organizó al personal médico para que atendiera a los heridos y dio órdenes específicas a quienes aún estaban en condiciones de luchar para que continuaran enfrentando a las máquinas.
Luego, acompañada por Gin y Dani, salió rauda hacia la unidad O.
Al llegar, Omar proyectó el video en una vieja casetera analógica.
En la pantalla, pudieron ver claramente el tanque que contenía al agente B-12 siendo arrancado del sistema por unas enormes tenazas.
La cámara capturó a Zeus, el misterioso villano, observando desde las sombras con una sonrisa fría en su rostro.
—¡Ese maldito!
—exclamó Marie, furiosa—.
¿Por qué se llevó al agente?
Él no le ha hecho nada.
¿Qué planea hacer?
Su voz tembló de impotencia mientras continuaba viendo las imágenes.
—¿Cómo pudieron entrar aquí tan fácilmente?
Este lugar era supuestamente oculto.
—No lo sé —respondió Omar, su tono lleno de angustia—.
Pero parece algo mucho más complicado de lo que imaginábamos.
—Esperemos que el jefe pueda salvarlo —añadió Omar, mirando a Marie con preocupación.
—Yo también lo espero —susurró ella, cerrando los ojos por un momento.
En su mente, una mezcla de emociones la invadía: tristeza, rabia, y, sobre todo, miedo por el destino de Nick.
—Espero que no te pase nada, Nick…
Vuelve con nosotros sano y salvo —murmuró en silencio, sintiendo cómo el peso de la situación la abrumaba lentamente.
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